SEÑOR DEL ANILLO DE ELDEN (ESPAÑOL) - Capítulo 54
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Capítulo 54: 54) El reino del bosque V
Tranduil mostraba una expresión cada vez más sombría mientras escuchaba a Miquella, quien parecía predecir el fin de su reino al mismo tiempo que le ofrecía una posible salida. El rey lo oía con atención, pero aun así no podía confiar por completo el futuro de su gente a aquel misterioso individuo.
“Aunque lo digas así… ¿cómo puedo confiar en que lo que afirmas es cierto?” dudó el rey. Aunque una parte de él quería creerle, no podía demostrarlo.
“Puede hacerlo o no” respondió Miquella, negando con la cabeza, “pero su decisión no solo condenaría a los enanos y a su propio pueblo, sino a muchas otras personas. El mal no debe dominar estas tierras.” Hizo una breve pausa antes de continuar. “Propongo lo siguiente: usted desea esas gemas, ¿no es así? Yo se las conseguiré. A cambio, solo debe confiar en mí y preparar su ejército, ya sea porque lo que digo resulte cierto… o para tomar las gemas si yo fracaso.”
El tono era claramente persuasivo.
“Thorin no parecía muy dispuesto a devolverlas” señaló Tranduil, alzando una ceja. “Sabes que lo que propones podría enemistarte con tus aliados enanos. No parece algo que desearas…”
“Los enanos no tienen por qué enterarse” sonrió Miquella con picardía. “Con todo el asunto de Smaug, dudo que alguien note si algunas gemas desaparecen. Hay tanto oro en esa montaña que incluso sería difícil encontrarlas. Concédame la oportunidad y recuperaré las gemas.”
El rey frunció el ceño, no con rechazo, sino con reflexión. Aquello no era una mala opción. No esperaba que ese joven Elden estuviera dispuesto a jugar de esa manera, pero le convenía. Aun así, no estaba del todo convencido. Aunque ansiaba las gemas, la vida de su pueblo era más importante.
“Incluso si aceptara” dijo finalmente, “¿cómo puedes asegurarme que, cuando llegue el momento, lo único que encuentre no sean vuestros cadáveres? ¿Por qué estás tan seguro de poder matar a Smaug?”
“Hmm… quizá cuando comencé este viaje no tenía una seguridad absoluta” admitió Miquella, “pero ahora es diferente. Créame: aunque sea una lucha sangrienta, venceremos.”
“¿Qué te hace estar tan seguro?” preguntó Tranduil. “No quiero que mis tropas acudan solo para terminar una guerra que ustedes iniciaron y queden debilitadas para la siguiente.”
“Tengo el arma para matarlo” respondió Miquella con calma, “además de guerreros que pueden enfrentarlo sin dudar. Entre ellos está mi hermana. Estoy seguro de que, incluso sola, podría acabar con él. Tal vez no esté en su mejor momento, pero aun así confío plenamente en ella.”
Levantó la mirada y sostuvo la de Tranduil, con una seguridad tan firme que parecía una verdad absoluta.
El rey no entendía de dónde provenía tanta confianza, menos aún tratándose de una bestia del tamaño de Smaug. Muy pocos seres, incluso en las eras pasadas, habían sido capaces de matar a un dragón por sí solos. Y sin embargo, de algún modo, la convicción de Miquella le hizo pensar que quizá… solo quizá… el título de “asesino de dragones” volvería a resonar pronto en la Tierra Media.
“Déjeme subir el precio” añadió Miquella. “Además de devolverle las gemas, curaré a todos los elfos de este reino que hayan sido contaminados por la Putrefacción Roja. Y también puedo ofrecerle una forma de combatirlo por ustedes mismos.”
Dijo esto mientras se acercaba al trono de Tranduil y apoyaba una mano en él, adoptando la expresión de un negociador inocente y generoso.
Tranduil escuchó aquellas palabras y no pudo evitar sentir la tentación. Ahora parecía tener pocas opciones reales. La maldición roja debía ser tratada: incluso sin guerra, su pueblo acabaría diezmado. Además, aquel trato le brindaba la excusa perfecta para justificarse a sí mismo una futura intervención armada.
“Los elfos estaremos complacidos de entablar amistad con los Elden” respondió finalmente el rey élfico, marcando así su aceptación del acuerdo.
De ese modo, ambos reyes discutieron durante un tiempo, estableciendo los términos de la cooperación, los detalles del trato y una estrategia general.
