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Renaciendo como el bastardo del señor del fuego - Capítulo 8

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  3. Capítulo 8 - 8 Volumne 2 El fuego que aprende a esperar
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8: Volumne 2: El fuego que aprende a esperar.

Cpitulo 4: La llama blanca 8: Volumne 2: El fuego que aprende a esperar.

Cpitulo 4: La llama blanca La llama que no incendia, sino que borra la materia.

El arma perfecta.

Y también, el símbolo de que Ren ya no era una herramienta de Ozai.

Era algo que nadie podía contener.

Ni siquiera la prisión.

Ren lo llamó: “Fuego puro”.

Un fuego formado no por expansión, sino por compresión extrema, un punto en el que la llama dejaba de ser calor para convertirse en fuerza destructiva absoluta.

Sus pensamientos, fríos y afilados, se reforzaron.

Su visión del mundo se despojó de sentimentalismo.

Y cada noche, antes de dormir, imaginaba la cara de Ozai cuando viera en lo que se había convertido.

El fuego que no puedes controlar, es el fuego que te consume.

Ren abrió los ojos en la oscuridad.

—Dos años… —susurró—.

Ya es hora.

El sonido de pasos a la distancia indicaba que alguien se acercaba.

Ren sonrió.

Sabía perfectamente quién era.

Azula.

LA LIBERACIÓN DE REN “El arma que regresa a la guerra” El calabozo más profundo de la Nación del Fuego tenía un silencio que pesaba como ceniza húmeda.

La única luz provenía de antorchas lejanas que apenas alcanzaban la celda central: la de Ren.

Dos años de encierro lo habían cambiado.

No se veía derrotado, sino concentrado.

Pulido.

Como una espada guardada demasiado tiempo en su funda.

El eco de pasos interrumpió la quietud.

Ren abrió los ojos.

Los pasos eran firmes, uniformes, rítmicos.

No pertenecían a un soldado cualquiera; el sonido del talón, la altura del paso y el suave balanceo del andar eran inconfundibles.

Azula.

La princesa se detuvo frente a los barrotes.

Su mirada dorada brillaba, pero era un brillo extraño: mezcla de irritación, entonces… ¿alivio?, ¿curiosidad?, ¿orgullo?

Era difícil descifrarla.

Detrás de ella venían dos guardias élite, ambos tensos como cuerdas demasiado estiradas.

Azula alzó una mano, ordenándoles quedarse atrás.

—Ren.

—su voz sonó firme, pero contenía una vibración eléctrica, como si algo hirviera bajo la superficie—.

Mi padre te convoca.

Ren permaneció sentado en el centro de su celda, meditando, la espalda recta, el cuerpo relajado… hasta que lentamente abrió los ojos.

La luz blanca que emanaba de su iris por una milésima de segundo fue casi imperceptible.

Pero Azula lo vio.

Y su respiración se detuvo un instante.

—¿Tu padre ahora me necesita?

—preguntó Ren, su voz tranquila, casi desinteresada—.

Pensé que era un… sacrificio condenado al olvido.

Creo que fueron sus palabras, ¿no?

Azula apretó la mandíbula.

—No repitas eso —escupió más rápido de lo que pretendía—.

Mi padre… cambió de parecer.

Ren arqueó una ceja.

—Zuko fracasó, ¿verdad?

Azula bajó la mirada apenas un segundo.

No por pena, sino por rabia.

Ren lo notó.

Ella no estaba ahí porque Ozai lo hubiera ordenado.

Estaba ahí porque quería sacarlo con sus propias manos.

—El Avatar sigue libre —respondió finalmente—.

Y mi padre necesita… recursos más competentes.

Azula levantó la mano con un chasquido seco.

Los guardias se tensaron.

—Abran la celda —ordenó.

Uno de ellos dudó.

—Princesa Azula… ¿está seguro el—?

Las chispas azules en sus dedos respondieron antes que ella.

El guardia tragó saliva y abrió los pesados barrotes, que chillaron como si se resistieran a liberar al prisionero.

Ren se levantó con calma.

Su cuerpo estaba marcado por el entrenamiento: brazos esculpidos, postura perfecta, una intensidad en sus movimientos que hacía retroceder incluso a los guardias armados.

Azula lo observó con interés calculado.

—Te ves… diferente —dijo, cruzándose de brazos—.

No esperaba menos, considerando cuánto tiempo tuviste para “contemplarte”.

Ren avanzó hasta quedar a un metro de ella.

—Y tú te ves exactamente igual —respondió—.

Excepto por los ojos… están más vacíos.

Azula frunció el ceño.

Él había tocado algo sensible.

Ella lo sabía.

Y él también.

Pero no tenía tiempo para susceptibilidades.

—Camina —ordenó, dándose la vuelta—.

Mi padre quiere hablar contigo antes de asignarte tu misión.

Ren no se movió.

—¿Misión?

—preguntó, inclinando la cabeza—.

¿O condena?

Porque suele ser lo mismo viniendo de Ozai.

Azula giró apenas el rostro, lo suficiente para que él viera su sonrisa torcida, mínima, casi imperceptible.

—Yo no obedecería órdenes que pretenden matarte —dijo a media voz—.

Si quisiera verte muerto, lo habría hecho yo misma.

El aire se volvió más pesado.

Ren avanzó.

Ahora caminaban juntos por el pasillo oscuro, ella delante, él detrás, los guardias siguiéndolos con miedo.

Pero nadie se atrevió a acercarse demasiado a Ren: algo en él, una presión silenciosa, un calor invisible, hacía vibrar el aire.

Azula lo sintió también.

Y aunque no lo admitiera, se le erizó la piel.

Al llegar a la salida del calabozo… La luz roja de las antorchas iluminó por primera vez en años el rostro completo de Ren.

Azula lo vio claramente entonces: Ese no era el mismo joven que Ozai había encerrado.

No solo era más fuerte.

Era… peligroso.

—Mi padre te mandará tras el Avatar —informó Azula mientras caminaban hacia la superficie—.

Quiere que tomes el lugar de Zuko… temporalmente.

—¿Y tú?

—preguntó Ren—.

¿Estarás involucrada en esta persecución?

Azula lo miró por el rabillo del ojo.

—Si te dije que vine personalmente a liberarte, Ren, ¿qué crees?

Él sonrió, una sonrisa leve, tenue, pero real.

—Que él me envía como herramienta… —Y tú —añadió, mirándola fijamente— me envías como aliado.

Azula se detuvo.

Los guardias se quedaron rígidos.

La princesa respiró hondo.

—No confundas mi interés con debilidad —advirtió, un hilo de electricidad corriendo por sus dedos—.

Mi padre te quiere útil.

Yo también.

Solo que… a mi manera.

Ren inclinó la cabeza.

—Entonces dime, Azula… —sus ojos brillaron un instante con un destello blanco inquietante— ¿cuál es tu manera?

Azula sonrió, esta vez con genuino deleite.

—Simple —susurró—.

Hagamos que la caída del Avatar sea solo el primer paso.

El segundo será la de mi padre.

El pasillo se estremeció.

Los guardias dejaron escapar un hilo de aire, horrorizados.

Ren, en cambio, sonrió como si hubiese estado esperando exactamente ese comentario.

—Muy bien —respondió con calma—.

Entonces empieza el juego.

Azula extendió la mano hacia la salida, invitándolo a caminar junto a ella por primera vez como iguales.

—Bienvenido de vuelta, Ren.

Ren salió del calabozo.

Y el mundo —y Ozai— no estaban preparados para lo que él se había convertido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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