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Renaciendo como el bastardo del señor del fuego - Capítulo 2

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  3. Capítulo 2 - 2 Volumen 1 El niño que aprendió a usar a los dioses
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2: Volumen 1: El niño que aprendió a usar a los dioses.

Capitulo 2:Forjar vínculos, no afectos 2: Volumen 1: El niño que aprendió a usar a los dioses.

Capitulo 2:Forjar vínculos, no afectos Ozai bajó del estrado con pasos lentos, como un depredador midiendo a su presa.

—¿Interrumpiste un entrenamiento?

—preguntó, con voz suave… demasiado suave.

Zuko intentó hablar.

—Yo… quería ayudar a los soldados.

Parecía que— Un golpe seco resonó en la sala.

Ozai no lo había tocado, pero había golpeado el piso con el extremo de su capa, y el sonido bastó para que Zuko cayera de rodillas por puro terror.

Azula rió por lo bajo.

Ren no.

“Esto es inútil,” pensó Ren.

“Si Zuko se quiebra ahora, no servirá para nada en el futuro.

Lo necesito funcional.” Ozai levantó la mano, fuego formándose en sus dedos.

—Has deshonrado tu nombre, Zuko.

Zuko cerró los ojos, esperando el impacto.

Ren actuó.

Dio un paso al frente, firme, sin mostrar prisa ni desafío.

La acción fue lo suficientemente rápida para interponerse, pero lo bastante controlada como para parecer respeto.

—Padre —dijo Ren con voz clara—.

Con su permiso… deseo hablar.

Ozai no bajó la mano, pero lo miró con interés frío.

—¿Intercederás por él?

Ren bajó la cabeza con reverencia medida.

—No intercedo.

Explico.

Azula dejó de sonreír; aquello sí le llamó la atención.

Ozai bajó lentamente la mano, aunque el fuego seguía encendido en sus dedos.

—Habla.

Ren se arrodilló entre Zuko y Ozai, no para proteger al niño… sino para colocarse justo donde su padre debía verlo.

—Zuko no desobedeció por rebeldía —dijo Ren, cuidando cada palabra—.

Lo hizo por lealtad.

Quiso ayudar a los soldados, aun cuando no era capaz de hacerlo.

Zuko abrió los ojos, sorprendido, confundido.

Ozai lo escuchaba sin parpadear.

—Eso es debilidad —sentenció el Señor del Fuego.

Ren inclinó la cabeza… pero sonrió sutilmente.

—Y también potencial.

La lealtad ciega es inútil… pero la lealtad guiada puede ser peligrosa.

Zuko quiere proteger lo que considera importante.

Eso puede moldearse.

Puede servirle a usted.

El silencio llenó la sala.

Azula parecía fascinada.

Zuko tragó saliva, temblando menos.

Ozai apagó el fuego.

—¿Crees que puede servir?

—preguntó Ozai, como quien evalúa una herramienta rota.

Ren bajó los ojos, humilde en apariencia, calculador en realidad.

—Si usted lo permite, puedo encargarme de corregir su disciplina.

Hará lo que yo diga.

Y si falla nuevamente… lo dejaré claro con él.

Zuko se tensó.

El miedo por un segundo volvió.

Pero Ren, sin mirarlo, colocó una mano firme en su hombro.

Un gesto simple.

Un “confía en mí” que Zuko necesitaba escuchar, aunque Ren no lo sintiera.

Ozai observó el cuadro, midiendo a Ren, no a Zuko.

—Muy bien —dijo finalmente—.

Zuko quedará bajo tu supervisión.

Si fracasa, consideraré que tú también lo has hecho.

Ren se inclinó profundamente.

—Acepto la responsabilidad.

Zuko lo miró como si fuera un salvador.

Azula lo miró como si fuera un aliado brillante.

Ozai lo miró como si fuera un instrumento útil.

Y Ren los miró a todos en silencio, sabiendo que acababa de atar otro hilo.

Zuko era suyo.

Azula estaba intrigada.

Ozai, confiando.

Todo iba exactamente como lo planeaba.

luego de eso pasó un año entero para que la joven azula comenzara a caer al igual que zuko.

El palacio estaba silencioso a esa hora de la tarde; Ursa había salido con Zuko para visitar a la maestra de protocolo, y Ozai se encontraba en alguna reunión privada que ninguno de los sirvientes osaba mencionar.

Ren conocía esas horas: los huecos donde nadie vigilaba, donde podía moldear piezas sin interrupciones.

