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Saga Elementos - Capítulo 96

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Capítulo 96: Regalo

—Luego de eso, tuve que proteger a Amelia mientras me encargaba de los bastardos que trataron de aprovechar la situación —Jessica finalizó la historia.

Cada detalle explicaba las diferentes heridas que tenían las chicas, no solo la pierna rota de Amelia. La joven de cabello blanco tenía varias quemaduras por todo su cuerpo, los lugares donde los perros la mordieron. Además de los diferentes cortes y hematomas que Jessica tenía en los brazos y el rostro. Para este punto, ambas se habían cambiado la ropa por prendas limpias y frescas. La única queja que ambas tenían es que querían darse un reconfortante baño y aplicarse desodorante, pero esto era lo que había.

—Por cierto, Amelia, ¿qué pasará con nuestro equipaje? —cuestionó Jordan desde su asiento—. Porque no quiero tener que reponer todo mi guardarropa… otra vez —como tenían que viajar ligeros, Amelia les dijo a todos que dejaran las maletas en el hotel, pero no dijo qué sucedería con ellas una vez dejaran el país.

—No te preocupes. Steve arregló todo para nosotros. Nuestras maletas están cruzando el planeta en un lindo vuelo de carga mientras hablamos —explicó Amelia mientras recibía el vaso de jugo que Lucía le había traído—. Gracias.

—Vale, con eso aclarado, creo que es hora de dormir. Tenemos un largo vuelo por delante —sugirió Tatiana mientras estiraba su espalda.

—Sí, es verdad —Amelia se acomodó en el hombro de Jessica, quien la rodeó con el brazo en un claro gesto protector—. Buenas noches a todos.

—Buenas noches —Tatiana se sentó en su lugar y reclinó el asiento al máximo para poder estirar las piernas—. ¡Capitán! ¿Podría apagar las luces, por favor? —la cabina quedó totalmente a oscuras, salvo por una fila de luces tenues que recorrían los pasillos del avión—. ¡Gracias!

Es curioso cómo el cuerpo humano puede colapsar de cansancio una vez la adrenalina deja de fluir por su sistema. El grupo no tardó más de diez minutos en quedarse profundamente dormido. Amelia esperaba muchas cosas, un sueño feliz, uno normal o quizás una pesadilla de muerte sobre cómo mató a Mark Jobs hace unos minutos. Sin embargo, la joven fue transportada a aquella colina dentro del Todo. No pudo evitar suspirar.

—Ahora no estoy de humor para hablar contigo, Grifo —replicó la joven mientras se daba la vuelta para encararlo.

—Lástima, y yo que tenía un regalo para ti —el tono del hombre era jocoso y juguetón—. ¿A Jessica le gusta cuando te haces la difícil? —Amelia no respondió y solo lo miró con fastidio—. De acuerdo, ¿qué te sucede, niña? Digo, vengaste a tus padres y mataste a Cerbero. Pensé que estarías un poco más feliz, quizás aliviada —la joven finalmente perdió la poca paciencia que le quedaba.

—¿Crees que lo disfruté? —con pasos fuertes y furiosos, la joven se acercó al Grifo—. Puedes sentir lo mismo que yo, ¿no? Entonces, ¿qué te hace pensar que disfruté oler esa peste o ver esa cara repugnante?

—Oye, tranquila. Solo intento conversar.

—Pues hazme un favor y solo cállate porque yo… —Amelia no soportó más y se arrodilló mientras lloraba—. Mark Jobs está muerto, pero mis padres no están aquí. Todo lo que quiero es poder verlos. Al menos recordar su olor, sus rostros.

Claro, Amelia apreciaba mucho a Bruno y a Selma. Les agradecía con el alma el haberla acogido y sí, eran lo más cercano que tenía a unos padres, pero no eran los verdaderos. Gregor se había asegurado de recordarle todos los días que estuvo en el orfanato que la muerte de sus padres era su culpa. «¡Es por ti que están muertos!» solía decirle. Fue por eso que Bruno decidió llevarse a la chica a su casa. Quería alejarla de ese ambiente tóxico y, por más que intentaron, no pudieron apaciguar la ira que hervía en el interior de Gregor. De hecho, era todo lo contrario. Con cada nueva sesión de terapia y tratamiento psicológico, era como si la rabia dentro del chico creciera más y más.

