Saga Elementos - Capítulo 97
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Capítulo 97: Olor a Muerto
¿Cuánto tiempo duraron abrazados y llorando? Amelia no lo sabía y tampoco le importaba. Sus padres estaban frente a ella. ¡Esto era mil veces más importante que cualquier otra cosa! ¿“Tiempo”? ¿A quién le importaba el tiempo?
Cuando finalmente se separaron, Jefferson, con un toque firme pero gentil, limpió el rostro de su hija, aunque no fue muy efectivo, ya que Victoria le llenó la cara de besos y ambas volvieron a llorar. La alegría simplemente era demasiada. Eventualmente, la emoción pasó y ahora los tres estaban sentados frente a la pradera, viendo a los antílopes.
—Dios, no puedo creer lo bonita que eres, mamá —habló Amelia con inocencia y ternura.
—Oh, gracias, hija —la sonrisa de Victoria era radiante.
—Tu madre era, y sigue siendo, la mujer más hermosa de todo Londres, hija ¿Por qué crees que me casé con ella? —Victoria le dio un empujón juguetón a Jefferson—. Además, ¿de quién crees que heredaste tu belleza? —Amelia se rio graciosamente. Sus mejillas se pusieron algo coloradas al escuchar el comentario de su padre.
—Seguro te preguntas cómo es posible que estén aquí, ¿verdad? —el Grifo apareció frente a ellos con una mirada astuta—. Bueno, la manzana que te di es mi regalo. Cuando un alma atada al mundo terrenal come el fruto del Todo, es capaz de comunicarse con las almas de quienes murieron antes.
—Espera, eso quiere decir…
—Oh, cierto. No lo sabes —el Grifo apenas parecía darse cuenta de ese detalle—. Verás, el Todo es lo que ustedes, humanos, suelen llamar como El Más Allá, El Cielo, Nirvana, El Hades. Tiene muchos nombres según la cultura y la época, pero en todas es lo mismo.
Amelia estaba boquiabierta por lo que estaba escuchando. Ella sabía que el Todo era un lugar muy especial, pero jamás imaginó semejante cosa. Ella literalmente había visitado el mundo de los muertos por años y nunca lo supo.
—Seguro tienes muchas preguntas, pero serán para otra ocasión. Por ahora, disfruta este momento, te lo has ganado —y así como llegó, el Grifo se marchó.
En otras circunstancias, Amelia hubiera intentado pararlo o se hubiera llenado de curiosidad, pero no en esta ocasión. Ahora, lo único que le importaba era recuperar algo del tiempo perdido con sus padres.
—¿No tienes nada que decirle? —le preguntó Jefferson.
—No, puede esperar —la chica se recostó en el hombro del hombre.
—Bien, porque tenemos algo muy importante que decirte —instó Victoria. Su tono severo llamó la atención de Amelia—. Esa chica pelirroja… Jessica, ¿te trata bien?
Amelia no pudo evitar ponerse como un tomate al escuchar a su mamá hablando de Jessica y, por la mirada cómplice que le estaba dedicando, sabía exactamente cuál era la naturaleza de su relación.
—¿Cómo es que…?
—Amelia, somos tus padres y este es el Todo, podemos ver cada cosa que pasa allá afuera. Y cuando digo “cada cosa”, es cada cosa —Amelia se puso mucho más roja, si cabe, al escuchar a Jefferson.
—Pero dejando de lado eso, queremos saber de ti, ¿cómo es ella? —insistió Victoria para luego tomarla de la mano—. Vamos, cuéntanos todo.
El sonrojo en el rostro de la chica se redujo bastante. La sonrisa de su madre era la cosa más bella que jamás vería en toda su vida. Con solo una mirada, lograba tranquilizarla por completo. Amelia suspiró y terminó de calmarse.
—Se llama Jessica, es la elemental de fuego y hace poco se volvió mi novia —la joven comenzó a relatarles toda la historia a sus padres.
*****
El viaje a Suiza fue igual que los cientos de vuelos que Ras había hecho. Subir al avión, disfrutar de un buen vino y una deliciosa comida durante el viaje, leer un buen libro, adelantar trabajo pendiente o simplemente relajarse con alguna película, eso era lo que solía hacer al volar. Normalmente, la Orden usaba aviones grandes para trasladar a sus miembros de un país a otro, pero como este era un vuelo de negocios, y no una misión de campo, le habían asignado un jet ejecutivo a Ras. Específicamente, un Bombardier Global 7500.
