Renacer sangriento - Capítulo 21
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21: Altar 21: Altar El suelo tembló.
No fue un simple estremecimiento, sino una vibración profunda que se propagó por la tierra muerta como si algo colosal despertara bajo ella.
Sentí el impacto en las plantas de mis pies, subiendo por mis huesos, resonando en mi pecho.
El monstruo avanzó otro paso y la cadena en su cuello se arrastró con un sonido metálico y áspero, como un lamento arruinado por el tiempo.
Apreté con más fuerza la empuñadura de la espada.
—…ven…— murmuré, obligando a mi voz a mantenerse firme.
El aire era denso, irrespirable.
El altar de cuerpos gimió detrás de él, y las voces se alzaron en un coro quebrado.
—“…huye…”— —“…te destruirá…”— —“…mátanos…”— Ignoré sus súplicas.
Ya no podía permitirme escuchar.
Si lo hacía, me rompería.
El monstruo levantó su brazo lentamente.
Sus músculos se tensaron bajo la piel marcada y ennegrecida.
No había prisa en sus movimientos, pero cada gesto irradiaba una fuerza descomunal.
Cuando su pie volvió a tocar el suelo, la tierra se agrietó bajo su peso.
Mi respiración se volvió más lenta.
Más fría.
Más calculada.
—No eres el primero…— susurré.
Entonces se movió.
Desapareció de mi campo de visión con una velocidad imposible para alguien de su tamaño.
Mi instinto gritó.
Giré el cuerpo por reflejo, y un segundo después su puño pasó rozando mi rostro, cortando el aire con un silbido brutal.
El impacto contra el suelo levantó una nube de polvo negro.
—¡GH!—.
Rodé hacia un lado, levantándome de inmediato.
No había tiempo para pensar.
Solo para reaccionar.
El monstruo giró hacia mí.
El saco de su cabeza se tensó, y el clavo incrustado sobresalió como un símbolo grotesco de su condena.
—…rápido…— murmuré entre dientes.
Demasiado rápido.
Se abalanzó de nuevo.
Alcé la espada y bloqueé su siguiente golpe.
El impacto fue como detener una montaña.
Mis brazos temblaron, mis rodillas cedieron y sentí cómo algo crujía en mi interior.
—¡AAAGH!— Salí despedido hacia atrás, arrastrándome por la tierra negra hasta detenerme cerca de una casa derruida.
Escupí sangre, jadeando.
—…maldita bestia…— Antes de que pudiera incorporarme, lo escuché.
Un chapoteo.
Luego otro.
Giré la cabeza hacia el río negro que serpenteaba cerca del pueblo.
Su superficie se agitaba, burbujeante, como si algo se removiera en sus profundidades.
De pronto, figuras emergieron de las aguas oscuras.
Seres deformes.
Humanos y peces al mismo tiempo, como si fuera una mezcla entre las dos especies.
Sus cuerpos estaban cubiertos de escamas húmedas y viscosas, sus rostros torcidos en muecas antinaturales.
Sus bocas se abrían de lado a lado, revelando filas de dientes afilados.
Sus ojos, opacos y vacíos, se clavaron en mí.
—…genial…— susurré con una risa amarga.
No venían solos.
Salieron del río en manada, moviéndose con rapidez antinatural, arrastrándose y saltando como lobos hambrientos.
—Entonces vengan…— dije, levantándome con dificultad.
—Uno por uno… o todos a la vez.
No importaba.
La primera criatura se lanzó contra mí.
Alcé la espada torpemente, y el filo descendió con todo su peso.
El impacto partió al monstruo en dos, la sangre oscura salpicando el suelo.
—¡GH!— La espada era pesada, más de lo que estaba acostumbrado a manejar, pero su inercia era devastadora.
Aproveché el impulso y giré sobre mí mismo, cortando a otra criatura que intentó atacarme por la espalda.
Un tercer ser se abalanzó sobre mi hombro, clavando sus dientes en mi carne.
