Renaciendo como el bastardo del señor del fuego - Capítulo 1
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- Capítulo 1 - 1 Primer volumenEl niño que aprendió a usar a los dioses Capitulo 1Renacer con los ojos abiertos
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1: Primer volumen:El niño que aprendió a usar a los dioses Capitulo 1:Renacer con los ojos abiertos 1: Primer volumen:El niño que aprendió a usar a los dioses Capitulo 1:Renacer con los ojos abiertos Esta era la segunda vez que nacía, aunque durante la primera no fuera consciente de ello.
La primera, en un mundo sin control elemental ni espíritus, donde su cuerpo nunca le perteneció realmente.
Fue un niño enfermo, débil desde el primer día, con pulmones que nunca respiran sin dolor y un corazón que latía como si cada bombeo fuese el último.
Aprendí a medir los días no por el sol, sino por el número de pastillas en un frasco; a conocer los rostros de los médicos mejor que el de sus compañeros de escuela; a vivir con la certeza silenciosa de que su vida sería corta y con un dolor constante.
Y lo fue.
Murió sin dramatismo, sin heroísmo.
Una madrugada cualquiera, a los quince años, simplemente dejó de respirar.
Nadie lo culpó; nadie lo recordaría por mucho tiempo.
Solo fue un niño más que el mundo dejó atrás, sin familia que se preocupara por él, sin amigos gracias a que no le costó mucho tiempo en la escuela, sin personas a su alrededor que reconocieran su existencia como algo más que un paciente.
Cuando abrió los ojos de nuevo, lo primero que sintió fue fuerza.
Su cuerpo era pequeño, sí, pero no frágil.
Su respiración era firme y sin dolor; sus músculos respondían incluso antes de que lo pensara; su sangre ardía con una energía desconocida.
Lo segundo que notó fue que no estaba solo: una mujer de mirada orgullosa y complexión marcial lo sostenía entre sus brazos, como si lo hubiera esperado toda la vida.
Ese fue su primer renacimiento.
Su primer regalo.
Y, muy pronto, su primera pérdida.
Los años pasan y con ellos la vida, durante los primeros años de su vida había estado pasando el tiempo como una persona normal a pesar de saberse en un mundo diferente, pero la vida no trata solo de felicidad, la muerte y la tragedia son dos cosas inevitables en cualquier mundo y se percató de ese aquel fatídico día donde sucedió la muerte que cambió su destino.
Tenía cuatro años cuando su madre “murió”.
Un accidente en el entrenamiento, dijeron los oficiales de élite.
Una caída desafortunada, dijeron los sirvientes.
Una mentira mal tejida, pensó Ren.
Había visto suficiente en su vida anterior como para reconocer el olor de la conveniencia política.
Su madre no era importante, pero sí poderosa; demasiado poderosa para ser simplemente ignorada.
Y él, su hijo, cargaba un fuego tan intenso que los instructores ya susurraban sobre él con inquietud.
A nadie le convenció que una guerrera tan capaz existiera lejos del control directo del poder.
Así que había desaparecido.
Su cadáver fue entregado envuelto en seda rojas.
Ren no lloró.
No por falta de dolor, sino porque comprendió inmediatamente lo que se esperaba de él: silencio, obediencia… utilidad.
El primer encuentro con el Señor del Fuego sucedió como lo esperaba, al poco tiempo de la trágica muerte de su madre, ozai lo llamó a su palacio con un propósito claro en mente, controlar su futuro.
El palacio era enorme, intimidante y frío.
Las paredes brillaban con oro, pero olían a humo, disciplina y peligro.
Ren fue llevado ante Ozai como quien presenta un arma recién forjada.
El Señor del Fuego lo observará con la misma expresión que un general examina un mapa: buscando puntos débiles, estimando valor, calculando futuro.
—Eres el hijo de una guerrera competente —dijo Ozai, sin acercarse—.
Y me han informado que tu fuego despertó antes que el de la mayoría.
Ren alzó la vista, sin inclinarse del todo.
No por desobediencia, sino porque algo en su interior —algo viejo, algo ajeno— se negaba a mostrar sumisión gratuita.
Ozai lo notó.
Y sonrió apenas.
—Serás criado aquí —anunció—.
Aprenderás a ser útil.
No dijo “bienvenido”.
No dijo “hijo”.
Solo útil.
Ren entendió la naturaleza del pacto desde ese instante: Ozai lo guardaría siempre que su potencial lo justificara… y lo descartaría sin dudar si dejaba de hacerlo.