Sin embargo, Gregor quería lo mismo que Amelia: querían a sus padres. Amelia era quien más lo sufría. No podía recordar sus voces, sus rostros, su aroma. No tenía ningún recuerdo de ellos y eso le dolía más que cualquier otra cosa. El Grifo podía sentir este dolor en la chica e intentó consolarla.

—Tranquila —dijo colocándole una mano en el hombro—. Ten. Mejor come una manzana —el Grifo le ofreció la fruta con una sonrisa cálida. Amelia lo observó por un momento antes de finalmente aceptarla.

El Grifo podría ser una bestia, pero no era tonto. Él sabía perfectamente que Amelia le tenía un cierto odio. Algo inconsciente, por supuesto. Provocado en gran medida por todas las palabras que Gregor solía decirle cuando eran niños. Cuando sus poderes despertaron, Amelia entendió la razón del odio de su hermano y, a pesar de mostrarse respetuosa con el Grifo en todo momento, no podía evitar adoptar una actitud fría y distante hacia la bestia. Todo porque en el fondo lo odiaba. Si no hubiera sido por el Grifo, sus padres no hubieran muerto. Eso era lo que Amelia pensaba.

—Gracias —la joven se recostó en el árbol de manzanas junto al Grifo.

—Sé que es doloroso, lo puedo sentir, pero no todo es malo —la bestia transformada en humano empujó suavemente a la chica con el hombro—. Digo, tienes grandes amigos, el respaldo de las personas más poderosas del planeta y te conseguiste a una novia realmente guapa —Amelia suspiró.

—Lo sé, pero… —la chica suspiró con pesadez—. Me hubiera gustado conocerlos —la joven terminó de limpiarse las lágrimas antes de darle la primera mordida al fruto.

—Bueno, eso tiene arreglo, niña —Amelia no pudo evitar reírse al escuchar aquellas palabras.

—Sí, claro —se mofó la muchacha—. ¿Ahora vas a decirme que puedes revivir a los muertos y…?

Las palabras de Amelia se quedaron atoradas en su garganta cuando notó que el Grifo ya no estaba junto a ella. Esto se le hizo muy extraño, nunca había estado sola en el Todo, jamás. Se levantó de su sitio y caminó con cautela por el lugar, esperando encontrar a la bestia en algún momento. Además, quería despejar su mente de alguna forma.

Avanzó por el prado durante varios minutos, quizás veinte, y en todo lo que podía pensar era en el doloroso vacío que sentía en su pecho. Todos siempre le decían: “Tu madre era la mujer más amable y amorosa del mundo” o “Tal vez tu padre no era el más fuerte, pero nunca se rendía”. Sin embargo, ella no podía constatar nada de eso. Era extraño. La joven trataba de racionalizar las palabras de otros, buscando darles algún significado y crear la imagen de sus padres, pero era inútil. Simplemente no se los podía imaginar.

Llegó a una colina con vista a una hermosa pradera verde donde descansaba una manada de antílopes. Criaturas hermosas que se veían tan pacíficas en ese momento. La vista le trajo algo de tranquilidad a la joven, quien suspiró y se relajó tanto como pudo.

—Es una linda vista, lo reconozco —dijo para sí misma.

—¿Verdad que lo es? —Amelia se giró, sobresaltada de escuchar una voz diferente a la suya.

Al principio creyó que tal vez era el Grifo, quien habría adoptado otra forma solo para asustarla un poco, pero lo que encontró fue algo completamente diferente.

—Perdona, cariño —se disculpó una mujer—. No queríamos asustarte.

Amelia no entendía nada. Frente a ella, había dos personas nuevas, pero eso era imposible. Hasta donde sabía, el Grifo no tenía la capacidad de dividirse en dos y los únicos humanos que podían acceder al Todo eran los Elementales, pero entonces… ¿Quiénes eran ellos?

Se trataba de una pareja, un hombre y una mujer. El hombre era alto. Probablemente medía un metro noventa, quizás un metro ochenta y cinco como mínimo. Tenía la cara totalmente rasurada, sin rastro alguno de barba. Sus ojos, marrones y oscuros, contrastaban con su cabello pelirrojo. No era especialmente musculoso. Sí, estaba en forma, pero su físico estaba lejos de ser como el de Matthew o el de Robert.