—¡AAAH!— Grité, sujetándolo del cuello y estrellándolo contra el suelo antes de atravesarlo con la hoja.
Mi respiración se volvió salvaje.
Mis brazos temblaban.
Pero no retrocedí .
—…vamos…— gruñí.
—¡VENGAN!—.
Otra criatura saltó hacia mí.
En lugar de esquivarla, me lancé hacia adelante, utilizando el peso de la espada como una extensión de mi propio cuerpo.
El golpe descendente la partió de un solo tajo, y el impulso me obligó a girar, cortando a otra más.
Sangre.
Carne.
Oscuridad.
El suelo se tiñó de negro.
Cuando la última cayó, jadeé, apoyando la punta de la espada contra la tierra.
—…esto… es solo el principio…— El silencio duró apenas un segundo.
Porque él seguía allí.
El monstruo.
Observando.
Esperando.
Su respiración era profunda y pesada, como el rugido de una bestia encadenada.
Dio un paso adelante y el altar volvió a estremecerse, sus voces elevándose en un coro desesperado.
—“…mátalo…”— —“…libéranos…”— —“…termina con esto…”— Levanté la mirada.
La sangre resbalaba por mis brazos.
Mi pecho subía y bajaba con dificultad.
Sin embargo, mis manos no temblaban.
Apreté la empuñadura de la espada.
—…ahora estamos solos…— El monstruo inclinó la cabeza.
Y avanzó.
Yo hice lo mismo.
El viento muerto sopló entre las ruinas mientras nos acercábamos el uno al otro.
Cada paso hacía crujir la tierra, cada latido retumbaba en mis oídos.
—No sé qué eres…— dije en voz baja—.
Pero voy a derribarte—.
El saco sobre su cabeza se tensó.
La cadena en su cuello chirrió.
Y entonces… Se lanzó hacia mí.
Alcé la espada.
—¡VEN!—.
El choque fue inevitable.
Y esta vez… no habría escapatoria.
La espada y el puño del monstruo se encontraron con un estruendo brutal.
El impacto sacudió mis brazos hasta los hombros, y sentí cómo mis huesos vibraban bajo la presión.
Mis pies se hundieron en la tierra agrietada, incapaces de sostener el peso de aquella fuerza descomunal.
—¡GH!— El aire abandonó mis pulmones en un golpe seco.
Mis rodillas cedieron por un instante, pero me obligué a mantenerme en pie.
Si caía, no volvería a levantarme.
El monstruo no habló.
No lo necesitaba.
Su presencia era suficiente.
La cadena en su cuello tintineó mientras su brazo descendía de nuevo, aplastando el suelo donde había estado un segundo antes.
Salté hacia atrás por instinto, sintiendo el temblor propagarse por la plaza.
—…demasiado fuerte…— murmuré entre dientes.
Mi respiración era irregular, pesada, pero mi mente se mantenía fría.
No podía vencerlo con fuerza bruta.
Eso ya lo sabía.
Se movió otra vez.
Rápido.
Imposiblemente rápido para su tamaño.
Giré el torso y alcé la espada.
El golpe impactó contra el filo, y el choque fue como detener una avalancha.
Un crujido resonó en mi interior.
—¡AAAGH!— Salí despedido hacia atrás, rodando sobre la tierra negra hasta detenerme con violencia contra los restos de una pared.
Escupí sangre y me incorporé tambaleándome.
—…esto no será como antes…— El altar gimió detrás de él.
Las voces se elevaron en un coro quebrado.
—“…libéranos…”— —“…termina con esto…”— —“…mátalo…”— Apreté la empuñadura de la espada con más fuerza.
—Lo haré…— susurré.
El monstruo avanzó.
Cada paso hacía temblar el suelo.
Cuando su pie volvió a caer, la cadena se tensó y un sonido metálico reverberó en el aire.
Y entonces lo sentí.
Algo no estaba bien.