Así comenzó su niñez en el palacio.
Creciendo bajo la sombra del trono Ren no tenía una infancia.
Tenía entrenamiento, pruebas, evaluaciones y silencio.
Pero tenía algo más: recuerdos.
Recordaba la historia del mundo en el que ahora vivía, recordaba a los héroes, a los villanos, a la guerra futura, a la llegada del Avatar.
Recordaba cómo se supone que todo debía suceder.
Sabía, por tanto, cómo usar todo eso.
Cuando tenía cinco años, Ursa dio a luz a su primer hijo: Zuko.
Ren lo observó desde la distancia del hermano que no debía existir, del niño no mencionado en reuniones familiares, del miembro de la familia que no tenía el derecho de aspirar a nada más que a servir a su nación y al señor del fuego como su fiel arma.
Zuko lloraba mucho, temía todo y sonreía poco.
Ren no lo veía como un rival ni como un aliado: lo veía como una pieza frágil, moldeable, predecible.
Con el tiempo, aprendió a tratarlo como un hermano correcto: ni demasiado frío para levantar sospechas, Ni demasiado afectuoso para crear vínculos que no necesitaba.
Zuko creció queriendo su aprobación sin saber por qué, y Ren se aseguró de que esa necesidad jamás se apagara.
un ejemplo de ello fue aquella vez…
El sol apenas entraba por los ventanas del pasillo norte del palacio cuando Zuko corrió tras su hermano mayor.
Sus pasos eran pequeños y torpes; el eco rebotaba entre las columnas, delatando su presencia.
—¡Ren!
¡Ren!
¡Espera!
—gritó el niño.
Ren no necesitaba volverse para saber que era él.
Zuko siempre anunciaba su llegada con desesperación; su respiración entrecortada, sus manos extendidas, como si temiera perder a quien seguía.
Ren se detuvo lentamente, lo justo para parecer paciente, pero no amable.
Zuko chocó contra su abdomen, levantando la mirada con los ojos redondos, expectantes.
— ¿Vas a entrenar?
—preguntó Zuko con esa mezcla de emoción y temor tan suya.
Ren inclinó ligeramente la cabeza.
-Si.
Quiero mejorar mi postura de ataque.
Zuko tragó saliva, nervioso.
—¿Puedo verte?
Ahí estaba la oportunidad.
No había que forzar nada.
Solo… dirigirlo.
—Si quieres —respondió Ren, caminando sin esperar a que Zuko lo alcanzara—.
Pero no te acerques demasiado.
Necesito espacio.
El niño avanzaba con tanta fuerza que casi perdió el equilibrio, y lo siguió trotando hasta el pequeño patio de práctica.
Era un círculo de piedra pulida rodeado por un jardín impecable.
El aire olía a carbón apagado y flores cálidas.
Ren se colocó en el centro, adoptando la postura básica con un movimiento fluido y elegante.
Zuko lo observaba con fascinación pura.
Ren lanzó una serie de golpes lentos, controlados, no para entrenar… sino para que Zuko los admirara.
Cada movimiento tenía la intención silenciosa de parecer inalcanzable, casi natural, absolutamente digno de imitación.
Cuando terminó, Zuko aplaudió con timidez.
—Eres increíble —dijo, con una sonrisa torpe pero sincera.
Ren ni sonorizar ni lo miró directamente; Mantuvo una calma distante que a Zuko lo confundía y al mismo tiempo lo atraía.
—No es increíble —corrigió Ren con voz suave—.
Es disciplina.
Zuko dejó de sonreír, como si hubiera fallado una evaluación que no sabía que existía.
—¿Disciplina?
Ren se sentó sobre las rodillas, observándolo con una seriedad que ningún niño debía tener.
—Querer ser bueno no sirve de nada si no trabajas para lograrlo.
La mayoría de las personas no entienden eso.
Zuko bajó la cabeza, avergonzado.
—Yo… yo quiero ser bueno… Ren hizo una pausa calculada.
No habló enseñada.
Dejó que Zuko sintiera la incomodidad de su propio deseo.
Luego, con un gesto medido, extendió una mano hacia él.
—Entonces siéntate.
Observa en silencio.
Aprende.
Zuko se arrodilló frente a él inmediatamente, la espalda recta, los ojos muy abiertos.
Quería hacerlo bien.
Quería que Ren lo aprobara.