La mujer, por otro lado, era mucho más menuda. Con un cuerpo delgado, pero atractivo para cualquier hombre. Con una estatura de un metro con setenta y cinco centímetros, curvas en los lugares correctos y una mirada gentil en su hermoso rostro. Tenía piel trigueña, cabello negro liso y ojos color amatista que le daban un aspecto intrigante a la mujer. Amelia no entendía nada, no tenía idea de quiénes eran estas personas.

Ambos lo notaron y no pudieron evitar sonreír. El rostro de la mujer se llenó de lágrimas mientras se tapaba la boca con sus manos y luchaba para no llorar.

—No puedo creerlo —dijo la mujer entre sollozos—. Mira cómo creciste. La última vez eras tan pequeña y delicada —el hombre la abrazó.

—Cariño, tranquila —Amelia finalmente se relajó y comenzó a reír, pero sin ganas.

—De acuerdo, Grifo —dijo con la mirada hacia arriba—. Me atrapaste. Fue una buena broma. Casi me la creo —estaba tan concentrada en sus cosas que no notó cuando la mujer empezó a acercarse a ella—. Ya deja de jugar, ¿quieres? Perdió la gracia y… —Amelia dejó de hablar cuando sintió un par de manos sujetarle la cara.

La mujer no podía contener las lágrimas que caían por su cara mientras acariciaba el rostro de la joven de cabello blanco, quien la miraba confundida. Fue ahí que algo dentro, muy adentro, de Amelia reaccionó y sintió que sus ojos volvían a llenarse de lágrimas.

—Solo mira lo hermosa que te has puesto —la mujer no podía parar de llorar. El hombre le puso la mano en el hombro a la mujer y, con gentileza, la separó de Amelia.

—Victoria, déjala respirar. Vas a abrumarla —el tono de voz del hombre era gentil, pero había algo de dolor en sus palabras.

Cuando sus manos dejaron el rostro de Amelia, una imagen llegó a su mente. Era la imagen de un rostro gentil, pero agotado, empapado por el sudor y lágrimas de cansancio y alegría. La joven de cabello blanco recordó esa sensación, la sensación de ser cargada en brazos con tal gentileza y calidez que podría derretirse. No podía escuchar lo que decía aquella mujer, pero sí podía intuirlo. “Mi pequeña Amelia”. La mujer en su recuerdo era la misma persona que ahora tenía enfrente.

La joven rápidamente se abalanzó sobre la mujer de rostro gentil y la abrazó. Amelia no lo pensó, de hecho, ni siquiera tuvo la intención consciente de hacerlo. Cuando el aroma de esta persona entró en sus fosas nasales, algo en su interior terminó de despertar. Este olor, este aroma, era el primero que había percibido en toda su vida. Amelia también comenzó a llorar.

—¿De verdad eres tú? —Amelia abrazó aún más fuerte a la mujer, como si temiera que pudiera desaparecer en el aire—. ¿Tú eres mi mamá? —la mujer, Victoria, abrazó a su hija mientras ambas sollozaban. El hombre, Jefferson, no tardó en unirse al abrazo.

Amelia estalló en llanto al darse cuenta de que las personas frente a ella eran sus padres. Los tres cayeron de rodillas al piso mientras lloraban.

¿Cuánto tiempo duraron abrazados y llorando? Amelia no lo sabía y tampoco le importaba. Sus padres estaban frente a ella. ¡Esto era mil veces más importante que cualquier otra cosa! ¿“Tiempo”? ¿A quién le importaba el tiempo?

Cuando finalmente se separaron, Jefferson, con un toque firme pero gentil, limpió el rostro de su hija, aunque no fue muy efectivo, ya que Victoria le llenó la cara de besos y ambas volvieron a llorar. La alegría simplemente era demasiada. Eventualmente, la emoción pasó y ahora los tres estaban sentados frente a la pradera, viendo a los antílopes.

—Dios, no puedo creer lo bonita que eres, mamá —habló Amelia con inocencia y ternura.

—Oh, gracias, hija —la sonrisa de Victoria era radiante.

