Renaciendo como el bastardo del señor del fuego - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 Volumen 6 La telaraña toma forma
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20: Volumen 6: La telaraña toma forma.
Capitulo 3: El Eco en la Tormenta 20: Volumen 6: La telaraña toma forma.
Capitulo 3: El Eco en la Tormenta La noche parecía una tela húmeda extendida sobre las aguas del sur.
Oscura, espesa, inmóvil.
Solo el zumbido de los insectos y las torres de humo que trepaban desde pequeñas aldeas costeras rompían la quietud.
Ren Yin caminaba al frente del grupo con paso liviano, casi despreocupado, aunque sus ojos analizaban cada sombra como si pudiera desarmarla con un pensamiento.
Azula avanzaba detrás de él, rígida, expectante, su paciencia tan fina como el filo invisible del rayo que siempre podía convocar.
Mai y Ty Lee cerraban la formación, cada una con su propia lectura silenciosa del aire tenso.
Habían avanzado durante horas, evitando las rutas principales.
El objetivo no requería combate… solo rumores colocados con precisión quirúrgica.
Ren Yin se detuvo en la entrada de un puerto pequeño, donde unas pocas tabernas derramaban luz amarillenta sobre el camino de piedra.
Se escuchaban voces, risas, discusiones.
Perfecto.
—Aquí —dijo con una voz suave que hizo que Azula frunciera el ceño.
Siempre sospechaba cuando el muchacho comenzaba a disfrutar demasiado.
—¿Cuál es el plan esta vez?
—preguntó Azula, cruzando los brazos.
Él sonrió como alguien que está a punto de mostrar una carta que nadie esperaba.
—No se necesita fuerza cuando existen las palabras adecuadas, dichas en los oídos correctos.
Vamos a asegurarnos de que la mitad de la costa sur crea que el Avatar está en la Isla Kyoshi… antes de que los barcos de Zuko lo sepan.
Ty Lee parpadeó.
—¿Y cómo lograremos eso sin que… bueno, nos reconozcan?
Ren Yin ladeó la cabeza.
—Oh, nos van a reconocer.
Solo que no por quienes realmente somos.
Entraron a la taberna como una ráfaga de aire frío.
Los parroquianos los observaron —jóvenes, extraños, armados— pero no con suficiente interés como para relacionarlos con la realeza de la Nación del Fuego.
Azula ocultaba su cabello bajo un manto oscuro; Yin había ennegrecido su frente con hollín para parecer un viajero carbonero; Mai y Ty Lee parecían simples mercenarias.
Y Ren Yin sabía exactamente cómo usar eso.
Se acercó a una mesa donde dos pescadores discutían sobre rutas de comercio.
Se inclinó hacia ellos con la naturalidad de quien trae malas noticias y quiere compartirlas antes de que lo devore la culpa.
—Perdonen… —su tono tembló apenas—.
Vienen barcos de reconocimiento desde el norte.
Dicen que el Avatar fue visto en la Isla Kyoshi.
Que está escondido allí desde hace días.
Los pescadores se le quedaron viendo con los ojos muy abiertos.
Una palabra apenas murmurada en el lugar adecuado siempre hacía más ruido que un trueno.
—¿Quién te dijo eso?
—preguntó uno, desconfiado.
Yin bajó la mirada con una mezcla perfecta de angustia y convicción.
—Mi hermano trabaja para los escuadrones de rastreo.
Dicen que si el Avatar sigue allí… pronto habrá más barcos de guerra dirigiéndose hacia la isla.
No me gustaría estar en ese lugar cuando ocurra.
Una chispa de miedo corrió entre las mesas.
Alguien abandonó su jarra.
Alguien salió corriendo.
Otro comenzó a murmurar con su compañero.
Azula se cruzó de brazos y sonrió apenas, como una serpiente que se relame el colmillo.
—No estuvo mal —murmuró, acercándose a Yin—.
Aunque yo habría hecho que lloraran.
O gritaran.
—A veces el miedo silencioso viaja más lejos —respondió él.
Siguieron plantando la misma semilla en tabernas, muelles, mercados, estaciones de descanso.
Cada vez alterando el matiz del rumor, cada vez añadiendo detalles sutiles: que el Avatar había destruido un destacamento de exploradores; que las guerreras Kyoshi lo protegían; que planeaba un ataque.
El rumor no viajaba… se multiplicaba como fuego en pasto seco.
Finalmente, en un puerto más grande, se escuchó lo que Ren Yin esperaba.
Dos comerciantes discutían con un tono alarmado cerca de una hoguera.
—¡Dicen que Zuko ya se enteró!
¡Que zarpa esta misma noche!
—Entonces será cuestión de horas para que la isla esté envuelta en llamas… Azula alzó una ceja, satisfecha.
—Ahí lo tienes.
Tu pequeño juego ya surtió efecto.
Ren Yin observó las llamas reflejarse en un charco a sus pies.
—Ahora solo debemos caminar hacia la tormenta.
