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Sangre de dragón: la última de los dragones blancos - Capítulo 2

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2: Capítulo 2 2: Capítulo 2 Abisaí Tengo veinticuatro años y esta mañana me desperté con la certeza de que mi vida acababa de complicarse para siempre.

Soy el hijo menor del rey Abdarías, descendiente directo de los dragones negros, príncipe de Anwar.

Hasta hace tres días, mi título significaba exactamente esto: cazar, entrenar, desaparecer cuando me diera la gana y volver sin rendir cuentas a nadie.

Mi hermano mayor, Agur, cargaba con el reino.

Yo me encargaba de no estorbar.

Era un arreglo perfecto.

Entonces una flecha de kirys se clavó en el pecho de Agur en el paso del norte y todo se fue al infierno.

Estoy en la sala del trono cuando mi padre me manda llamar.

El emperador Abdarías tiene sesenta años, pero conserva la espalda ancha y recta de un guerrero de treinta.

Está sentado en el trono, las manos grandes apoyadas en los brazos de piedra tallada, tiene la mirada fija en un punto invisible entre él y yo.

Conozco esa mirada.

Es la que usa cuando calcula cuánto puede exigirme antes de que me niegue.

—Tu hermano no mejora —dice.

—Lo sé.

—Los sanadores no pueden hacer nada contra el kirys.

—También lo sé, padre.

—Hay rumores de que entre los humanos existe un tipo de magia capaz de trabajar venenos que los nuestros no pueden tocar.

Curanderos con un poder distinto al nuestro.

Me quedo quieto.

—Rumores —digo.

—Rumores, sí.

Pero tu hermano se está muriendo y los rumores son lo único que tenemos.

Me lo esperaba.

No me lo esperaba tan directo, pero me lo esperaba.

Agur lleva dos días respirando con ese sonido lento que me sigue a todas partes dentro del castillo.

Cada vez que paso frente a su cámara me detengo, escucho, sigo caminando.

No sé qué haría si un día no escuchara nada.

Agur y yo no somos cercanos.

Nunca lo fuimos.

Él siempre me miró como se mira a algo que puede quitarte lo que es tuyo, aunque yo nunca quise nada de lo suyo.

El trono, las obligaciones, las reuniones interminables con los clanes, la esposa que le eligieron a los veinte años, todo eso es suyo y puede quedárselo.

Yo solo quiero que se cure para que las cosas vuelvan a ser como eran.

—¿Qué necesitas de mí?

—Que vayas.

Que encuentres a ese curandero —Hace una pausa—.

Y que te encargues de los cazadores.

Ahí está el segundo problema.

Los cazadores entraron a Anwar hace cuatro días.

Eso no había pasado nunca.

Nuestras fronteras tienen protecciones que llevan generaciones sin fallar, y sin embargo alguien las cruzó, tendió una emboscada en el paso del norte y le clavó kirys a mi hermano, justo a él.

Si salen de aquí con vida van a hablar.

Van a contar lo que vieron, lo que saben, y entre lo que saben está algo que no puede salir de estos bosques: que los dragones cambiamos de forma.

Los humanos no lo saben.

Es nuestra mayor ventaja y nuestra mayor vulnerabilidad al mismo tiempo.

Si ese secreto se esparce, cada pueblo humano se convierte en una trampa.

—Los cazadores no van a salir de Jurdiena —le digo.

Mi padre asiente.

—Lleva a Rader y a Corin.

—Bien.

Se levanta.

Antes de que me dé la vuelta me habla de nuevo, en voz más baja.

—Abisaí.

Con Agur en ese estado, los clanes están inquietos.

El clan Mordur ya mandó mensajeros preguntando por la sucesión.

Lo miro.

—Yo no quiero el trono, padre.

—Lo sé.

Pero el trono no te va a preguntar si lo quieres —hace una pausa y suelta aire, cansado—.

Cuando vuelvas, hablaremos de la hija del líder de Mordur.

