SISTEMA BIOCOMPUTACIONAL SUPERORDENADOR - Capítulo 438
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Capítulo 438: La Partida de Samuel
La expresión de Erik se puso más seria al ver el cuerpo vendado de Samuel. Los restos del combate que había tenido lugar en la ciudad antigua eran claramente visibles en el cuerpo del anciano, y los acontecimientos del día anterior todavía estaban muy frescos en su mente.
El hombre, por lo general alegre y robusto, iba ahora ataviado con una combinación de vendas recién puestas y una armadura que había sido usada en combate. Sus recientes luchas eran evidentes en su piel por los cortes y moratones. Las líneas de su rostro se marcaron más debido al dolor y al agotamiento que experimentaba.
Aunque solo había pasado un día desde la última vez que estuvieron juntos en la ciudad antigua, Erik creía que Samuel ya estaba de camino para volver allí. Por otro lado, se dio cuenta de que esto solo era posible gracias a la fuerza de Samuel, que era notablemente superior a la de todos los demás en la aldea, con la excepción de Amos.
Cuando Erik miró a los otros aldeanos, notó que uno de ellos brillaba por su ausencia: Ethan. Al Despertador le invadió una sensación de aprensión por la ausencia de su leal amigo, lo que acentuaba aún más la gravedad de la situación de los aldeanos.
Sin apartar la vista de Samuel, Erik se abrió paso entre la multitud. Ni el murmullo intermitente de las voces ni el entrechocar de las armas bastaron para desviar su atención del hombre mayor. A medida que Erik se acercaba a Samuel, la conversación de este con otro aldeano se detuvo y ambos se volvieron para mirarlo. Fue Samuel quien inició el cambio de atención.
—¡Samuel!
—Ah… Hola, muchacho —lo reconoció Samuel con un asentimiento, sacando al joven de sus pensamientos. La expresión del hombre mayor era de serena determinación, inquebrantable, aunque era evidente que le dolía—. ¿Qué te trae por aquí? —preguntó el hombre mayor.
—Vi que te marchabas, y tengo curiosidad por saber por qué vas tan armado —inquirió el joven. Sin embargo, ya sospechaba que regresaban a la ciudad antigua, esta vez con hombres suficientes para matar a los Artrópodos Escupidores de Ácido.
La mirada estoica de Samuel se encontró con la inquisitiva de Erik. Su rostro, que normalmente irradiaba un optimismo contagioso, ahora mostraba una severidad inusual.
—Vamos a regresar a la ciudad antigua —respondió, con sus palabras cargadas de una tensión implícita que confirmaba las sospechas de Erik. El hombre mayor hizo una pausa, como si quisiera decir algo más, y luego añadió—: Tenemos que limpiar la zona del resto de los Artrópodos Escupidores de Ácido.
La misión en la que habían empezado a trabajar el día anterior continuaba con un mayor sentido de la urgencia, a pesar de la ausencia de Erik y Ethan. Cuando Samuel le habló al joven, su rostro no mostraba nada del humor que solía tener; en su lugar, era una máscara de determinación y solemnidad, que reflejaba el talante del grupo que se marchaba.
Erik echó un vistazo a los demás, todos preparados para embarcarse en su viaje con expresiones igualmente decididas. Sin embargo, era el estado de Samuel lo que más le preocupaba. —Samuel —empezó Erik en un tono bajo y solemne—. Solo ha pasado un día. Mírate, todavía estás lleno de heridas.
Preocupado, desvió la mirada del brazo vendado del hombre mayor a la cojera que intentaba ocultar desesperadamente. —¿Estás seguro de esto? Ir allí en estas condiciones… ¿está bien?
Samuel respondió a la preocupación de Erik con una sonrisa irónica y una ligera palmada en su cuerpo, como para restarle importancia. —Puede que ya no sea tan joven como antes, pero soy más resistente de lo que crees —respondió con una risita, intentando aligerar el ambiente.
—Además, los aldeanos me necesitan, y quedarme de brazos cruzados no es mi estilo. Me curo más rápido cuando hago algo que merece la pena.
—Si tú lo dices… —la voz de Erik se fue apagando mientras fijaba la mirada en la figura del anciano. Mientras el joven guardaba silencio, una preocupación tácita flotaba en el aire, densa y palpable.
La tensión en su cuerpo era evidente, y su postura era defensiva mientras contemplaba al valiente aldeano, que estaba herido pero preparado para enfrentarse a los peligros que le aguardaban en la ciudad antigua.
Samuel se limitó a sonreír como reconocimiento a la evidente preocupación de Erik. Fue una expresión amable que transmitía comprensión y seguridad.
—No te preocupes, muchacho, esto será pan comido —prometió, con un tono que se hacía eco de la determinación que mostraban sus ojos.
Los dos mantuvieron una breve conversación, con palabras bajas y solemnes, mientras de fondo los aldeanos se preparaban para la expedición.
Erik compartió sus conocimientos sobre los Artrópodos Escupidores de Ácido con la esperanza de que les proporcionara a Samuel y a su equipo una protección adicional.
Samuel asintió mientras escuchaba atentamente las palabras de Erik, y su experiencia como guerrero se hizo evidente en la atención que prestaba a los detalles.
Las últimas palabras del joven fueron una súplica sencilla y sentida para el hombre con el que había trabajado a diario durante meses y que fue el primero en aceptarlo como un miembro más de la aldea.
—Ten cuidado, Samuel. —Sus ojos se encontraron con los del hombre mayor, y una promesa silenciosa se cruzó entre ellos. El simple gesto de asentimiento de Samuel transmitió una gran comprensión.
Así, su diálogo llegó a su fin. Samuel se dio la vuelta y se unió a los aldeanos que ya estaban en marcha; mientras Erik observaba, su corazón se conmovió al verlos avanzar, especialmente a Samuel, con todas sus heridas y su agotamiento.
Con una última mirada a los aldeanos que partían, Erik dirigió sus pasos hacia la granja.
El aspecto desolado que tenía el lugar cuando él llegó por primera vez contrastaba enormemente con lo que estaba viendo ahora. Aunque el invierno ya había comenzado, del suelo, antes yermo, brotaban tallos verdes que buscaban el calor del sol.
Las tierras de cultivo estaban adornadas con numerosas hileras de plantas, y sus vivos colores creaban un hermoso lienzo contra el telón de fondo del paisaje invernal. Era muy extraño.
Una calma descendió sobre la tierra, un agradable cambio de ritmo con respecto a las luchas diarias que se veían obligados a soportar.
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