SISTEMA BIOCOMPUTACIONAL SUPERORDENADOR - Capítulo 442
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Capítulo 442: Preparaciones
Erik se puso en pie, aunque estaba completamente agotado. El aroma del estofado de verduras que había preparado en la pausa del almuerzo le llegó a la nariz, haciéndole recordar que había decidido ignorar el hambre para concentrarse en su entrenamiento. Como respuesta, el estómago le rugió con bastante fuerza, lo que le hizo reírse entre dientes.
Se acercó a la estufa de piedra, sintiendo el suelo de la habitación agradablemente fresco bajo sus pies descalzos.
Encendió el fuego para calentar las sobras, y pronto la habitación se llenó con el suave parpadeo de la luz de la lumbre, que proyectaba sombras danzantes en las paredes e iluminaba su modesta morada con un resplandor cálido y acogedor.
Se sirvió un cuenco generoso de estofado. El aroma de las verduras y hierbas frescas se elevaba desde el cuenco, junto con el vapor.
Sentado en la sencilla mesa de comedor de su hogar, Erik saboreó cada bocado del estofado bien caliente, mientras la miríada de sabores explotaba en su boca. Se permitió detenerse y apreciar el placer genuino de saborear la simple comodidad de una comida caliente en la pacífica soledad de su hogar. Había una paz inherente en ello, sobre todo después de un día agotador.
Los ojos de Erik recorrieron el reducido espacio, observándolo todo, desde la pila de leña cuidadosamente apilada cerca de la estufa hasta la lanza apoyada contra una pared.
La naturaleza sencilla de este lugar tenía cierto encanto para él, un encanto que había llegado a apreciar durante el tiempo que llevaba allí, pero la ausencia de tecnología no era fácil de sobrellevar, por lo que estaba un poco aburrido.
Cuando terminó de comer, el esfuerzo del día finalmente le pasó factura, y se reflejó en sus ojos, que empezaron a sentirse pesados.
Lavó el cuenco y la cuchara, los volvió a colocar en el estante y luego se dirigió a la cómoda cama escondida en un rincón de la habitación.
Tumbado, no dejaba de mirar al techo, y su mente volvía una y otra vez a lo que había sucedido ese día.
La técnica recién adquirida, los enlaces neurales y el próximo viaje constituían una aventura a punto de comenzar. Pero, por ahora, el sueño lo llamaba, y Erik estaba más que preparado para responder a su llamada.
***
La semana de Erik pasó volando en un torbellino de entrenamientos intensos mientras se preparaba para la próxima misión. Cada día era una nueva oportunidad para comprender mejor la nueva técnica que Vanessa le había enseñado y ponerla en práctica.
A medida que el joven se sumergía en el entrenamiento, las horas se convirtieron en días mientras el ferviente fuego de determinación que ardía en su corazón seguía creciendo.
Sin embargo, esa no era claramente su principal técnica de entrenamiento, ya que el joven la estudiaba solo con el fin de dar al superordenador biológico más datos para implementar en la técnica que ya había desarrollado.
Sin embargo, los enlaces neurales que conectaban con sus poderes de cristal cerebral se formaron gradualmente. Podía sentir dos conexiones distintas, una para cada uno de sus poderes de cristal cerebral: manipulación de la fuerza y voluntad paralela. La sensación era extraña, como hilos invisibles tejidos dentro de su mente, conectando diferentes partes de su conciencia.
Al entrenar el poder de manipulación de la fuerza, Erik ahora podía ejercer una fuerza más precisa y controlada con su maná. El maná se convertía con mayor eficacia, respondiendo directamente a su voluntad. Podía levantar suavemente una pluma o lanzar con fuerza una piedra con la misma facilidad. Era un testimonio de su progreso, una señal clara de que iba en la dirección correcta.
Simultáneamente, el poder de cristal cerebral de voluntad paralela, que permitía a Erik realizar múltiples tareas con eficacia, también se fortaleció. Era como si hubiera adquirido un par de manos adicionales invisibles, pero totalmente funcionales.