Azula estaba en el patio interior, practicando fuego azul.

Su respiración era tensa, casi rígida, y cada movimiento llevaba una precisión obsesiva… la clase de obsesión que nace de la necesidad de complacer a un padre inalcanzable.

Ren la observó un momento desde uno de los pasillos, en silencio.

La niña falló uno de los golpes, una llamarada se quemó a sí misma antes de formarse, y Azula frunció los labios con ira contenida.

Ahí era.

Ese microsegundo en que ella no se sentía perfecta.

Ren caminó hacia ella como si hubiera llegado por casualidad.

—Tus muñecas están tensas —comentó sin juicio, como un maestro que conoce el mecanismo exacto del error.

Azula giró.

Al verlo, sus ojos se suavizaron apenas.

Ren era el único que no la trataba como una niña, y a la vez el único que nunca la humillaba con condescendencia.

Ella necesitaba eso, aunque no lo supiera.

—No están tensas —respondió Azula, pero había una grieta en su voz.

Ren no la contradijo.

La rodeó lentamente y se detuvo detrás de ella.

—Muestra el movimiento otra vez —pidió.

Azula, siempre ansiosa de demostrar, obedeció.

La llamarada salió mejor, pero aún no fluida.

Ren asintió, como si evaluara algo mucho más grande que un simple golpe elemental.

—¿Sabes?

—dijo con calma— A tu edad yo tampoco controlaba mi fuego del todo.

Un silencio pesado cayó.

Azula dejó de respirar por un segundo.

—¿Tú?

—preguntó, genuinamente sorprendida.

Ren dejó que el efecto se asentara.

Ser imperfecto por elección.

Vulnerable a conveniencia.

—Mi fuego era fuerte… pero inestable.

Como si quisiera salir más rápido de lo que mi cuerpo podía soportar.

Me tomó tiempo entenderlo.

Azula tragó saliva.

Ren podía ver su mente trabajar: si Ren era fuerte y alguna vez fue imperfecto, entonces ella también podía permitirse fallar.

Ren había sembrado la idea exacta que quería.

—Es normal que el poder avance antes que tú —añadió con voz baja—.

Te pasa porque eres demasiado talentosa, Azula.

Más que cualquier otro niño en esta nación.

Hizo una pausa perfecta.

—Más incluso que yo a tu edad.

Los hombros de Azula se relajaron.

Ese era el golpe maestro: no halago vacío, sino comparación significativa.

Ella no quería ser la mejor del mundo; quería ser mejor que él.

Ren se arrodilló frente a ella para quedar a su altura.

—Pero el poder sin control es como un arma sin empuñadura —continuó—.

Te corta antes de cortar a los demás.

Le tomó suavemente las muñecas, guiando sus manos hacia una postura más flexible.

—Suelta el fuego, no lo empujes.

El fuego ya quiere salir de ti, no necesita que lo fuerces.

Azula cerró los ojos.

Respiró.

Y esta vez, la llama azul floreció limpia y hermosa, como un pétalo encendido.

Ren sonrió apenas, la clase de sonrisa que parece difícil de obtener y por eso sabe el doble de dulce.

—¿Ves?

—dijo, soltando sus manos— Sabía que podías hacerlo.

Azula abrió los ojos, brillantes, casi hipnotizados.

Él dio un paso para retirarse, pero ella lo tomó del brazo.

—Ren… —su voz tembló por primera vez—.

¿Crees que… algún día podré ser… mejor que Zuko?

Ren se inclinó para verla directo a los ojos.

—Azula —susurró— tú ya lo eres.

Permitió un silencio calculado.

—Y un día, si sigues escuchándome… La niña no parpadeó.

—… podrás ser mejor que cualquiera.

Azula apretó su mano con fuerza, como si él fuera la única persona que realmente la veía.

Ren correspondió el gesto, pero solo lo suficiente para reforzar el lazo.

Nunca más.

Mientras la pequeña sonreía, él giró levemente la cabeza, dejando que su mirada fría y calculadora se perdiera en los jardines.

Una herramienta brillante, maleable, hambrienta de reconocimiento.

Exactamente lo que necesitaba.

Pero a pesar de su meticulosidad, los planes no siempre salían como uno planeaba, eso quedó claro esa vez…

La noche caía sobre el palacio, cubriendo los pasillos en un silencio inquietante.

Ursa avanzó con pasos suaves, casi flotando entre las columnas rojas mientras un sirviente abría las puertas que daban al salón privado del señor del fuego Ozai.