No era el dolor.
Era la forma en que lo percibía.
Parpadeé, y por un segundo el mundo se distorsionó.
No se volvió más lento ni más claro… solo diferente, como si algo en mi mente intentara reorganizar la realidad.
El monstruo atacó.
Lo vi.
Lo entendí.
Mi cuerpo reaccionó tarde.
Su puño rozó mi costado y me lanzó contra el suelo.
El impacto me arrancó un gemido ahogado.
—¡GH…!— Me arrastré unos centímetros, jadeando.
Sangre caliente descendía por mi abdomen.
—…lo vi…— murmuré con incredulidad.
Mis dedos temblaron alrededor de la espada.
—…pero no llegué… Me levanté con dificultad.
El monstruo volvió a avanzar, implacable.
Esta vez, cuando atacó, giré con anticipación.
Su puño pasó rozando mi rostro, levantando una ráfaga de aire que agitó mi cabello.
Lo esquivé.
Por poco.
—…lo entiendo…— susurré, con la respiración agitada.
—Pero mi cuerpo aún no…— No terminé la frase.
El siguiente golpe impactó en mis costillas.
Un crujido seco.
Dolor.
Oscuridad momentánea.
—¡AAAH!— Caí de rodillas, sintiendo cómo el mundo giraba a mi alrededor.
Mis manos se cerraron con fuerza sobre la empuñadura.
—No… no voy a caer…— Me obligué a levantarme.
El monstruo no se detuvo.
Su brazo descendió de nuevo, pero esta vez alcé la espada y desvié el golpe, utilizando su propio impulso para girar el cuerpo.
No fue elegante.
Fue torpe.
Pero funcionó.
El filo rozó su carne, abriendo una herida superficial.
Por primera vez… Lo había herido.
El monstruo se detuvo.
Yo también.
Mi pecho subía y bajaba con violencia.
Mis brazos ardían, mis costillas gritaban de dolor, pero mis manos ya no temblaban.
—…puedo hacerlo…— El altar volvió a estremecerse.
—“…termina con esto…”— Mi mirada se endureció.
—Lo haré…—.
aunque tenga que romperme para lograrlo.
El monstruo respondió con un rugido gutural y se abalanzó sobre mí.
Esta vez no retrocedí.
Sujeté la espada con ambas manos y me lancé hacia adelante.
El choque fue brutal.
Su puño golpeó mi hombro, desgarrando la carne, pero no me detuve.
Aproveché la inercia de su ataque y giré la hoja con toda mi fuerza.
El filo se hundió en su costado.
sangre negra brotó de la herida.
—¡GH…!— El monstruo retrocedió un paso.
Solo uno.
Pero fue suficiente.
Mis piernas temblaban.
Mi visión se nublaba en los bordes.
Sentía algo recorrer mi piel, extendiéndose lentamente como grietas bajo la superficie.
Bajé la mirada por un instante.
Marcas negras.
No eran nuevas.
Ya estaban allí.
Solo se hacían más visibles.
—Me estan consumiendo…— susurré con la voz rota.
—Es una condena…— El monstruo atacó de nuevo.
Esta vez lo vi con claridad.
Giré, desvié su golpe y deslicé la espada por su brazo, arrancando un corte profundo.
Mi respiración se volvió salvaje.
—¡VEN!— rugí.
El combate continuó.
Golpe tras golpe.
Corte tras corte.
Yo caía y me levantaba.
Sangraba y avanzaba.
Cada impacto me acercaba al límite, pero también me obligaba a aprender.
No era más fuerte.
No era más rápido.
Pero ya no era el mismo.
El monstruo lanzó un golpe descendente.
Lo esquivé por milímetros y avancé hacia su cuerpo.
La cadena en su cuello chirrió mientras se tensaba.
Mis ojos se fijaron en ella.
—…ahí…— Era su vínculo.
Su carga.
Su debilidad.
El monstruo levantó el brazo para aplastarme.
