Rompe los límites: Destruye para ganar - Capítulo 37
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Capítulo 37: El límite que decidió ignorar
La noche había caído y el silencio del dormitorio se sentía más pesado de lo normal. Ronier estaba sentado en su cama, mirando el calendario fijamente.
“Faltan menos de dos días…”
Desvió la mirada hacia su tobillo.
Por un momento no dijo nada.
“Manos a la obra…”
Se levantó con cuidado, buscó una bolsa con hielo y se la colocó con firmeza. El frío le recorrió la piel y, aunque el dolor seguía ahí, era distinto… más controlado. Pasaron unos minutos antes de que retirara el hielo y empezara a vendarse con calma, ajustando cada vuelta como si fuera parte de un ritual.
Apretó un poco más.
El dolor respondió.
“Si duele así… es porque aún puedo jugar”.
No era seguridad.
Era una decisión.
Al día siguiente, el ambiente en el colegio había cambiado. Los administradores deportivos habían tomado una decisión especial, 9B y 9A no tendrían clases ese día. Querían que ambos equipos llegaran en su mejor estado a la final.
Pero el descanso no trajo tranquilidad.
Todo el colegio los miraba.
Los pasillos estaban más callados de lo normal, como si todos esperaran algo. Algunos susurraban, otros observaban con admiración. La expectativa crecía, pero también las dudas.
Dentro del salón, los compañeros de 9B intentaban distraerse. Algunos jugaban, otros hablaban en grupos, intentando mantener la normalidad.
Ronier estaba sentado en su pupitre.
Miraba sin participar.
Se sentía mejor… pero no al cien.
“No estoy listo… pero tampoco estoy afuera”.
Antes de que pudiera seguir pensando, la puerta se abrió de golpe.
Era 9A.
Entraron riéndose, hablando fuerte, buscando provocar. El ambiente cambió al instante. Diego avanzó directo hacia Ronier y, sin pedir permiso, se sentó en su pupitre.
“Hey, Ronier… mira eso. Mis jugadores molestan a los tuyos… ¿no vas a decir nada?”
Ronier no se movió.
“No hace falta. Mi equipo sabe lo que tiene que hacer… y no caerá en provocaciones. Menos si vienen de gente destinada a perder”.
Jesús dio un paso al frente.
“Oye, Diego… no creo que sea buena idea meterte con el capitán. Él va a ser el que te quite el invicto”.
Diego soltó una risa corta.
“Si ni siquiera puede defenderse… no creo que pueda eliminarnos. ¿O qué pasa? ¿Ya no caes tan fácil… o es que ya no puedes?”
Por un segundo, el aire se tensó.
Ronier sintió el golpe de esas palabras… pero no reaccionó.
Se quedó en silencio.
Sabía que responder era exactamente lo que Diego quería.
9A se retiró entre risas, dejando atrás un ambiente pesado.
Por unos segundos, nadie habló.
Hasta que Jesús rompió el silencio.
“Chicos… no se desanimen. Nosotros vamos a ganar”.
Las miradas cambiaron.
Poco a poco, el ánimo volvió.
Horas después, en el entrenamiento, el enfoque era total. Nadie quería desperdiciar ese último día antes de la final.
Jesús organizaba la defensa con precisión, corrigiendo cada movimiento, exigiendo que no dejaran pasar ni un solo balón. Felipe lo apoyaba en cada ajuste, atento a cada detalle.
Sebastián estaba en lo suyo.
Disparos desde fuera del área.
Uno tras otro.
Gol tras gol.
Como si estuviera afinando algo que ya era letal.
En el medio campo, Ronier entrenaba junto a Alejandro y Sergio. Pase, control, cambio de ritmo. Todo fluía. El dolor estaba ahí, pero el hielo había hecho efecto.
Por momentos, se sentía normal.
Por momentos… se olvidaba.
El entrenamiento terminó y poco a poco todos se fueron al vestuario.
Pero Ronier se quedó.
Vio a Sebastián practicando tiros libres.
Se acercó.
“Debes golpear el balón con el interior, rasgándolo… mira”.
Tomó impulso.
Golpeó.
Y en ese instante…
El dolor volvió.
Más agudo.
Más directo.
