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Sangre de dragón: la última de los dragones blancos - Capítulo 22

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22: Capítulo 22 22: Capítulo 22 Abisaí.

Estoy sentado al lado del trono de mi padre, con la cara revelando mi aburrimiento más absoluto.

La corte está llena esta noche.

Se celebra un baile para anunciar públicamente a Bamylan como la futura emperatriz.

Las puertas del salón de fiestas ya están abiertas y los nobles de los distintos clanes beben vino y murmuran en su interior, vestidos con sus mejores galas.

Mis ojos ruedan con desgana hasta Thymá, que está acompañado por su joven esposa.

Arqueo una ceja al notar la ausencia de Higmer y frunzo el ceño.

Le hago una seña discreta a Zymei.

Él entiende al instante y se aleja por las puertas traseras.

Suenan los cuernos.

Todos se acomodan a los lados del pasillo principal, dejando el centro libre.

Bamylan entra de la mano de su padre, Faguer.

El vestido que lleva es espectacular: escote profundo, tela negra y oro que resalta su figura.

Mis ojos recorren ese escote un segundo y luego vuelven a sus ojos.

Ella me mira con esa sensualidad que desprenden sus ojos.

De pronto, a quién veo avanzar hacia mi es a Zabina.

Mi corazón se acelera de golpe y al parpadear vuelvo a ver a Bamylan.

Todas las concubinas están presentes en el salón, pero yo le pedí expresamente a Stema que no trajera a Zabina.

No quería que presenciara este momento, donde toda mi atención tendría que estar sobre otra mujer.

Me pongo en pie y bajo los escalones del trono.

Tomo la mano de Bamylan.

Los sacerdotes la ungen con aceite sagrado y enlazan nuestras manos con un ritual.

El contacto es formal, vacío.

Con ella no siento nada, por hermosa que sea, no me provoca nada.

Ella me mira con una sonrisa victoriosa.

Cuando termina el ritual, nos volvemos hacia la corte y todos se inclinan ante nosotros.

—Te lo dije, Abisaí —susurra Bamylan, acercándose un poco más—.

Seamos aliados.

Nos miramos mientras la multitud aclama.

—Yo seré la que te dará herederos —continúa en voz baja—.

Si me das la oportunidad, verás que puedo ser mucho más que un adorno.

Puedo ayudarte a quitarte esa amargura de la cara.

Una sonrisa fría cruza mis labios.

—Veremos —respondo sin emoción.

Avanzamos juntos hacia el salón de fiestas.

Bailo con Bamylan en el centro del salón.

La música es lenta.

Mis manos descansan en su cintura con la distancia exacta que exige la etiqueta, pero ella se acerca más de lo necesario, pegando su cuerpo caliente al mío con una familiaridad que me irrita, y lo peor es que no despierta nada.

Cuando la música de acaba nos detenemos.

Ella se aferra a mi traje.

—No te vayas —murmura—.

Quédate conmigo hasta que termine la fiesta.

Por favor.

Yo seré…

tu esposa.

No respondo.

La sujeto por la cintura con firmeza y la guío hacia una esquina apartada del salón, lejos de las miradas más curiosas.

Ella me sigue sin resistencia, sonriendo como si hubiera ganado una batalla.

Me quedaré.

No tengo otra opción.

Esta noche es su noche oficial, y la corte entera nos observa.

Cualquier desliz sería mal interpretado.

Bamylan sonríe y se aferra a mi brazo, apoyando la cabeza ligeramente contra mi hombro.

—Sabía que entenderías —susurra—.

Me gustas mucho.

Nos miramos.

—Desde muy joven he estado enamorada de ti.

En cada baile rogaba ganar tu atención pero nunca te detenías a mirarme.

Cuando mi padre me dijo que sería tu mujer lo que mas me fascinó fue poder compartir tu cama.

Ser la madre de tus hijos.

—¿Qué quieres conseguir con tal confesión?

Sonríe.

—Un poco de tu atención.

A que tus noches sean para mi aunque luego te vayas con tus concubinas.

Te juro que no me meteré con esa humana.

La observo.

Sinceramente se ha portado bien después de fingir un ataque en su contra.

Zymei aparece a mi lado con discreción.

Se inclina ligeramente y me susurra algo al oido.

—Príncipe, Higmer ha sido visto cerca del palacio de las mujeres.

Y Stema me informó que Zabina habló con él esta mañana en el jardín exterior.

Mi cuerpo se tensa.

Bamylan nota el cambio en mí y se aferra con más fuerza.

—No te vayas —pide casi suplicante—.

Quédate conmigo.

Solo esta noche.

La miro.

Levanto la vista hasta los invitados.

Me inclino hacia ella, sujeto su rostro con con una mano y la beso.

No es un beso suave, es dominante, destinado a recordarle a toda la corte quién manda aquí.

Mi lengua invade su boca con control absoluto, mi mano en su nuca la mantiene exactamente donde quiero.

Ella se derrite contra mí y cuando las rodillas le flaquean la suelto.

Está desmadejada, respirando agitada, los labios hinchados y los ojos vidriosos.

—Quédate aquí —le ordeno en voz baja—.

Sé una buena futura emperatriz y si preguntan por mi diles que tuve que atender unos asuntos importantes.

Ella asiente.

Me aparto con elegancia, ajustándome la túnica.

Bamylan se queda apoyada contra la columna.

