SEÑOR DEL ANILLO DE ELDEN (ESPAÑOL) - Capítulo 53
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Capítulo 53: 53) El reino del bosque IV
La “charla” entre los reyes continuó, tan tensa como cabía esperar entre un elfo y un enano que no se soportaban. Solo Miquella intentaba mantenerse al margen de la discusión, participando cuando era necesario, pero procurando calmar las aguas.
“Entonces ese oro puro puede contener la putrefacción roja…” murmuró Thranduil, reflexionando sobre una información que ya conocía, pero que no dejaba de ser relevante. “Y estarías dispuesto a proporcionárselo a los elfos. Claro está, por el precio justo. Los elfos no nos aprovechamos de nuestros amigos.”
“¡Patrañas!” saltó Thorin de inmediato. “Sé muy bien cómo tratas a tus amigos, y no creería una sola palabra del rey Thranduil ni aunque el fin de los tiempos se acercara. Los elfos no obtendrán nada de nosotros.”
Tomó la discusión como si fuera exclusivamente suya, como si tuviera autoridad para decidirlo todo.
Miquella suspiró ante la osadía y el mal genio de Thorin. Sabía que nunca había sido alguien particularmente razonable ni agradable, pero su odio hacia los elfos le impedía ver algo evidente: los Elden no eran subordinados de los enanos, y aquella decisión no le correspondía.
“Ja… tan impaciente y necio como tu abuelo” se burló Thranduil con un desprecio apenas disimulado. “No me sorprende que tu gente acabara como acabó.”
“¡Mi abuelo, al que tú traicionaste!” rugió Thorin. “¡Tú fuiste quien nos dejó a nuestra suerte! Pudiste haber ayudado, pero cuando más lo necesitábamos simplemente te marchaste. Cuando estábamos desesperados, hambrientos, sin hogar… ¿dónde estabas?”
“¿Ayudar?” respondió Thranduil, con frialdad. “Advertí a tu abuelo en su momento sobre aquello que su codicia podría atraer. No fue mi culpa que tuviera la cabeza tan llena de oro que no escuchara. Y por lo que veo, es un mal de familia.” Caminó con calma hasta su trono y tomó asiento. “¿Crees que no sé por qué estás aquí? Si tu intención hubiera sido matar al dragón, ya lo habrías intentado hace tiempo. Has debido encontrar una forma de entrar a la montaña. Planeas recuperar la Piedra del Arca y, con ella, reclamar tu derecho a gobernar. No te juzgo… es una gema de un valor incalculable para ti.” Su mirada se volvió distante por un instante. “Yo también anhelo recuperar gemas: blancas, nacidas de la luz de las estrellas. Y ahí va mi propuesta. No me interpondré en vuestro camino. Les ofreceré mi ayuda para llegar a la montaña… a cambio de que me devuelvan lo que es mío.”
“Je… jeje… ¡jajajaja!” Thorin comenzó a reír como un loco mientras avanzaba por el salón. “Antes muerto que permitir que un elfo tenga la más mínima pieza de oro de esa montaña.” Su voz rezumaba odio. “No merecen nada más que nuestro desprecio.”
“Puedo entregar las joyas. Tomar de mi parte y cambiar lo correspondiente por ellas para devolvérselas al rey Thranduil” intervino Miquella desde un costado, intentando encontrar un punto medio aceptable.
—Jamás —escupió Thorin, volviéndose hacia él—. Los Elden tendrán su parte, pero si cooperan con los elfos, entonces nuestros caminos se separan aquí mismo. Nuestra cooperación termina ahora, y se considerarán expulsados de la compañía.
Hablaba con furia, cegado por su rencor, mirando a Miquella con una arrogancia que no le correspondía.
Miquella solo lo observó en silencio. No pudo evitar preguntarse, para sus adentros, cuán mal debía estar la cabeza de Thorin… y cómo los enanos habían sobrevivido tanto tiempo bajo su liderazgo. Finalmente, se encogió de hombros con una expresión de resignación, como si dijera “Lo intenté”
Retrocedió unos pasos y se sentó en uno de los escalones al borde de la sala, dejando que la tormenta siguiera su curso.
“Eres igual de necio que todos los de tu linaje” dijo Thranduil con visible disgusto, haciendo una señal a sus guardias. “Si desea perder la razón, que lo haga tras las rejas. Quizá el tiempo lo haga reflexionar y soy alguien muy paciente. Después de todo, para un elfo, unas cuantas décadas no son más que un parpadeo.”
Dos guardias sujetaron a Thorin y comenzaron a arrastrarlo fuera de la sala mientras este se resistía con fiereza. Miquella solo pudo observarlo con pesar, escuchándolo gruñir que no se podía confiar en los elfos, como si temiera que los Elden cambiaran de bando, aunque sin mostrar nada más que arrogancia hasta el final.