—Tu madre era, y sigue siendo, la mujer más hermosa de todo Londres, hija ¿Por qué crees que me casé con ella? —Victoria le dio un empujón juguetón a Jefferson—. Además, ¿de quién crees que heredaste tu belleza? —Amelia se rio graciosamente. Sus mejillas se pusieron algo coloradas al escuchar el comentario de su padre.

—Seguro te preguntas cómo es posible que estén aquí, ¿verdad? —el Grifo apareció frente a ellos con una mirada astuta—. Bueno, la manzana que te di es mi regalo. Cuando un alma atada al mundo terrenal come el fruto del Todo, es capaz de comunicarse con las almas de quienes murieron antes.

—Espera, eso quiere decir…

—Oh, cierto. No lo sabes —el Grifo apenas parecía darse cuenta de ese detalle—. Verás, el Todo es lo que ustedes, humanos, suelen llamar como El Más Allá, El Cielo, Nirvana, El Hades. Tiene muchos nombres según la cultura y la época, pero en todas es lo mismo.

Amelia estaba boquiabierta por lo que estaba escuchando. Ella sabía que el Todo era un lugar muy especial, pero jamás imaginó semejante cosa. Ella literalmente había visitado el mundo de los muertos por años y nunca lo supo.

—Seguro tienes muchas preguntas, pero serán para otra ocasión. Por ahora, disfruta este momento, te lo has ganado —y así como llegó, el Grifo se marchó.

En otras circunstancias, Amelia hubiera intentado pararlo o se hubiera llenado de curiosidad, pero no en esta ocasión. Ahora, lo único que le importaba era recuperar algo del tiempo perdido con sus padres.

—¿No tienes nada que decirle? —le preguntó Jefferson.

—No, puede esperar —la chica se recostó en el hombro del hombre.

—Bien, porque tenemos algo muy importante que decirte —instó Victoria. Su tono severo llamó la atención de Amelia—. Esa chica pelirroja… Jessica, ¿te trata bien?

Amelia no pudo evitar ponerse como un tomate al escuchar a su mamá hablando de Jessica y, por la mirada cómplice que le estaba dedicando, sabía exactamente cuál era la naturaleza de su relación.

—¿Cómo es que…?

—Amelia, somos tus padres y este es el Todo, podemos ver cada cosa que pasa allá afuera. Y cuando digo “cada cosa”, es cada cosa —Amelia se puso mucho más roja, si cabe, al escuchar a Jefferson.

—Pero dejando de lado eso, queremos saber de ti, ¿cómo es ella? —insistió Victoria para luego tomarla de la mano—. Vamos, cuéntanos todo.

El sonrojo en el rostro de la chica se redujo bastante. La sonrisa de su madre era la cosa más bella que jamás vería en toda su vida. Con solo una mirada, lograba tranquilizarla por completo. Amelia suspiró y terminó de calmarse.

—Se llama Jessica, es la elemental de fuego y hace poco se volvió mi novia —la joven comenzó a relatarles toda la historia a sus padres.

*****

El viaje a Suiza fue igual que los cientos de vuelos que Ras había hecho. Subir al avión, disfrutar de un buen vino y una deliciosa comida durante el viaje, leer un buen libro, adelantar trabajo pendiente o simplemente relajarse con alguna película, eso era lo que solía hacer al volar. Normalmente, la Orden usaba aviones grandes para trasladar a sus miembros de un país a otro, pero como este era un vuelo de negocios, y no una misión de campo, le habían asignado un jet ejecutivo a Ras. Específicamente, un Bombardier Global 7500.

Sin embargo, a pesar de sus mejores esfuerzos, Ras no pudo relajarse ni un poco durante el viaje. Tenía un muy mal presentimiento. En el fondo de su ser, sentía que algo estaba terriblemente mal. Por un momento, la idea de regresar cruzó por su mente, pero eligió no hacerlo. La reunión que tendría con los representantes de las naciones más afectadas por la reciente escalada de actividad en los Oscuros fue más importante que su aparente preocupación infundada. El hombre se recostó en su asiento y suspiró pesadamente. «Tal vez, ya me estoy haciendo viejo», pensó. Al mirar por la ventana del avión, solo pudo ver un mar de nubes grises que rodean al vehículo por completo.