Sin embargo, a pesar de sus mejores esfuerzos, Ras no pudo relajarse ni un poco durante el viaje. Tenía un muy mal presentimiento. En el fondo de su ser, sentía que algo estaba terriblemente mal. Por un momento, la idea de regresar cruzó por su mente, pero eligió no hacerlo. La reunión que tendría con los representantes de las naciones más afectadas por la reciente escalada de actividad en los Oscuros fue más importante que su aparente preocupación infundada. El hombre se recostó en su asiento y suspiró pesadamente. «Tal vez, ya me estoy haciendo viejo», pensó. Al mirar por la ventana del avión, solo pudo ver un mar de nubes grises que rodean al vehículo por completo.
Poco después, su copa de vino comenzó a vibrar, junto con todo el avión. Momentos más tarde, pudo sentir cómo todo se sacudía a su alrededor y escuchó cómo algunos vasos de vidrio chocaban en la cocina, pero sin llegar a romperse. La señal de los cinturones se encendió. Habían entrado en una turbulencia. Ras, en silencio y sin inmutarse por la sacudida, se abrochó el cinturón de seguridad y bebió un sorbo de vino en total calma. «Casi parece que el cielo me quiere dar la razón», se dijo a sí mismo con una risa, burlándose de sus propios pensamientos y desechándolos en el rincón más profundo de su mente.
Detrás de él, pero siempre cerca, pudo escuchar cómo la más joven de sus escoltas temblaba. La pobre parecía no tener más de veinticinco años. Iba acompañada por un hombre algo mayor que tenía setenta y siete años, pero cuya apariencia concordaba más con la de un hombre de cuarenta años. El sonido de varios pasos retumbó desde atrás.
—Por favor, díganme que también sintieron eso —preguntó el tercer escolta.
Un hombre mayor que la chica, pero menor que el viejo, tenía justamente 38 años y aparentaba exactamente esa edad.
Los tres conformaban la escolta de Ras. Todos estaban bien entrenados y cada uno tenía algún talento diferente, pero lo que tenían en común era su gran conocimiento. Se podría decir que estaban bien letrados. Ahora, ¿por qué Ras, el líder de la Orden, necesitaba un equipo de escoltas? Bueno, a pesar de ser el más fuerte del lugar entre todos los Iluminados, Ras todavía podía cometer errores y su escolta debía hacérselos notar. Por otro lado, los tres tenían la tarea de vigilarlo en todo momento. Si Ras recibía una llamada en medio de la reunión, ellos la respondían y después le pasaban el mensaje. Finalmente, si el hombre estaba distraído en medio de una reunión, como la que se celebraría en Ginebra en un par de horas, era su escolta la que tenía la tarea de vigilar el entorno y avisarle si algo andaba mal.
Claro, el equipo tenía más tareas que solo esa. Por ejemplo, si Ras quedaba incapacitado de alguna forma, ellos debían sacarlo del lugar con seguridad. Todo estaba muy bien pensado y, si bien a Iván y a Tara no les hacía gracia tener gente vigilando sus espaldas en todo momento, Ras podía ver la utilidad en tener gente cuidándolo mientras él atendía sus asuntos.
Se giró a verlos un momento y pudo ver que la joven estaba bastante asustada por las turbulencias. Sus nudillos pálidos se aferraban al asiento con fuerza, su mandíbula apretada al tope y sus ojos cerrados por el pánico. Era una belleza italiana. De cabello castaño, lacio y piel clara. Sus ojos color verde se abrían tímidamente y miraban a su alrededor con desesperación. En su mano izquierda, había una sortija matrimonial en su dedo anular. Lo que indicaba que había alguien esperándola en casa mientras la pobre mujer se moría por bajar del avión antes de que este se estrellase.
Ras sonrió al verla. Su expresión le parecía divertida. Se recostó en su asiento y se acomodó, dispuesto a dormir un rato durante el viaje. No tardó mucho en caer en un sueño profundo.
Fue transportado a un lugar que conocía bastante bien. Un cuarto sucio y completamente maloliente. El olor de la sangre, el sudor y demás secreciones impregnaba el aire con una fragancia repugnante. Un dolor familiar llegó a sus muñecas. Al bajar la mirada, pudo ver las marcas en sus manos y el tatuaje en su brazo izquierdo, el cual estaba muy delgado. El tatuaje en su brazo rezaba: B-27894.
Frente a él había un montón de ropa y pertenencias ajenas que, desde luego, no eran suyas. Algunas estaban llenas de agujeros, otras tenían manchas de sangre, pero todas desprendían el mismo olor desagradable.
