Renaciendo como el bastardo del señor del fuego - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Volumen 6 La telaraña toma forma
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21: Volumen 6: La telaraña toma forma.
Capitulo 4: La Sombra que Protege 21: Volumen 6: La telaraña toma forma.
Capitulo 4: La Sombra que Protege El amanecer en Kyoshi tenía un olor particular: una mezcla de sal húmeda, algas recién expuestas por la marea baja y ese tenue aroma a madera mojada que se levantaba desde los muelles.
El sol apenas asomaba sobre el horizonte cuando Katara se inclinó para lavar su cantimplora en el borde del muelle, dejando que el agua clara del mar se deslizara entre sus dedos.
Aang aún dormía bajo una manta ligera.
Sokka roncaba con el rostro cubierto por su abrigo doblado.
Todo parecía normal.
Excepto por él.
Excepto por Ren.
Katara lo había observado desde el primer día.
No con hostilidad, pero sí con ese instinto que los años de guerra y pérdidas le habían tallado en los huesos.
Suki confiaba en Ren demasiado rápido, demasiado intensamente.
Las guerreras lo saludaban con una cordialidad respetuosa, casi ceremoniosa, como si él hubiera vivido allí durante años.
Y los aldeanos… repetían frases similares cada vez que hablaban de él: “Ren es muy servicial.” “Ren ha ayudado tanto al pueblo.” “Ren es una bendición caída del cielo.” Demasiado homogéneo.
Demasiado conveniente.
Katara dejó la cantimplora a un lado y se incorporó lentamente, frotándose los brazos para espantar el frío de la mañana.
Su respiración quedó suspendida cuando vio algo que no encajaba: Ren Yang, de pie en la playa, observando el mar con las manos detrás de la espalda.
Quieto.
Demasiado quieto.
El viento levantaba su cabello blanco y desalineado, pero él no se movía, como si cuestionara la marea… o como si esperara algo dentro de ella.
—¿No es un poco temprano para eso?
—preguntó Katara, caminando hacia él con pasos medidos.
Ren giró la cabeza apenas, lo suficiente para mirarla.
Sus ojos negros brillaron con una calidez inesperada, como un niño sorprendido en medio de un juego… pero Katara lo sintió: algo en esa mirada estaba calibrado, no espontáneo.
—El mar despierta temprano —respondió él con suavidad—.
No sería correcto dormir mientras él trabaja.
Katara frunció el ceño.
Era un comentario extraño, pero tenía ese toque poético que podía desarmar a cualquiera.
—¿Siempre dices cosas así?
—preguntó, buscando una grieta.
Ren ladeó la cabeza.
—¿Así cómo?
—Misteriosas.
—Ella cruzó los brazos—.
Como si supieras más de lo que dices.
El chico abrió los labios, como a punto de sonreír, pero dejó que el gesto muriera antes de nacer.
Bajó la vista hacia la arena, hundiendo lentamente los dedos del pie en la humedad costera.
—No sé si es misterio —murmuró—.
Solo… observo.
Escuchar al mundo es más fácil que hablar con él.
Katara sintió una punzada de culpa.
Una frase así podía haber salido perfectamente de Aang cuando estaba triste, o incluso de ella misma en los días de duelo.
Maldita sea, pensó.
¿Por qué parece tan sincero?
Pero no podía confiar.
No todavía.
—No eres de aquí —dijo ella con firmeza—.
Y aun así todos actúan como si te conocieran de toda la vida.
Ren no respondió enseguida.
Se inclinó, tomó un pequeño caracol de la arena y lo puso en la palma de la mano de Katara.
Estaba frío y húmedo, como si acabara de ser liberado por la marea.
—A veces, cuando una isla es golpeada por tormentas durante años —dijo en voz baja—, las personas aprenden a reconocer la calma antes de que llegue.
Katara apretó el caracol.
Otra frase perfecta.
Demasiado perfecta.
—¿Eso se supone que eres tú?
¿Calma?
Ren Yang elevó la vista hacia ella, y esta vez la sonrisa sí apareció.
Pequeña.
Inocente.
Un engaño impecable.
—No lo sé —respondió—.
Pero intento ayudar.
Eso es todo.
El viento sopló más fuerte, moviendo la ropa de ambos.