Poco después, su copa de vino comenzó a vibrar, junto con todo el avión. Momentos más tarde, pudo sentir cómo todo se sacudía a su alrededor y escuchó cómo algunos vasos de vidrio chocaban en la cocina, pero sin llegar a romperse. La señal de los cinturones se encendió. Habían entrado en una turbulencia. Ras, en silencio y sin inmutarse por la sacudida, se abrochó el cinturón de seguridad y bebió un sorbo de vino en total calma. «Casi parece que el cielo me quiere dar la razón», se dijo a sí mismo con una risa, burlándose de sus propios pensamientos y desechándolos en el rincón más profundo de su mente.

Detrás de él, pero siempre cerca, pudo escuchar cómo la más joven de sus escoltas temblaba. La pobre parecía no tener más de veinticinco años. Iba acompañada por un hombre algo mayor que tenía setenta y siete años, pero cuya apariencia concordaba más con la de un hombre de cuarenta años. El sonido de varios pasos retumbó desde atrás.

—Por favor, díganme que también sintieron eso —preguntó el tercer escolta.

Un hombre mayor que la chica, pero menor que el viejo, tenía justamente 38 años y aparentaba exactamente esa edad.

Los tres conformaban la escolta de Ras. Todos estaban bien entrenados y cada uno tenía algún talento diferente, pero lo que tenían en común era su gran conocimiento. Se podría decir que estaban bien letrados. Ahora, ¿por qué Ras, el líder de la Orden, necesitaba un equipo de escoltas? Bueno, a pesar de ser el más fuerte del lugar entre todos los Iluminados, Ras todavía podía cometer errores y su escolta debía hacérselos notar. Por otro lado, los tres tenían la tarea de vigilarlo en todo momento. Si Ras recibía una llamada en medio de la reunión, ellos la respondían y después le pasaban el mensaje. Finalmente, si el hombre estaba distraído en medio de una reunión, como la que se celebraría en Ginebra en un par de horas, era su escolta la que tenía la tarea de vigilar el entorno y avisarle si algo andaba mal.

Claro, el equipo tenía más tareas que solo esa. Por ejemplo, si Ras quedaba incapacitado de alguna forma, ellos debían sacarlo del lugar con seguridad. Todo estaba muy bien pensado y, si bien a Iván y a Tara no les hacía gracia tener gente vigilando sus espaldas en todo momento, Ras podía ver la utilidad en tener gente cuidándolo mientras él atendía sus asuntos.

Se giró a verlos un momento y pudo ver que la joven estaba bastante asustada por las turbulencias. Sus nudillos pálidos se aferraban al asiento con fuerza, su mandíbula apretada al tope y sus ojos cerrados por el pánico. Era una belleza italiana. De cabello castaño, lacio y piel clara. Sus ojos color verde se abrían tímidamente y miraban a su alrededor con desesperación. En su mano izquierda, había una sortija matrimonial en su dedo anular. Lo que indicaba que había alguien esperándola en casa mientras la pobre mujer se moría por bajar del avión antes de que este se estrellase.

Ras sonrió al verla. Su expresión le parecía divertida. Se recostó en su asiento y se acomodó, dispuesto a dormir un rato durante el viaje. No tardó mucho en caer en un sueño profundo.

Fue transportado a un lugar que conocía bastante bien. Un cuarto sucio y completamente maloliente. El olor de la sangre, el sudor y demás secreciones impregnaba el aire con una fragancia repugnante. Un dolor familiar llegó a sus muñecas. Al bajar la mirada, pudo ver las marcas en sus manos y el tatuaje en su brazo izquierdo, el cual estaba muy delgado. El tatuaje en su brazo rezaba: B-27894.

Frente a él había un montón de ropa y pertenencias ajenas que, desde luego, no eran suyas. Algunas estaban llenas de agujeros, otras tenían manchas de sangre, pero todas desprendían el mismo olor desagradable.

Un estruendo se escuchó a su derecha. Algo se había caído al suelo, parecía pesado. Cuando giró, pudo ver a una niña en el piso y al guardia detrás de ella levantando el pie para comenzar a pisarle la cabeza y patearle el abdomen.

