Renacer sangriento - Capítulo 23
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 23: Los sin rumbo
El sonido de mis pasos era lo único constante… hasta que dejó de serlo.
Había otro.
Uno más.
Luego otro.
Me detuve en seco.
No venían del río.
Venían de adelante.
Entrecerré los ojos.
Figuras.
Al principio pensé que eran árboles… sombras deformes entre la neblina oscura. Pero no.
Se movían.
Lento.
Arrastrado.
Humano.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—No— murmuré.
No eran como el monstruo.
No había violencia en ellos.
Eso lo hacía peor.
Di un paso atrás, instintivamente.
Las figuras avanzaron.
Eran personas.
O lo que quedaba de ellas.
Sus cuerpos estaban torcidos, como si hubieran sido doblados y olvidados. Sus cabezas colgaban ligeramente hacia un lado. Algunos tenían los ojos abiertos… otros no tenían nada.
Pero todos caminaban.
Sin mirarme.
Sin reaccionar.
Como si yo no existiera.
—Oigan…— dije, con la voz ronca. —¿Me escuchan…?—
No hubo respuesta.
Solo pasos.
Arrastrándose.
Uno de ellos pasó a mi lado.
Tan cerca que pude olerlo.
Ceniza.
Podredumbre.
Y algo más.
Vacío.
Giré la cabeza lentamente para mirarlo.
Su rostro estaba… mal.
No deformado.
No herido.
Mal.
Como si algo hubiera borrado partes de su identidad y las hubiera reemplazado con silencio.
Entonces habló.
Pero no a mí.
—”Pronto olvidarás el sonido de tu propio nombre…”—.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Qué…?—
Otro más habló, unos pasos detrás.
—”No eres un alma… eres el eco de un grito que ya terminó…”—
—Cállense…— susurré, retrocediendo.
No me miraban.
No reaccionaban.
Solo caminaban.
Otro pasó frente a mí.
Se detuvo por un segundo.
Muy cerca.
Demasiado cerca.
Su cabeza se inclinó apenas.
—”Mira tus manos… ¿estás seguro de que siguen siendo tuyas?”—.
Bajé la mirada de inmediato.
Mi mano.
Temblando.
Manchada.
Oscura.
Pero… mía.
¿Verdad?
—sí…— murmuré. —Sigue siendo mía…—.
—”Nadie te está buscando”— dijo otra voz, más lejos. —”Ya han llenado tu hueco allá arriba”—.
Sentí algo romperse.
No físicamente.
Más profundo.
—No…— negué con la cabeza. —Eso no lo sabes…—
Pero la duda ya estaba ahí.
Clavada.
Caminé hacia atrás, respirando más rápido.
—Aléjense…— dije, levantando la espada apenas—No se acerquen—.
No reaccionaron.
Ni siquiera miraron el arma.
Siguieron caminando.
Pasando a mi lado.
A través de mí.
Como si yo fuera otro más.
—”Lo que más temes ya ocurrió…”— susurró uno.
—”…solo que aún no te has dado cuenta…”—
completó otro.
Apreté los dientes.
—¡YA BASTA!— grité.
Silencio.
Por un segundo.
Solo uno.
Luego.
—”Tus recuerdos son parásitos…”—.
—”…que se alimentan de lo que fuiste…”—.
—”Incluso el silencio aquí tiene dientes…”—
—”No estás solo…”—.
—”…pero desearías estarlo…”—.
Las voces no subían de volumen.
No gritaban.
No amenazaban.
Eso era lo peor.
Eran planas.
Vacías.
Como un casete viejo repitiéndose una y otra vez.
Sin emoción.
Sin intención.
Sin fin.
—no me están hablando a mí— murmuré, intentando convencerme. —No… no es real…—.
Pero lo era.
Podía sentirlo.
Cada palabra encontraba un lugar dentro de mi mente.
Y se quedaba ahí.
Como una grieta.
Uno de ellos se detuvo justo frente a mí.
No levantó la cabeza.
No hizo contacto visual.
Pero habló.
—”Pronto… ya no sabrás si alguna vez tuviste un nombre…”—.
