Renaciendo como el bastardo del señor del fuego - Capítulo 16
- Inicio
- Renaciendo como el bastardo del señor del fuego
- Capítulo 16 - 16 Volumen 5 La isla que decidió confiar
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
16: Volumen 5: La isla que decidió confiar.
Capitulo 2: El Desembarco de la Ignorancia 16: Volumen 5: La isla que decidió confiar.
Capitulo 2: El Desembarco de la Ignorancia La tarde caía sobre el mar, pintando el cielo de un naranja suave que se filtraba entre las nubes.
El viento era húmedo y cálido, una señal clara de que se estaban acercando a una zona tropical.
Aang iba sentado cerca de la cabeza del bisonte, inclinado hacia adelante, con los ojos entrecerrados por el viento y una sonrisa amplia de emoción infantil.
—Katara, ¿crees que de verdad siga aquí?
—preguntó casi sin girarse—.
Dicen que el Unagi es enorme.
Enorme enorme.
Katara, sentada justo detrás de él, sostenía el mapa que apenas había logrado mantener seco durante el vuelo.
Lo revisaba con una mezcla de concentración y resignación.
—Aang, no sabemos con certeza si esto es una isla habitada… o si el Unagi sigue aquí.
Los mapas del sur no son tan exactos —respondió con cariño, aunque con un toque de advertencia.
—Además —añadió mientras el viento agitaba su cabello—, dijiste que solo querías “verlo”.
No quiero que intentes algo loco.
Aang levantó las manos en señal de inocencia, aunque la sonrisa en su rostro lo delataba por completo.
—¡No haré nada loco!
Solo… observar de cerca.
Muy cerca.
Sokka, recostado al fondo del lomo de Appa, dejó caer la cabeza hacia atrás con un gruñido exagerado.
—¿Podemos hablar de que estamos yendo hacia una isla que ni aparece bien en el mapa solo para que Aang vaya a saludar a un pez gigante que probablemente quiera comernos?
Sokka levantó un dedo, solemne: —Esto, Katara, es exactamente lo que los adultos llaman una mala idea.
Aang rió.
—¡Vamos, Sokka!
Los maestros aire solían decir que aventurarse es una forma de crecer.
—¿Y también decían “por favor lánzate a la boca de un monstruo marino”?
—rezongó el chico mientras cruzaba los brazos.
—Porque si lo decían, empiezo a entender por qué casi no queda ninguno.
Katara le dio un codazo suave para que dejara de exagerar.
—No seas dramático.
Aang no va a meterse en la boca de nada.
¿Verdad, Aang?
Aang miró hacia el horizonte con una sonrisa demasiado inocente.
Sokka murmuró algo sobre “inevitable desastre en proceso”.
tiempo después El mar se extendía en todas direcciones, vasto y silencioso, salvo por los graznidos distantes de aves marinas.
Appa descendió un poco, apenas unos metros, lo suficiente para que el olor a sal fuera más evidente.
Katara guardó el mapa una vez confirmó el punto aproximado donde la isla debería estar.
—Si seguimos en línea recta deberíamos ver tierra pronto —comentó mientras pasaba una mano por el pelaje de Appa—.
Tal vez podamos descansar un rato allí.
Sokka y yo podríamos buscar frutas o algo de comida fresca.
—Y yo podría buscar peces gigantes —dijo Aang con un brillo entusiasmado en los ojos.
—Cero sorpresas —respondió Sokka sin levantar la mirada.
Aang se incorporó y se puso de pie con un equilibrio impecable sobre la silla del bisonte, aprovechando que Appa planeaba suavemente.
El muchacho extendió los brazos y dejó que el viento golpeara su cuerpo.
—¡Siento la energía del mar!
—exclamó con una mezcla de emoción y tranquilidad.
—Seguro es el Unagi —añadió con una sonrisa—.
Los animales grandes siempre tienen vibras enormes.
Katara suspiró con una mezcla de ternura y preocupación.
—Solo… prometeme que no vas a intentar montar al Unagi como si fuera un bisonte.
Aang abrió la boca para responder, pero entonces sus ojos se agrandaron.
—¡Tierra!
¡Ahí está!
Appa soltó un ronco “¡Auh!» y descendió un poco más para permitirles ver.
Entre la niebla marina apareció primero una línea verde profunda; luego, detalles más claros: árboles altos, playas anchas, acantilados cubiertos de vegetación y un camino estrecho que terminaba en un muelle de madera simple.
Katara se inclinó hacia adelante.
—Parece tranquila… no veo humo, ni barcos, ni gente.
—Perfecto —dijo Sokka—.
Un lugar vacío y misterioso.
Sí, seguro nada peligroso vive aquí.
Aang, sin perder un segundo, dio un salto elegante desde la silla y se deslizó por el aire usando una corriente de viento suave para quedar sentado justo en la cabeza de Appa.
—Bajemos, Appa.
Quiero investigar.
Appa respondió con un gruñido afirmativo y comenzó a descender hacia la playa.
Las primeras tensiones invisibles Mientras la isla crecía en tamaño frente a ellos, un silencio extraño se instaló entre los tres.
No era miedo, exactamente… pero sí una sensación instintiva de alerta.
Como si algo en el ambiente estuviera ligeramente fuera de lugar.
Katara lo notó primero —una calma demasiado absoluta en la bahía; el agua sin corrientes visibles, el viento detenido por momentos, el sonido de la selva amortiguado, como si los pájaros los observaran en lugar de cantar.
Sokka entrecerró los ojos.
—…
esto está demasiado tranquilo.
Aang simplemente sonrió, sin imaginar que había algo siniestro detrás del silencio.
—Tal vez a todos les gusta la paz aquí.
¡Vamos a aterrizar!
Appa tocó la arena con suavidad, levantando un pequeño remolino de granos dorados.
Katara bajó primero, sintiendo el suelo tibio bajo los pies.
Sokka descendió después, inspeccionando con aire sospechoso.
Aang dio un salto acrobático que aterrizó perfectamente con los brazos abiertos.
—¿Listos para conocer un pez gigante?
—preguntó.
Katara estaba a punto de responder cuando escuchó algo.
Un crujido súbito.
Un movimiento entre los árboles.
Un susurro de pasos ágiles.
Sokka giró de inmediato.
—¿Qué fue eso?
Pero antes de que pudieran reaccionar… Cuatro figuras en verdes intensos surgieron de entre los árboles, moviéndose con precisión perfecta, abanicos en mano, postura defensiva pero silenciosa.
Sus máscaras blancas brillaron un instante bajo la luz del sol.
El Equipo Avatar se tensó, sin saber quiénes eran ni por qué los estaban rodeando.
Aang retrocedió un paso, sorprendido.
—¿Eh… hola?
Pero las guerreras no respondieron.
La líder avanzó, abanico en alto.
Y sin que Aang o los demás lo supieran… Muy lejos de allí, Ren Yang ya había preparado la telaraña perfecta para este momento.
La isla no estaba tan vacía como parecía.
Ni tan tranquila.
Y para cuando el Equipo Avatar entendiera lo que realmente estaba ocurriendo… sería demasiado tarde.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com