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SEVEN RIDER - Capítulo 21

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21: Cap 21.La misión del Equipo 2 21: Cap 21.La misión del Equipo 2 Capítulo 21 — La misión del Equipo 2 La misión del segundo equipo comenzó al amanecer.

Mientras el equipo de Lya viajaba hacia Arithia y el equipo de Danda se dirigía al orfanato, Yumia, Calius y Ernest avanzaban por el camino comercial del este, rumbo a una pequeña ciudad mercante conocida por sus huertos y mercados de frutas exóticas.

Como era de esperarse, el ambiente del grupo era… extraño.

Ernest caminaba al frente con energía, cargando varias herramientas, piezas metálicas y una enorme mochila que sonaba como si llevara medio taller encima.

Calius caminaba detrás, con los brazos cruzados y expresión seria.

Y Yumia… Yumia caminaba medio dormida.

O mejor dicho, flotaba emocionalmente por la vida.

Iba colgada del brazo de Ernest esa vez, porque Solrack no estaba cerca para servir de fuente oficial de maná.

—Oye… suéltame un poco —se quejó Ernest—.

No soy una batería portátil.

—No te preocupes… todavía no te estoy drenando… —respondió ella con voz baja y apagada.

—¡¿Todavía?!

Calius suspiró.

—Ya quiero volver.

Después de varias horas de viaje, finalmente llegaron a la ciudad.

Era una zona tranquila, rodeada de cultivos, árboles frutales y pequeños puestos de comercio.

El aroma dulce de frutas maduras llenaba el ambiente.

Apenas cruzaron la entrada principal, un hombre de mediana edad los recibió apresuradamente.

Vestía ropa sencilla pero elegante, y parecía claramente preocupado.

—¡Ustedes deben ser los magos enviados por la academia!

Gracias a los cielos… Ernest dio un paso al frente.

—Correcto.

Somos el equipo asignado.

¿Usted es?

—Mi nombre es Farel.

Soy el vocero de los comerciantes de esta ciudad.

Los condujo rápidamente hacia una pequeña oficina cerca del mercado central.

Una vez dentro, Farel cerró la puerta y comenzó a explicar.

—Hace algunos días, unos hombres extraños llegaron buscando comerciar con Garred.

—¿Garred?

—preguntó Calius.

—El comerciante desaparecido —respondió Farel—.

Es uno de los vendedores más conocidos de esta ciudad.

Se especializa en frutas raras y productos difíciles de conseguir.

Yumia levantó un poco la cabeza.

—¿Qué ocurrió exactamente?

Farel suspiró.

—Al parecer, esos hombres querían comprar una fruta en específico.

No sé cuál era exactamente, pero Garred se negó rotundamente a venderla.

—¿Por qué?

—preguntó Ernest.

—Eso no lo sabemos.

Garred era bastante reservado con ciertos productos.

Lo único claro es que hubo una discusión verbal.

Nada físico.

Nada grave.

Hizo una pausa.

—Luego esos hombres se fueron… sin causar problemas.

El ambiente se volvió más serio.

—Y unos días después… Garred desapareció.

—Junto con toda su mercancía —añadió Calius.

Farel asintió lentamente.

—Exactamente.

Ernest apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¿Tienen alguna pista sobre esos hombres?

Farel pensó unos segundos.

—Sí… había algo extraño en sus ropas.

Los tres lo miraron con atención.

—Llevaban un símbolo bordado.

Un pulpo… con ocho tentáculos de color púrpura.

Silencio.

Entonces Yumia reaccionó.

Muy lentamente.

Muy seriamente.

—Oh… oh… Calius giró hacia ella.

—¿Conoces ese símbolo?

Yumia asintió.

Su expresión había cambiado.

Ahora parecía despierta.

Y eso era más preocupante que tranquilizador.

—Pertenece a un culto demoníaco.

Ernest frunció el ceño.

—¿Culto demoníaco?

¿Cómo así?

Yumia habló con calma, como si explicara algo perfectamente normal.

—Existen distintas organizaciones que adoran a diferentes demonios, dependiendo de su culto.

Los miembros de los Tentáculos adoran al demonio Pulpiel… uno de los regentes del Inframundo.

El silencio fue total.

—Se dice que aquellos que adoran a un demonio de ese nivel pueden obtener poder directamente de él… por eso se les llama cultos.

Ernest tragó saliva.

—Eso no suena bien.

—No lo es —respondió Yumia.

Calius cruzó los brazos.

—Entonces la pregunta importante es… ¿cómo los encontraremos?

Yumia levantó la vista.

Sus ojos oscuros parecían más profundos de lo normal.