Su cuerpo no resistió y cayó.
Pero se levantó rápido.
Como si nada hubiera pasado.
Sebastián lo había visto todo.
No dijo nada.
No hacía falta.
Ambos caminaron en silencio hasta el vestuario, que ya estaba vacío. El eco de sus pasos era lo único que se escuchaba.
Sebastián se detuvo.
“Ronier… vi cómo caíste”.
No había enojo en su voz.
Había preocupación.
“¿Por qué sigues ocultando esto? Esto no está bien. Si te rompes… no solo perdemos la final… te perdemos a ti”.
Ronier bajó la mirada.
“Lo sé…”
Hizo una pausa.
“No estoy al cien… pero puedo jugar. Solo dame la oportunidad”.
Levantó la vista.
“Confía en mí”.
Sebastián se quedó en silencio unos segundos.
Luego dio un leve golpe en su pecho.
“No me falles”.
Su tono era firme.
“Quiero esos pases… los mejores”.
Ronier asintió.
Chocaron las manos.
Y se fueron.
Esa noche, la oscuridad volvió a envolver el dormitorio. Ronier estaba acostado cuando su celular vibró.
Era Gabriel.
“Hola, hermanito… ¿cómo te ha ido?”
La voz le sacó una sonrisa.
“Bien… ya estoy en la final”.
“Lo sé”, respondió Gabriel con una risa suave. “No esperaba menos de ti. Mañana es 1 de julio… tu cumpleaños. Y la final… ahí se decide todo, ¿no?”
Ronier tragó saliva.
“Sí…”
“Perfecto. Aquí en Portugal me está yendo bien… han llegado ofertas, ya veremos qué pasa”.
Hizo una pequeña pausa.
“Pero escucha… yo ganaba esos torneos todos los años”.
Su tono cambió.
“Tú eres mejor que yo… ¿verdad?”
Silencio.
“Gánalo”.
La llamada terminó.
Y el silencio regresó.
Ronier apretó el celular.
Ahora no solo era el colegio.
Era su hermano.
Cerró los ojos un segundo.
Respiró hondo.
“Tengo que jugar distinto…”
Su voz era baja.
“Menos regates… más simple… controlar el ritmo…”
Apretó los dientes.
“Aunque no sea mi estilo…”
Abrió los ojos.
“Voy a jugar… y voy a ganar esa final”.
Y esta vez…
No sonaba como una promesa.
Sonaba como una obligación.
El día había llegado.
Y se sentía.
Desde temprano, el colegio estaba distinto. Los pasillos llenos, los salones abiertos, estudiantes de todos los cursos saliendo para ver a los protagonistas. No era un día normal.
Era el día.
“¡Ronier, tú puedes!” “¡Sebas, máximo goleador!” “¡Jesús, no te dejes!”
Las voces se mezclaban, subían, chocaban entre sí creando un ruido constante que llenaba todo el ambiente. Incluso los profesores y directivos estaban presentes, observando, comentando, tomando partido.
Cuando 9A apareció, el ruido cambió.
No bajó.
Se transformó.
Los elogios eran inevitables. El equipo invicto. El favorito. El que nadie había logrado detener.
Y en medio de todo eso, Diego caminaba con tranquilidad.
Se acercó a Ronier.
“Ya es el día… ¿todavía crees que tu equipo puede ganarnos?”
Ronier apenas giró la cabeza.
“Confío en los míos… ¿tú confías en los tuyos?”
Diego sonrió, sin perder la calma.
“¿Tu que crees?… Entonces parece que tendré que esforzarme un poco… aunque igual, ustedes no nos van a ganar”.
Antes de que la tensión creciera, Sebastián apareció.
“¿Todavía sigues con eso? Ya es obvio quién va a ganar”.
Maikol no tardó en intervenir.
“Cuando los capitanes hablan, los demás escuchan. Y no te esfuerces… Diego no te va a dejar hacer nada”.
Sebastián sonrió, pero esta vez su mirada era más filosa.
“Qué raro… no sabía que Diego necesitaba ayuda para responder”.
El ambiente se tensó de inmediato.
Pero Ronier dio un paso al frente.
“Ya basta… guarden energías para el partido”.