—¡Maldita perra! —le gritó a la pobre niña. Incluso su voz era asquerosa—. ¿Ni eso sabes hacer bien? ¡Inútil! ¡Inútil! —el soldado la siguió pateando.

—¡Perdóneme! ¡No volverá a pasar! ¡Por favor! —lloró la niña en el suelo mientras se cubría en posición fetal.

Había más niños alrededor, pero ninguno quería decir nada, por más ganas que tuvieran de hacerlo. El recuerdo del último niño que se atrevió a protestar seguía fresco en la mente de todos. Recordaban cómo los soldados sostuvieron su cabeza bajo el agua y lo mantuvieron ahí hasta que finalmente lo dejaron respirar al último momento, solo para repetir el proceso un total de seis veces mientras los forzaban a ver. Si alguno se atrevía a cerrar los ojos, les apuntaban con un arma y los obligaban a ver o morir.

Al final, la séptima vez, sostuvieron la cabeza del niño rebelde bajo el agua hasta que sus pataletas y signos de resistencia se detuvieron, pero para confirmar que estuviera muerto, el soldado a su lado le disparó tres veces en la nuca. Su cuerpo fue incinerado ese mismo día.

Por eso nadie quería intervenir por aquella niña. Nadie quería ser el próximo en morir. De pronto, Ras sintió un golpe detrás de su cabeza. El soldado junto a él lo había golpeado con la culata del arma, pero se las arregló para mantenerse de pie.

—Sigue trabajando o serás el siguiente —Ras no tuvo más remedio que seguir el trabajo que lo forzaron a realizar: clasificar las apestosas pertenencias frente a él.

Volteó de reojo y vio a un niño junto a él. Tenía once años, pero parecía mucho menor debido a la pobre alimentación que les daban en ese lugar. A pesar de eso, y de tener un cuerpo casi esquelético, se notaba que apretaba la mandíbula con ira. Ras quería decirle: “Tranquilo, no digas nada que pueda meternos en problemas”, pero el guardia detrás de ellos podría escucharlos claramente. No obstante, a pesar de los gritos, el llanto y los improperios que se escuchaban de fondo, ambos niños se mantuvieron callados.

—¡Quiero que todos ustedes vean esto! —ordenó el soldado que estaba pateando a la niña. Se había detenido solo para sacar su arma—. ¡Esto es lo que pasa cuando no hacen bien su trabajo!

Ras estaba por ver cómo el soldado tiraba del gatillo cuando alguien lo despertó de su sueño. Se trataba del jefe de sus escoltas, el viejo.

—Lamento despertarlo, señor, pero estamos por aterrizar en Ginebra y el capitán ordenó acomodar los asientos —informó el hombre.

Ras bostezó y se rascó los ojos con algo de pereza, pero manteniendo siempre la elegancia y la compostura.

—Gracias por avisarme —el hombre asintió y regresó a su asiento mientras Ras acomodaba el suyo.

Media hora más tarde, todos sintieron cómo el avión tocaba tierra y se detenía en la plataforma de desembarco.

Discretamente, Ras y su equipo bajaron del avión y caminaron por el aeropuerto. Luego de registrar su salida, pasar los controles de aduana y reclamar su equipaje, abandonaron la terminal. En la entrada del aeropuerto los recibió un agradable clima lluvioso y una temperatura fresca. El aroma de la lluvia inundó las fosas nasales de todos, algo muy relajante y que daba cierta paz. La más joven del grupo no pudo evitar tomar una gran y profunda inhalación, cosa que no pasó desapercibida por sus compañeros, quienes la veían con una sonrisa.

Una camioneta de color negro, bastante grande, elegante y espaciosa, apareció frente a ellos. Su transporte. Un hombre vestido de traje y corbata roja bajó del vehículo y se acercó a ellos.

—Buenas noches, señor Ras. Bienvenidos a Ginebra —habló con tono suave y elegante.

—Buenas noches —respondió Ras.

—Por favor —el hombre se ofreció a llevar las maletas del grupo. Nadie puso objeción y dejaron que las subieran a la camioneta.

No tardaron mucho en abordar el siguiente vehículo y partir al hotel para descansar en una cama apropiadamente. Mañana tendrían un día largo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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