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Renaciendo como el bastardo del señor del fuego - Capítulo 11

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  3. Capítulo 11 - 11 Volumen 3Donde nace la devoción
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11: Volumen 3:Donde nace la devoción.

Capitulo 3: La Sombra que se Rinde 11: Volumen 3:Donde nace la devoción.

Capitulo 3: La Sombra que se Rinde La noche había caído, y el barco de guerra avanzaba con un ronroneo grave, cortando el agua negra.

Las brasas de las antorchas del pasillo proyectaban sombras que vibraban con cada movimiento de la nave.

Ren caminó delante, sin pronunciar palabra, hasta llegar a una sala vacía del barco, originalmente destinada a reuniones tácticas.

Cerró la puerta tras él y esperó a que Azula entrara.

Azula cruzó el umbral con la barbilla en alto, aún cubierta de un leve brillo de sudor por el entrenamiento anterior.

Sus ojos dorados ardían con una mezcla de orgullo y frustración.

—No tenías que humillarlas tanto, —comentó, cruzándose de brazos—.

Algunas todavía están temblando.

Ren deslizó una mirada tranquila hacia ella.

—No fue humillación.

Fue medición.

Tienes un equipo talentoso… pero débil contra lo inesperado.

Y tú… —la observó con una sonrisa suave— tú puedes hacerlo mejor.

El tono no era de reproche.

Era… adictivamente aprobatorio.

Y Azula lo sintió.

—Claro que puedo —respondió ella, casi sin pensarlo.

Ren caminó alrededor de la mesa, se detuvo a su lado y tocó levemente la superficie con los dedos.

—Ahora que estamos solos, hablemos de nuestros siguientes movimientos.

Azula ladeó la cabeza.

—¿Contra Zuko?

—Contra todos, hermanita.

Zuko solo es un obstáculo menor.

El objetivo es el Avatar.

Y más importante aún… —sus ojos brillaron con una astucia fría—.

Tu ascenso.

Azula sonrió, pequeña, casi una mueca orgullosa.

—Padre espera que sea yo quien capture al Avatar.

—Exacto —Ren se acercó un paso, bajando la voz—.

Y yo voy a asegurarme de que lo logres.

Pero para eso necesitas dominar más que tu fuego azul.

Necesitas estabilidad.

Control.

Precisión absoluta.

Azula apretó la mandíbula.

—¿Insinúas que no tengo control?

Ren no retrocedió ante su mirada incinerante.

—Insinúo que puedes perfeccionarte.

Y que estás estancada emocionalmente.

Tus emociones se desbordan aún más cuando intentas generar electricidad.

Azula guardó silencio.

Ese tema… le molestaba.

Lo sabía.

Lo odiaba.

Ren extendió una mano hacia la lámpara de la pared.

Con un leve movimiento de su palma, la llama se estiró y se volvió completamente blanca por un segundo antes de volver a su color normal.

—La electricidad solo nace en el filo entre la calma absoluta y la determinación absoluta —comentó—.

No desde el orgullo.

No desde la rabia.

No desde la presión por complacer a padre.

Azula chasqueó la lengua, molesta, pero no apartó la mirada.

—Enséñame entonces —exigió.

Ren sonrió.

Justo lo que quería.

Inicio del Entrenamiento Especial Ren apagó las luces de la sala con un movimiento controlado de aire caliente.

La oscuridad quedó rota por una sola antorcha azul que Azula misma encendió para poder ver.

—Primero —indicó Ren—, siéntate.

Azula frunció el ceño, como si el simple acto de obedecer fuera un desafío.

Pero lo hizo.

Se sentó en el suelo, piernas cruzadas.

Ren se agachó frente a ella, casi a su misma altura.

Sus ojos blancos, reflejo de su llama interna, la miraban con una intensidad quirúrgica.

—Quiero que respires.

—Sé respirar —contestó Azula.

—Pero no sabes vaciarte —replicó Ren—.

Y mientras no puedas vaciarte, jamás vas a dividir tu fuego y separar la energía interna en positivo y negativo.

Azula apretó los labios.