“Entonces, ¿qué propones?” preguntó Tranduil. #¿Los libero y los dejo marchar hacia la montaña? No creo que Thorin confíe mucho en ti si hago algo así. Seguramente pensará que hemos llegado a un acuerdo y se asegurará de que no puedas encontrar las gemas que busco.#
“Claro que no podemos hacerlo de esa manera, lo sé bien…” respondió Miquella con una sonrisa traviesa. “Pero podemos montar una pequeña actuación. Un simple escape. Nosotros nos marchamos, y usted espera el momento adecuado para aparecer.”
Se estableció entonces un plan de acción preliminar. Trina ya le había susurrado a Miquella que Bilbo se encontraba con los Elden y que los elfos aún no lo habían notado, por lo que planeaba usar el mismo método de la película para liberar a los enanos. Tranduil aceptó aquel procedimiento sin inconvenientes; de hecho, salía beneficiado: unos pocos barriles a cambio de menos bocas que alimentar y deshacerse de los enanos era, sin duda, un buen trato.
“Está bien” dijo finalmente. “Haré que todo transcurra como deseas, pero antes quiero que trates a los elfos contaminados.”
“Sin problemas” asintió Miquella, “pero apresurémonos. No quiero que Thorin sospeche.Hizo una breve pausa antes de añadir: Si puede, consígame algunos sacrificios. Seres vivos con mucha vitalidad, o cualquier cosa de alto valor energético. De lo contrario, curar a tanta gente podría resultarme costoso.”
Así, Miquella fue guiado hasta los elfos afectados por la Putrefacción Roja, seguido por el propio Tranduil, quien no solo deseaba supervisar el proceso, sino también presenciar una vez más aquella “sanación”. Varios sanadores élficos los acompañaron; el rey esperaba que, aunque la posibilidad fuera mínima, pudieran aprender algo de la magia curativa de Miquella.
“Muchos consideraron partir hacia los Puertos Grises y viajar a Valinor, con la esperanza de sanar allí” comentó Tranduil mientras caminaba a su lado hacia la siguiente estancia. “Parece que ya no será necesario.”
Esbozó una leve sonrisa al observar cómo su gente comenzaba a recuperarse.
“No lo habrían logrado” respondió Miquella mientras sostenía una piedra brillante, absorbiendo su poder con el anillo y evaluando su eficacia energética. “Los Puertos Grises han cesado sus viajes hacia Valinor.”
“¿Cómo?” preguntó el rey, confundido.
“Eso formaba parte del mensaje que Gandalf quería transmitirle. Debería hablar con él, pero, a grandes rasgos… ya no existe un camino de regreso a Valinor” aclaró Miquella, pasando al siguiente objeto que uno de los elfos le entregaba.
Tranduil quedó pensativo ante aquella revelación, pero no hizo más preguntas. Los elfos del Bosque Negro nunca habían estado tan dispuestos a partir hacia Valinor como otros de su especie, y si no fuera por la Putrefacción Roja, ni siquiera lo habrían considerado. Así que aquella noticia, aunque inquietante, no los afectaba demasiado ahora que Miquella estaba sanándolos.
Luego de un largo recorrido en el que fueron curadas decenas —si no un par de centenas— de elfos enfermos, el viaje finalmente concluyó. El grupo se dirigió entonces a un pequeño jardín resguardado por varios guardias. Aquel lugar no era un espacio cualquiera: se trataba del jardín real.
“Ya estamos aquí” dijo el rey, presentando aquel precioso enclave privado donde cultivaba hierbas raras. “Entonces, ¿cuál es ese otro método para combatir la Putrefacción Roja?”
Miquella se adelantó y se sentó en el borde de una de las elevaciones cubiertas de plantas, canalizando la energía de su anillo mientras pedía papel y pluma. Un elfo se los acercó, y él comenzó a escribir con rapidez. Poco después, entregó el escrito a Tranduil.
Lo que el rey élfico vio fue una receta. Una fórmula sorprendentemente simple, compuesta por tan solo tres ingredientes. Cuando alzó la mirada, confundido, Miquella solo le devolvió una sonrisa tranquila.
Miquella estiró entonces la mano hacia una de las paredes. Tras un brillo repentino, una pequeña sección de la piedra quedó cubierta por un musgo luminoso, salpicado de diminutos cristales relucientes.
“Este es musgo de cueva cristal” explicó. “Deberían procurar que se expanda para mantener una producción estable.”