Poco después, la sala quedó en silencio. Solo permanecían Thranduil en su trono, Miquella en el escalón y algunos guardias apostados a los costados.
“Mis disculpas por haberlo expuesto a ese espectáculo” dijo el rey élfico. “Creo que habrá notado que hay individuos con los que resulta difícil tratar. Espero que este incidente no empañe nuestra posible amistad futura.”
“No hay problema” respondió Miquella. “Entiendo que no fue culpa suya. Ni esto, ni el no haber intervenido cuando el dragón atacó. Solo pensó en lo mejor para su pueblo.”
Thranduil se mostró genuinamente satisfecho al escuchar aquellas palabras. Le agradaba que el rey Elden fuera mucho más razonable que Thorin y los enanos con los que había tratado a lo largo de los años… aunque, siendo justos, eso no era demasiado difícil.
“Aunque debo admitir que puedo cuestionar por qué no ofreció ayuda cuando los enanos perdieron su hogar” añadió Miquella con sincera curiosidad. “Darles cobijo, o algún tipo de apoyo.”
Luego negó suavemente con la cabeza.
“Pero no me concierne. No estuve allí ni conozco todas las circunstancias. Además, es agua pasada. El presente y el futuro son lo que importa ahora.”
“Bien…” respondió Thranduil, deseoso de avanzar con las negociaciones y dejando de lado aquel comentario. “En cuanto a ese… Oro Puro.”
“Puedo entregarle la fórmula de cómo lo hice, si lo desea” dijo Miquella con total naturalidad.
“¿Y cuál sería el precio?” preguntó el rey, convencido de que la oferta era demasiado generosa.
“No hay precio” aclaró Miquella. “Se los daré sin costo alguno. Considérelo un obsequio de los Elden a los elfos.”
“¿Así… sin más?” Thranduil frunció el ceño. “Es un gesto muy considerado de su parte, pero comprenderá mis dudas. Como rey, sé que todo tiene un costo.”
“Quizá trató demasiado con enanos” bromeó Miquella.
La tensión se disipó lo suficiente como para arrancarle una leve sonrisa al rey élfico.
“Es solo una fórmula” continuó, “aunque debo advertirle que no estoy seguro de que les sea realmente útil.”
“¿A qué se refiere?” preguntó Thranduil, volviendo a ponerse serio. Aquella fórmula era de enorme importancia para él.
“No creo que puedan crear Oro Puro sin complicaciones” explicó Miquella. “Carecen de ciertos recursos y factores clave. Sin mi ayuda directa, lograr un resultado adecuado en poco tiempo es prácticamente imposible.”
el rey se recosto en su trono suspriando, sabinedo que algo asi iba a psar, era demasiado bueno para ser verdad.
“Pero no se desanime tan rápido” dijo Miquella mientras se incorporaba y se acercaba al trono. “El oro puro funciona en los casos más severos de putrefacción roja. No es imposible replicarlo, pero será necesaria mucha investigación si desean desarrollar algo similar, o al menos una versión con parte de su eficacia.” Hizo una breve pausa antes de continuar. “Puedo entregarle la fórmula y una muestra del oro puro para que la estudien. Yo también continuaré investigando por mi cuenta, y luego podremos compartir nuestros avances.”
“Eso podría ser lo más adecuado” admitió Thranduil. “Pero, como dije antes, parece demasiado dispuesto a ayudarnos sin un motivo evidente. Y es aún más extraño viniendo de alguien que decidió relacionarse con enanos. ¿Cuál es realmente el pago por asaltar la montaña para que su gente se involucre?”
A pesar de su tono calmado, el rey élfico no podía ocultar la presión invisible que aquel aparente niño ejercía sobre la sala.
“Mi objetivo principal en este viaje con los enanos es casi el mismo que motiva este acuerdo con usted” respondió Miquella con seriedad: “forjar alianzas. Cuantos más aliados existan, mejor preparados estaremos. Aspiro a ser tan buen amigo de los elfos como lo soy de los enanos, porque se aproximan tiempos difíciles.”
Su voz se volvió más grave.
“Tal vez no lo sepa, pero se avecinan conflictos mayores. Gandalf el Gris —o como ustedes, los elfos silvanos, lo llamen— traía un mensaje desde Rivendel para advertirles, pero se vio obligado a desviarse por ciertas circunstancias. No se preocupe: se encontrarán más adelante, y él les dará ese informe. Prefiero no entrar en detalles; este asunto concierne a los elfos y no quiero parecer entrometido.”
