Sangre de dragón: la última de los dragones blancos - Capítulo 1
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1: Capítulo 1 1: Capítulo 1 Zabina El bosque de Jurdiena huele a pino mojado y a tierra fría.
Me gusta el olor que desprende la naturaleza en el rocío de la mañana, el ruido que hacen los animales entre los árboles.
Me escondo detrás de un roble ancho y me pego al tronco.
La cesta queda apretada contra mi pecho.
Cazadores.
Cuatro, quizás seis.
Sus pasos rompen las ramas secas con la torpeza característica de los humanos que creen que el bosque no escucha.
Pasan a metros de mí sin levantar la vista del suelo.
Llevan arcos y flechas con punta de kirys: el único metal que puede atravesar escamas de dragón.
Hoy no vienen por ciervos.
Espero hasta que sus voces se disuelven entre los árboles.
Vuelvo a respirar y entonces lo veo: entre las copas, cruzando el cielo gris de la mañana, un dragón negro cae con las alas rotas, girando sobre sí mismo hasta perderse detrás de la línea de los pinos con un golpe que hace temblar el suelo.
Me quedo quieta.
Una flecha de kirys puede derribar a cualquiera.
Debería irme.
Debería tomar mis cosas y volver a mi cabaña sin moverme en tres días.
Eso es lo sensato.
Eso es lo que haría alguien que lleva años sobreviviendo y huyendo.
Dejo la cesta en el suelo y camino hacia donde cayó.
«No vayas, no vayas».
La voz en mi cabeza es un martillazo constante.
Mierda, debería obedecer a la chica sensata.
Me detengo al verlo.
La gema en mi pecho brilla.
Está entre las raíces de un árbol caído, en su forma humana.
Los dragones cambiamos de apariencia con la misma naturalidad con que los humanos respiran.
Ellos no saben que podemos caminar entre ellos, tomar su forma, hablar su idioma.
Este lleva ropa negra, desgarrada en el costado donde la flecha entró.
Tiene el cabello oscuro revuelto sobre la frente y la cara vuelta hacia el cielo.
Joven.
Más joven de lo que esperaba.
Me acerco despacio, como si pudiera despertarse de un momento a otro y arrancarme la cabeza.
Me agacho a su lado.
La herida en el costado es profunda y sigue sangrando.
Extiendo una mano hacia su cuello.
Sus dedos se cierran alrededor de mi muñeca.
El aire se me va de los pulmones.
Sus ojos siguen cerrados, pero su mano aprieta con una fuerza que no le corresponde a alguien que acaba de caer del cielo.
Me jala hacia él.
Quedo inclinada sobre su cuerpo.
Tan cerca que puedo sentir el calor de su piel.
Que puedo ver el movimiento lento de su pecho al respirar.
Que si bajara la cabeza apenas unos centímetros… No termino el pensamiento.
Sus dedos se aflojan despacio.
Uno por uno.
La mano cae al suelo sin fuerzas.
Él vuelve a ser el desconocido inconsciente de hace un momento, como si nada hubiera pasado.
Pero algo pasó.
Me enderezo despacio.
Me llevo la muñeca al pecho sin darme cuenta, cubriéndola con la otra mano.
Trago saliva.
Sigue vivo.
Eso es lo que importa.
Me lo repito dos veces más, hasta que casi me lo creo.
Escucho pasos y saco el cuchillo de caza.
Es un ciervo.
Me llevo la mano al pecho y bajo la guardia.
Que susto.
Vuelvo a mirarlo.
No lo pienso demasiado o no lo haré.
Me transformo.
Mis alas blancas se abren entre los árboles.
Lo sujeto con cuidado entre las garras y me elevo apenas lo suficiente para no rozar las copas y no llamar la atención de los cazadores.
Siempre fui pequeña para ser un dragón, pero él en forma humana no pesa tanto.
Vuelo bajo, pegada a la sombra de los pinos, hasta que aparece el gran roble hueco entre la maleza.
Mi cabaña.
Construida por mi padre dentro del árbol más viejo del bosque, invisible para cualquiera que no sepa que existe.
Entro por la abertura superior y lo recuesto sobre mi cama.
Me vuelvo humana.
Le quito la camisa con cuidado.
La herida es peor de lo que parecía desde afuera.
El kirys deja una quemadura alrededor del corte, una marca oscura que se extiende por la piel como raíces.
Si no la trato, el veneno llegará al corazón antes del amanecer.
Pongo las manos sobre su costado.
La gema despierta sola, como si hubiera estado esperando esto.
El calor sube desde mi pecho, baja por mis brazos y se concentra en las palmas.
Una luz plateada se filtra entre mis dedos.
La herida comienza a cerrarse, despacio, desde adentro hacia afuera.
La quemadura de kirys palidece y desaparece.
Retiro las manos.
Me siento en el borde de la cama y lo observo.
Respira con regularidad.
El color ha vuelto a su cara.
Tiene las facciones en calma, sin la arrogancia que los dragones negros llevan pegada a la piel.
Así, quieto, parece casi inofensivo.
Y también es…
muy atractivo.
Me pongo en pie y doy unas vueltas.
Soy una dragona blanca.
Quizás la última.
Nadie en este bosque lo sabe.
Nadie puede saberlo.
Hace doscientos años, los dragones negros se apoderaron de nuestro reino.
No fue una guerra, fue una cacería.
Nos querían extintos, a nosotros y a las gemas que llevamos en el pecho desde que nacemos.
Una por una apagaron nuestra llama hasta que no quedó casi nada.
Mi padre sobrevivió lo suficiente para esconderme aquí, entre humanos, donde ningún dragón negro pensaría buscar a uno de los nuestros.
Antes de morir me tomó las manos y me dijo que nunca revelara quién soy, que me tiñera el cabello, que mantuviera la gema quieta y silenciosa contra mi pecho.
«Mientras no te vean, estarás bien, hija.» Llevo repitiéndomelo cada mañana.
Y hoy he desobedecido.
Tengo a un dragón negro en mi cama, en mi cabaña, en el único lugar donde estoy a salvo.
Si se despierta y me descubre, si ve la gema, si entiende lo que soy…
Sus pestañas se mueven.
Me tenso.
Los ojos se abren despacio.
Oscuros, desorientados al principio, recorriendo el techo de madera, las paredes curvas del árbol, la luz tenue de la lámpara.
Luego me encuentran a mí.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Náyade Zabina siempre ha sabido cómo sobrevivir… pero hoy ha roto su propia regla más importante.
Un dragón negro en su cama, un secreto que no puede salir a la luz y una gema que no sabe quedarse quieta… Tengo la sensación de que este encuentro va a cambiarlo todo.
Gracias por leer.
¿Qué crees que hará él cuando descubra quién es realmente Zabina?
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