SISTEMA BIOCOMPUTACIONAL SUPERORDENADOR - Capítulo 432
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Capítulo 432: Regreso a casa
La gente de la aldea se movía con prisa, con paso decidido. Las discusiones silenciosas e intensas reemplazaron las habituales charlas amistosas. Los soldados Frantianos, que antes eran una preocupación lejana, ahora suponían una amenaza clara.
Mientras se adentraban en la aldea, rostros familiares se cruzaron en su camino, cada uno con una expresión resuelta. Incluso los más pequeños, ajenos a la gravedad del asunto, podían sentir la necesidad apremiante y ayudaban a su manera.
La mirada de Erik se alzó hacia las majestuosas casas en los árboles, que se extendían hacia el cielo. Bajo su serena elegancia, una tensión oculta hervía a fuego lento.
Desde que llegó, a Erik la aldea siempre le había parecido un lugar cómodo. No había miedo ni ansiedad. Pero ese día, el de su cumpleaños, no era una ocasión alegre. En su lugar, se convirtió en una lucha encarnizada por sobrevivir, y la batalla no estaba ni cerca de su fin.
Samuel se giró hacia Erik y los demás, con su rostro curtido marcado por la preocupación. —Erik —dijo con voz firme, pero que denotaba un atisbo de fatiga—. Necesito hablar con Amos sobre la situación.
El joven asintió, preparándose para acompañarlo. —Iré contigo —dijo, con voz firme.
Pero Samuel levantó una mano, deteniéndolo en seco. —No es necesario —dijo, negando con la cabeza—. Ya has hecho suficiente por hoy. Después de todo, es tu cumpleaños. Necesitas descansar.
Los ojos de Erik se encontraron con los de Samuel, listo para expresar su objeción, pero la mirada del hombre mayor le hizo pensárselo dos veces. A regañadientes, asintió, aceptando el deseo de Samuel.
El día había estado lleno de desafíos, y los días venideros deparaban pruebas aún mayores. Como empezaba a comprender, el descanso era precisamente lo que necesitaba.
—Muy bien…
Dejó escapar un suspiro cansado, con los ojos fijos en la figura de Samuel que se alejaba, dirigiéndose a la morada de Amos. Un pesado sentimiento se apoderó de él, una mezcla de agotamiento e inquietud por lo que estaba por venir.
Pero, por ahora, descansaría. Sabía que muy pronto volverían a necesitarlo.
Erik desvió la mirada hacia Ethan, con los ojos reflejando su agotamiento. —Ethan —empezó, con la voz cargada de cansancio, un recordatorio de la angustiosa experiencia que acababan de soportar.
—Creo que iré a casa, comeré algo y descansaré. Este día ha sido… movidito, por decir lo menos.
Ethan le dio una palmada en el hombro a Erik, y su rostro se iluminó con una leve sonrisa. —Sí, no te preocupes. Feliz cumpleaños de nuevo, Erik.
Con una sonrisa cansada, Erik asintió. —Gracias, Ethan —dijo antes de alejarse, con pasos pesados por el agotamiento, pero resueltos.
—¡Cuídate! —le gritó Ethan mientras se despedía con la mano. Y así, los dos tomaron caminos separados.
Mientras el sol se ocultaba en el horizonte, arrojando un resplandor dorado sobre la tierra, marcó el final de un día duro. Sin embargo, también señaló el comienzo de algo nuevo: una batalla que involucraría a toda la aldea.
Erik llegó a su hogar, una encantadora cabaña de madera encaramada en la cima de un árbol imponente. El fuerte tronco del árbol lucía un patrón hipnótico de nudos retorcidos y profundos surcos. Dejó su espada con cuidado, y el sonido metálico resonó suavemente en el silencio que envolvía su morada.
El lugar era una impresionante mezcla de practicidad y encanto rústico. Hecha de madera desgastada y reluciente, se integraba a la perfección con el bosque como un árbol imponente que hubiese crecido sobre el suelo.
A medida que el sol se ponía en el horizonte, su resplandor se filtraba por las ventanas, pintando el suelo de madera con encantadores patrones de luz y sombra.
Una robusta estufa de piedra se erguía alta y fuerte a un lado, como un guardián leal. Era un amigo necesario, siempre presente para mantenerlo abrigado y cocinar sus comidas.
La habitación estaba escasamente amueblada, con solo unos pocos muebles toscos. Había una mesa rústica, un par de sillas de madera y una cama cubierta de pieles para mantenerse caliente durante el invierno.