Mi respiración se cortó.
—Yo…— abrí la boca. —Yo…—
Silencio.
Mi mente.
Vacía.
Por un instante demasiado largo.
—…—.
Di un paso atrás.
Luego otro.
—No…— susurré. —No… no…—.
Apreté mi cabeza con la mano.
—Yo… tengo un nombre…—
¿Lo tenía?
El latido en mi pecho respondió.
Fuerte.
Seco.
El Corazón del Penitente.
—…— inhalé con dificultad.
—Sigo aquí…— murmuré. —Sigo aquí…—.
Las figuras comenzaron a alejarse.
No porque yo me moviera.
Sino porque ellas seguían caminando.
Siempre hacia adelante, Siempre en la misma dirección, Sin detenerse, Sin cambiar y sin existir. realmente.
Solo quedaba el eco de sus palabras.
Flotando.
Clavándose.
Respiré hondo.
Una vez.
Otra.
—…no voy a escucharlos…— dije en voz baja—No voy a convertirme en eso…—.
Miré sus espaldas perdiéndose en la neblina.
—No soy un eco…—
Apreté la empuñadura de la espada.
—Aún no—.
Giré la mirada hacia el río negro.
Seguía fluyendo.
Indiferente.
Como si nada hubiera pasado.
—…esto es peor que los monstruos…—
murmuré.
Y esta vez…
Lo decía en serio.
Di un paso adelante.
Luego otro.
Sin mirar atrás.
Pero ahora…
Seguí caminando.
No más rápido.
No más lento.
Solo… adelante.
El sonido de mis pasos volvió a ser lo único constante, pero ahora ya no era un consuelo.
Era un recordatorio.
De que seguía aquí.
De que aún no había desaparecido.
El río negro continuaba a mi lado, arrastrándose en silencio, como si nada de lo que acababa de ocurrir le importara.
—…— exhalé lentamente.
No miré atrás.
No quería ver si esas cosas… seguían ahí.
No quería saberlo.
El terreno comenzó a cambiar.
La tierra se volvió más irregular, más dura, salpicada de estructuras que no parecían naturales. Restos de madera ennegrecida emergían del suelo como huesos rotos, algunas inclinadas, otras completamente verticales.
Me detuve.
Entrecerré los ojos.
No eran simples restos.
Eran vigas.
Antiguas.
Clavadas.
Y entonces los vi.
Cuerpos.
Inmóviles.
Atravesados.
Algunos colgaban, suspendidos por clavos oxidados que atravesaban sus hombros, sus torsos… sus cuellos. Otros estaban empalados, sostenidos en posiciones imposibles por estructuras que claramente no habían sido hechas para sostener vida.
Ni muerte.
—…— mi garganta se tensó.
No se movían.
No respiraban.
Pero…
No estaban muertos.
Lo supe antes de que hablaran.
—“Abandonad toda esperanza…”—
La voz salió de uno de ellos.
Grave.
Arrastrada.
Antigua.
Su cabeza estaba inclinada hacia el pecho, el rostro oculto por sombras, pero sus labios… no se movieron.
—“…los que aquí entráis…”—
Un latigazo recorrió mi espalda.
—…— di un paso atrás.
Otro cuerpo, más arriba, clavado de forma brutal contra una estructura torcida, habló después.
—“No hay redención en este reino…”—
Su tono era diferente.
Más claro.
Menos arcaico.
Pero igual de vacío.
—“…solo repetición…”—
Mis dedos se tensaron alrededor de la espada.
—…no…— murmuré.
Uno más.
A mi izquierda.
Su cuerpo estaba torcido hacia atrás, como si hubiera sido doblado contra su voluntad. Sus ojos estaban abiertos… pero no miraban nada.
—“La carne recuerda… aunque la mente no…”—
Tragué saliva.
—…cállense…—
No se detuvieron.
Nunca lo hacían.
—“Has caminado este sendero antes…”—.
—“…y lo harás otra vez…”—.
—“…y otra…”—.
—“…y otra…”—.
—“…y otra…”—.