Miró a Diego.
“Espero que den el máximo”.
Por un momento, todo se detuvo.
Diego lo miró… y esta vez no respondió con arrogancia.
“Asi será… ustedes también den lo mejor”.
Ronier sonrió levemente.
Ahí entendió algo.
Esto ya no era solo una final.
Era el choque que siempre estuvo destinado a ocurrir.
Dos caminos que se habían acercado sin darse cuenta.
Dos equipos que querían lo mismo.
Y solo uno iba a lograrlo.
Ambos equipos se separaron y caminaron hacia sus vestuarios. Aun dentro, los gritos del público seguían retumbando, como si el partido ya estuviera empezando afuera.
Ronier fue el primero en hablar.
“Hoy es el día… el día que hemos esperado”.
Se detuvo un segundo.
“Pero no es el final… es solo el comienzo. Ya demostramos que podemos estar aquí… ahora tenemos que demostrar que podemos ganar”.
Sebastián lo interrumpió, con una seguridad que llenó la sala.
“Exacto. Ya saben que estamos aquí… pero todavía no saben que somos los mejores”.
Dio un paso al frente.
“Eso lo vamos a demostrar hoy”.
Manuel fue el primero en reaccionar.
“¡Sí! Hoy es el día de demostrarlo”.
Los aplausos llenaron el vestuario.
Todos estaban dentro.
Todos menos uno.
Jesús seguía en silencio.
No había dicho nada desde que llegó.
Y aunque nadie parecía notarlo… Ronier sí.
Se acercó.
“Ey… ¿qué pasa?”
Jesús dudó.
“La verdad… en el partido contra 11A entendí algo”.
Bajó la mirada.
“No soy lo suficientemente efectivo… y si fallo hoy… puedo arruinar todo”.
Ronier lo observó en silencio.
Por un instante, se vio reflejado.
“Así me veo yo cuando dudo…”
Bajó la cabeza.
Luego volvió a levantarla.
“Te entiendo”.
Le puso la mano en el hombro.
“Pero escúchame… tú eres el mejor defensa que he visto. Incluso mejor de lo que muchos creen”.
Se inclinó un poco, bajando la voz.
“Si tú no crees en ti… yo sí”.
Jesús se quedó quieto.
No esperaba eso.
Y sin darse cuenta… algo dentro de él cambió.
“Está bien… daré todo”.
Ronier sonrió.
“No esperaba menos… hermano”.
Se levantó.
Miró a todos.
Y habló sin dudar.
“Ahora… es momento de ganar”.
Todos se pusieron de pie.
“¡¡Vamos a ganar!!”
Mientras tanto, en el vestuario de 9A, el ambiente era distinto.
Más ligero.
Más confiado.
Diego estaba al frente.
“Podría darles órdenes… pero no hace falta”.
Sonrió.
“Ustedes ya saben lo que hacen”.
Algunos rieron.
La tensión bajó.
Maikol dio un paso adelante.
“Entonces vamos al punto”.
Diego asintió.
“Somos los mejores. Y vamos a ganar… porque este equipo no soy yo… somos todos”.
Señaló a cada uno.
“Cada uno cuenta”.
El grito fue inmediato.
“¡¡Sí, capitán!!”
Ambos equipos salieron de sus vestuarios y caminaron hacia el túnel.
El ruido crecía con cada paso.
Ahí estaban.
Frente a frente.
Sin palabras.
Sin miradas largas.
Solo respiraciones contenidas.
Al final del túnel, el director y los administradores deportivos los esperaban.
El director avanzó.
“No les quitaré mucho tiempo… solo quiero decir algo”.
Los miró a todos.
“Es un orgullo verlos aquí. Sé cuánto han trabajado… y el talento que tienen”.
Hizo una pausa.
“Disfruten este partido… porque esto también es parte de lo que son”.
Sonrió.
“Y espero que no sea la última vez”.
Se hizo a un lado.
El árbitro dio la señal.
Era el momento.
Los jugadores empezaron a caminar.
La luz del estadio los recibió.
El ruido explotó.
Y justo antes de cruzar la línea del campo…
Ya no había dudas.
Ya no habían palabras.
Solo una verdad.
La final…
había comenzado.
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