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Renaciendo como el bastardo del señor del fuego - Capítulo 15

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  3. Capítulo 15 - 15 Volumen 5 La isla que decidió confiar
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15: Volumen 5: La isla que decidió confiar.

Capitulo 1: El Silencio del Cálculo 15: Volumen 5: La isla que decidió confiar.

Capitulo 1: El Silencio del Cálculo La noche había caído sobre el velero como un velo de tinta espesa.

Las aguas estaban quietas, casi inmóviles, apenas cortadas por el crujido suave de la madera y el sonido delicado de una brisa que no levantaba ni un fleco de las banderas.

El cielo estaba nublado, lo suficiente para borrar la luna, pero no tanto como para desdibujar las siluetas dentro del camarote principal.

Allí, lejos de los ojos y oídos del resto del grupo, Azula y Ren Yin se reunían.

El camarote estaba iluminado únicamente por una lámpara de aceite que proyectaba una luz cálida, oscilante.

Sobre la mesa había un mapa extendido con pequeñas marcas hechas por Ren Yang durante su infiltración; símbolos crípticos, casi códigos internos entre las dos mitades del mismo espíritu.

Cada trazado parecía vibrar con un significado oculto que solo Ren Yin comprendía completamente.

Azula permanecía de pie detrás de la mesa, una mano en la cadera y la otra jugando con un mechón de su cabello como si analizara un rompecabezas incompleto.

Su expresión era tranquila, pero había fuego detrás de los ojos, un fuego que Ren Yin observaba con calculada precisión.

Él, en contraste, estaba sentado con una postura impecable.

La piel pálida reflejaba la luz como porcelana fina y sus ojos ámbar estaban fijos en el mapa, brillando como brasas cubiertas por un cristal.

Su respiración era profunda, elegante, casi meditativa… pero bajo esa calma, su mente trabajaba con una intensidad silenciosa.

—Ren Yang está haciendo progresos —murmuró Yin, sin levantar la mirada—.

Pero los habitantes de Kyoshi tienen un sentido de comunidad envidiable.

Será… entretenido observar cómo lo desarma pieza por pieza.

Azula sonrió de forma ladeada, un gesto que solo mostraba la mitad de su control y la mitad de su impaciencia.

—¿Entretenido?

—preguntó con la voz suave pero cargada de electricidad—.

Para mí, esto es un examen.

Quiero saber cuán lejos puede llegar tu otra mitad sin que el pueblo sospeche.

Si falla, el Equipo del Avatar vendrá alertado.

Si lo logra… —sus ojos se estrecharon, calculadores— …tú tendrás su confianza antes de haber pisado la isla.

Ren Yin levantó finalmente la vista.

Sus ojos ámbar se encontraron con los dorados de Azula—dos fuegos distintos que rara vez estaban a la misma temperatura.

—Mi otra mitad siempre cumple —dijo con una calma tan absoluta que resultaba inquietante—.

Él es… más directo de lo que yo sería, es cierto.

Pero nadie lee la debilidad humana tan rápido como Ren Yang.

Azula se acomodó frente a él, colocando ambas manos sobre el borde de la mesa, inclinándose lo suficiente como para que la luz de la lámpara perfilara sus gestos con precisión quirúrgica.

—Lo conozco.

Y conozco a los que dicen que pueden controlarlo todo —susurró, con un filo sutil en la voz—.

Si tu otra mitad comete un error, nos veremos obligados a cambiar la estrategia.

Ren Yin, con su habitual frialdad amable, ladeó la cabeza.

—Lo dices como si no confiaras en mí.

Azula soltó una breve risa.

No una risa cálida, sino una que parecía probar los cimientos del ego de la otra persona.

—Confío en ti más que en casi todos.

Pero no confío en nadie tanto como confío en mí misma.

Y Yang… —lo dijo casi como un halago envenenado— …es demasiado impulsivo.

—Impulsivo —repitió Yin, dejando caer el dedo sobre una de las marcas del mapa—.

Pero no imprudente.