Ignoré el peligro y me lancé hacia adelante.
Sentí el impacto en la espalda, el dolor desgarrándome la carne, pero no me detuve.
Con un grito desgarrador, alcé la espada y la descargué con toda mi fuerza.
—¡AAAHHH!— El filo descendió con la inercia de todo mi cuerpo.
Y golpeó la cadena.
El metal se tensó con un chirrido agónico.
El altar estalló en un coro de lamentos.
El suelo tembló.
Y por primera vez… El monstruo vaciló.
Jadeé, apoyándome en la espada, cubierto de sangre y polvo.
—…no eres invencible…— Levanté la mirada, mis ojos encendidos por una determinación feroz.
—Y yo… no voy a rendirme—.
El combate aún no había terminado.
Pero ya no era una lucha por sobrevivir.
Era una lucha por liberarlos.
Y por no convertirme en uno de ellos.
El metal vibró bajo el impacto.
La cadena del monstruo resonó con un sonido agónico, como si el golpe hubiera despertado algo que debía permanecer dormido.
Retrocedí un paso, jadeando, mientras la espada temblaba en mis manos.
La herida que había provocado no lo había detenido… lo había enfurecido.
Entonces, el altar reaccionó.
Primero fue un murmullo.
Luego un susurro.
Después… un coro.
—“…no…”— —“…detente…”— —“…libéranos…”—.
Las voces se alzaron al unísono, superponiéndose unas con otras hasta formar un grito desgarrador que sacudió la plaza infernal.
Me llevé la mano a la cabeza, apretando los dientes.
—¡CÁLLENSE!— gruñí.
Pero no se detuvieron.
Se hicieron más fuertes.
Más desesperadas.
Más agonizantes.
El aire se volvió pesado, casi irrespirable, como si cada lamento se filtrara en mis pulmones.
El suelo tembló y una presión insoportable descendió sobre mis hombros.
Sentí mis rodillas flaquear.
Y entonces… él cambió.
El monstruo se irguió lentamente.
Su respiración era profunda, antinatural, acompañada por el chirrido metálico de la cadena que se hundía aún más en su carne.
La piel de su cuello se desgarró ligeramente mientras los eslabones se incrustaban con violencia.
Un aura fantasmal comenzó a emanar de su cuerpo.
Oscura.
Etérea.
Viva.
La energía lo envolvió como una llama espectral, distorsionando el aire a su alrededor.
—…¿qué demonios…?— susurré, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda.
Sus extremidades comenzaron a estirarse.
Los huesos crujieron con un sonido húmedo y nauseabundo mientras sus brazos se alargaban más allá de lo humano.
Sus dedos se deformaron en garras grotescas, desproporcionadas y antinaturales.
Retrocedí instintivamente.
—…esto no es normal…— El saco que cubría su cabeza se tensó.
Durante un instante, pareció resistirse… hasta que se rasgó con un desgarro seco.
Rrrraaaagh… El sonido fue grave, gutural, como si emergiera desde las profundidades de un abismo.
Del interior del saco surgieron dientes.
No en una boca.
Sino fusionados con la tela.
Filas irregulares de colmillos humanos incrustados en la superficie, retorcidos y superpuestos, abriéndose y cerrándose con un crujido enfermizo.
Una saliva oscura se filtró entre ellos, cayendo al suelo como brea.
Mi estómago se revolvió.
—…maldita sea…— El altar estalló en un grito unísono.
—“…ÉL VIENE…”— —“…CASTIGO…”— —“…DESTRUCCIÓN…”— La cadena en el cuello del monstruo se tensó aún más, hundiéndose en su carne hasta desaparecer parcialmente bajo la piel.
La sangre oscura brotó de la herida, evaporándose al contacto con el aura espectral.
El suelo se agrietó bajo sus pies.
El aire vibró.
Y por primera vez desde que lo enfrentaba… sentí miedo.
Un miedo profundo.
Primitivo.