Las voces no se superponían como antes.
Se encadenaban.
Como si cada una esperara su turno para clavar la siguiente frase.
Como si hubiera… un orden.
Un patrón.
—…— apreté los dientes.
—No…— murmuré. —No hay patrón… no hay sentido…—.
Pero lo había.
Podía sentirlo.
No en las palabras.
En los silencios entre ellas.
Caminé despacio entre las vigas, cuidando cada paso. La madera crujía bajo mis pies, seca, antigua, impregnada de algo más que tiempo.
Dolor.
—“Fuiste advertido…”—.
Giré la cabeza.
Uno colgaba a mi derecha, suspendido por los brazos, el peso de su cuerpo desgarrando lentamente la carne que aún lo sostenía.
—“…pero aun así entraste…”—.
—Yo no elegí esto— respondí, casi sin pensar.
Silencio.
Por un instante.
Solo uno.
—“…eso crees…”—
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué…?—
Avancé un paso hacia él.
—¿Qué quieres decir con eso?—
No hubo reacción.
No giró.
No respiró.
Nada.
—“…eso crees…”—.
Exactamente igual.
Misma pausa.
Mismo tono.
Misma nada.
Retrocedí lentamente.
—No responden…— susurré. —Nunca responden…—.
Pero la duda ya estaba sembrada.
Otra más.
Como una grieta que no estaba antes.
Seguí avanzando.
El lugar se volvía más denso.
Más cerrado.
Las vigas eran más altas, más numerosas, algunas cruzándose entre sí como si formaran una estructura sin lógica, una especie de bosque muerto hecho por manos humanas… o algo peor.
Y entre ellas…
Más cuerpos.
Más formas.
Más ecos.
—“El tiempo no existe aquí…”—.
—“…solo la repetición…”—.
—“…solo el retorno…”—.
—“…solo tú…”—.
—“…y lo que queda de ti…”—.
—¡BASTA!— gruñí, golpeando una de las vigas con la espada.
El impacto resonó seco.
Astillas saltaron.
El cuerpo clavado en ella se balanceó levemente.
Y habló.
—“Incluso la ira es reciclada…”—.
Me quedé inmóvil.
La espada aún vibrando en mi mano.
—…— exhalé con fuerza por la nariz.
—No voy a escuchar esto— dije en voz baja.
Seguí caminando.
Más rápido ahora.
No corriendo.
Pero tampoco lento.
Solo… decidido.
—“Acelerar no cambia el destino…”—.
—“…solo acorta el camino…”—.
—“…hacia lo mismo…”—.
Cerré los ojos por un segundo.
Un segundo nada más.
—…sigue caminando…— me dije. —Sigue…—.
Abrí los ojos.
Y entonces lo noté.
El río.
Se había acercado.
No.
Yo me había acercado.
Demasiado.
Me detuve en seco.
El borde oscuro estaba a pocos pasos de mí. La superficie era espesa, inmóvil, como un espejo que se negara a reflejar.
Di un paso atrás de inmediato.
—…no…—.
Mi pulso se aceleró.
—No… no…—.
Miré el suelo.
Mis huellas.
Se desviaban.
Sin darme cuenta.
—…— apreté los dientes.
—Me estás arrastrando…—
El río no respondió.
Pero tampoco lo necesitaba.
Giré el cuerpo, alejándome, recuperando distancia.
Uno.
Dos pasos.
Suficiente.
Respiré.
Lento.
Controlado.
—“…incluso cuando te alejas…”—.
La voz vino de atrás.
—“…sigues acercándote…”—.
Cerré los ojos con fuerza.
—No…—.
—“…porque no sabes a dónde vas…”—.
—“…solo sabes que no quieres detenerte…”—.
—”Es cuestión de tiempo, hasta que te das cuenta que entre más avances, más sufrirás”—.
Abrí los ojos de golpe.
—¡ESO ES SUFICIENTE!—
Silencio.
Esta vez…
Más largo.
Más pesado.
Miré alrededor.
Los cuerpos seguían ahí.
Las vigas.
El río.
Todo igual.
