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Sangre de dragón: la última de los dragones blancos - Capítulo 23

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23: Capítulo 23 23: Capítulo 23 Zabina.

Cuando Abisaí se va, me cubro con la manta hasta el cuello.

El calor de su cuerpo todavía permanece en las sábanas, pero ya siento frío sin él.

Debí preguntarle sobre lo que pasó con aquella dragona… pero no era el momento.

Lo haré en otra ocasión, me dije.

Pero los días pasaron y seguí sin atreverme.

Él venía todas las noches.

Cenaba conmigo hablando de cosas intrascendentes mientras bebíamos vino.

Yo le conté sobre mi vida, y poco pude sacar de la de él.

Me hacía el amor con esa intensidad que me dejaba temblando y sin aliento, y luego se iba antes del amanecer, como si nunca hubiera estado aquí.

¿Sería así todos los días?

Yo ni siquiera había salido de mis aposentos.

El palacio de las mujeres se había convertido en una jaula dorada y hermosa.

Stema me contó que dentro de tres días sería coronado emperador.

La ceremonia sería grandiosa.

Todo el reino estaría presente.

Yo seguía aquí.

Rodeada de su generosidad.

De sus regalos.

De su cuerpo.

Me detengo ante el tocador y observo mi reflejo en el espejo.

No me reconozco.

El cabello más brillante, la piel más cuidada, la tiara que nunca me quito… y esos ojos que parecen haber perdido un poco de la luz del bosque.

Llevo una mano a mi pecho, donde la gema palpita como si también estuviera esperando respuestas.

Me giro hacia la puerta cuando Stema entra con su sonrisa habitual.

—El príncipe manda por ti —anuncia—.

Te espera en las caballerizas para dar un paseo —me hace un guiño divertido.

Sonrío, aunque el estómago se me encoge.

Vuelvo a mirar mi reflejo.

Le preguntaré.

Respiro profundo y sigo a Stema por los pasillos del palacio de las mujeres.

Esta vez no voy a callarme.

Llego hasta las caballerizas con el corazón latiéndome fuerte.

Abisaí está cepillando su caballo negro de músculos poderosos.

Está vestido de forma casual, con una camisa oscura de lino y el cabello recogido en un moño bajo.

El sol de la tarde le da un brillo cálido a su piel.

Camino con pasos lentos y lo abrazo por la espalda, apoyando la mejilla contra él.

Su olor a hombre me envuelve al instante.

Se gira entre mis brazos y acaricia mi rostro con el dorso de los dedos, mirándome con esa intensidad que siempre me hace sentir desnuda.

—¿Cómo amaneciste hoy?

—pregunta.

—Aburrida —respondo con sinceridad.

Me carga en sus brazos sin esfuerzo y me monta sobre el caballo.

—Vamos a mejorar eso —murmura y me saca una sonrisa.

De un salto se pone detrás de mí y toma las riendas.

Su pecho queda pegado a mi espalda, su brazo me rodea la cintura con posesión.

Cabalgamos sobre la pradera que se extiende tras el castillo.

El pasto es amarillo y se mece junto al viento, creando olas doradas bajo el sol.

Por un largo momento no decimos nada.

Solo se escucha el trote del caballo y el viento.

Yo necesito hablar con él.

Preguntarle antes de que la duda y la incertidumbre sigan echando raíces.

—Abisaí… —empiezo.

—Mmm.

—¿Puedo hacerte una pregunta sin que te molestes?

—Mmm.

—¿Qué pasó hace años con la última dragona blanca que estuvo aquí?

El caballo se detiene de golpe.

Muerdo mis labios y lo miro por encima del hombro.

Está serio, con la mandíbula tensa.

—¿Cómo sabes de eso?

Abro la boca para responder.

—¿Fue Higmer, no?

—me corta.

Mi corazón se acelera y no le respondo.

—Claro.

Fue él.

Se baja del caballo y camina un poco con las manos en los bolsillos.

Respiro profundo y lo imito, bajando también.

—¿Puedes decirme?

—insisto, siguiéndolo.

—¡Para qué!

—se vuelve hacia mí con el ceño fruncido—.

¿Qué más te dijo, eh?

¿Qué más no me has dicho?

Suéltalo todo de una vez.

—Eso.

Me dijo que me harías lo mismo que le hiciste a ella —mascullo.

Estudio cada gesto de su cara.

La forma en que tensa la mandíbula.

Me da la espalda.

—¿No me dirás?

—insisto.

—No.

Eso pasó hace años y hay cosas que es mejor dejar donde están.

Ignora su comentario.

Yo jamás te haría daño, eso lo sabes.

—¿Qué hiciste con Higmer?

Me sujeta por el brazo y me acerca a él con brusquedad, pero sin lastimarme.

—Lo que haya hecho no es tu asunto, Zabina.

¿Acaso te preocupa?

—Solo quiero saber.

No me cuentas mucho de ti.

¿Está mal querer conocerte?

—Que te baste con lo que te muestro —gruñe.

—Claro —suelto con sarcasmo—.

Al final solo soy una concubina.

Me suelta y se aleja unos pasos.

Voy tras él.

—¿Por qué me evades?

Me dijiste que podría confiar en ti pero ahora mismo me siento a la deriva.

Se detiene y me mira.

El silencio se vuelve incómodo.

Camina hasta mí y se detiene cuando su cuerpo roza el mío.

—¿Sabes acaso lo que arriesgo por mantenerte a mi lado?

—susurra.

—Yo no te pedí esto —gruño—.

Me retuviste en este lugar y acepté porque te quiero.

Porque quería estar cerca de ti.

Si arriesgas tanto, déjame irme.

Me sujeta por la nuca y se inclina sobre mí.

—No digas estupideces, Zabina.

Tú no te vas a ningún lado y ni pienses que te dejaré alejarte de mí.

Humanos, demonios, dragones.

Todos quieren tu maldita gema y yo no puedo dejarte a tu suerte.

—¿Me amas?

—pregunto de golpe.

Veo la indecisión en sus ojos y duele.

—Solo me retienes por tu orgullo —mi voz se quiebra—.

Solo soy una diversión para ti… —Callate —ordena.

—Yo no debería haber cedido ante ti.

Nunca debí aceptar venir a Anwar.

—No sigas por ese camino, Zabina.

Ya veo que la serpiente de mi primo te manipuló bastante bien.

—¡A mí nadie me manipuló!

—le grito—.

¿Te piensas que soy ciega?!

¡Te vas a volver emperador de Anwar y yo solo soy tu secreto!

Y lo seré hasta que alguien me descubra y luego tendrás que elegir y no seré yo a quien elijas.

Las lágrimas corren por mis mejillas.

Él intenta decir algo.

—Quiero volver.

Por favor —le doy la espalda y avanzo hasta el caballo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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