Katara notó que Ren no tiritaba, a pesar de que llevaba ropa ligera.
Su postura era relajada, como si no hubiera tensión en su cuerpo.
Ni ansiedad.
Ni cautela.
Demasiado control para un chico que, según Suki, había vivido dificultades recientes.
Katara cerró los ojos un instante, respirando hondo.
Me estoy dejando llevar, se dijo.
Tal vez… —¿Puedo preguntarte algo?
—interrumpió Ren, levantando apenas la mano.
—Claro —respondió Katara con cautela.
—¿Confías en mí?
Katara parpadeó.
El ataque frontal la tomó por sorpresa.
¿Por qué lo pregunta?
¿Por qué ahora?
¿Qué espera que diga?
—Aún no —respondió con honestidad.
Ren no se ofendió.
Tampoco fingió tristeza.
Solo asintió, con la naturalidad de quien acepta un clima difícil pero previsto.
—Está bien —dijo con serenidad—.
No deberías confiar en alguien que acabas de conocer.
Ese “deberías” resonó en el pecho de Katara.
Una parte de ella lo escuchó como una advertencia protectora.
Otra parte lo sintió como un permiso para bajar la guardia.
Ren Yang, mientras tanto, no la miraba.
No necesitaba mirarla.
Era suficiente con saber que los engranajes internos ya estaban moviéndose.
Katara tomó aire para responder, para mantener una distancia emocional… pero el sonido de pasos apresurados los interrumpió.
Aang apareció corriendo desde el campamento, descalzo y con la ropa ligeramente arrugada por haberse levantado de golpe.
—¡Katara!
¡Ren!
¡Despierten!
¡Hay un Unagi enorme cerca del muelle!
¡Y creo que quiere desayunar!
Ren Yang se giró lentamente hacia el Avatar, y su expresión cambió con una naturalidad impecable: pasó de la calma contemplativa a la ligera sorpresa, y luego a una sonrisa luminosa, juvenil.
Como si realmente fuera solo un chico amable, un poco raro, un poco distraído, pero inofensivo.
Katara, sin embargo… aún sentía algo.
Una vibración bajo la piel.
Una advertencia tenue, pero persistente.
Ren Yang se acercó al Avatar con pasos ligeros.
—Vamos a verlo entonces —dijo con ese tono cálido que Katara odiaba no poder descifrar—.
Tal vez solo esté curioso.
Y mientras caminaban hacia el muelle, Katara lo observó de reojo.
El viento levantó un mechón de su cabello.
No sintió nada frío en él.
Solo calma.
Demasiada calma.
La noche en Kyoshi tenía un peso distinto al de cualquier otra isla.
El aire se volvía más denso, más salado.
Los árboles crujían con una lentitud casi humana, como si estuvieran vigilando algo.
Suki caminaba por el patio interno del dojo con pasos silenciosos, la armadura ligera puesta, el cabello recogido en un nudo firme.
La luna iluminaba sus facciones tensas.
Estaba nerviosa.
Y no sabía exactamente por qué.
Ren la había citado esa noche.
Solo a ella.
Sin explicaciones.
El entrenamiento comenzaba así: con incertidumbre.
Cuando entró al dojo, el silencio fue absoluto.
La única luz provenía de dos antorchas pequeñas en los extremos del salón, apenas suficientes para que las sombras danzaran de forma inquietante.
Ren estaba en el centro, descalzo, con la postura recta, las manos a los costados, los ojos cerrados.
—Llegaste —dijo sin abrirlos.
Suki sintió un escalofrío.
No era miedo.
Era… anticipación.
—Dijiste que querías entrenar —respondió con tono firme.
Ren abrió los ojos, y ella parpadeó al ver el brillo tenue en ellos.
No era fuego.
No era reflejo.
Era intensidad pura.
—No.
—Corrigió—.
Quiero probarte.
Suki apretó la mandíbula.
—¿Probar qué?
Ren avanzó un paso.
Su movimiento era fluido, casi felino, como si el suelo lo reconociera y cediera ante él.
—Tu control —murmuró—.
Tu disciplina.
Tu instinto.
Tu límite.
Suki alzó la barbilla.
—No tengo límite.
—Todos lo tienen —respondió Ren—.