—…así que este es tu verdadero rostro…—.
murmuré, obligándome a no retroceder.
Mis manos se aferraron con fuerza a la empuñadura de la espada.
El peso del arma era reconfortante, una realidad tangible frente a aquella abominación.
—No importa en lo que te conviertas…— dije con la respiración entrecortada.
—Te derribare—.
El monstruo respondió con un rugido antinatural.
Su brazo se alzó.
Y descendió.
Me lancé hacia un lado justo a tiempo.
La garra impactó el suelo, abriendo un cráter y levantando una lluvia de escombros.
Sentí el viento del impacto sacudirme el rostro.
—¡GH!—.
Rodé y me levanté con rapidez, girando la espada con ambas manos.
Aproveché la inercia y descargué un tajo contra su costado.
El filo cortó la carne ennegrecida, liberando un chorro de sangre oscura.
Pero no retrocedió.
No gritó.
Ni siquiera se inmutó.
Su otra extremidad se extendió de forma antinatural y me golpeó en el pecho.
—¡AAAGH!—.
El impacto me lanzó varios metros por el aire.
Caí de espaldas, el aliento abandonando mis pulmones en un golpe seco.
La espada se deslizó por el suelo, pero logré sujetarla antes de perderla.
Me incorporé con dificultad, temblando.
—…resiste…— susurré.
—Resiste…—.
El coro del altar se intensificó, envolviendo la plaza en un lamento interminable.
—“…libéranos…”— —“…termina con esto…”—.
—“…por favor…”—.
Apreté los dientes.
—Lo haré…— murmuré con voz firme.
—Lo juro— Levanté la espada y fijé la mirada en la cadena que se hundía en su cuello.
Esa era la clave.
Su condena.
Su vínculo con aquel lugar.
Mi única oportunidad.
El monstruo avanzó, envuelto en su aura fantasmal, sus dientes rechinando dentro del saco desgarrado.
Yo avancé también.
Sangrando.
Temblando.
Pero decidido.
—Ven…— susurré, adoptando una postura firme.
El suelo tembló cuando ambos dimos el siguiente paso.
El coro alcanzó su punto máximo.
El monstruo rugió.
No fue un sonido natural, sino un alarido profundo y desgarrado que hizo vibrar el aire como si el propio infierno gritara a través de su garganta.
El coro del altar respondió al instante, elevando sus voces en una sinfonía de agonía.
—“…mátalo…”—.
—“…huye…”—.
—“…libéranos…”—.
Apreté los dientes.
—¡CÁLLENSE!— Pero sus lamentos no cesaron.
Se mezclaban, se superponían, penetrando en mi mente como agujas.
Sentí mi equilibrio tambalearse, mi percepción fragmentarse.
Y el monstruo avanzó.
Sus extremidades grotescas se extendieron de forma antinatural, desgarrando el aire.
Me lancé hacia adelante antes de que pudiera atacarme.
Si me quedaba quieto, moriría.
La espada descendió.
—¡AAAH!— El filo cortó su costado, arrancando un chorro de sangre oscura.
El impacto me obligó a girar sobre mí mismo, utilizando el peso del arma para impulsar un segundo tajo.
La inercia era brutal, pero devastadora.
El monstruo apenas retrocedió.
Su brazo se extendió como un látigo.
—¡GH!— Lo esquivé por milímetros, sintiendo el viento del golpe rozar mi rostro.
Rodé por el suelo y me incorporé de inmediato, jadeando.
—Maldita cosa—.
El coro se intensificó.
—“…duele…”—.
—“…no más…”—.
—“…te destruirá…”—.
Mi visión se nubló por un instante.
Ese fue mi error.
El monstruo golpeó el suelo y una onda de choque me lanzó hacia atrás.
Me estrellé contra las ruinas de una casa, sintiendo cómo el aire abandonaba mis pulmones.
—¡AAAGH!— Caí de rodillas, escupiendo sangre.
Mis manos temblaban.