—Si tienen poder demoníaco… los voy a encontrar.

Los otros dos guardaron silencio.

—Ese olor no se puede ocultar de otros demonios.

Ernest no supo si sentirse aliviado… o más nervioso.

—Bien —dijo finalmente—.

Entonces vamos.

— La búsqueda comenzó de inmediato.

Durante horas recorrieron calles, callejones, mercados abandonados y zonas alejadas de la ciudad.

Yumia caminaba en silencio absoluto.

No hablaba.

No bostezaba.

No se colgaba de nadie.

Solo seguía algo invisible.

Eso inquietaba mucho más a Calius.

Finalmente, cuando el sol comenzaba a ocultarse, llegaron a las afueras de la ciudad.

Allí, aislada entre árboles secos y caminos de piedra vieja, se alzaba una iglesia antigua.

Pequeña.

Silenciosa.

Demasiado silenciosa.

Yumia se detuvo.

—Es ahí.

Ernest observó el lugar.

—¿Estás segura?

Ella levantó lentamente la mano.

—Puedo ver hilos de maná demoníaco entrando en la iglesia.

Calius hizo una mueca de desagrado.

—Eso es muy enfermo… meterse en una iglesia para adorar demonios.

Ernest analizó el perímetro.

—Hay al menos cuatro hombres custodiando los alrededores.

Su tono se volvió serio.

—Si somos muy bruscos, podrían escapar… o peor, podrían atacar al rehén.

Calius habló de inmediato.

—Yo creo que deberíamos pedir ayuda al profesor.

—¡Jamás!

—respondió Ernest casi ofendido—.

Resolveremos esto nosotros mismos.

—Eso dicen siempre antes de morir.

—¡No vamos a morir!

En ese momento… una voz surgió detrás de ellos.

—Eso será difícil de decidir… si ya están rodeados.

Los tres giraron.

Varios hombres vestidos con túnicas oscuras los observaban.

El símbolo del pulpo púrpura brillaba claramente en sus ropas.

Habían sido descubiertos.

Ernest tomó aire.

—Bueno… improvisemos.

Yumia habló con absoluta calma.

—Déjense capturar.

Silencio.

—¿Qué?

—Es más fácil entrar así.

Calius la miró.

—Eso suena como una idea horrible.

—Sí —respondió ella—.

Pero funcionará.

Y así… contra toda lógica… se dejaron capturar.

— Una vez dentro, fueron llevados al verdadero escondite bajo la iglesia.

Un enorme salón subterráneo se extendía bajo el edificio.

Velas negras.

Símbolos demoníacos.

Círculos de sacrificio.

Jaulas.

Y al fondo… Garred.

El comerciante seguía vivo.

Encadenado, pero vivo.

Sentado frente a él, como si estuviera esperando invitados, estaba un hombre de túnica elegante y sonrisa tranquila.

—Hola.

Un placer.

Su voz era suave.

Demasiado suave.

—Supe que estaban buscándome.

Se levantó lentamente.

—Me llamo Rudes.

Soy uno de los ocho Tentáculos.

Los observó con interés.

—¿Y ustedes?

¿Son mini magos de la academia?

Calius frunció el ceño.

—No necesitas llamarnos mini magos… aunque sí, se podría decir.

Dio un paso adelante.

—Solo una pregunta.

¿Por qué secuestrar a un vendedor de frutas?

Rudes no respondió de inmediato.

Porque estaba mirando fijamente a Yumia.

Sus ojos brillaban con curiosidad.

—Tú… Sonrió.

—¿Eres una demonio, cierto?

Yumia respondió sin emoción.

—No.

—No me mientas.

Rudes inclinó la cabeza.

—Puedo ver el color de tu maná.

No cabe duda… eres un demonio.

Su sonrisa creció.

—Lo que no me explico es cómo logras estar en este mundo.

¿Tienes… alguna habilidad especial?

Yumia lo miró fijamente.

—No tienes que pensar mucho.

Solo es porque soy mitad humana.

Silencio.

—Por eso puedo estar aquí con mi propio cuerpo.

Rudes abrió los ojos con fascinación.

—Extraordinario… Caminó lentamente alrededor de ella.

—Eso es extremadamente raro.

Ese mestizaje es casi imposible.

Los genes demoníacos son absurdamente dominantes.

Se detuvo.

—Ser mitad demonio… es casi un milagro biológico.

Calius interrumpió con molestia.

—Ya cállate y di cuál es su objetivo.

Rudes suspiró.

—Qué irrespetuoso.

Luego sonrió.

—Responderé solo por respeto a la mitad demonio.

Se giró hacia Garred.