Ella rara vez pedía verlo en privado.

Esa sola solicitud ya llamaba la atención.

Ozai estaba de espaldas, observando el fuego de una chimenea baja.

Ni siquiera se volvió cuando dijo: —No sueles venir a estas horas, Ursa.

Ella cerró las puertas detrás de sí, respiró hondo, y avanzó con la dignidad entrenada de una noble.

Pero bajo esa calma había algo más: una alerta maternal que llevaba días creciendo.

—Quiero hablar contigo sobre Ren —comenzó, sin rodeos.

El silencio se tensó.

Ozai finalmente giró, con una expresión tranquila… demasiado tranquila.

—¿Qué hay con él?

Ursa juntó las manos delante de sí.

No quería sonar paranoica.

No quería sonar como una madre que busca problemas donde no los hay… pero tampoco podía ignorarlo más.

—Es… diferente —dijo, buscando las palabras adecuadas—.

Incluso para un niño que ha sufrido tanto.

Ozai arqueó ligeramente una ceja, como si la preocupación de Ursa fuera un desperdicio de su tiempo.

—Todos los niños diferentes necesitan guía —respondió—.

En especial uno con un potencial tan extraordinario como él.

Ursa tragó saliva.

Ahí estaba: el brillo en los ojos de Ozai cuando hablaba del poder de Ren.

No cariño.

No interés paternal.

Ambición.

Ella continuó: —No es solo su habilidad con el fuego.

Es su comportamiento.

Su forma de… mirar.

La manera en que parece anticipar las reacciones de todos.

Incluso las mías.

Ozai dio un paso hacia ella, cruzando lentamente las manos detrás de la espalda.

—¿Y eso te preocupa?

Ursa sostuvo su mirada.

—Tiene cuatro años, Ozai.

Cuatro.

Y es capaz de decir exactamente lo que otra persona quiere oír.

Incluso antes de que esa persona lo sepa.

Ozai no parpadeó.

Ella continuó, sintiendo que por primera vez decía en voz alta algo que la había perturbado desde el primer día que Ren cruzó el umbral del palacio.

—A veces… —confesó— siento como si él estuviera evaluándome.

Como si intentara entender qué me haría bajar la guardia.

Y cuando se equivoca… se corrige.

Como si estuviera aprendiendo de nosotros, no como un niño… sino como un adulto oculto tras su cara.

Esta vez, Ozai sí reaccionó: ladeó levemente la cabeza, estudiándola con una mezcla de curiosidad y sospecha.

—Estás describiendo a un niño inteligente, Ursa.

No a un monstruo.

Ella negó suavemente con la cabeza.

—No estoy diciendo que sea malvado.

Solo que hay algo en él… algo que no encaja.

Cuando lo miro a los ojos, no veo a un niño.

Veo a alguien que mide mis palabras, mis emociones, mis movimientos.

La mirada de Ozai se afiló, como si estuviera empezando a perder la paciencia.

—La madre del niño murió, Ursa.

Por tu propio testimonio, fue un accidente.

¿Esperabas que ese tipo de trauma produjera un espíritu juguetón?

El tono de esa última frase hizo que la piel de Ursa se erizara.

Pero ella no retrocedió.

—No se trata del trauma —dijo con calma firme—.

Se trata de una intención.

Ren observa, calla, y cuando decide hablar… sus palabras siempre tienen un propósito.

Nunca improvisa.

Nunca explota emocionalmente.

No actúa como un niño pequeño que perdió a su madre.

Actúa como alguien que está intentando… encajar.

Ozai avanzó un paso más, quedando a apenas unos centímetros de ella.

—Tal vez te incomoda porque no te pertenece —susurró, con una sonrisa delgada—.

Porque no es tu hijo.

La frase fue un golpe seco.

Ursa respiró hondo para mantener la compostura.

—Lo que me incomoda —respondió con voz baja— es la idea de que quizás tú tampoco comprendes qué clase de niño estás trayendo a este palacio.

Uno que mira a Azula como si la conociera desde antes.

Uno que provoca a Zuko para estudiar sus reacciones.

Uno que incluso contigo… elige cuidadosamente cada palabra.

El fuego crujió entre ambos.

—Ozai —añadió finalmente—, no sé qué es Ren exactamente… pero es un niño que aprende demasiado rápido.

Que observa demasiado.

Que esconde demasiado.

Y no quiero ver a nuestros hijos convertirse en piezas de un juego que él entiende mejor que nosotros.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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