Ren acercó una de sus manos a la frente de ella, sin tocarla.

—Azula… recuerda tu infancia.

Recuerda cómo padre te miraba.

No como a Zuko.

A ti.

A ti te exigía perfección.

Azula tragó saliva de forma imperceptible.

—Eso te formó, sí.

Pero también te encadenó.

Y quiero que cortes ese lazo.

Azula abrió los ojos, sorprendida.

—¿Cortar el lazo con padre?

—No para siempre —mintió Ren con suavidad—.

Solo para poder controlar tu propio centro.

La chica bajó los ojos.

Tenía apenas catorce años, pero cargaba el peso de un adulto quebrado.

—¿Y cómo se supone que haga eso?

Ren inclinó su rostro hacia ella.

—Déjame entrar en tu mente por un momento.

Solo guía.

Azula respiró hondo.

Cerró los ojos.

Ren comenzó a hablar con una voz baja, envolvente.

—Siente tu respiración.

Siente el calor en tu abdomen.

Siente cómo tu fuego quiere moverse… pero no lo dejes.

No lo alimentes con orgullo ni con ira.

Respíralo… contrólalo… y déjalo quieto.

Azula tembló ligeramente.

—Ahora —continuó él—, divide tu energía.

Visualiza dos corrientes.

Una cálida.

Una fría.

Ninguna debe dominar a la otra.

Mantén el equilibrio.

Chispas diminutas comenzaron a formarse entre sus dedos.

Azula, en silencio, sintió una punzada de emoción y el intento de su rayo… pero se apagó.

Abrió los ojos, molesta.

—¡Casi sale!

Ren tocó su barbilla con suavidad— un gesto calculado.

—Por eso es un entrenamiento especial, Azula.

Lo lograremos.

Lo lograrás.

Y cuando lo hagas… nadie podrá detenerte.

Los ojos de la chica brillaron.

No solo por el deseo de poder… sino por el afecto.

La validación.

La sensación de que Ren la veía, verdaderamente la veía.

—De acuerdo —dijo con voz firme—.

Empecemos de nuevo.

Ren sonrió, satisfecho.

—Como tú digas, princesa.

La llama azul volvió a iluminar la sala, mientras la electricidad comenzaba, lenta pero constante, a nacer entre los dedos de Azula.

El entrenamiento nocturno había continuado durante horas.

El barco se mecía suavemente sobre el mar oscuro, y en la sala apenas iluminada por una sola antorcha azul, Azula respiraba con una serenidad que jamás había tenido en su vida.

Ren la observaba sentado frente a ella, con la postura recta y los ojos blancos fijos en cada movimiento de la princesa.

Ella tenía las manos juntas a la altura del pecho, dedos extendidos, concentración absoluta.

—Muy bien —murmuró Ren—.

Has hecho progresos… pero hoy vamos a ir más lejos.

Azula abrió los ojos.

Por primera vez en horas, su expresión no era tensa.

No era rabiosa.

No era desesperada por aprobación.

Era… tranquila.

Algo nuevo.

—Estoy lista —dijo ella sin dudar.

Ren alzó una ceja, satisfecho.

Era justo lo que quería escuchar.

—Entonces siente —ordenó él.

Azula cerró los ojos.

El silencio del barco parecía expandirse alrededor de ella.

Por primera vez en su vida, no pensaba en Ozai.

No pensaba en Zuko.

No pensaba en expectativas, en presión o en competencia.

Solo pensaba en Ren.

En su voz calmada.

En su guía precisa.

En su mirada siempre fija en ella, como si realmente importara.

—Divide la energía —susurró Ren, acercándose unos centímetros—.

Sin miedo.

Sin rabia.

Déjala fluir… exactamente como te enseñé.

Las llamas del barco temblaron.

El aire se volvió seco, vibrante.

Azula sintió cómo dos corrientes de fuego interno —una cálida, otra fría, una positiva, otra negativa— comenzaban a separarse dentro de su pecho.

Como si fuesen hilos tensos que finalmente encontraban equilibrio.

No era doloroso.