El mío dejó de ser un problema.
Quiero ver el tuyo.
Suki sintió su ego picado… pero también algo más profundo.
Curiosidad.
Retó.
—Muy bien —dijo, tomando postura de combate Kyoshi—.
Adelante.
Ren no adoptó ninguna postura.
Simplemente… caminó hacia ella.
Eso la desconcertó.
—¿No vas a ponerte en guardia?
—¿Por qué debería?
—preguntó él con calma—.
Atácame.
Suki lanzó un movimiento rápido, un golpe directo a su clavícula.
Quiso hacerlo limpio, sin dudar.
Pero lo que ocurrió fue imposible.
Ren inclinó apenas la cabeza, lo suficiente para que su puño pasara rozándole la mejilla sin tocarlo.
Luego avanzó un paso más, quedando peligrosamente cerca.
Demasiado cerca.
Suki retrocedió por puro instinto.
—¿Qué fue eso?
—preguntó con un susurro tenso.
—Respiras antes de atacar —dijo Ren, ladeando la cabeza—.
Esa fracción de segundo es tu mayor debilidad.
—Todos respiran —replicó Suki.
—Sí —respondió él—.
Pero no todos delatan su intención al hacerlo.
Los ojos de Ren parecían diseccionarla, como si viera dentro de cada microgesto, de cada impulso.
Suki tragó saliva.
—Otra vez —ordenó él.
El entrenamiento se repitió.
Golpe.
Evasión perfecta.
Cercanía asfixiante.
Golpe.
Desvío mínimo.
Contacto visual que desarmaba.
Golpe.
Ren atrapó su muñeca con una suavidad insultante.
Suki forcejeó, pero sintió que su pulso se aceleraba, no por esfuerzo… sino por la precisión fría con la que Ren la sostenía.
—Suki —dijo él, acercándose más, su voz baja, controlada—.
No estás respirando bien.
Ella tensó la mandíbula.
—Estoy respirando perfectamente.
—No.
Estás conteniendo el aire cuando te sientes observada.
Su pecho se contrajo.
El comentario fue tan certero que sintió que la desnudaba.
Ren aflojó su agarre… pero no se apartó.
—Tu cuerpo te traiciona cuando alguien invade tu espacio —continuó él, sin apartar la mirada—.
Lo vi el primer día que te conocí.
Suki sintió un calor súbito en el rostro.
No era vergüenza.
Era irritación por sentirse descifrada… y algo más peligroso: la impresión de que él realmente la había observado.
Demasiado.
—¿Es por eso que me llamaste?
—preguntó ella—.
¿Para humillarme?
Ren negó con la cabeza.
—Para pulirte.
Y con un movimiento suave, casi delicado, deslizó su mano hasta su hombro, guiándola hacia una postura distinta.
Su tacto era cálido y preciso.
Demasiado preciso.
—Tu centro de gravedad está ligeramente hacia atrás —murmuró él—.
Por eso retrocedes cuando no deberías.
Suki sintió cómo su corazón golpeaba contra sus costillas.
—Eso no significa que no pueda mejorar —dijo, con un hilo de desafío.
Ren sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Controlada.
Incluso peligrosa.
—Eso es lo que quería oír.
Se apartó apenas un paso.
—Suki —dijo—.
¿Sabes por qué quise entrenar contigo a solas?
La guerrera tragó saliva, su respiración superficial, su cuerpo tenso.
—Dímelo tú.
Ren la observó con una expresión que mezclaba análisis, afecto… y un tipo de reconocimiento que era difícil de descifrar.
—Porque eres interesante.
Suki sintió un golpe de calor en la garganta.
—¿Interesante cómo?
Ren dio un paso hacia ella.
Segundo.
Tercero.
La distancia se evaporó.
—Eres la única que no intenta impresionarme —dijo en un susurro—.
La única que me mira sin miedo… pero con límites.
La única que no se deja dominar por mi presencia.
El corazón de Suki retumbó con violencia.
El aire parecía volverse más denso entre ellos.
—Y quiero ver —continuó Ren— si eso sigue siendo cierto cuando estoy a solo unos centímetros.
Suki abrió los labios para responder, pero su mente se quedó en blanco.