Pero algo había cambiado.
Las voces…
Se habían detenido.
Mi respiración era lo único que se escuchaba.
Inestable.
Irregular.
Real.
—…— bajé la espada apenas.
—…¿ya…?—
Entonces—
—“No estás solo…”—
Susurrado.
Muy cerca.
Demasiado cerca.
Mi cuerpo se tensó por completo.
Giré la cabeza lentamente.
Había uno justo a mi lado.
No estaba ahí antes.
No podía estarlo.
Su rostro estaba a la altura del mío.
Inclinando.
Vacío.
Oscuro.
—“…pero desearías estarlo…”—
No grité.
No me moví.
Solo lo miré.
Y por primera vez…
Algo cambió.
Muy leve.
Casi imperceptible.
Pero lo vi.
Su cabeza…
Se inclinó un poco más.
No como antes.
No como un movimiento muerto.
Sino… reaccionando.
A mí.
Mi pulso se detuvo por un segundo.
—…tú…— susurré.
El caminante no respondió.
Pero no se alejó.
No repitió.
No hizo nada.
Solo…
Se quedó ahí.
Demasiado cerca.
Demasiado presente.
Y eso…
Era peor que cualquier palabra.
Apreté la empuñadura de la espada.
—…no eres como los otros…— murmuré.
Silencio.
Pesado.
Denso.
Vivo.
El río murmuró a la distancia.
Las vigas crujieron suavemente.
Y por primera vez desde que había entrado en ese lugar…
Sentí algo diferente.
No miedo.
No confusión.
Algo más profundo.
Más peligroso.
—…interés…—
No mío.
De algo más.
Algo que…
Me estaba observando de verdad.
El caminante no se movió.
Siguió ahí, demasiado cerca, con el rostro inclinado hacia mí, como si estuviera… observando.
Pero no había ojos.
No realmente.
Apreté la empuñadura de la espada, sintiendo cómo mi pulso se aceleraba.
—no eres como los otros…— murmuré.
Silencio.
El viento muerto pasó entre las vigas, haciendo crujir la madera vieja. El río, a la distancia, siguió murmurando como si nada de aquello le importara.
Y entonces…
El caminante habló.
Pero no como los demás.
—“…El tiempo…”—
La voz no era plana.
Estaba… rota.
Arrastrada.
Como si cada palabra tuviera peso.
Mi respiración se detuvo.
—“…ya te está probando…”—
Fruncí el ceño.
—¿Qué…?—.
El caminante no respondió de inmediato.
Su cabeza descendió apenas más.
—“…mira…”—
Mi cuerpo se tensó.
—“…cómo te reclama…”—
Un escalofrío recorrió mi espalda.
Sin pensarlo, llevé la mano a mi cabello.
Se sintio pesado.
Más de lo que debería.
Mis dedos se enredaron en mechones más largos de lo que recordaba.
—…no…— susurré.
Lo aparté ligeramente de mi rostro.
Era verdad.
Había crecido.
Pero no como algo natural.
No era crecimiento.
Era… abandono.
Como si el tiempo no estuviera pasando… sino acumulándose sobre mí.
—…esto no es normal…— murmuré.
—“…aquí… nada lo es…”—.
Levanté la mirada de golpe.
El caminante seguía ahí.
Pero su voz…
Se estaba apagando.
—¿Qué eres…?— pregunté, dando un paso más cerca.
—“…tarde…”—
—¿Tarde para qué?—
Silencio.
Pensé que había terminado.
Que volvería a ser como los otros.
Pero entonces.
—“…algunos…”—.
Su voz tembló.
—“…no se apagan…”—.
Mi ceño se frunció más.
—¿Qué…?—.
El viento sopló con más fuerza, levantando ceniza alrededor.
Las otras figuras…
Seguían ahí.
Inmóviles.
Pero podía sentirlo.
Escuchando.
—“…se niegan…”— continuó.
—“…a desaparecer…”—.
Apreté la espada.
—…— tragué saliva.
—¿Quiénes…?—.
El caminante tardó en responder.
Demasiado.