Ren volvió a colocarse en postura, sabiendo exactamente lo que estaba creando: un hábito, una costumbre emocional.
Zuko observa cada movimiento, mordiéndose el labio, esforzándose por no hablar.
Cuando Ren terminó la serie, el niño se inclinó ligeramente hacia adelante.
— ¿Cómo estuve?
¿Lo hice bien?
—Preguntó Zuko, sin haber movido del lugar, pero creyendo que su silencio era una prueba.
Ren lo miró solo un instante, con una expresión que no era afecto, pero tampoco rechazo.
Fue perfectamente calculada: neutral, exigente, suave… y poderosa.
—Estuviste mejor que ayer —dijo Ren.
Zuko se iluminó.
El simple reconocimiento —uno pequeño, casi insignificante— fue suficiente para que el niño sintiera que había logrado algo enorme.
Exactamente como Ren quería.
— ¿Puedo venir a ver mañana también?
—preguntó Zuko, esperanzado.
Ren caminó hacia la salida.
—Si te levantas temprano —respondió sin mirar atrás.
Zuko corrió tras él, como siempre.
Y Ren sonriendo para sí, apenas un segundo, donde nadie pudiera verlo.
El primer hilo estaba atado.
Luego de un año entero donde ren estuvo aprovechando la admiración de zuko para generarle un apego y un sentido de pertenencia al niño por fin llegó, Ursa tuvo a Azula.
Y por primera vez, Ren sintió un interés genuino.
Había visto a Azula adulta en su vida anterior: la prodigio insuperable, la mente brillante quebrada por la soledad y el desamor.
Pero la niña frente a él era distinta: una criatura, un fuego azul que aún no sabía si quería abrazar o destruir el mundo.
Ella lo miró el día que la conoció con algo que ningún otro miembro de la familia le había mostrado: curiosidad.
—¿Quién eres tú?
—preguntó con apenas tres años, sin temor, sin respeto, sin barreras.
Ren irritante, suave y paciente.
—Soy tu hermano mayor —respondió—.
Y si quieres, puedo enseñarte a entender a todos aquí.
Azula no entendió del todo, pero asintió, aceptando la oferta como quien acepta un secreto.
Ese fue el inicio.
Las primeras semillas de manipulación.
Con Zuko fue sencillo: justicia fría, disciplina, expectativas razonables.
Zuko creció creyendo que Ren era lo que él debía ser: fuerte, equilibrado, confiable… inalcanzable.
Ren nunca lo humillo.
Nunca lo golpees.
Nunca lo consoló.
Simplemente fue un ideal distante que Zuko deseaba alcanzar y jamás podría.
Con Azula, en cambio, Ren utilizó un método completamente distinto.
Ella era brillante, cruel, poderosa… pero profundamente, desesperadamente necesitada.
Necesitaba atención, aprobación, afecto que Ozai jamás le daría.
Ren llenó ese vacío con precisión quirúrgica.
La aplaudía cuando nadie más lo hacía.
La corregía sin dureza, pero sin debilidad.
Le enseñaba que el mundo obedecía a los fuertes, sí… pero que incluso los fuertes necesitaban aliados invisibles.
Azula empezó a verlo como la única persona que no se intimidaba ante ella, que no la trataba como monstruo ni como niña.
Como alguien que realmente la entendía.
Y Ren lo sabía.
Cada palabra suya era un hilo.
Cada consejo, un nudo.
Cada gesto, una marca indeleble.
Pronto, Azula dejó de buscar el reconocimiento de Ozai… y empezó a buscar el de Ren.
Ese fue el segundo renacimiento de Ren: el día que dejó de ser un niño adoptado por la realeza… y se convirtió en el arquitecto silencioso del futuro que él mismo reescribiría.
Con todo eso dando vueltas recordó aquella tarde donde zuko había caído en la palma de su mano…
El salón del trono ardía con un calor que no provenía del fuego, sino de la presencia del hombre sentado en lo alto.
Ozai estaba de pie frente a un instructor militar, quien mantenía la cabeza inclinada en señal de vergüenza.
—El príncipe Zuko desobedeció las órdenes nuevamente, mi señor —informó el hombre—.
Se interpuso en un ejercicio de combate y casi fue herido.
Zuko estaba al lado del instructor, pequeño, tembloroso, con las manos apretadas a los costados.
Azula lo observaba desde lejos con una sonrisa divertida.
Ren, en cambio, permanecía a unos pasos detrás, calculando la escena, segundo a segundo.
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