Abro la boca.

—No es el momento —me corta—.

Ve.

Vuelve con una cura o con la certeza de que el trono te espera.

Ya hablamos de lo demás.

Salgo de la sala sin responder porque si respondo digo algo que no debo.

Salimos al amanecer.

Rader, Corin y yo, en forma humana, vestidos de negro.

Rader es un guerrero de pocas palabras y buenos reflejos, lleva años en mi guardia y nunca me ha dado motivos para dudar de él.

Corin es más nuevo, recomendado por mi tío hace seis meses, eficiente y callado de una manera que siempre me pareció correcta.

Entramos al bosque de Jurdiena con el sol entre las copas.

Nuestros caballos están tan entrenados como nosotros.

—Los cazadores entraron por el paso del norte —dice Corin—.

Si no se movieron, seguirán cerca de la frontera.

—¿Cuántos crees que son?

—pregunta Rader.

—Los rastros que encontramos indicaban seis.

Máximo doce.

Caminamos en silencio durante un rato.

El bosque de Jurdiena es denso y oscuro, distinto a los nuestros.

Tiene un olor particular que no termino de identificar, algo viejo y quieto que está debajo del olor a pino y a tierra húmeda.

Los encontramos antes del mediodía.

Eran siete.

Acampados en un claro, sin sospechar nada, con sus arcos apoyados contra los troncos y sus flechas de kirys ordenadas con demasiado cuidado para ser simples cazadores de animales.

Gente entrenada.

Gente con un encargo específico.

No les damos tiempo de reaccionar.

Es rápido y limpio.

Rader y yo nos encargamos de la mayoría.

Corin cierra el flanco.

En menos de diez minutos el claro está en silencio.

—Listo —dice Rader, limpiándose las manos.

Corin no dice nada.

Llevamos veinte minutos caminando cuando Rader se detiene de golpe y se lleva la mano al costado.

Se vuelve hacia Corin con una expresión que no entiendo todavía.

Corin tiene el cuchillo en la mano.

—Corin— digo.

No me mira.

Mira a Rader, que cae de rodillas con la mano apretada contra la herida.

Entonces sí me mira a mí.

—Lo siento, príncipe.

No lo siente, lo veo en su cara.

Me lanzo hacia él pero se transforma primero.

Negro, grande, sus escamas brillando entre los árboles.

Me transformo también y el bosque se abre cuando nuestras alas golpean las copas.

Nos enredamos en el aire, garras contra garras, y por un momento somos solo fuerza y furia.

Entonces los escucho.

Un grupo de cazadores que no estaban en el claro de antes, estos estaban esperando, sabían exactamente dónde íbamos a estar.

Corin se apartó en el aire.

Las flechas no lo rozaron siquiera.

Las flechas venían hacia mi.

Solté una llamarada furiosa.

El bosque de abajo se convirtió en infierno: humo, gritos, olor a carne quemada.

Cuando el fuego se apagó, estaba solo en el cielo.

Corin había desaparecido.

Lo busqué entre las copas y lo vi: ya en forma humana, corriendo por un sendero estrecho sin mirar atrás.

La rabia me quemó el pecho.

Bajé en picada, rozando las ramas, ganando terreno a toda velocidad.

Veinte metros.

Diez.

Cinco.

Una flecha me encontró.

No la vi venir.

El dolor fue cegador, instantáneo, me atravesó el ala derecha y se extendió por todo el cuerpo.

Las alas me fallaron de golpe.

El suelo del bosque subió hacia mí a una velocidad brutal.

Caí.

Lo último que pensé, mientras las ramas me golpeaban y la oscuridad me tragaba, fue que Corin había entrado en mi guardia hacía exactamente seis meses.

Que fue mi tío quien lo recomendó.

Que Agur no se estaba muriendo por casualidad.

Y que nadie en el castillo sabía dónde buscarme.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Náyade Si fueras Abisaí… ¿a quién señalarías primero como traidor?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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