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Saga de hueso y plata. - Capítulo 84

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Capítulo 84: La Semilla del Monstruo

Dejé a Rozen plantado en el pasillo, lidiando con el rastro de escarcha y el eco del espacio roto que mi magia acababa de dejar atrás. Mi cabeza era un torbellino de cálculos desesperados y puro instinto de supervivencia. Catorce días. Tenía dos semanas para prepararme para la embestida de un batallón de élite leal al hombre que me había asesinado. Necesitaba llegar a mi habitación, echar el cerrojo, sentarme en la oscuridad y obligar a mi mente a trazar una estrategia antes de que el pánico me paralizara por completo.

Aceleré el paso, sintiendo el roce de la seda contra mi piel, pero justo cuando giraba hacia el corredor que llevaba a mis aposentos, una figura se interpuso en mi camino.

Era Lira, una de las chicas de las zonas privadas. Llevaba una bata de terciopelo a medio atar y una expresión de urgencia que no encajaba con el ambiente lánguido del burdel.

—Aldariel, espera —dijo, tomándome del brazo con una confianza que no le había dado.

Me solté de un tirón, mi paciencia reducida a cenizas.

—No tengo tiempo para más mierda en este momento, Lira. Si un cliente se propasó, diles a los guardias. Si es otra cosa, búscame mañana.

—No es un cliente —insistió ella, bajando la voz y mirando nerviosa hacia ambos lados del pasillo—. Es Madame Zafiro. Te espera en el sótano. Ahora mismo.

Fruncí el ceño.

—¿En el sótano? Madame no baja al sótano ni para revisar los inventarios de vino. Dile que subiré a su oficina en…

—Me dijo que, si decías eso, te advirtiera que es de vital importancia —me interrumpió Lira, tragando saliva—. Sus palabras exactas fueron: “Dile a esa elfa terca que, si no baja de inmediato, no habrá un mañana para ninguna de las dos”.

Dejé escapar un suspiro de frustración, cerrando los ojos por un segundo. El dolor de cabeza detrás de mis sienes palpitaba al ritmo de mi corazón.

—Bien. Vete a dormir, Lira. Yo me encargo.

Acepté de mala gana y me di la vuelta, cambiando mi ruta hacia las escaleras de servicio. A medida que descendía, el calor sofocante y el aroma a incienso barato y perfume del burdel se fueron desvaneciendo, reemplazados por un frío húmedo y el olor denso a tierra mojada, madera vieja y vino añejado. El sótano era un laberinto de barriles y cajas apiladas, iluminado apenas por un par de antorchas que parpadeaban perezosamente.

Caminé entre los pasillos de piedra hasta que vi una luz diferente, un resplandor verdoso y tenue que provenía del fondo de la bodega principal.

Allí estaba Madame Zafiro, de pie con los brazos cruzados y el rostro tenso como una cuerda de arco. A su lado, envuelta en una túnica de cuerpo completo que arrastraba por la piedra húmeda, había una figura encapuchada. Era de una estatura tan baja que resultaba inusual incluso para un enano; apenas me llegaba a la cintura.

Me detuve a un par de metros de ellas, cruzándome de brazos.

—Si esto es por el batallón de Vorden que viene en camino, no sé cómo carajos lo supiste tan rápido, pero no me sorprende —dije, yendo directo al grano, esperando que Zafiro ya estuviera moviendo sus hilos para nuestra defensa.

Madame Zafiro descruzó los brazos y rodó los ojos con un desprecio absoluto, su máscara de control resquebrajándose por un instante.

—¡Idiota! No, no lo sabía —siseó, pasándose una mano por el cabello perfecto—. Y gracias por la terrible noticia. Pero lidiaremos con ese maldito ejército después. Ahora mismo, Aldariel, necesito que mueras.

El silencio cayó en el sótano, pesado y asfixiante. Las palabras tardaron unos segundos en procesarse en mi mente.

—¿Qué? —respondí, soltando una risa seca, incrédula. Mis manos cayeron a mis costados, rozando instintivamente la empuñadura de la daga que llevaba oculta—. ¿Es una puta broma, Zafiro? Acabo de decirte que tenemos catorce días antes de que nos masacren y tu brillante plan es…

—Confía en mí, niña —me cortó Zafiro. Su voz ya no tenía la arrogancia habitual, sino una urgencia que rayaba en la desesperación—. No te lo pediría, no lo haría, si no fuera completamente necesario. Hay algo más que debo saber. Algo que podría cambiar todo esto. ¿Puedes hacer eso por mí?