Un silencio se instaló entre ambos.

No un silencio incómodo, sino una pausa cargada, llena de la tensión habitual que existía entre dos mentes que vivían al borde del control absoluto.

Ren Yin deslizó un pequeño pergamino hacia Azula.

Había llegado esa mañana, escrito por Ren Yang en su peculiar caligrafía desordenada, con tinta negra que parecía más bien carbonizada.

—El pueblo lo está aceptando —explicó Yin—.

No por su fuerza.

No por su falsa torpeza.

Sino porque él ofrece exactamente lo que cada persona quiere escuchar sin que parezca un esfuerzo.

Eso… —alzó una mano, como señalando un concepto abstracto— …es un arte del que tú y yo entendemos bastante.

Azula tomó el pergamino entre sus dedos.

Lo leyó con calma, con los ojos moviéndose milimétricamente en cada línea.

Cuando terminó, lo dejó sobre la mesa.

—Suki será la clave —dijo finalmente—.

Si Yang gana su respeto, ganará el de las guerreras Kyoshi.

Y si gana el de ellas, entonces ganará el pueblo entero.

Son un símbolo en esa isla.

—Sí —respondió Yin—.

Y él ya está trabajando en eso.

Azula observó a Ren Yin más atentamente.

La luz resaltó la palidez impecable de su piel, la suavidad elegante de su postura, la serenidad casi monástica que escondía una maquinaria mental devastadora.

—Eres demasiado frágil físicamente como para hacer esto tú mismo —dijo ella sin rodeos—.

Pero sabes manipular a distancia mejor que nadie.

Casi… demasiado bien.

Ren Yin inclinó la cabeza, como aceptando un cumplido.

—Mi fragilidad es mi máscara —respondió con un susurro afilado—.

Y Yang es mi instrumento.

Azula se acercó un poco más, bajando la voz.

—Y cuando llegue el momento… ¿qué usarás para manipular al Equipo del Avatar?

Algo me dice que no bastará con la misma estrategia que usaste con las chicas de nuestro grupo.

Ren Yin sonrió por primera vez en toda la conversación.

Una sonrisa mínima, tan sutil que parecía apenas una sombra formada por la luz de la lámpara.

—Con ellos no necesito romper nada —respondió suavemente—.

Solo acompañar.

Empatizar.

Ser útil.

Ser… inofensivo.

—Tú, inofensivo —Azula arqueó una ceja, divertida—.

Qué mentira tan bonita.

—Las mejores mentiras —dijo Yin— no se sienten como tales.

Y la mitad del engaño consiste en la voluntad del engañado de creerlo.

Azula dejó escapar un suspiro casi imperceptible, una mezcla de aprobación y resignación.

—Bien —concluyó, volviendo a erguirse—.

Cuando lleguemos a Kyoshi, quiero que estés listo para entrar en escena con la precisión de un bisturí.

Ren Yin tomó un pequeño amuleto rojo oscuro que había sobre la mesa—una pieza que le permitiría mantener la conexión espiritual con Ren Yang sin interferencias.

—Siempre lo estoy.

Azula dio media vuelta, encaminándose hacia la puerta, pero se detuvo en seco antes de salir.

Giró el rostro apenas lo suficiente para verlo desde el rabillo del ojo.

—Yin —dijo, esta vez sin fuego en la voz, pero tampoco suavidad—.

No permitas que tu otra mitad se desvíe.

Si él cae… caerás tú.

Ren Yin lo entendió.

Lo entendió completamente.

Y no parecía preocupado.

—Azula —respondió, con la misma quietud marmórea que siempre tenía—.

Lo que cae primero nunca es mi otra mitad.

La princesa no respondió.

Solo abrió la puerta y se perdió en el pasillo, dejando atrás el tenue parpadeo de la lámpara y a Ren Yin sumido en un silencio absoluto.

El silencio del cálculo.

El silencio del fuego contenido.

El silencio de un depredador esperando el momento exacto para mover la pieza final del tablero.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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