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Saga de hueso y plata. - Capítulo 85

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Capítulo 85: Colmillo de Plata

(Narra Rozen)

Habían pasado dos días exactos desde la asfixiante revelación en el sótano. Dos rotaciones completas del sol desde que el eco de su llanto ahogado se filtró por las frías escaleras de servicio, marcando el inicio de un silencio absoluto por parte de Aldariel. No había bajado a comer al comedor de las chicas, no había cruzado los pasillos crujientes del segundo piso, y la pesada puerta de roble de su habitación permanecía cerrada con llave, inexpugnable como la tapa de un ataúd sellado.

El ambiente en el burdel de Madame Zafiro, por el contrario, era un hervidero de caos meticulosamente controlado. La dueña había puesto en marcha su despiadada maquinaria política. Las noches se habían vuelto considerablemente más ruidosas, cargadas del tufo dulzón a vino caro especiado, el sudor de la lujuria y los susurros de los secretos de estado. Las chicas del burdel iban y venían por los salones privados, envueltas en sedas translúcidas, vendiendo su piel y su aliento para comprar la voluntad militar de los magistrados, concejales y comandantes de la ciudad. El alto precio de nuestra defensa se estaba pagando con gemidos fingidos, promesas al oído y copas de cristal desbordantes de extorsión.

Yo me mantenía en las sombras de la planta baja, inmerso en mi propia impotencia, vigilando las entradas y las salidas de los nobles. Me sentía inútil frente a la inmensidad del tablero que se movía a nuestro alrededor. Faltaban menos de dos semanas para que la tormenta de acero del Norte, liderada por los leales a Vorden, nos alcanzara y redujera este lugar a cenizas.

Fue durante la madrugada del tercer día, cuando el bullicio por fin comenzaba a menguar y los borrachos se quedaban dormidos en los divanes, que Madame Zafiro me interceptó en el pasillo principal. Llevaba ojeras profundas, apenas disimuladas bajo su maquillaje impecable de polvo de perla, y una copa de cristal medio vacía colgaba de sus dedos tensos.

—Nadie ha visto a tu elfa en todo el burdel —me dijo, su voz carente por completo de la ironía o el sarcasmo habitual, reemplazada por una genuina urgencia táctica que endurecía sus facciones—. He mandado a Lira a revisar su habitación hace una hora, usando la llave maestra. Está vacía. Sal a buscarla. No podemos permitirnos que nuestra mejor arma ande deambulando sin rumbo por las calles justo cuando estoy a punto de convencer al puto consejo de que declare el estado de sitio. Encuéntrala, Fae.

Asentí sin decir una sola palabra, envolviendo mi cuerpo en mi capa oscura de viaje. Salí por la puerta de servicio trasera, dejando atrás el sofocante y denso olor a perfumes baratos, incienso y opio, recibiendo de golpe el aire frío, húmedo y cortante de la madrugada. Las calles de la ciudad estaban desiertas, sumidas en esa neblina grisácea y espesa que precede al amanecer, donde las sombras parecen alargarse más de lo natural.

No necesité buscar huellas de botas en el barro endurecido por la helada, ni perder el tiempo interrogando a los guardias nocturnos o a los borrachos rezagados. Cerré los ojos, planté mis pies firmemente sobre los adoquines húmedos y dejé que mi naturaleza se expandiera más allá de mi cuerpo físico. Como un Fae, la magia no era una simple herramienta o un conjuro para mí; era el aire mismo que respiraba, el pulso del mundo, la sangre dorada que corría por mis propias venas.

Sincronicé mi percepción con la frecuencia áspera, antigua y abrumadora del Manantial. Buscar a Aldariel a través del velo mágico era como buscar una hoguera rugiente en medio de un glaciar oscuro. Su sola existencia, su negación a la muerte, distorsionaba la tranquilidad del mundo natural. Era una anomalía que dejaba un rastro denso y pesado en el tejido de la realidad.

El rastro no me llevó muy lejos de los límites urbanos, pero sí a un lugar dolorosamente familiar y cargado de un aura macabra. Seguí el eco de su magia, un zumbido denso que vibraba en mis oídos y dejaba un persistente sabor a cobre oxidado en la parte posterior de mi garganta, hasta llegar a los límites escarpados de la ciudad. Las ruinas antiguas. El mismo laberinto de piedra derruida, invadido por la maleza muerta, donde apenas unos días atrás, Raymond —el perro faldero más letal de Vorden— le había cortado la cabeza.

