Rompe los límites: Destruye para ganar - Capítulo 38
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Capítulo 38: El último paso antes de la final
El día había llegado.
Y se sentía.
Desde temprano, el colegio estaba distinto. Los pasillos llenos, los salones abiertos, estudiantes de todos los cursos saliendo para ver a los protagonistas. No era un día normal.
Era el día.
“¡Ronier, tú puedes!” “¡Sebas, máximo goleador!” “¡Jesús, no te dejes!”
Las voces se mezclaban, subían, chocaban entre sí creando un ruido constante que llenaba todo el ambiente. Incluso los profesores y directivos estaban presentes, observando, comentando, tomando partido.
Cuando 9A apareció, el ruido cambió.
No bajó.
Se transformó.
Los elogios eran inevitables. El equipo invicto. El favorito. El que nadie había logrado detener.
Y en medio de todo eso, Diego caminaba con tranquilidad.
Se acercó a Ronier.
“Ya es el día… ¿todavía crees que tu equipo puede ganarnos?”
Ronier apenas giró la cabeza.
“Confío en los míos… ¿tú confías en los tuyos?”
Diego sonrió, sin perder la calma.
“¿Tu que crees?… Entonces parece que tendré que esforzarme un poco… aunque igual, ustedes no nos van a ganar”.
Antes de que la tensión creciera, Sebastián apareció.
“¿Todavía sigues con eso? Ya es obvio quién va a ganar”.
Maikol no tardó en intervenir.
“Cuando los capitanes hablan, los demás escuchan. Y no te esfuerces… Diego no te va a dejar hacer nada”.
Sebastián sonrió, pero esta vez su mirada era más filosa.
“Qué raro… no sabía que Diego necesitaba ayuda para responder”.
El ambiente se tensó de inmediato.
Pero Ronier dio un paso al frente.
“Ya basta… guarden energías para el partido”.
Miró a Diego.
“Espero que den el máximo”.
Por un momento, todo se detuvo.
Diego lo miró… y esta vez no respondió con arrogancia.
“Asi será… ustedes también den lo mejor”.
Ronier sonrió levemente.
Ahí entendió algo.
Esto ya no era solo una final.
Era el choque que siempre estuvo destinado a ocurrir.
Dos caminos que se habían acercado sin darse cuenta.
Dos equipos que querían lo mismo.
Y solo uno iba a lograrlo.
Ambos equipos se separaron y caminaron hacia sus vestuarios. Aun dentro, los gritos del público seguían retumbando, como si el partido ya estuviera empezando afuera.
Ronier fue el primero en hablar.
“Hoy es el día… el día que hemos esperado”.
Se detuvo un segundo.
“Pero no es el final… es solo el comienzo. Ya demostramos que podemos estar aquí… ahora tenemos que demostrar que podemos ganar”.
Sebastián lo interrumpió, con una seguridad que llenó la sala.
“Exacto. Ya saben que estamos aquí… pero todavía no saben que somos los mejores”.
Dio un paso al frente.
“Eso lo vamos a demostrar hoy”.
Manuel fue el primero en reaccionar.
“¡Sí! Hoy es el día de demostrarlo”.
Los aplausos llenaron el vestuario.
Todos estaban dentro.
Todos menos uno.
Jesús seguía en silencio.
No había dicho nada desde que llegó.
Y aunque nadie parecía notarlo… Ronier sí.
Se acercó.
“Ey… ¿qué pasa?”
Jesús dudó.
“La verdad… en el partido contra 11A entendí algo”.
Bajó la mirada.
“No soy lo suficientemente efectivo… y si fallo hoy… puedo arruinar todo”.
Ronier lo observó en silencio.
Por un instante, se vio reflejado.
“Así me veo yo cuando dudo…”
Bajó la cabeza.
Luego volvió a levantarla.
“Te entiendo”.
Le puso la mano en el hombro.
“Pero escúchame… tú eres el mejor defensa que he visto. Incluso mejor de lo que muchos creen”.
Se inclinó un poco, bajando la voz.
“Si tú no crees en ti… yo sí”.
Jesús se quedó quieto.
No esperaba eso.
Y sin darse cuenta… algo dentro de él cambió.
“Está bien… daré todo”.
Ronier sonrió.
“No esperaba menos… hermano”.
Se levantó.
Miró a todos.
Y habló sin dudar.
“Ahora… es momento de ganar”.
Todos se pusieron de pie.
“¡¡Vamos a ganar!!”
Mientras tanto, en el vestuario de 9A, el ambiente era distinto.
Más ligero.
Más confiado.
Diego estaba al frente.
“Podría darles órdenes… pero no hace falta”.
Sonrió.
“Ustedes ya saben lo que hacen”.
Algunos rieron.
La tensión bajó.
Maikol dio un paso adelante.
“Entonces vamos al punto”.
Diego asintió.
“Somos los mejores. Y vamos a ganar… porque este equipo no soy yo… somos todos”.
Señaló a cada uno.
“Cada uno cuenta”.
El grito fue inmediato.
“¡¡Sí, capitán!!”
Ambos equipos salieron de sus vestuarios y caminaron hacia el túnel.
El ruido crecía con cada paso.
Ahí estaban.
Frente a frente.
Sin palabras.
Sin miradas largas.
Solo respiraciones contenidas.
Al final del túnel, el director y los administradores deportivos los esperaban.
El director avanzó.
“No les quitaré mucho tiempo… solo quiero decir algo”.
Los miró a todos.
“Es un orgullo verlos aquí. Sé cuánto han trabajado… y el talento que tienen”.
Hizo una pausa.
“Disfruten este partido… porque esto también es parte de lo que son”.
Sonrió.
“Y espero que no sea la última vez”.
Se hizo a un lado.
El árbitro dio la señal.
Era el momento.
Los jugadores empezaron a caminar.
La luz del estadio los recibió.
El ruido explotó.
Y justo antes de cruzar la línea del campo…
Ya no había dudas.
Ya no habían palabras.
Solo una verdad.
La final…
había comenzado.
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