Ren levantó una mano y, sin tocarla, dejó sus dedos cerca de su mejilla.
No hubo contacto.
Solo intención.
—No retrocedas —susurró.
Suki lo obedeció.
Contra todo instinto… lo obedeció.
Ren sonrió suavemente.
—Muy bien —dijo, bajando la mano—.
Ese es tu límite.
Y acabas de romperlo.
Suki respiró hondo, tratando de recuperar la compostura.
—¿Ya terminamos?
Ren negó con calma.
—Apenas empezamos.
Suki sintió un escalofrío que recorrió toda su columna.
No de miedo.
De expectativa.
—Mañana —dijo Ren, girándose hacia la salida—.
Misma hora.
Y esta vez… intentarás tocarme.
Suki apretó los puños.
No sabía si quería golpearlo… o entenderlo.
Tal vez ambas.
Una única cosa sí supo con certeza: Ren Yang la había elegido para algo.
Y fuera lo que fuera… ya no podía negarse.
El día había sido largo y húmedo, como si la misma isla Kyoshi respirara a través del vapor que se levantaba de la tierra después de una breve llovizna.
El cielo estaba teñido de violeta, el sol hundiéndose como una moneda ardiente en el mar tranquilo.
El pueblo se preparaba para dormir: puertas que se cerraban, faroles que se apagaban, risas que se desvanecían entre las casas de madera.
Pero Katara no dormía.
Se encontraba arrodillada en la orilla, justo donde las olas rompían con suavidad contra la arena negra.
Su manto azul colgaba de su cintura, sus brazos desnudos brillaban húmedos bajo la luz tenue.
Sumergía vendas en agua tibia, murmurando pequeñas oraciones que su abuela solía enseñarle cuando limpiaban heridas de pescar.
Ren apareció sin que la arena emitiera siquiera un crujido.
Katara tardó varios segundos en notarlo; la brisa cargada de sal le llevaba el cabello al rostro y no escuchó nada hasta que una sombra se detuvo a cierta distancia.
—Trabajas incluso cuando todos descansan —dijo Ren con un tono calmo, como quien comenta la marea.
Katara levantó la cabeza.
El viento le enredó los cabellos húmedos y ella los apartó con un gesto automático.
—No puedo dormir todavía.
Quiero preparar cosas por si mañana ocurre algo.
Ren bajó la mirada hacia las vendas mojadas y luego al agua.
Su expresión parecía tranquila… pero había algo más: una delicada lectura, una medición exacta de su estado emocional.
—¿Te preocupa la isla?
—preguntó.
Katara inhaló hondo.
Sus ojos se desviaron hacia las casas, donde el fuego de los últimos faroles oscilaba, creando sombras que parecían moverse.
—No sé… algo me inquieta —admitió—.
Este lugar es hermoso, pero está demasiado callado.
Y no sé si confiar del todo en… Calló, pero Ren captó el mensaje sin esfuerzo.
Él se sentó a su lado, dejando una distancia prudente.
Ni muy lejos para parecer frío, ni demasiado cerca para generar rechazo.
La distancia exacta para permitir que una duda se transformara en confianza.
—Es normal desconfiar cuando eres la responsable de otros —dijo con voz suave—.
He visto esa mirada antes.
Una persona que carga con más de lo que debería.
Katara tensó los hombros.
—No… yo solo hago lo que puedo.
Ren inclinó la cabeza apenas, como si observara una corriente invisible.
—No estás preocupada por el pueblo —susurró—.
Estás preocupada por Aang.
Katara se congeló.
Ren no añadió más.
Solo dejó que el silencio trabajara por él.
La muchacha cerró los ojos un instante, y al hacerlo sus manos temblaron imperceptiblemente sobre las vendas.
Ella no lo sabía, pero ese temblor era exactamente lo que Ren buscaba.
—Aang es solo un niño —continuó él, con voz casi paternal—.
Un niño cargando un destino que quebraría a la mayoría de los adultos.
Katara bajó la mirada.
La respiración le falló un poco.
Ren observó cómo sus dedos presionaban las vendas mojadas de forma inconsciente.
Un gesto de estrés.
Un gesto que él podía moldear.
—Es normal sentir que no estás haciendo suficiente —añadió, dejando caer las palabras como gotas de lluvia—.