Me acerqué con pasos inaudibles, fundiéndome con naturalidad entre las sombras proyectadas por las enormes columnas caídas. El olor a humedad acumulada y a polvo de ladrillo me golpeó primero, seguido por un sonido rítmico, seco y violento de un impacto implacable.

¡Crack!

Me asomé con cautela por el borde afilado de un muro derrumbado y, a través de la niebla matutina, la vi.

Aldariel estaba en el centro exacto del claro empedrado, moviéndose con una ferocidad salvaje que rozaba la demencia. Frente a ella había un grueso tronco de madera de roble que había asegurado entre unos bloques de escombros para usarlo como objetivo inerte. Pero no estaba atacando con su vieja daga mellada ni con sus puños. En sus manos sostenía una espada nueva, un arma de una factura impresionante que reflejaba la escasa luz de la luna. La hoja era larga, esbelta pero robusta, de un metal brillante que contrastaba agresivamente con los grabados intrincados que recorrían su centro como venas oscuras. La empuñadura estaba forrada en cuero negro, coronada por una guarda con curvas filosas que se entrelazaban alrededor de un rombo central.

Dio un giro fluido sobre sus talones, la hoja cortando el aire gélido con un silbido letal antes de morder profundamente la dura madera del tronco. Las astillas saltaron por los aires.

¡Crack!

Me aparté de las sombras de la columna, dejando deliberadamente que mis botas pisaran la grava suelta para anunciar mi presencia y no asustarla. Ella se detuvo en seco, congelando su postura de ataque. Sus hombros subían y bajaban con fuerza por el esfuerzo aeróbico, y su cabello negro, revuelto y salvaje, estaba pegado a la frente y a la nuca por el sudor, enmarcando un rostro endurecido por la furia.

—¿Cómo y dónde conseguiste esa arma? —pregunté, acercándome lentamente con las manos a la vista. Mi tono no pretendía ser acusatorio, sino genuinamente curioso y precavido. Esa espada no era un trozo de hierro mal forjado de un herrero local de la ciudad baja; era una pieza de artesanía letal, equilibrada y estúpidamente cara.

Aldariel me clavó una mirada gélida. Sus ojos, que días atrás en el sótano estaban llenos de una vulnerabilidad rota que intentaba ocultar inútilmente, ahora parecían dos trozos de obsidiana afilada. Apretó la empuñadura de su nueva arma y levantó la barbilla, a la defensiva.

—No di el culo, si es lo que te preocupa —respondió, cortante, escupiendo las palabras hacia mí como si fueran veneno—. Tenía dinero escondido en el burdel. Ahorros de mis robos. Sabía qué buscar bajo las tablas sueltas y a quién pagarle de madrugada en el mercado negro para conseguir algo que no se rompiera al primer choque.

(Narra Rozen)

El rechazo inmediato en su voz me golpeó más fuerte que cualquier hechizo de repulsión. Me detuve a un par de metros de ella, reprimiendo con fuerza el impulso de fruncir el ceño y regañarla.

—No es eso a lo que me refería, Aldariel —dije, manteniendo mi voz en un registro bajo, monótono y calmado, tratando de apaciguar el fuego invisible que emanaba de su figura—. Puedes guardar esa hostilidad para los enemigos. Vienen suficientes en camino como para que la desperdicies conmigo.

Ella soltó una risa seca, áspera y carente de cualquier atisbo de humor. Bajó la espada un par de centímetros, aunque todos los músculos de sus brazos y piernas seguían en una tensión absoluta, lista para saltar.

—No mientras sienta que me juzgas a cada paso… Fae.

La acusación flotó en el aire frío de la mañana, densa y pesada. Fae. Me había llamado por el nombre de mi especie, marcando una línea en la arena, erigiendo un inmenso muro de piedra emocional entre los dos. Sabía perfectamente a qué se refería. El sótano. La revelación asquerosa de la criatura de corteza. Ella sabía que yo estaba escondido ahí, escuchando su secreto más oscuro y la condena viva que se gestaba en su vientre. Pensaba que la miraba con asco.

—Solo me preocupas —admití, dando un paso más hacia adelante, arriesgándome a cruzar su límite invisible—. Tenemos menos de dos semanas para estar listos para enfrentar a un batallón entero de carniceros, y tú desapareces por dos días enteros sin decir una sola palabra. ¿Qué quieres que piense?