Mis brazos ardían.
Entonces lo sentí.
Las marcas.
Las grietas negras que recorrían mi piel comenzaron a palpitar.
No surgieron de la nada; reaccionaron al dolor, al entorno, a la energía corrupta que impregnaba aquel lugar.
Como si algo dentro de mí respondiera al infierno.
—…otra vez…— murmuré.
Las líneas oscuras se extendieron por mis hombros y descendieron por mis brazos.
Se fusionaron lentamente, cubriendo mi piel con un tono negro profundo, similar al de una sombra viva.
Se sentia tan extraño e incómodo de tener.
Cómo si fuera una respuesta de una evolución a un entorno infernal.
Mi anomalía.
El reflejo de este maldito lugar.
Sentí cómo la fuerza regresaba a mis músculos.
—…así que estás conectado conmigo…— susurré con una sonrisa temblorosa.
El monstruo rugió y se lanzó hacia mí.
Corrí a su encuentro.
Nuestras sombras chocaron en el centro de la plaza.
—¡VEN!— Esquivé su primer golpe y ascendí por su brazo extendido, utilizando su propia masa para impulsarme.
Descendí con un tajo brutal contra su hombro.
—¡RAAAH!— La sangre negra brotó como una cascada.
Pero el coro del altar estalló con más fuerza.
—“…NO…”—.
—“…CAERÁS…”—.
—“…TE PERDERÁS…”—.
Mi mente vaciló.
Mi ataque se desvió.
El monstruo aprovechó el instante de confusión y me golpeó con el dorso de su mano.
Salí despedido, rodando por la tierra ennegrecida.
—¡AGH!— Me levanté tambaleante, jadeando.
—…malditas voces…—.
El monstruo se detuvo.
Su garganta comenzó a brillar.
Una luz espectral emergió desde su interior, filtrándose entre los dientes fusionados al saco.
El resplandor era pálido, antinatural, como la luz de las almas condenadas.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—…¿qué está haciendo…?— La energía se concentró en su garganta, formando una esfera luminosa de esencia fantasmal.
Las voces del altar gritaron con desesperación.
—“…HUYE…”—.
—“…TE DESINTEGRARÁ…”—.
Pero ya era tarde.
El monstruo abrió la boca y lanzó la esfera.
—¡GH!— Me lancé hacia un lado.
La explosión sacudió el suelo, levantando polvo y escombros.
Logré esquivarla… por poco.
O eso creí.
Un fragmento de la energía rozó mi brazo.
Hubo silencio.
Un segundo eterno.
Luego… Dolor.
—…¿eh…?— Miré mi brazo.
La carne comenzó a desvanecerse.
No se desgarró.
No sangró.
Simplemente… se desintegró en partículas de luz oscura.
—¡AAAAAAAAHHHH!— El grito salió de lo más profundo de mi ser.
Caí de rodillas, observando horrorizado cómo mi brazo se convertía en ceniza espectral.
—¡MI BRAZO!— El dolor era indescriptible, como si mi alma estuviera siendo arrancada junto con la carne.
Apreté los dientes con fuerza.
—!No!—.
Mi respiración se volvió errática.
El sudor resbaló por mi rostro.
—!No voy a caer!— Con una sola mano, sujeté la espada.
Temblando.
Sangrando.
Pero en pie.
Levanté la mirada hacia el monstruo, cuyos ojos invisibles parecían observarme desde la oscuridad del saco desgarrado.
Mis brazos ennegrecidos latían con energía corrupta.
Mi corazón ardía.
—…si este es el precio…— susurré con una sonrisa rota.
—Entonces lo pagaré—.
Me incorporé lentamente.
—Pero te llevaré conmigo—.
El coro del altar gritó con más fuerza.
El monstruo avanzó envuelto en su aura fantasmal.
Y yo, mutilado pero sediento de ganar y no morir, alcé la espada con mi única mano restante.
—¡VEN…!—.
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