Luego se dirigió a una de las zonas cultivables y volvió a extender la mano. El resplandor surgió otra vez y, en una pequeña porción de tierra antes vacia, brotó una planta de tonos celestes y plateados.
“Hierba besada por el rocío. También deberían intentar que prolifere, igual que el musgo.”
Miquella se levantó y caminó hacia la zona más vistosa y cuidada del jardín: un pequeño montículo donde crecían las hierbas más raras y hermosas.
“Ahora, lo más importante… y lo más complicado.”
Extendió ambas manos hacia el frente y cerró los ojos. A pesar del cansancio evidente, volvió a recurrir al poder de su anillo. Las energías fluyeron con gran concentración y, junto a una sensación extrañamente familiar, algo comenzó a tomar forma ante él.
Primero apareció una pequeña raíz, que se alargó hasta convertirse no en un árbol naciente, sino en algo más parecido a una rama que emergía del suelo. En ella, un único capullo rojo empezó a formarse lentamente.
“Aquí…” murmuró Miquella, sintiéndose algo vacío. “El Brote Sacramental, el ingrediente más importante.” Suspiró con cansancio.”Al menos es más conveniente que tener que derramar mi propia sangre.”
Tranduil observaba con atención las nuevas plantas surgidas en su jardín, alternando la mirada entre ellas y la receta que sostenía en sus manos.
“¿Esto… puede curar la Putrefacción Roja?” preguntó, incrédulo.
“Si se prepara correctamente, sí” respondió Miquella, sentándose para descansar. “Hay un punto a partir del cual ya es inútil, pero esto habría sido suficiente para tratar a todos los elfos que curé antes, incluso en mi ausencia.”
“Esto es maravilloso” dijo el rey con una amplia sonrisa. El método era accesible y la receta tan sencilla que incluso un niño podría aprenderla. “Pero… si dispones de este procedimiento, ¿por qué no presentarlo antes? ¿Por qué esforzarte tanto en desarrollar ese Oro Puro?”
“Son dos cosas distintas” respondió Miquella con calma. “Además, este método no es tan perfecto como cree.” Comenzó a explicar: “Esto solo cura casos de contaminación leve. Existe un punto en el que, en lugar de sanarte, te mataría.”
Tranduil asintió. Era tal como lo había sospechado. Aun así, seguía siendo una solución invaluable para su pueblo. La contaminación alcanzaba niveles letales tras exposiciones prolongadas, algo que estaba ocurriendo precisamente porque los elfos solo podían contener la maldición, no eliminarla de los cuerpos de los afectados.
“El Oro Puro es excesivo para contaminaciones menores” continuó Miquella, “pero es la respuesta para los casos graves. El verdadero terror de la Putrefacción Roja no es solo que te mate; ese sería el mejor de los finales. El verdadero horror es que te transforma en otra cosa.” Su tono se volvió serio.”El Oro Puro puede evitarlo, contener su expansión, y no solo esa maldición, sino muchos otros males. No debe descartarse. Esto es solo una solución provisional. Siempre es mejor tener más armas para enfrentar aquello que amenaza a nuestros pueblos, ¿no lo cree?”
“Supongo que tienes razón” admitió Tranduil. “Aun así, este método ya salvará innumerables vidas, y por ello los elfos estamos profundamente agradecidos.”
El rey inclinó levemente la cabeza en señal de respeto, y varios elfos imitaron el gesto, de manera mucho más pronunciada.
“No me agradezca todavía” respondió Miquella, restándole importancia. “Aún les queda un largo camino por recorrer.” Acarició con cuidado la hierba recién creada. “Estas plantas son difíciles de cultivar. Ni siquiera estoy seguro de que puedan desarrollarse en este lugar. Deberían hacer todo lo posible por lograrlo, especialmente con el Brote Sacramental. Tengo serias dudas de que lo consigan.” Sonrió con amargura. “La Putrefacción Roja solo puede ser repelida por algo de poder similar… y este brote nace de derramar mi sangre. No creo que tengan a un maia dispuesto a donar su sangre con regularidad para regar vuestros cultivos.”
A pesar de sus palabras, Tranduil aseguró que haría todo lo posible por cultivar aquellas plantas. Miquella, por su parte, prometió que, en caso de fracasar, seguiría brindando nuevos especímenes de tanto en tanto.
Y así, poco a poco, se fue sellando la amistad entre los Eldens y los elfos silvanos.
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