No era caótico.

Era… liberador.

—Sujétalas —murmuró Ren—.

Mantenlas puras, quietas… Y ahora… Tocó su muñeca suavemente.

—…dirígenlas.

El corazón de Azula dio un vuelco.

En un instante, todo el mundo se redujo a ese contacto.

Ella abrió los ojos.

Y la energía explotó.

Un rayo azul puro, perfecto, limpio como cristal, salió disparado de sus dedos y golpeó la pared metálica, dejando una marca profunda y negra.

El sonido retumbó por todo el barco, como un trueno contenido.

Azula jadeó.

Miró sus manos temblorosas.

Pero no de inseguridad.

De emoción.

—Lo… lo hice —murmuró ella, casi sin voz—.

Ren… lo hice.

Ren sonrió.

No de orgullo fraternal.

De satisfacción profunda.

—No solo lo hiciste —corrigió él acercándose—.

Lo dominaste.

A tu edad… nadie en la historia de la Nación del Fuego ha logrado algo así.

Azula levantó la mirada hacia él.

Sus ojos dorados brillaban como brasas recién avivadas.

—Fue gracias a ti —dijo ella, respirando hondo—.

Contigo… puedo hacerlo.

Contigo… todo se ordena.

Ren inclinó la cabeza.

—Azula… —No —lo interrumpió ella dando un paso hacia adelante—.

No entiendes.

Su voz no era fría como siempre.

Era suave.

Vulnerable.

Peligrosamente honesta.

—Toda mi vida me dijeron que debía ser perfecta.

Padre… siempre esperaba más.

Siempre me empujaba.

Siempre quería que fuera una herramienta útil.

Y Zuko… solo era una molestia.

Tragó saliva.

—Pero tú… tú eres el único que realmente me ve.

Ren alzó una mano y la posó en el hombro de la chica.

—Siempre te veré —murmuró.

Azula cerró los ojos al escuchar esas palabras, como si fuesen una plegaria largamente esperada.

Su respiración tembló, no de miedo… sino de alivio.

—Entonces… —susurró ella— mientras esté contigo… nada va a salir mal, ¿verdad?

Esta vez, Ren inclinó su cabeza, acercando su rostro al de ella lo suficiente para que sintiera su calor.

—Mientras me sigas —dijo con una voz baja que se le clavó directamente en el alma— jamás caerás.

Azula abrió los ojos.

La devoción en ellos era absoluta.

Irrevocable.

El rayo había nacido de equilibrio.

Su caída… de necesidad.

—Entonces te seguiré —dijo ella, con convicción férrea—.

A donde quieras.

A donde me lleves.

Porque tú… tú eres lo único que realmente importa, Ren.

Ren sonrió.

La princesa del Fuego Azul… había sido tomada por completo.

Horas después de producir su primer rayo, Azula no podía dormir.

Cada vez que cerraba los ojos, veía la luz azul perfecta brotar de sus dedos… y la sonrisa tranquila de Ren guiándola.

Ren sabía que ella vendría.

Estaba sentado en la cubierta superior, mirando el océano nocturno, sin emitir calor.

La brisa marina agitaba su cabello negro, y su silueta recortada contra la luna parecía más una sombra que un hombre.

Escuchó los pasos antes de que Azula siquiera subiera el último peldaño.

—Ren… —su voz sonaba distinta; ligera, casi suave.

No era la voz de la princesa cruel.

Era la voz de una niña que había encontrado, por fin, un refugio.

Ren no se dio la vuelta.

—¿No puedes dormir?

Azula negó con la cabeza, acercándose a él.

—No —admitió—.

Cada vez que cierro los ojos… solo pienso en lo que dijiste.

Ren alzó ligeramente la vista hacia la luna.

—¿Qué parte?

—Que mientras te siga… jamás caeré.

Ren dejó escapar una exhalación lenta, calculada, que sonaba como paciencia, como comprensión… como promesa.

Azula dio un paso más.

Luego otro.

Hasta quedar a su lado, muy cerca, sin llegar a tocarlo.

—Ren… —susurró—.