La miré a los ojos. Busqué traición, busqué miedo egoísta, pero solo encontré una preocupación genuina y oscura. Luego bajé la mirada hacia la pequeña figura encapuchada que la acompañaba.

—Sabes que confío en ti, Madame Zafiro —dije, mi voz temblando ligeramente por la adrenalina que empezaba a correr por mis venas—. ¿Pero morir? ¿Aquí? ¿Ahora?

—Volverás en un parpadeo, ¿no es así? —respondió Zafiro, dando un paso hacia mí.

—Sí, supongo —admití, recordando la decapitación en las ruinas—. Pero no estoy segura de si el acto de volver es lo que llama a los Despojados. Si rasgo el vacío aquí abajo, podríamos tener a un monstruo de sombras devorando a tus chicas en cinco minutos.

—Estamos preparadas para cualquier eventualidad, joven elfa —intervino una voz rasposa, antigua, como el crujir de hojas secas bajo la bota.

La pequeña criatura dio un paso al frente. No se quitó la capucha, pero levantó las manos. Me quedé sin aliento. No eran manos humanas. Estaban formadas por una piel que parecía corteza de árbol nudosa y grisácea, con dedos largos y huesudos. De las palmas de esa criatura irradiaba la tenue luz verdosa que había visto desde lejos.

—Mierda… —murmuré, pasándome una mano por el rostro, sintiendo el cansancio de mil vidas cayendo sobre mis hombros—. Supongo que está bien. Haz lo que tengas que hacer.

La pequeña criatura se acercó a mí lentamente. No hizo ningún movimiento amenazante, simplemente se quedó parada frente a mi, observando meticulosamente. Levantó sus pequeñas manos huesudas y las acercó a mi cuerpo sin llegar a tocar mi ropa. La luz en sus palmas brilló con un poco más de intensidad, bañando la piedra del sótano con un tono esmeralda enfermo. La criatura ladeaba la cabeza de un lado a otro, como si estuviera escuchando un sonido que yo no podía percibir.

—¿Qué me estás haciendo? —pregunté, sintiendo un leve cosquilleo en la piel, justo debajo del ombligo.

—¡Listo! —respondió la criatura de forma abrupta, retrocediendo un paso y bajando las manos.

No tuve tiempo de procesar la palabra.

Zafiro se movió con una velocidad que no le conocía. Un destello de acero frío captó la luz de las antorchas. Había estado ocultando una espada corta detrás de su espalda bajo los pliegues de su vestido.

No hubo advertencia. No hubo tiempo para cerrar los ojos.

El filo cortó el aire. Sentí el impacto frío y brutal contra mi cuello. El sonido del acero atravesando carne, cartílago y hueso fue ensordecedor en mi propia cabeza.

El dolor duró una fracción de segundo, seguido por una desconexión total. El mundo giró violentamente mientras mi perspectiva caía hacia el suelo de piedra. Vi las botas de Zafiro, y luego… la nada. El vacío. El frío sepulcral y el silencio absoluto que ya empezaba a conocer demasiado bien.

¡THUMP!

La realidad se quebró como un espejo estrellado. El olor a agua estancada y hierro frío inundó la bodega.

Mis botas golpearon la piedra con fuerza. Estaba de pie exactamente en el mismo lugar, intacta. Mis manos volaron instintivamente a mi garganta. La piel estaba suave, lisa, sin una sola gota de sangre en mí, solo un charco de sangre bajo la suela de mis botas. Frente a mí, Zafiro sostenía la espada ensangrentada, con el pecho agitado. A un metro de distancia, la cabeza que me acababa de cortar se disolvía en una neblina oscura antes de desaparecer por completo, asimilada por el tejido de la realidad que me había reconstruido.

—¡Mierda, Madame! —grité, retrocediendo un paso, con el corazón latiendo a punto de reventar—. ¡Podrías haber avisado!

—Te dije que te mataría —respondió Madame Zafiro, bajando la espada, con el rostro pálido pero implacable.