—No me importa —replicó ella de inmediato, apartando la mirada hacia el tronco astillado con un gesto despectivo. Su voz tembló un milímetro, una fracción de segundo, traicionando la férrea armadura de indiferencia que intentaba mantener a toda costa.

Dejé escapar un suspiro silencioso por la nariz. Decidí cambiar de táctica. No lograría nada acorralándola en sus propios traumas ni obligándola a hablar de lo que crecía en su interior. Desvié la vista hacia el arma deslumbrante que sostenía en sus manos enguantadas.

—Es una buena espada —continué, ofreciéndole una rama de olivo en forma de conversación puramente táctica—. Se ve que tiene un balance perfecto. La guarda protegerá bien tus muñecas si necesitas desviar golpes pesados de alabardas, y la hoja es lo suficientemente larga para mantener a raya a la infantería acorazada.

Aldariel me miró de reojo, evaluando mi repentino cambio de tono. Tras unos segundos de escrutinio, los hombros se le relajaron imperceptiblemente y bajó la guardia por completo, apoyando con un tintineo la punta de la hoja brillante en el suelo de piedra.

—Es de plata —murmuró, pasando el pulgar con cuidado por uno de los complejos grabados de la hoja—. Le llamo Colmillo.

La observé en profundo silencio por un instante, procesando el nombre. Colmillo de Plata. Un escalofrío me recorrió la espalda al recordar la historia. No era un apodo glorioso de sus días como ladrona en las calles. Era el apodo de burla, el insulto denigrante que le puso el ejército del Norte. El mismo nombre que el Titán Vorden le escupió en la cara, riéndose a carcajadas después de volarle un diente de un solo vergazo brutal para demostrarle a sus hombres quién mandaba y quebrantar su espíritu. Un recordatorio constante, físico y mental, de su dolor, su sumisión y su humillación más profunda.

—Vaya ironía —respondió mi voz, sonando más ronca de lo normal, esbozando una media sonrisa triste, sabiendo perfectamente el peso traumático y sangriento que conllevaba esa única palabra.

—Sí, bueno —suspiró ella, apoyando el peso de su cuerpo cansado en una pierna, alzando la barbilla con un orgullo feroz e inquebrantable—. Si hay que lidiar con la mierda que viene en camino, lo haré de frente. Usaré el mismo maldito nombre que me dieron cuando me tenían de rodillas tragando sangre. Estuve practicando mis ataques sin descanso, hasta que me sangraron las manos. Decidí que, si sigo siendo una maldita llave para el Manantial, al menos yo decidiré cuándo y cómo se abre esa magia.

Se apartó del tronco destruido y caminó lentamente hacia el centro de las ruinas, moviendo los hombros para liberar la tensión.

—Ya puedo hacer el Paso de Vacío sin vomitar —continuó, con una chispa de orgullo sombrío brillando en sus ojos negros—. El asco, el mareo y la desorientación ya casi no me afectan. Aún no logro imbuir de magia eterna mi maldita espada, o como sea que llames a la luz plateada que le pusiste a la tuya en el sótano para matar a esa cosa… pero descubrí algo más. Algo vital.

Se detuvo a pocos pasos de mí y me miró directamente, con una intensidad oscura que me puso los pelos de punta.

—Descubrí que, si me concentro lo suficiente en un punto en específico del campo de batalla… puedo reaparecer ahí después de morir. Como un ancla invisible. En caso de que me maten durante el combate, o si el Paso de Vacío me falla por el cansancio y me acorralan, ya no reaparezco aleatoriamente o exactamente donde caigo. Puedo forzar a la realidad a reconstruirme en el lugar exacto que yo elija, siempre y cuando lo tenga firmemente en mi mente antes de que mi corazón se detenga.

La información táctica que me estaba revelando era invaluable. Una guerrera inmortal que podía elegir su punto de resurrección en medio del caos de una masacre era una pesadilla estratégica para cualquier formación militar. Podía dejarse masacrar en la línea frontal y reaparecer instantáneamente a espaldas del comandante enemigo, intacta y lista para degollarlo.

Pero mi mente de Fae, sensible a la esencia de la vida, se detuvo abruptamente en la implicación de sus palabras. ¿Cómo sabía eso con tanta certeza matemática? ¿Cómo había perfeccionado esa técnica en tan solo dos días?