He pasado toda mi vida sola.

Aunque estuviera rodeada de gente.

Aunque todos me temieran.

Aunque padre me elogiara… nunca fue suficiente.

Nadie… nadie me hacía sentir como tú.

Ren la miró entonces.

No con afecto genuino.

Sino con la expresión exacta que ella necesitaba para derrumbarse.

Una mezcla de orgullo, calidez y dominio perfectamente medida.

—Azula —dijo él—, tú no naciste para estar sola.

Naciste para ser grande.

Inmensa.

Pero la grandeza no se sostiene si el corazón está fracturado.

La chica apretó los labios.

Sus manos temblaban apenas.

Ren continuó, bajando la voz: —Yo… puedo cargar con tus sombras.

Puedo sostenerte cuando el mundo quiera derrumbarse sobre ti.

Pero para eso, debes confiar en mí… por completo.

Azula no dudó.

—Confío —respondió de inmediato.

Ren alzó una ceja.

—No.

Aún no lo haces.

Confías en mi fuerza, en mi guía… pero todavía tienes miedo.

Miedo de perderme.

Azula tragó saliva.

Fue un golpe certero.

—Ren… —susurró, dolida— no quiero perderte.

Eres lo único en lo que puedo apoyarme sin sentir que me crujen los huesos.

Ren se levantó.

Camino hacia ella despacio, como si fuese a rodear una criatura salvaje pero herida.

Se detuvo justo delante de ella.

—Entonces dame algo —dijo con suavidad—.

Dame tu palabra.

Azula enderezó la espalda.

Los ojos brillantes, como llamas azules a punto de estallar.

—Cualquier cosa.

Ren alzó su mano y la posó en la cabeza de ella, peinando con la punta de sus dedos su cabello oscuro.

Un gesto íntimo.

Fraternal.

Pero lleno de poder.

—Prométeme —ordenó en un susurro firme— que me seguirás, sin importar el camino.

Que no dudarás de mí.

Que no te dejarás influenciar por nadie más.

Que tu lealtad será mía.

Azula sintió un latido en el pecho, fuerte, casi doloroso.

Sus rodillas se debilitaron por un instante.

Esa era la verdad que había estado buscando toda su vida.

Un pilar.

Un centro.

Una razón.

Se arrodilló.

Voluntariamente.

Incluyendo la cabeza.

Su cabello cayendo frente a su rostro.

—Te lo prometo —dijo con voz temblorosa pero firme—.

Ren… hermano… tú eres mi guía.

Mi fuerza.

Mi certeza.

Donde tú vayas, iré.

A quien tú señales, destruiré.

A quien tú protejas, protegeré.

Alzó la mirada hacia él, completamente entregada.

—Mi lealtad… mi fuego… mi vida… te pertenecen.

Ren la observó desde arriba, silencioso.

La luna plateaba su rostro, mientras su mirada calculadora se ocultaba tras una máscara de ternura.

—Bien —murmuró, inclinándose para levantarla con una mano—.

Entonces jamás estarás sola.

Azula apoyó la frente en su pecho, permitiéndose un segundo de vulnerabilidad absoluta.

Ren cerró los ojos y apoyó una mano en su espalda.

No en consuelo.

Sino en victoria.

La princesa del Fuego Azul… la futura arma perfecta… había sido sellada.

El amanecer teñía el cielo de tonos rojizos mientras el barco avanzaba sobre un mar tranquilo.

El resto del equipo dormía, pero Ty Lee —como siempre— había despertado temprano para hacer estiramientos en cubierta.

Sus movimientos eran fluidos, casi danzantes, sin un solo sonido.

Ren la observaba desde la sombra del pasillo, con los brazos cruzados y la expresión calculadora.

Sabía perfectamente por qué empezaría con ella.

Ty Lee era luz.

Y la luz siempre proyecta las sombras más largas.

Esperó hasta que ella terminara una secuencia aérea y bajara las manos al suelo para descansar.

—Eres muy flexible para alguien que duerme tan poco —comentó Ren, con voz tranquila.