Pero eso no te hace débil, Katara.
Te hace humana.
La muchacha abrió los ojos lentamente, mirando el agua que rompía contra la arena con un ritmo hipnótico.
La marea parecía pulsar en sincronía con su respiración.
Ren dio el toque final.
—A veces, quien protege… también necesita ser protegido.
La frase cayó sincera.
Pero por dentro, Ren midió cada reacción: el leve rubor por la brisa, el suspiro contenido, el movimiento casi imperceptible del pecho cuando la emoción se acumuló.
La grieta estaba abierta.
Y Ren sonrió sin mostrarlo.
Fue entonces cuando los gritos llegaron desde el sector oeste del pueblo.
Al principio, solo un murmullo confuso, pero luego un alarido desgarrador seguido por el sonido de madera rompiéndose.
Katara saltó de inmediato.
—¡¿Qué fue eso?!
¡Tenemos que ir!
Ren ya estaba de pie, tranquilo y enfocado.
—Vamos.
Ambos corrieron hacia la fuente del ruido, el viento golpeándoles el rostro mientras atravesaban las calles iluminadas apenas por los faroles que aún seguían encendidos.
A medida que se acercaban, el olor a sal húmeda se mezclaba con un aroma más metálico: sangre.
Suki estaba allí.
O más bien, luchando por no ser devorada.
Un animal gigantesco, parecido a un lobo acuático —pelaje oscuro empapado, colmillos como dagas, ojos amarillos encendidos por el hambre— había bajado de la montaña atraído por el olor de los corrales de pesca.
Era rápido y silencioso… pero cuando atacó, lo hizo con la fuerza de un bisonte y la ferocidad de un depredador desesperado.
Suki estaba sola, su armadura de cuero rajada, su respiración agitada.
Su lanza había sido partida en dos.
El animal la tenía arrinconada contra una pared rota.
—¡Suki!
—gritó Katara, lanzándose hacia ella.
Pero Ren la contuvo de un solo movimiento firme del brazo.
—Retrocede.
Ese animal puede matarte.
Su voz no fue fría, sino protectora.
Katara dudó un instante.
Ese instante lo fue todo.
Ren avanzó directo hacia la bestia.
La criatura rugió y arremetió contra él.
Suki gritó su nombre.
El mundo pareció contraerse alrededor de los colmillos que se cerraban.
Ren se movió sin fuego —para no delatar su verdadera naturaleza—, solo fuerza y precisión.
Se deslizó bajo el salto del animal, tomó la pata delantera con ambas manos y la torció con una velocidad brutal.
El crujido fue seco, como una rama.
El animal cayó, aulló, volvió a levantarse cojeando… y Ren lo recibió de frente.
Esta vez no lo esquivó.
Estampó su rodilla contra el costado del animal, luego un golpe al cuello, un segundo a la mandíbula.
Eran movimientos limpios, calculados, diseñados para incapacitar… no para mostrar poder.
El animal cayó inconsciente.
Katara jadeaba a varios pasos de distancia.
Sus manos temblaban.
Suki, apoyada contra la pared rota, levantó la vista hacia Ren.
No con gratitud.
Con asombro.
Con desconcierto.
Con algo más silencioso… pero profundo.
Ren se inclinó un poco hacia ella.
—¿Puedes ponerte de pie?
—preguntó, su voz un hilo suave.
Suki asintió, pero cuando intentó apoyarse su pierna falló.
Ren la sostuvo con una mano en la cintura, firme pero controlado.
Suki sintió la fuerza bajo sus dedos.
Sintió el calor.
Sintió una seguridad que jamás había sentido, ni siquiera entre sus compañeras.
Katara los observaba con desconcierto.
Había algo extraño allí, algo que no entendía.
Ren notó ese vistazo.
Y pronunció la frase exacta para sellar el lazo.
—No estás sola, Suki.
No mientras yo esté aquí.
Los ojos de Suki se abrieron apenas más.
El temblor de sus dedos era casi imperceptible.
Katara lo sintió también: algo había cambiado.
algo se había movido en el aire.
algo que no sabía si era bueno… o peligroso.
Pero Ren sí lo sabía.
Era el primer hilo firme de la telaraña cerrándose.
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