Ser ninja?, yo seré inmortal - Capítulo 100
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Capítulo 100: 100
Tras alcanzar la segunda etapa, Yami regresó a consolidar su reino sin percatarse —o quizás ignorando deliberadamente— del patrón solar que ardía sobre su espalda. Aquella marca no era estática, pulsaba con un ritmo antiguo, como si respirara al compás del propio cielo, y cada latido liberaba una presión invisible, una resonancia que se extendía más allá de su cuerpo, sincronizándose con el entorno.
El firmamento, velado durante años por el resentimiento acumulado sobre el mar, comenzó a despejarse lentamente. No fue un cambio abrupto, sino una purificación progresiva, como si una voluntad invisible barriera las capas de oscuridad. A través de esas grietas, rayos de luz solar pura descendieron, precipitándose hacia su cuerpo como hilos de oro líquido. No eran simples rayos, contenían una cualidad refinada, una pureza que no pertenecía al sol común, sino a su esencia más primordial.
La transformación no se limitó a él. Las islas del archipiélago temblaron ante el cambio, no era destrucción, sino reconocimiento, como si el entorno entero respondiera a la presencia de algo que debía haber estado allí desde el principio. Las corrientes de energía subterránea comenzaron a reorganizarse, alineándose con esa nueva frecuencia, como si un eje central hubiera sido restaurado.
Los ocho Espíritus de Torre lo reconocieron de inmediato como una oportunidad, no solo por el poder que emergía, sino por la afinidad perfecta que este representaba con los sistemas que sostenían el archipiélago. Desde la isla central, operaron con una urgencia precisa, casi mecánica pero cargada de intención, reconfiguraron pilares, reordenaron estructuras internas y trazaron complejas runas de atracción solar que comenzaron a brillar con un resplandor tenue pero constante. Al mismo tiempo, integraron la energía yang en los circuitos del Cañón de la Ascensión, haciendo que sus canales internos vibraran con una nueva frecuencia.
Pero esta vez, el proceso no fue una simple inyección de poder, fue una adaptación. El principio era audaz: usar el yang puro para repeler el yin corrupto, purificar el resentimiento que obstruía la liberación del alma. Sin embargo, lo que descubrieron fue más profundo. La naturaleza purificadora del yang no solo reforzaba el sistema, encajaba perfectamente con el propósito del Cañón de la Ascensión. No actuaba como una energía externa que debía ser contenida, sino como un elemento que mejoraba su funcionamiento desde la base. El yang no amplificaba, el yang afinaba. Cada flujo que recorría los circuitos no solo aumentaba la potencia, sino que eliminaba impurezas, estabilizaba las fluctuaciones y mejoraba la conversión del yin residual en energía liberable. La eficacia del Cañón aumentó no por exceso, sino por precisión.
Pero incluso en su determinación, la precaución prevaleció. Una inundación descontrolada de energía solar podría calcinar los biomas que sustentaban su poder. El equilibrio era esencial. No se trataba de destruir el yin, sino de refinarlo, de llevarlo a un estado donde pudiera coexistir sin corromper el sistema.
Así que redirigieron su atención hacia la cueva de Yami. El espacio donde meditaba fue modificado con precisión quirúrgica. Nuevos circuitos se formaron en las paredes, el suelo y el aire mismo, canalizando la luz solar a través de su cuerpo como si él fuera un núcleo viviente. Desde ahí, la energía purificada era distribuida en flujos controlados: corrientes suaves, constantes, capaces de nutrir sin destruir, de fortalecer sin desestabilizar, de perfeccionar la matriz sin romper su propósito original.
Y en ese proceso, Yami dejó de ser un simple receptor. Se convirtió en un filtro. Todo el yang que atravesaba su cuerpo era refinado, estabilizado y devuelto al sistema en un estado superior. Lo que fluía hacia el Cañón de la Ascensión ya no era energía cruda, sino una forma perfectamente compatible, elevando aún más su eficiencia operativa.
Casi de inmediato tras el cambio, las fuerzas se organizaron. No hubo caos, solo adaptación. Se establecieron rutas, prioridades y zonas de vigilancia. Las patrullas comenzaron a moverse como extensiones naturales del sistema, respondiendo no solo a órdenes, sino al nuevo equilibrio energético que se estaba formando.
Yat Sen partió hacia la frontera norte, donde se sospechaba la ubicación del portal dimensional. Su avance fue constante, atravesando corrientes y zonas inestables sin detenerse, como si siguiera un rastro apenas perceptible. Belfast permaneció en la isla central, esperando la salida de Yami. No era una espera pasiva: su presencia mantenía el orden, asegurando que cada proceso se ejecutara sin interferencias, como un ancla que estabilizaba todo el sistema. Las nueve restantes se dividieron en tres grupos operativos, cubriendo sur, este y oeste.