El príncipe hará el resto sin que nadie tenga que pedírselo.
Mai lo miró de reojo.
—Te ves demasiado tranquilo para alguien que acaba de convertir una isla entera en blanco de ataque.
Yin sonrió, pequeño y opaco.
—La calma es necesaria cuando se observan las piezas moverse.
Y cada una se está colocando justo donde la necesitamos.
Ty Lee tragó saliva.
—¿No te preocupa Zuko?
¿Qué tal si descubre que…?
—Zuko verá lo que quiere ver —interrumpió Yin—.
Un rastro del Avatar.
Una oportunidad para recuperar su honor.
Su necesidad lo dirige más que cualquier orden.
No hace falta manipularlo directamente.
Azula caminó al frente, su capa oscura agitada por el viento.
—Entonces ha llegado el momento.
Si el Avatar está realmente allí, lo cazaremos.
Y si no lo está… la isla aprenderá a no proteger fantasmas.
Ren Yin cerró los ojos un segundo y aspiró el aroma a sal, humo y anticipación.
La trampa estaba puesta.
Y la tormenta se dirigía hacia la Isla Kyoshi.
El aire dentro del camarote de Zuko era espeso, pesado con el olor metálico del aceite de las lámparas y el leve vaivén del barco.
Él estaba inclinado sobre un mapa, con la mirada perdida y los dedos tensos sosteniendo los bordes del pergamino.
La ruta actual no lo llevaba a ninguna parte… no a donde realmente quería ir.
Encontrarlo era casi imposible.
No tenía pistas, no tenía aliados.
Solo tenía una certeza: Ren seguía vivo.
Y no importaba cuánto Ozai intentara negar su existencia, Zuko sabía que su hermano no era alguien que pudiera ser borrado tan fácilmente.
Un golpe seco en la puerta.
—Mi príncipe, es urgente —la voz del teniente Jee sonó tensa, como si midiera cada palabra.
Zuko respiró hondo, enderezando la espalda antes de ordenar: —Entra.
Jee abrió la puerta y avanzó con un pergamino enrollado, aún tibio por el sello de cera reciente.
—Acaba de llegar de una aldea costera del norte.
Mensajeros, rumores… no lo sabemos.
Pero se ha esparcido rápido.
Zuko levantó la vista, el ceño fruncido.
—¿Qué rumor?
Jee dudó.
Eso bastó para que algo dentro de Zuko se tensara como una cuerda lista para romperse.
—Dicen… que el Avatar fue visto en la isla Kyoshi.
El silencio se tragó el camarote entero.
Zuko no parpadeó, ni respiró.
Solo dejó que la frase se hundiera en su mente como una piedra en aguas negras.
El Avatar.
Kyoshi.
Ren.
La unión de esas tres ideas cayó sobre él como un rayo.
Algo no estaba bien.
El Avatar apareciendo así, tan temprano, tan lejos… y justo en un lugar al que nadie presta atención.
Sin embargo, lo que más le aceleró el pulso fue otra cosa: si el Avatar estaba ahí, si la Nación del Fuego se enteraba, entonces Ozai actuaría.
Podía mandar tropas.
O peor: podía mandar a Azula.
Y si Azula iba… Ren estaría cerca.
El pergamino tembló ligeramente en las manos del príncipe, aunque él no se dio cuenta.
Su fuego interno chisporroteó como una vela a punto de descontrolarse.
Zuko dio un paso atrás, tratando de ordenar la tormenta dentro de su cabeza.
Si Ren está detrás de esto… Si movió los hilos para que esta noticia me llegara… Entonces quiere que vaya.
Por primera vez en dos años, sintió una dirección clara.
Una ruta.
Un propósito que no dependía de Ozai, ni del honor, ni de una misión impuesta.
No estaba cazando al Avatar por el trono ni por una aprobación que ya no buscaba.
Lo hacía porque cada pista podía acercarlo al paradero de Ren.
Y si lo encontraba… podrían escapar juntos.
Podrían derribar al monstruo que los había destruido a ambos.
—Prepárense para partir inmediatamente —ordenó sin levantar la voz, pero con una firmeza que heló a Jee—.
Pon rumbo a la isla Kyoshi.
Jee lo observó, perplejo.
—¿Incluso si es solo un rumor?
Zuko lo miró con los ojos encendidos por una determinación que no había mostrado nunca en presencia de su tripulación.
—Ese rumor es suficiente.
Cuando Jee salió, Zuko se acercó a la ventana.
El viento frío golpeó su piel cicatrizada, pero él no pestañeó.
En algún lugar, más allá del horizonte, estaba su hermano.
Su única familia verdadera.
Su único aliado posible contra Ozai.
Zuko apoyó la mano sobre el marco de madera, tensando los dedos.
—Ren… por favor, que esto no sea otra falsa pista.
Pero en el fondo, algo le decía que no lo era.
Esta vez, la llamada era real.
Y Zuko respondió.
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