Thranduil escuchó en silencio, frotándose la barbilla, intrigado y pensativo. Miquella hablaba de alianzas y guerras con una calma inquietante, como si esas posibilidades ya estuvieran escritas.
“No le mentiré” añadió el semidios finalmente. “Un gran enfrentamiento se avecina en la Montaña Solitaria. Un inmenso ejército de orcos.”
Thranduil alzó la mirada hacia Miquella, sorprendido, estudiándolo con atención, intentando discernir si aquellas palabras eran advertencia… o profecía.
“Bueno” respondió al cabo de unos segundos, con una sonrisa ladeada. “Supongo que los enanos tendrán una tarea difícil por delante.”
“No creo que deba subestimar ese ataque” dijo Miquella, mirando al rey con seriedad. “Es más, los elfos deberían prepararse para unirse a los enanos en la batalla.”
“¿Y por qué habríamos de hacerlo?” preguntó Thranduil con cautela. “Creí que habías dicho entender mis razones para no involucrar a mi pueblo en un derramamiento de sangre sin sentido.”
“Precisamente porque se preocupa por su pueblo debería hacerlo” respondió Miquella, negando lentamente con la cabeza. “¿Cree que esto es un asunto que solo incumbe a los enanos? La situación será desastrosa para su reino si los orcos toman la Montaña Solitaria.” Hizo una breve pausa. “Esos orcos provienen de Dol Guldur.”
Ante esas palabras, el rey mostró por primera vez un atisbo de tensión.
“Piénselo” continuó Miquella. “Orcos del norte, Dol Guldur al sur. Un ataque desde ambos flancos. ¿Cuánto tiempo cree que podría resistir su reino? Ya lidia con las arañas y con la putrefacción roja en el bosque. Sus rutas están cortadas, y los orcos, enemigos de todos, no dudarían en aprovechar la oportunidad para atacarlo. Serían más que felices de hacerlo.” Su voz se elevó ligeramente para subrayar la gravedad de la situación. “No hay reinos cercanos capaces de frenar su avance, ni aliados que puedan acudir en su ayuda a tiempo.”
“Aunque la información es esclarecedora” interrumpió Thranduil, deteniendo el tono alarmista del joven, “aún hay un dragón en la montaña. No es un enemigo que los orcos o los enanos puedan enfrentar y vencer. Incluso si lo lograran, sus pérdidas les impedirían llevar a cabo cualquier ofensiva posterior.”
Lo miró con desafío, esperando ver cómo Miquella sostenía aquel mensaje apocalíptico.
“¿Y quién dice que los orcos y Smaug lucharían entre sí?” respondió Miquella con una leve sonrisa que no alcanzó a sus ojos. “¿Por qué cree que los Elden nos dirigimos a Erebor? Nuestro objetivo es matar al dragón antes de que reciba apoyo.”
“Ja. Smaug no se aliaría con los orcos así como así” replicó Thranduil. “Los orcos no tienen nada que ofrecerle que valore más que el tesoro de Erebor.”
“No sería con los orcos con quienes Smaug se aliaría” dijo Miquella, avanzando un paso, “sino con quien los dirige.”
Su voz se volvió más oscura.
“Dígame, rey Thranduil… ¿conoce a alguien lo suficientemente poderoso como para que Smaug lo considere un igual? Alguien que ya haya intentado sumir a la Tierra Media en la oscuridad.”
Los ojos del rey se abrieron con sorpresa y una inquietud apenas contenida.
“¡Eso es imposible!” interrumpió. “Él no podría…”
“¿Por qué no?” replicó Miquella. “¿No le parecería un movimiento inteligente de su parte? No es un enemigo sencillo. Gandalf apoyaba a los enanos precisamente por este temor.”
Se volvió ligeramente.
“¿Quién cree que mueve los hilos desde Dol Guldur? ¿Quién levantó un ejército tan vasto de orcos? ¿Quién corrompió este bosque? Sus exploradores deberían haberlo notado. Incluso en Rivendel se ha observado cómo los orcos se mueven con una libertad que no se veía desde hace mucho tiempo.”
Volvió a mirarlo directamente.
“Dígame… ¿realmente cree que no es posible? ¿O que no sea, de hecho, una verdad casi absoluta de que aún sigue aquí?”
Esta vez Thranduil no respondió. Su mirada se perdió en el vacío mientras su mente intentaba anticipar el futuro, tanto si aquellas palabras eran ciertas… como si no.
“Pero incluso si estuviera equivocado con todo esto…” concluyó Miquella, suavizando el tono y recuperando su amabilidad habitual, “nada se pierde con prepararse. Alistar a su ejército para una batalla que podría ser, o no, inevitable.” Sonrió con una expresión cautivadora, casi inocente, en marcado contraste con el peso de sus palabras. “Solo por precaución.”
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