Podía centrarse en múltiples tareas simultáneamente sin perder la concentración, lo que podía significar la diferencia entre la vida y la muerte en un combate.
Aunque los días eran desafiantes y las noches, breves, Erik no se rindió. Se mantuvo alerta porque sabía que su partida se acercaba.
Cada gota de esfuerzo y cada perla de sudor que derramaba eran sacrificios necesarios en el altar de su misión.
Los días pasaron rápidamente, pero cada uno trajo una pequeña victoria en forma de una fuerza recién descubierta. Al acercarse el final de la semana, Erik estaba tan preparado como era posible con dos nuevos enlaces neurales en su haber.
El día anterior, Vanessa visitó a Erik con un mensaje que había recibido de Amos. Le informó de que los miembros del consejo de la aldea que lo acompañarían en el peligroso viaje a Arboleda Lumis por fin habían sido elegidos. Además, planeaban partir al día siguiente; es decir, hoy.
Al recibir la noticia, el corazón de Erik se aceleró con una mezcla de expectación y ansiedad. Por fin iba a suceder. La decisión estaba tomada, los engranajes se habían puesto en marcha y no había vuelta atrás.
Comenzó a prepararse para el viaje en la tranquilidad de su hogar.
Sobre la mesa, frente a él, su mochila estaba abierta y lista para llenarla con los artículos necesarios. Tras considerarlo detenidamente, empezó a reunir lo que iba a necesitar.
Esto incluía raciones de comida, un botiquín básico de primeros auxilios, semillas, cantimploras resistentes y otras necesidades, como la planta repelente de thaid.
Sus ojos recorrieron cada artículo, marcándolo mentalmente en su lista. Cada objeto era un salvavidas, un medio para sobrevivir en la salvaje e impredecible Arboleda Lumis.
Se tomó su tiempo para empacar cuidadosamente la ropa, seleccionando prendas que le permitieran estar cómodo y a gusto durante todo el viaje.
Como el invierno ya se había instalado, el viaje por el bosque sería, sin duda, gélido. Erik era consciente de ello, así que prestó especial atención a empacar ropa gruesa y de abrigo. En su mochila metió un grueso abrigo de lana, un gorro de punto para protegerse las orejas del frío cortante y un par de guantes resistentes.
Empacó ropa interior térmica para llevarla bajo sus otras prendas, asegurándose así de retener el calor corporal mientras atravesaba el terreno nevado. También guardó calcetines de repuesto en la mochila, pues sabía bien lo crucial que era mantener los pies secos y calientes.
Junto a su mochila había un par de botas para la nieve, resistentes a la fría humedad de la estación y listas para calzárselas.
Al final, añadió un termo, pensando en que podría llenarlo con algo caliente, como sopa o chocolate, para obtener sustento y un calor reconfortante desde el interior.
Era consciente de que el frío podía ser un enemigo despiadado, tan formidable como cualquier otro adversario físico, y tenía la intención de enfrentarlo con la preparación adecuada.
Erik se cargó la mochila a los hombros, aunque su tamaño había aumentado considerablemente debido al equipo de invierno. Era una carga, pero había que llevarla.
El peso simbolizaba su preparación, determinación y compromiso con la tarea que tenía por delante: sobrevivir al duro invierno durante el viaje.
Lanzó una mirada superficial por la habitación, y sus ojos se detuvieron en las cosas sencillas que pronto dejaría atrás: la cama cálida, la humilde cocina y la vista conocida tras su ventana.
Sin embargo, estaba preparado. Tan preparado como podía estarlo. Entonces, la atención de Erik se centró en el sol que comenzaba a brillar a través de su ventana, señalando el inicio de un nuevo día y el comienzo de su viaje. Exhaló profundamente. Era hora de marcharse.
Abrió la puerta a la luminosa mañana y salió al aire fresco, listo para comenzar su viaje.
Tras salir de la casa, Erik bajó las escaleras de la casa del árbol con una familiaridad que había desarrollado a lo largo de varios días.