Aunque sencilla, la morada poseía todo lo necesario. El entorno de Erik emanaba un aire tribal, reflejo de la cultura de la aldea de vivir en los árboles.
La sencillez de la habitación le daba un aire de calma y simplicidad, como un santuario pacífico oculto del caos que había más allá de sus muros. En su humilde belleza, era un refugio para que Erik se relajara y recargara energías.
Erik, ya instalado en la soledad de su hogar, se encontró sumido en sus pensamientos. Su mente no dejaba de dar vueltas en torno al thaid humanoide.
Como no tenía suficiente maná para luchar contra él, tuvo que abandonar el laboratorio, y esto significaba que no había estado lo bastante cerca para absorber su maná cuando murió, un detalle que ahora lo carcomía.
Las implicaciones eran claras: se había perdido valiosos puntos de experiencia y, a juzgar por lo fuerte que era la bestia, estaba claro que la experiencia habría sido masiva.
La frustración lo invadió, evidente en su expresión, mientras pensaba en la oportunidad que había dejado escapar. Cada ápice de experiencia tenía una importancia inmensa; podía determinar si uno vivía o perecía. A medida que ganaba más experiencia, su fuerza crecía, aumentando sus probabilidades de supervivencia.
Sin embargo, él no era de los que se obsesionaban con lo negativo por mucho tiempo. Su mente divagó hacia el enjambre de Artrópodos Escupidores de Ácido que Samuel y sus compañeros habían matado. Cada muerte le daba solo un punto de experiencia, ya que los Artrópodos Escupidores de Ácido por sí solos eran débiles, pero algo era algo.
Erik dejó escapar un suspiro de cansancio, pasándose los dedos por su revuelto cabello. Era un mundo extraño en el que vivían, donde la vida de uno giraba en torno a cazar, matar y entrenar.
Era agotador, peligroso y, a veces, parecía que el mundo entero estaba en su contra. Pero esa era la realidad de su situación. Lo único que podía hacer era seguir haciéndose más fuerte, seguir sobreviviendo.
La atención de Erik se desvió hacia asuntos más mundanos: comida y descanso. Se acercó a su pequeña despensa, y las tablas de madera crujieron bajo su peso.
La despensa, aunque modesta, contenía una variedad de verduras de su reciente viaje de recolección por el bosque. Todas estaban en diferentes estados de frescura, y él escogió hábilmente las que estaban a punto de echarse a perder.
Volvió a la estufa con una cesta llena de verduras. Una gran olla de hierro reposaba sobre la estructura de piedra, lista para ser utilizada. Recuperó un cubo de madera con agua de la esquina de su cabaña. Tras verter el líquido claro y frío en la olla, dejó el cubo en el suelo con un suspiro de satisfacción.
Ahora era el momento de encender el fuego. Erik metió la mano en un montón de ramitas y leños secos que había recogido. Los colocó meticulosamente dentro de la estufa, con sus formas quebradizas listas para ser consumidas.
Golpeó el pedernal contra el acero y la chispa resultante danzó hasta alcanzar el combustible seco. Una llama hambrienta se alzó, ansiosa por consumir las ofrendas, y pronto un fuego cálido y crepitante ardió con fuerza, proyectando sombras parpadeantes que danzaban en las paredes de su hogar en la copa del árbol.
El calor de la llama calentó gradualmente el agua de la olla. Añadió las verduras cuando las burbujas empezaron a subir. Bajo la atenta mirada de la llama, el contenido de la olla empezó a transformarse. Los colores de las verduras se suavizaron y sus nutrientes se filtraron en el agua, convirtiéndola en un caldo rico y sustancioso.
Erik se movía por su pequeña cocina con un ritmo organizado, una danza perfeccionada por la repetición y la necesidad. Ajustaba la llama según fuera necesario y removía la olla de vez en cuando con una gran cuchara de madera. El aroma de la comida llenó rápidamente la cabaña, un olor sencillo pero reconfortante que evocaba hogar y seguridad.
Erik aprovechó el tiempo para limpiar mientras se cocinaba la cena. Ordenó la cocina y guardó las verduras sobrantes. Se aseguró de que el fuego ardiera con la intensidad adecuada: ni tan bajo como para apagarse, ni tan alto como para convertirse en un peligro.
Su cena estuvo por fin lista cuando las estrellas empezaron a titilar en el cielo cada vez más oscuro. Vertió el caldo caliente en un cuenco de madera y se sentó junto a la ventana. Una oleada de satisfacción lo invadió al dar el primer sorbo a la sopa caliente.