Un estruendo se escuchó a su derecha. Algo se había caído al suelo, parecía pesado. Cuando giró, pudo ver a una niña en el piso y al guardia detrás de ella levantando el pie para comenzar a pisarle la cabeza y patearle el abdomen.
—¡Maldita perra! —le gritó a la pobre niña. Incluso su voz era asquerosa—. ¿Ni eso sabes hacer bien? ¡Inútil! ¡Inútil! —el soldado la siguió pateando.
—¡Perdóneme! ¡No volverá a pasar! ¡Por favor! —lloró la niña en el suelo mientras se cubría en posición fetal.
Había más niños alrededor, pero ninguno quería decir nada, por más ganas que tuvieran de hacerlo. El recuerdo del último niño que se atrevió a protestar seguía fresco en la mente de todos. Recordaban cómo los soldados sostuvieron su cabeza bajo el agua y lo mantuvieron ahí hasta que finalmente lo dejaron respirar al último momento, solo para repetir el proceso un total de seis veces mientras los forzaban a ver. Si alguno se atrevía a cerrar los ojos, les apuntaban con un arma y los obligaban a ver o morir.
Al final, la séptima vez, sostuvieron la cabeza del niño rebelde bajo el agua hasta que sus pataletas y signos de resistencia se detuvieron, pero para confirmar que estuviera muerto, el soldado a su lado le disparó tres veces en la nuca. Su cuerpo fue incinerado ese mismo día.
Por eso nadie quería intervenir por aquella niña. Nadie quería ser el próximo en morir. De pronto, Ras sintió un golpe detrás de su cabeza. El soldado junto a él lo había golpeado con la culata del arma, pero se las arregló para mantenerse de pie.
—Sigue trabajando o serás el siguiente —Ras no tuvo más remedio que seguir el trabajo que lo forzaron a realizar: clasificar las apestosas pertenencias frente a él.
Volteó de reojo y vio a un niño junto a él. Tenía once años, pero parecía mucho menor debido a la pobre alimentación que les daban en ese lugar. A pesar de eso, y de tener un cuerpo casi esquelético, se notaba que apretaba la mandíbula con ira. Ras quería decirle: “Tranquilo, no digas nada que pueda meternos en problemas”, pero el guardia detrás de ellos podría escucharlos claramente. No obstante, a pesar de los gritos, el llanto y los improperios que se escuchaban de fondo, ambos niños se mantuvieron callados.
—¡Quiero que todos ustedes vean esto! —ordenó el soldado que estaba pateando a la niña. Se había detenido solo para sacar su arma—. ¡Esto es lo que pasa cuando no hacen bien su trabajo!
Ras estaba por ver cómo el soldado tiraba del gatillo cuando alguien lo despertó de su sueño. Se trataba del jefe de sus escoltas, el viejo.
—Lamento despertarlo, señor, pero estamos por aterrizar en Ginebra y el capitán ordenó acomodar los asientos —informó el hombre.
Ras bostezó y se rascó los ojos con algo de pereza, pero manteniendo siempre la elegancia y la compostura.
—Gracias por avisarme —el hombre asintió y regresó a su asiento mientras Ras acomodaba el suyo.
Media hora más tarde, todos sintieron cómo el avión tocaba tierra y se detenía en la plataforma de desembarco.
Discretamente, Ras y su equipo bajaron del avión y caminaron por el aeropuerto. Luego de registrar su salida, pasar los controles de aduana y reclamar su equipaje, abandonaron la terminal. En la entrada del aeropuerto los recibió un agradable clima lluvioso y una temperatura fresca. El aroma de la lluvia inundó las fosas nasales de todos, algo muy relajante y que daba cierta paz. La más joven del grupo no pudo evitar tomar una gran y profunda inhalación, cosa que no pasó desapercibida por sus compañeros, quienes la veían con una sonrisa.
Una camioneta de color negro, bastante grande, elegante y espaciosa, apareció frente a ellos. Su transporte. Un hombre vestido de traje y corbata roja bajó del vehículo y se acercó a ellos.
—Buenas noches, señor Ras. Bienvenidos a Ginebra —habló con tono suave y elegante.
—Buenas noches —respondió Ras.
—Por favor —el hombre se ofreció a llevar las maletas del grupo. Nadie puso objeción y dejaron que las subieran a la camioneta.
No tardaron mucho en abordar el siguiente vehículo y partir al hotel para descansar en una cama apropiadamente. Mañana tendrían un día largo.
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