Antes de que pudiera insultarla de nuevo, la pequeña criatura volvió a invocar su magia. Levantó sus manos de corteza, acercándose a mí una vez más. La luz verdosa parpadeó rítmicamente mientras seguía observando y analizando mi cuerpo recién tejido por el Manantial.

—¿Quién es ella y qué carajos está haciendo? —exigí saber, apartándome de la criatura, sintiéndome repentinamente expuesta de una manera mucho peor que si estuviera desnuda.

—Solo puedo decir que viene a confirmar sospechas, niña —dijo Zafiro, tirando la espada al suelo con un ruido metálico sordo—. Confía en mí.

La luz en las manos de la criatura se apagó lentamente. El ser bajó los brazos y se giró hacia la dueña del burdel.

—Ya puedo confirmarlo, Madame —dijo la voz rasposa desde el interior de la capucha—. Su protegida estaba embarazada al momento de entrar al Manantial. Y la inmortalidad… la inmortalidad funciona de manera diferente en el cuerpo que lleva dentro.

El aire abandonó mis pulmones como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. Las paredes de piedra del sótano parecieron cerrarse sobre mí.

—¿De qué mierda estás hablando? —Mi voz salió como un susurro ahogado, un hilo de sonido que apenas pude reconocer como propio.

Tras la capucha, pude distinguir dos ojos pequeños y brillantes que me observaban con una mezcla de lástima clínica y fascinación.

—Entraste al Manantial embarazada, elfa —explicó la criatura, acercándose un paso más, sus palabras golpeándome como piedras—. No sabría decir cuanto tiempo tenías en ese momento, tu saca cuentas de la última vez que…bueno, tú sabes. La cueva te deshizo y te volvió a tejer. Preservó tu estado exacto. Asumo que moriste hace aproximadamente una semana en esas ruinas, pues llegaste a este sótano así, con una semana de embarazo, después de que Madame Zafiro te cortó la cabeza hace un segundo, volviste rompiendo la realidad… aún embarazada, pero en el día uno de tu embarazo.

Negué con la cabeza, retrocediendo hasta chocar contra un barril de roble. Mi mente viajó a la cueva helada en las montañas, después de la emboscada. La adrenalina, el frío, el peso del cuerpo de Vorden sobre el mío. Fue la última vez. La única vez que pudo haber sucedido.

—No… no puede ser. Si el Manantial me cura, si rechaza las anomalías… ¿por qué no lo eliminó? —balbuceé, llevándome una mano al vientre plano.

—Porque no es una herida, niña —intervino Zafiro, su voz cargada de un tono sombrío—. Es vida. Y el Manantial preserva la vida en su punto más álgido.

—Pero ya que estás en el día uno nuevamente —continuó la criatura, sin inmutarse por mi colapso mental—. Cada vez que mueres, tu cuerpo se reinicia a la configuración exacta que tenía cuando el agua mágica te tomó. Pero tu embarazo se reinicia por completo, no vuelve al punto en el que estaba cuando accediste a la inmortalidad.

La criatura ladeó la cabeza, y aunque no podía ver su boca, supe que estaba anunciando una sentencia.

—Pero si logras evitar la muerte… si vives lo suficiente sin que te corten la cabeza o te atraviesen el corazón por nueve meses continuos… tendrás un mestizo de elfa y titán.

Me deslicé por la madera del barril hasta caer de rodillas sobre la piedra húmeda.

La semilla del monstruo. La sangre de Vorden. Estaba creciendo dentro de mí. Y estaba anclada a mi propia inmortalidad, atrapada en un bucle temporal y biológico macabro. Cada vez que me asesinaban, el parásito volvía a empezar. Si quería deshacerme de él, tenía que morir cada pocas semanas. Pero si quería sobrevivir, si lograba ganar esta guerra y vivir en paz… inevitablemente daría a luz al heredero del Titán que me había masacrado.

Miré a Zafiro, con la vista nublada por las lágrimas de rabia y terror. Ella me devolvió la mirada en silencio, confirmando lo que ambas sabíamos.

El verdadero castigo del Manantial no era la persecución de los Despojados. Era la carga eterna que latía, invisible y reiniciada, en mi propio vientre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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