Ty Lee pegó un brinco… literalmente.

—¡Ren!

¡Me asustaste!

No haces ruido cuando caminas, ¿eh?

Ren sonrió.

Un gesto medido, cálido… que la desarmó al instante.

—No quería interrumpirte.

Te mueves bien.

Los ojos color avellana de Ty Lee brillaron de orgullo.

—¿De verdad?

¡Gracias!

Es que… bueno… la acrobacia es lo único en lo que realmente destaco.

Ren se acercó despacio, sin invadir su espacio, pero sí reduciendo la distancia lo suficiente para ejercer presión psicológica.

—Eso no es cierto.

Ty Lee parpadeó.

—¿No?

—No.

—Ren inclinó la cabeza—.

Eres más que acrobacias.

Tienes sensibilidad.

Tienes… un corazón que ve a la gente como realmente es.

La chica bajó la mirada con una sonrisa nerviosa.

—Bueno… supongo… yo solo intento ser amable.

Ren dio un paso más.

—¿Intentas… o necesitas?

Ty Lee se congeló.

Ese era su punto débil.

La parte que escondía tras su risa ligera.

La parte que su familia ignoraba.

La parte que Azula explotaba sin intención consciente.

Ren lo había encontrado en segundos.

—No quiero molestarte —continuó él suavemente—.

Pero he notado cosas.

Sutiles.

Miradas.

Silencios.

Ty Lee tragó saliva.

—¿C-cosas?

Ren bajó la voz a un susurro confidencial.

—Ty Lee… sé que Azula te intimida.

La chica dio un respingo tan fuerte que casi pierde el equilibrio.

—¿Qué?

¡No!

¡Azula es mi amiga!

Ren observó la tensión en sus hombros, sus manos apretadas, la rapidez en su voz.

Mintiendo.

A sí misma.

—No dije que no lo fuera —corrigió él con un tono suave, comprensivo—.

Pero la amistad de Azula… es distinta.

Exige cosas.

Agota.

Ty Lee se mordió el labio inferior.

—A veces… es difícil —admitió en voz baja.

Ren se colocó a su costado, mirando el horizonte con expresión pensativa, como si compartiera un secreto pesado.

—Lo sé.

Azula… tiene un fuego intenso.

Y te he visto esforzarte por mantenerte a su lado.

Incluso cuando parece que no te ve.

Incluso cuando te usa.

Incluso cuando te lastima sin darse cuenta.

Una grieta se abrió en la expresión de Ty Lee.

Una que Ren buscaba.

—Ren… —susurró ella—.

¿Por qué… dices esas cosas?

La voz se le quebró apenas.

Ren se giró lentamente hacia ella.

—Porque quiero ayudarte —respondió con total serenidad—.

No quiero que te pierdas en la sombra de nadie.

No quiero que sigas fingiendo que no te duele ser tratada como una herramienta desechable.

Ty Lee apretó los brazos contra su propio cuerpo.

Era como si alguien, por primera vez en mucho tiempo, la hubiese visto por dentro.

—No soy desechable… ¿cierto?

Ren dio el golpe final.

Lento.

Deliberado.

Colocó una mano en su hombro.

—Claro que no lo eres.

Pero si tú no te valoras… Azula jamás lo hará.

Ty Lee abrió la boca, conmocionada.

Ren aprovechó.

—Quédate cerca de mí.

Escúchame.

Déjame guiarte… y podré asegurarte algo que Azula nunca podrá darte.

—¿Qué…?

—preguntó ella, casi suplicante.

Ren inclinó la cabeza, mirándola directo a los ojos con una mezcla perfecta de tranquilidad y autoridad.

—Protección.

Ty Lee sintió un nudo en la garganta.

—Ren… yo… confío en ti.

—Bien —susurró él, sonriendo con suavidad—.

Porque te necesitaré fuerte.

Y leal.

Ty Lee respiró hondo… y asintió con convicción temblorosa.

Una pieza había caído.

La más fácil.

La primera de muchas.

Ren volvió la vista al mar.

Y la red comenzó a cerrarse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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