Hood, Sirius y Z23 cubrían la frontera sur. La adivinación señalaba esta zona como la más segura, posible ubicación de presencia humana. Hood impuso orden natural con autoridad firme, su mera presencia alineando al grupo. Sirius mantuvo un enfoque absoluto en la protección del territorio, vigilando cada detalle. Z23 canalizó su rigidez en disciplina real, floreciendo bajo una estructura clara y definida, donde cada acción tenía propósito.
Cleveland, Laffey y Javelin operaban en la frontera este. Cleveland actuó como una hermana mayor natural, traduciendo órdenes complejas en acciones simples que las destructoras podían ejecutar sin dudar. Javelin aportó energía contenida bajo su supervisión, equilibrando entusiasmo con control. Laffey estabilizó el ritmo general del equipo, evitando excesos o errores por fatiga. Era un grupo funcional, ideal para exploración prolongada y adaptación continua.
Jean Bart, Ayanami y San Diego formaban el filo de ataque en la frontera oeste. Jean Bart avanzó sin frenos emocionales, priorizando resultados por encima de todo. Ayanami operó sin necesidad de interacción social, moviéndose como una sombra eficiente, casi invisible en su ejecución. San Diego aportó un caos útil: distracción, presión, imprevisibilidad. Juntas, eran extremadamente efectivas donde importaba más ganar que mantener el orden, rompiendo cualquier resistencia antes de que pudiera consolidarse.
El tiempo volaba. Sobre la marcha, tan pronto como las islas centrales procedieron a calibrar los nodos de las islas periféricas, las medabots sin conciencia propia se movían como hormigas, ejecutando tareas con una coordinación impecable y una eficiencia casi absoluta. Cada movimiento estaba sincronizado con el sistema, como si formaran parte de un organismo mayor.
Aquellas que comenzaron a desarrollar conciencia no se limitaron a seguir órdenes, se adaptaron. Se movilizaron por iniciativa propia y empezaron a proteger y calmar a los Pokémon dispersos en las islas, respondiendo a su agitación con una sensibilidad que antes no poseían. Algunas incluso comenzaron a anticipar comportamientos, actuando antes de que surgiera el conflicto.
Riolu, Ralts, Turtwig y los Palmon XS se acercaron a la zona donde se encontraba Yami. No hubo llamada, simplemente entendieron. Allí comenzaron a practicar los diversos métodos que él mismo les había enseñado, repitiendo movimientos, ajustando respiraciones, intentando replicar algo que apenas comenzaban a comprender. Aun así, la influencia del entorno hacía que su progreso fuera más rápido de lo normal.
Al llegar la noche, la eficacia de la integración de la energía solar disminuyó. Para cualquiera, eso habría significado debilidad, pero Yami ya tenía experiencia. El sol, la luna y las estrellas no eran entidades separadas, eran un sistema. El Cuervo Dorado es la encarnación del sol, el sol es una estrella, y la luna refleja la luz del sol. El sol es yang, y su reflejo es yin. Pero el yin no es contrario, puede alimentar al yang.
Basado en este concepto, retomó su visualización. Esta vez, no centró su atención en las bestias divinas como formas individuales, sino en algo más profundo: su manifestación en el cielo. Las constelaciones. No como símbolos místicos, sino como estructuras reales, patrones que canalizan y redistribuyen energía a escala cósmica.
Una a una, comenzó a reconstruirlas en su mente. No como símbolos, sino como estructuras reales, con posiciones, trayectorias y relaciones precisas. Cada punto de luz era fijado con exactitud, cada conexión trazada con intención. Si fuera su vida anterior, no sabría nada, pero durante ese tiempo, los clones hicieron todo el trabajo por Yami. Observaron, registraron, calcularon, y no solo eso: interpretaron patrones, corrigieron errores, optimizaron rutas de flujo energético. Y como banco de datos viviente, Yami solo necesitaba buscar entre los archivos guardados en su memoria.
Entonces lo hizo.
Y al hacerlo, la noche dejó de ser oscuridad. Se convirtió en un mapa, un sistema interconectado donde cada estrella actuaba como un nodo, cada constelación como un circuito, y cada flujo como una extensión del mismo principio que regía el sol.
Y en ese mapa, la energía comenzó a fluir nuevamente. No como luz directa, sino como una red, más sutil, más profunda, más completa.
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