Me doy la vuelta y salgo del salón sin mirar atrás, con Zymei siguiéndome de cerca.

Entro al palacio de las mujeres con la escolta detrás.

Las pocas concubinas que no fueron a la celebración me observan avanzar en silencio.

Me detengo ante la puerta de Zabina.

La abro de par en par.

Mis hombres se plantan a ambos lados de la entrada y la cierran.

La encuentro sentada en la cama, con una bata fina de dormir y los ojos asustados.

¿Ya planeaba dormir?

Me mira interrogante.

Los celos me invaden como fuego.

—Levántate —ordeno.

Ella obedece al instante, poniéndose en pie.

Mis ojos se fijan en la curva de sus pechos.

Avanzo hasta quedar frente a ella y la miro desde arriba.

Me inclino sobre su oído.

—Mentirosa… —susurro, dejando que mi aliento le roce la piel.

La siento temblar.

—¿A quién le perteneces, Zabina?

Aprieta los labios y me mira con desafío.

Me gusta.

Mi mano sube a su cuello.

La rodeo sin apretar… todavía.

La empujo contra la cama con control, no con fuerza.

—Te hice una pregunta —Mi cuerpo cae sobre el suyo, atrapándola—.

¿A quién le perteneces?

—A ti… La suelto.

No por misericordia, porque ya respondió lo que necesitaba oír.

Me apoyo sobre ella, encerrándola entre mis brazos.

—¿Qué hacías hablando a solas con un hombre?

Su respiración se acelera.

—Yo tengo ojos y oídos en todos lados —murmuro—.

No hagas cosas que no quieres que vea.

Humedece sus labios.

—Solo era alguien que… conocía… No sabía que era…

prohibido… —Tal vez no sea prohibido.

Pero para ti si es prohibido y tenlo pendiente para que no vuelvas hacer algo que me incomode.

¿De dónde puedes conocer tú a mi primo?

—insisto, acercando más mi rostro al suyo.

—Hace años… él me ayudó a mí y a mi padre a escapar de los dragones negros… Me quedo quieto un segundo.

La información me golpea, pero no dejo que lo note.

—Entonces supongo que ya sabe lo que eres.

—Sí… Sabe que soy… una dragona blanca… Mi nariz se desliza lentamente por su mejilla, inhalando su aroma.

—No.

Te.

Quiero.

Cerca.

De.

Ningún.

Hombre.

Cuando.

Yo.

No.

Esté.

Presente —cada palabra cae pesada sobre ella—.

¿Te queda claro?

Asiente, temblando.

La beso.

Esta mujer me hace perder la cordura.

Me vuelve débil y no me gusta ese sentimiento.

Mi mano recorre su muslo, subiendo la bata hasta la cintura.

La toco donde ya está empapada y la hago gemir contra mi boca.

—Dime la verdad —murmuro contra sus labios, sin dejar de tocarla—.

¿Qué te dijo Higmer?

Zabina gime cuando introduzco un dedo dentro de ella.

—Abisaí… por favor… —Habla —exijo, moviendo el dedo con lentitud—.

¿Qué te dijo?

—Que… que tú tendrías que elegir… entre yo y el reino… —jadea—.

Que yo solo soy un secreto que tendrás que sacrificar… Una lágrima cruza por su mejilla.

Me detengo un segundo, mirándola fijamente.

—¿Y tú le creíste?

—No sé… —sus ojos están vidriosos de placer y miedo—.

Tengo miedo, Abisaí.

Vuelvo a moverme, más profundo, más rápido.

—No tienes que tener miedo de nadie más que de mí cuando mientes —gruño—.

¿Entiendes?

Asiente con desesperación.

—Dilo.

—Entiendo… —gime.

Me desabrocho el cierre con impaciencia y entro en ella de un solo movimiento.

Su cuerpo se arquea.

La sostengo por la cadera, marcando el ritmo desde el primer segundo.

No es lento ni suave.

Es salvaje.

—Dime que eres mía.

—Soy… tuya… —Otra vez.

—Soy tuya, Abisaí… solo tuya… ¿contento?

—Sí.

Contento.

Sigo moviéndome, sin apartar los ojos de los suyos.

Quiero ver cada reacción.

Cada mentira.

Cada duda.

Quiero romperlas todas.

Cuando llega al límite, la sostengo ahí un segundo más y entonces la dejo caer conmigo.

Cuando pasan unos minutos la sujeto por la barbilla con firmeza.

—Aléjate de Higmer —digo contra sus labios, todavía dentro de ella—.

Te prohíbo que te acerques a él.

¿Entendido?

Yo me encargaré.

—¿Qué vas hacer?

—Nada que te incumba.

Asiente, respirando agitada.

La beso una última vez, más suave, y me levanto.

Me arreglo la ropa con calma mientras ella queda sobre la cama, sonrojada y deshecha.

—Debo volver al baile.

La miro una última vez antes de salir.

—Una última pregunta.

¿Me lo ibas a contar?

Asiente con prisa.

Suelto aire por la nariz y camino hasta la puerta.

Ahora que sé que Higmer sabe lo que es ella, la jugada se ha vuelto mucho más peligrosa.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Náyade Lo que sienten es más peligroso que cualquier guerra… porque no es solo deseo.

Es posesión.

Es desconfianza.

Es una batalla donde ninguno está dispuesto a perder.

Y esto… apenas comienza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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