Como si hablar le costara.
—“…más adelante…”—.
Mi pulso aumentó.
—“…los verás…”—.
Un silencio pesado cayó sobre el lugar.
—“…luchan…”—.
Otra pausa.
—“…mueren…”—.
Mi respiración se volvió más lenta.
—“…y vuelven…”—.
Sentí un vacío abrirse en mi pecho.
—“…no para ganar…”—.
Su cabeza se inclinó apenas más.
—“…sino para no desaparecer…”—.
El aire se volvió más frío.
Más denso.
—…— di un paso atrás.
—…eso no es vivir…—.
—“…no…”—
La respuesta fue inmediata.
Y eso me heló la sangre.
—“…pero es… resistir…”—
Apreté los dientes.
—…— bajé la mirada un segundo.
—…—.
Eso…
Eso sonaba demasiado familiar.
Levanté la vista lentamente.
—…—.
—…yo…—.
No terminé la frase.
No hizo falta.
El caminante no respondió.
Pero por un instante…
Sentí que entendía.
Entonces.
—“MENTIRA…”—
La voz cortó el aire como un cuchillo.
Giré la cabeza de golpe.
Otro caminante.
Más lejos.
Inmóvil.
—“…nadie resiste…”—.
—“…solo se retrasan…”—.
—“…todos terminan igual…”—.
—“…todos…”—.
Mi respiración se aceleró otra vez.
—¡CÁLLENSE!— grité.
El eco murió rápido.
Demasiado rápido.
—“…lo que ves…”—.
Volví la mirada al caminante frente a mí.
—“…es lo mejor que te espera…”—.
—¡NO!—
Avancé un paso.
—¡No voy a terminar así!—
Silencio.
Por un segundo.
Solo uno.
—“…eso también… lo dijeron…”—.
Mi pecho se tensó.
—…—.
Las voces regresaron.
No fuertes.
No agresivas.
Peor.
Constantes.
—“…y aún así…”—.
—“…aquí están…”—.
—“…aquí siguen…”—.
—“…sin avanzar…”—.
—¡YA BASTA!—
El latido en mi pecho respondió.
Fuerte.
Seco.
El Corazón del Penitente.
Sentí cómo algo dentro de mí… se estabilizaba.
No desapareció el miedo.
Pero dejó de desbordarse.
Respiré hondo.
Una vez.
Otra.
—…—.
—…no soy como ellos…— murmuré.
Apreté la espada con más fuerza.
—…no me voy a quedar…—.
Levanté la mirada.
Directo al caminante.
—…voy a avanzar—.
Silencio.
Pesado.
El caminante…
No respondió.
Su cabeza quedó inmóvil.
Su presencia…
Se apagó.
Lentamente.
Como una vela consumida.
Y entonces.
—“…no estás solo…”—.
Susurrado.
Pero ya no era él.
Era otro.
—“…pero desearías estarlo…”—
Cerré los ojos un segundo.
—…—.
Cuando los abrí…
El caminante frente a mí…
Era igual a los demás.
Vacío.
Roto.
Perdido.
No quedaba nada.
Exhalé lentamente.
—…—.
Miré hacia adelante.
Las vigas continuaban.
El terreno se volvía más oscuro.
Más profundo.
Más… denso.
—…más adelante…— repetí en voz baja.
Mis dedos se tensaron.
—…los veré…—.
No sabía si quería.
Pero iba a hacerlo.
Di un paso.
Luego otro.
El río seguía a mi lado.
Los ecos… también.
Pero esta vez…
Había algo más.
No era esperanza.
No realmente.
Era algo más frío.
Más duro.
Más peligroso.
—…si no lucho… desaparezco…—.
Apreté los dientes.
—…y si lucho…—
No terminé la frase.
No hacía falta.
Seguí caminando.
Porque en ese lugar…
Incluso resistir…
Podía ser otra forma de condena.
Seguí caminando.
No porque quisiera.
Sino porque detenerme… empezaba a sentirse peor.
El sonido de mis pasos volvió a llenar el vacío, pero ya no era constante. Algo en el ambiente había cambiado. Las vigas quedaban atrás poco a poco, y con ellas, las voces.