Bajé la mirada hacia el suelo empedrado que nos rodeaba. Entre la grava blanca de las ruinas, las raíces rotas y la maleza seca, había manchas oscuras. Cientos de ellas. Un charco espeso y coagulado cerca de la base del tronco de roble. Salpicaduras macabras en forma de abanico contra la base de una columna partida. Un hilo de rojo oxidado escurriendo por la pendiente cerca de donde yo estaba parado. No era la sangre vieja de Raymond; aquella ya había sido lavada por la lluvia de la semana pasada. Estas manchas eran recientes. Estaban secas, costrosas, pero frescas. Olían a hierro y a desesperación.

Sentí que el estómago se me revolvía violentamente. No había estado practicando solo sus cortes de espada. Había estado practicando su muerte. Se había estado asesinando a sí misma, destripándose, degollándose o perforando su propio corazón una y otra vez, decenas de veces en este agujero abandonado en la madrugada, para probar empíricamente su capacidad de reaparición y anclaje. Y con cada muerte voluntaria, no solo entrenaba su magia espacial, sino que asesinaba a la semilla que crecía en su vientre, obligando al ciclo a reiniciarse dolorosamente al día uno. Se estaba vaciando a sí misma en la más absoluta soledad.

—¿Cómo descubriste eso? —pregunté, mi voz sonando apenas como un susurro horrorizado, mi mirada clavada sin poder apartarla en un charco de sangre seca que tenía la silueta perfecta de un cuerpo humano caído sobre las rocas.

Aldariel notó de inmediato hacia dónde miraba. Su mandíbula se tensó hasta hacer rechinar los dientes y su postura volvió a endurecerse como el acero de su espada. Apretó a Colmillo con tanta fuerza que la piel de sus nudillos se tornó completamente blanca.

—Olvídelo —escupió ella, dando un paso atrás rápido, cerrándose de nuevo, levantando las murallas de su fortaleza mental—. No voy a cuestionar tus métodos de mierda, tus silencios ni tus juicios, así que tú no cuestiones los míos.

Tragué saliva, obligándome a levantar la vista de la sangre masacrada de mi compañera para mirar sus ojos. El horror moral y la ética fundamental de un Fae gritaban en mi cabeza ante semejante profanación de la propia vida, pero la realidad inminente del ejército de Vorden era un peso mucho más aplastante. Ella estaba haciendo lo que consideraba brutalmente necesario para sobrevivir a la guerra y, sobre todo, para mantener su propio cuerpo bajo su absoluto control. No podía juzgarla. No tenía el derecho.

—El Paso y la muerte son buenas estrategias de posicionamiento en batalla —dije finalmente, forzando un tono clínico, frío y objetivo, sepultando mi propio horror bajo gruesas capas de pragmatismo marcial—. Contra criaturas de este plano, mercenarios y soldados humanos, esa táctica de reaparición los destrozará mental y físicamente. Pero aún debemos trabajar arduamente en imbuir de poder a tu Colmillo de Plata para acabar definitivamente con los Despojados… criaturas que, por cierto, pudiste haber llamado a este mismo lugar al estar muriendo tantas veces aquí sola y derramando tanta magia. Has tenido mucha suerte de que el Vacío no te haya respondido y te haya devorado en la oscuridad.

Ella me sostuvo la mirada, altiva y desafiante, sin mostrar una sola pizca de arrepentimiento por las matanzas que había perpetrado contra sí misma.

—Dijiste que no cuestionarías mis métodos.

—No cuestiono, señalo un hecho táctico —repliqué, soltando el pesado broche de plata de mi capa oscura y dejándola caer sobre unos escombros relativamente limpios, liberando mis brazos para el combate—. Pero bueno… ¿puedo unirme al entrenamiento? Te aseguro que los malditos soldados del Norte no se quedarán tan quietos como ese tronco de madera.

Aldariel observó mi movimiento, bajando la vista hacia mi propia espada envainada. La hostilidad cruda en sus ojos oscuros se diluyó fríamente, siendo reemplazada por el cálculo letal y concentrado de una asesina preparándose para la guerra inminente. Alzó su espada de plata con ambas manos, la luz tenue del amanecer arrancando un destello cegador de la hoja limpia.

—Ataca primero, Fae —dijo ella, flexionando las rodillas y adoptando una guardia perfecta—. Y no te contengas, porque te juro que yo no lo haré.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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