A pesar del arduo viaje y de las oportunidades perdidas, estaba vivo, a salvo y celebrando su cumpleaños con una comida caliente. No había sido un día perfecto, pero era suyo, y eso era suficiente.
El bosque exterior era un tapiz oscuro salpicado por el resplandor de antorchas lejanas. Erik contempló la noche, sabiendo que el día siguiente traería nuevos desafíos.
Pero, por el momento, disfrutó del silencio apacible, de la soledad y de la sencilla alegría de una comida bien preparada. Sus ojos se volvieron pesados y, al terminar la cena, se quedó dormido, listo para afrontar otro día en este mundo extraño y peligroso.
***
Erik despertó de su apacible letargo cuando los primeros rayos del alba atravesaron el velo de la noche. La luz de la madrugada se filtraba por las tablillas de madera de las ventanas, proyectando franjas doradas por toda la habitación.
Sintió la rigidez habitual en los músculos, un recordatorio de los esfuerzos del día anterior. Sin embargo, se sentía renovado; el descanso había hecho maravillas en su cuerpo entumecido.
Se levantó de la cama y una mirada al exterior le confirmó el comienzo de un nuevo día. Los sonidos del bosque empezaban a agitarse, el piar de los pájaros se mezclaba con el lejano susurro de las hojas, un coro que señalaba el inicio de otro día en la aldea de las copas de los árboles.
Erik, sin embargo, sabía que no debía confiarse, a pesar de la aparente calma de la mañana. La paz era engañosa, una máscara para la amenaza que se cernía sobre la aldea.
La situación, no obstante, no les permitía perder el tiempo; los aldeanos también empezaban a moverse, creando un torbellino de actividad al comenzar el día. Erik podía oír voces lejanas, el traqueteo de herramientas y el suave murmullo de la vida cotidiana que empezaba a cobrar ritmo.
Sus pensamientos se dirigieron entonces a las actividades del día. Desde su llegada a la aldea, había sido el responsable de ayudar en la granja debido a sus conocimientos y poderes. Era un componente esencial de los medios de subsistencia de la aldea.
La vida continuaba incluso en medio de los azares y peligros del bosque, y cultivar alimentos era tan crucial para sobrevivir como protegerse de dichos peligros.
Erik se echó agua fría en la cara de un barreño, una sacudida refrescante para despertarse del todo. Salió por la puerta en un instante, vestido con la ropa anodina que usaba para trabajar.
Los aldeanos le habían dado una túnica de hilo basto, un par de pantalones resistentes y unas botas gastadas. Estas prendas constituían su atuendo de trabajo. Antes de salir corriendo por la puerta, cogió un trozo de pan que había sobrado de la comida anterior y lo masticó rápidamente.
Erik salió a la brillante luz de la mañana, haciendo una última comprobación para asegurarse de que su espada estaba bien sujeta a su costado. El bosque se alzaba imponente ante él, envuelto en la niebla matutina, con sus misterios y peligros ocultos entre el follaje.
Erik emprendió el camino por el sendero desgastado que conducía a la granja, listo para afrontar otro día en este mundo aterrador, respirando hondo el aire fresco de la mañana.
El joven estaba a mitad de camino por los puentes de madera cuando vio que Vanessa se le acercaba. Su pelo rubio brillaba como el sol bajo la luz de la mañana, lo que permitía identificarla fácilmente. Era una luchadora feroz cuyas habilidades eran admiradas por todos en la aldea.
Amos le había confiado a la mujer una tarea monumental: proteger su hogar de la amenaza inminente de los soldados Frantianos. No era una tarea fácil, pero Vanessa había demostrado repetidamente su determinación y tenacidad, cualidades que le valieron el puesto de Jefa de Exploradores.
Bajo su liderazgo, el equipo de exploradores se había convertido en una unidad más cohesionada, y su comunicación y sus tácticas se agudizaban con cada día que pasaba. Todos en la aldea habían notado una onda de cambio positivo causada por su influencia.
Sin embargo, la brutalidad de la situación dejaba su huella incluso en los guerreros más fuertes. Vanessa y su equipo se habían enfrentado a un grupo de soldados Frantianos dos días antes. La batalla fue encarnizada y los aldeanos fueron derrotados. Solo ella sobrevivió al encuentro, elevando el nivel de alerta en toda la aldea a máximos históricos.
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