SEVEN RIDER - Capítulo 5
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5: CAPITULO 5 La Academia De Aincraft 5: CAPITULO 5 La Academia De Aincraft CAPÍTULO 5 – La Academia de Aincraft El ayuntamiento de Aain se alzaba en el centro de la ciudad como un símbolo de orden y autoridad.
Sus amplios salones de piedra clara estaban recorridos por líneas de maná que brillaban suavemente, manteniendo activos los múltiples artefactos mágicos que regulaban la vida administrativa de la capital.
Solrack caminaba junto a Lya por los pasillos, sintiendo una ligera incomodidad.
No era un lugar hostil, pero sí distinto a todo lo que había conocido desde que despertó.
Demasiadas miradas, demasiada magia contenida en un mismo espacio.
Fueron conducidos hasta una oficina amplia y ordenada.
Detrás del escritorio los esperaba Lauren, el padre de Lya.
Su presencia imponía respeto sin necesidad de alzar la voz.
Uno de sus ojos brillaba con un tono particular: un ojo mágico, capaz de percibir el poder de quienes lo rodeaban.
—Tomen asiento —dijo con calma.
Solrack y Lya obedecieron.
Lauren apoyó los codos sobre el escritorio y observó a Solrack con atención.
No era una mirada invasiva, pero sí profunda.
—No me malinterpretes —comenzó—.
No te pedí venir aquí para juzgarte.
Te pedí venir porque tu potencial… es extraordinario.
Solrack frunció ligeramente el ceño.
—No creo estar preparado para enseñar —respondió—.
Lo que sé… simplemente lo sé.
Nunca aprendí a explicarlo de forma correcta.
Lya se inclinó hacia adelante.
—Eso no es cierto —intervino—.
Anoche nos explicaste cosas que ni siquiera los libros de la academia enseñan con tanta claridad.
Lauren asintió.
—Mi ojo mágico me permite ver el flujo de maná de las personas —dijo—.
Y el tuyo… es algo que no había visto jamás.
Solrack bajó la mirada.
Lauren continuó: —Normalmente, un profesor de la Academia de Aincraft recibe cuatro monedas de oro al mes.
Sin embargo, estoy dispuesto a ofrecerte cinco.
Solrack alzó la cabeza de inmediato.
—¿Cinco?
—Trabajarías con un aula especial —aclaró Lauren—.
Alumnos que requieren… un enfoque distinto.
Solrack dudó.
—Aun así, no estoy seguro.
Lauren sonrió levemente.
—Te pagaré tres meses por adelantado.
Hubo un breve silencio.
—Acepto —respondió Solrack.
Lya sonrió, satisfecha.
Lauren se reclinó en su silla.
—Hay algo más que debes saber —dijo—.
Sería prudente que mantengas tu maná lo más reducido posible.
Si la persona equivocada notara tu verdadero poder, podrías atraer problemas innecesarios.
Solrack cerró los ojos un instante.
Por primera vez, comprendió algo esencial.
Siempre había dejado que su magia fluyera sin control, acumulándose a su alrededor.
Eso debía cambiar.
— Cuando la conversación terminó, una mujer entró en la oficina.
—Señor Lauren —dijo—, todo está listo.
Era Arisa, la secretaria.
Una semi-humana con rasgos de lobo y un olfato mágico extraordinario.
—Ella te llevará a la academia —explicó Lauren.
El trayecto fue breve.
La Academia de Aincraft se extendía como una pequeña ciudad dentro de la ciudad.
Torres, patios de entrenamiento y edificios especializados se distribuían con precisión.
Estudiantes y profesores convivían dentro del campus.
Arisa los dejó en la entrada principal.
Allí los esperaba Aron.
—Tú debes ser Solrack —dijo—.
Soy Aron, uno de los tres capitanes de la academia.
Le explicó rápidamente la estructura: Cada capitán tenía bajo su cargo a cuatro profesores.
Cada profesor dirigía entre siete y veinte alumnos.
Las edades oscilaban entre los quince y los dieciocho años.
El periodo académico duraba tres años exactos.
—Seré tu superior —añadió Aron—.
Pero no me gusta que me traten como tal.
Trátame como a otro profesor.
Eso tranquilizó a Solrack.
Aron lo llevó a conocer a los otros profesores bajo su mando.
William, de la raza de los lobos, poseía una magia de potenciación de fuerza que lo hacía el más fuerte en combate físico.
Aifel, una elfa, dominaba la magia de rayo, utilizada tanto para el combate como para abastecer de energía a la base.
Reís, de la raza de los enanos, tenía magia de creación de acero, con la que forjaba armas, armaduras y toda la utilería necesaria.
—Cada clase necesita un nombre —comentó Aifel—.
Algo que represente a su maestro.
Solrack parpadeó.
—No sabía que era necesario.
—¡La mía se llama Lobos Feroses!
—gritó William con orgullo.
Solrack sonrió para sí.
—Aves Relámpago —añadió Aifel.
—Y la mía, Topo Forjador —dijo Reís riendo—.
Así me decían cuando estaba chamaquito.
Aron interrumpió: —Ven.
Te mostraré tu área.
Subieron por la torre asignada a su grupo.
Diez pisos en total.
En el décimo, Solrack vio a Lya instalándose.
—¿Estarás en mi clase?
—preguntó.
—Claro —respondió ella—.
Rechacé otras invitaciones.
Esta clase lo necesita.
—¿Esta clase?
Lya inclinó la cabeza.
—Aquí colocan a los inadaptados… fenómenos… o posibles peligros para la sociedad.
Solrack suspiró.
—Ya sabía yo que ese viejo me estaba estafando —murmuró—.
Ahora entiendo lo de los tres meses por adelantado.
Lya rió.
—Tranquilo.
Seguro no son tan raros.
— Al día siguiente, los estudiantes comenzaron a llegar.
Solrack los observó desde el frente del aula.
Reconoció a Gardet y Glay.
También había una chica aparentemente mitad demonio, dos humanos, un enano… y Lya.
Siete estudiantes.
El mínimo necesario para abrir una clase.
Todos guardaron silencio.
Esperaban.
Solrack respiró hondo.
—Mi nombre es Solrack —dijo finalmente—.
Y desde hoy, seré su maestro.
Así comenzó la clase más extraña de toda la Academia de Aincraft.