O eso creía.
—“…más adelante…”—.
Susurrado.
Lejano.
Como si no viniera de ningún lado… o de todos.
Apreté la empuñadura de la espada.
—…cállate…— murmuré.
Pero no sonaba igual.
Ya no sonaba como miedo.
Sonaba… cansado.
Seguí avanzando sin mirar atrás. El río negro continuaba a mi lado, lento, paciente, como si supiera que no importaba cuánto caminara… siempre estaría ahí.
Siempre esperándome.
—…— exhalé.
El suelo comenzó a cambiar. Menos restos. Menos estructuras. Más vacío.
Eso era peor.
Porque aquí… no había distracciones.
Solo yo.
Y mi mente.
Di otro paso.
Entonces—
Me detuve.
Frente a mí…
Había algo.
No una figura.
No un caminante.
No un cuerpo.
Algo… más simple.
Una marca en el suelo.
Un rastro.
Pisadas.
Me incliné ligeramente.
Eran recientes.
No estaban desvanecidas.
No estaban rotas.
Eran… firmes.
Mi respiración se detuvo un segundo.
—…—.
Miré alrededor.
Nada.
Solo el viento muerto.
El río.
El vacío.
Pero esas huellas…
Seguían hacia adelante.
—…— tragué saliva.
—…alguien…—.
La palabra se sintió extraña.
Pesada.
Casi incorrecta.
—…alguien está… avanzando…—.
Las voces no tardaron.
—“…ya estuviste ahí…”—.
—“…esas huellas son tuyas…”—.
—“…olvidaste haberlas dejado…”—.
Cerré los ojos con fuerza.
—No…—.
—“…no hay nadie más…”—.
—“…solo tú… repitiendo…”—.
Apreté los dientes.
—¡CÁLLENSE!—
El eco murió rápido.
Demasiado rápido.
Abrí los ojos.
Las huellas seguían ahí.
No habían cambiado.
No se habían borrado.
No se movían.
Solo… estaban.
—…—.
Di un paso.
Mi pie cayó justo al lado de una de ellas.
No encajaba.
No era el mismo tamaño.
No era la misma forma.
Mi pulso aumentó.
—…—.
—…no soy yo…— susurré.
Silencio.
Pesado.
Denso.
Real.
Las voces no respondieron de inmediato.
Y eso…
Eso fue lo que me hizo creerlo.
—…—.
Di otro paso.
Siguiendo el rastro.
Lento.
Con cuidado.
Como si en cualquier momento fuera a desaparecer.
Pero no lo hizo.
Seguía ahí.
Una tras otra.
Firmes.
Decididas.
Como si quien las hubiera dejado…
No hubiera dudado.
La voz volvió.
Más baja.
Más lejana.
—”¿Tan seguro estás que no es un monstruo?”—.
Apreté la espada.
—…no me importa…— murmuré.
Y era verdad.
Por primera vez…
No me importaba si era una persona o un monstruo.
No me importaba si era una trampa.
No me importaba si era otra forma de tortura.
—Esto es lo único que tengo para avanzar…—.
Mi voz tembló apenas.
—…entonces yo también quiero—.
Las voces intentaron responder.
Pero ya no era lo mismo.
No entraban igual.
No pesaban igual.
Porque ahora…
Había algo más.
No esperanza.
No alivio.
Algo más simple.
Más peligroso.
Dirección.
Miré las huellas perderse en la oscuridad.
—…no sé que seras…— murmuré.
—…pero no me detendré…—
Di un paso más.
Luego otro.
Encajando mi ritmo al de ese rastro desconocido.
—…así que yo tampoco dudaré más…—.
El río siguió fluyendo.
Las voces siguieron susurrando.
El dolor seguía ahí.
Todo seguía igual.
Excepto una cosa.
Ya no caminaba sin rumbo.
Ahora…
Estaba siguiendo algo.
Aunque no supiera qué era.
Aunque no supiera si debía.
Y en ese infierno…
Eso era suficiente.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com