—Hace algunos siglos, la esencia de un ser legendario cayó sobre estas tierras.

Todos guardaron silencio.

—Su energía trascendió y se mezcló con los nutrientes de la tierra.

Con el tiempo, una especie de árbol creció de aquella esencia.

Se acercó lentamente.

—Hace unos cien años… ese árbol comenzó a dar frutos.

Miró directamente a Yumia.

—Esos frutos son los mismos que este comerciante ha estado vendiendo… a cinco por una moneda de cobre.

Ernest frunció el ceño.

—¿Todo esto… por frutas?

—No son frutas normales.

Rudes sonrió.

—Normalmente habría comprado una y plantado sus semillas.

Pero resulta que las semillas son inteligentes.

Calius parpadeó.

—Eso no suena normal.

—Porque no lo es.

Rudes extendió los brazos.

—Solo dan árboles y frutos a las personas que eligen.

Señaló a Garred.

—Secuestré a este comerciante para que me ayude a tener mi propio huerto.

Su sonrisa se volvió más oscura.

—Luego usaré esos frutos para vincularme con aquel ser legendario.

Su voz bajó.

—Tendré poder ilimitado.

Una pausa.

—Y con eso… pienso dominar este mundo.

Silencio.

Entonces Yumia habló.

—Yo creo que eso será un problema.

Rudes levantó una ceja.

—¿De qué hablas?

—Ese ser al que quieres usar para tener más poder… Su voz era tranquila.

Demasiado tranquila.

—Solo te utilizará para revivir en este mundo.

El ambiente cambió.

—Mi raza es la más longeva de todas.

Sé lo que te digo.

Rudes soltó una carcajada.

—Jajaja… solo estás asustada.

Se acercó.

—Buscas ganar tiempo.

O quizá asustarme para que desista.

Yumia lo observó sin parpadear.

—Si no te detienes ahora… Una pausa.

—Voy a tener que… Rudes sonrió.

—¿Qué?

Yumia lo miró directamente.

Y dijo: —Te… mataré.

Silencio absoluto.

Calius y Ernest sintieron un escalofrío recorrerles la espalda.

Nunca habían escuchado a Yumia hablar así.

Nunca.

Sin esperar más, ambos reaccionaron.

—¡Ahora!

Calius activó su magia.

Las cadenas que los ataban se deshicieron de inmediato.

Ernest abrió su enorme mochila y lanzó dos armas.

Una espada de una mano cayó frente a Calius.

Una varita mágica elegante cayó frente a Yumia.

Similar a la de Lya.

—¡Las preparé por si acaso!

—gritó Ernest.

Rudes sonrió.

—Interesante.

Entonces levantó ambas manos.

Y pronunció un hechizo.

Uno horrible.

Uno prohibido.

Todos los cultistas alrededor comenzaron a gritar.

Sus cuerpos se deformaron.

Su maná fue arrancado violentamente.

Uno por uno.

Todos.

Sacrificados.

El poder fue absorbido por Rudes.

Su presencia explotó.

El suelo tembló.

El aire se volvió pesado.

Respirar dolía.

Calius apretó los dientes.

—Para ser solo unos mini magos… te estás tomando muchas precauciones.

Ernest estaba pálido.

—¡Está loco!

¡Su poder mágico nos supera completamente!

¡Estamos muertos!

Rudes sonrió.

—¿Creen que esta medida… es por ustedes dos?

Silencio.

Entonces… algo peor ocurrió.

Mucho peor.

Un escalofrío aún más profundo atravesó los cuerpos de Calius y Ernest.

Lentamente… giraron la cabeza.

Detrás de ellos.

Yumia estaba flotando.

Su cuerpo suspendido en el aire.

Una oscuridad espesa la rodeaba.

Un aura negra.

Densa.

Antigua.

Terrorífica.

Mucho peor que Rudes.

Mucho peor que cualquier cosa que hubieran sentido.

Ernest cayó de rodillas.

Calius apenas logró mantenerse de pie.

Sus manos temblaban.

Su respiración fallaba.

Mirarla era suficiente para sentir miedo.

Verdadero miedo.

Yumia estaba ahí.

En silencio.

Con los ojos vacíos.

Como si algo dentro de ella hubiera despertado.

Rudes dejó de sonreír.

Por primera vez… parecía nervioso.

Yumia levantó lentamente la varita.

Su voz salió baja.

Fría.

Vacía.

—Te dije… El aura negra se expandió.

Las velas se apagaron.

La iglesia entera tembló.

—Que si no te detenías… Rudes retrocedió.

Yumia lo señaló.

—Te mataría.

Continuará…

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