Cada uno de sus pasos reverberaba en la tranquila mañana mientras sus botas producían un suave golpeteo contra los tablones de madera. Al acercarse a la base del árbol, una brisa fresca le mordió las mejillas, lo que le hizo agradecer haber traído ropa de abrigo y haberla guardado en su mochila.
Se dio la vuelta y volvió a mirar la casa, sintiendo una punzada de algo que podría describirse como nostalgia.
La esbelta morada colgada entre las ramas se había convertido en una especie de santuario para él.
No era realmente la casa en la que creció, pero desde que había dejado la ciudad, era lo más parecido a un hogar que había tenido. Con una última mirada prolongada, se armó de valor, se dio la vuelta y se dirigió hacia el salón principal.
El pueblo cobraba vida gradualmente mientras los primeros rayos del alba dibujaban un patrón entrecruzado en el cielo y proyectaban largas sombras.
Erik se ajustó el abrigo con más fuerza mientras recorría las calles desiertas. El aire estaba impregnado del aroma a pan recién horneado, a rocío matutino y de los sonidos ahogados de un pueblo que despertaba lentamente, pero también había nieve.
Mientras Erik caminaba por el pueblo, se maravilló de su encanto y se deleitó con la suave luz de la temprana mañana de invierno.
Como un manto tranquilo, una atmósfera etérea se extendía sobre el asentamiento mientras el sol, todavía una presencia pálida y vacilante en el horizonte, pintaba el mundo en tonos de azul gélido y lavanda apagado.
Esto creaba una atmósfera etérea. A ambos lados del camino había una hilera de árboles altos y orgullosos, cuyas ramas desnudas estaban decoradas con una delicada capa de escarcha. Tras lo que pareció una eternidad, las hojas por fin se habían rendido y habían caído al suelo, dejando tras de sí siluetas de árboles desnudos que se extendían hacia el despejado cielo invernal.
Por otro lado, los pinos de hoja perenne mantenían su follaje durante todo el invierno, creando un colorido contraste con el paisaje, por lo demás, monocromático. A medida que se acercaba al edificio, Erik pudo ver que había una gran multitud reunida.
Desde donde estaba, podía ver los rostros de los aldeanos, a algunos de los cuales reconocía y a otros no.
El ambiente era tenso, pero estaba cargado de una palpable sensación de emoción, y el rostro de cada persona estaba grabado con una mezcla de expectación y aprensión.
Un sentimiento similar afloró en Erik como respuesta a aquella visión: aprensión por el viaje que le esperaba, expectación por lo que encontraría en la Arboleda Lumis y por la experiencia que obtendría; era una innegable corriente subyacente de emoción debido a lo desconocido.
Mientras Erik se acercaba al grupo, el crujido de sus botas sobre la hierba con escarcha llamó la atención de las pocas personas que había allí.
Vanessa, envuelta en una gruesa capa, se giró hacia él para saludarlo. Sus ojos, habitualmente penetrantes, mostraban una leve señal de relajación.
Junto a ella había otras cuatro personas, y era evidente que todas estaban preparadas para un arduo viaje. Cada uno de ellos vestía voluminosas ropas de invierno forradas de piel, y su aliento era visible en el gélido aire de la mañana, formando pequeñas nubes.
Erik supuso que las mochilas que llevaban a la espalda contenían provisiones y equipo por su aspecto funcional, que indicaba la peligrosa misión que aún tenían por delante.
Dos de ellos eran hombres, altos e imponentes, con rostros marcados por las líneas y arrugas que dejan años de lucha y conflicto. Ambos iban armados con espadas y hachas de aspecto peligroso que colgaban de sus cinturones.
Uno de ellos llevaba una gran hacha cuya hoja brillaba amenazadoramente en la penumbra, y el otro, una espada larga que parecía extremadamente peligrosa.
Las otras dos eran mujeres, pero se desenvolvían con la misma ferocidad y determinación que sus homólogos masculinos. Una iba armada con un arco y flechas y llevaba un carcaj a la espalda.
Sus dedos descansaban ligeramente sobre el arco. La otra mujer iba armada con un par de dagas que llevaba en el cinturón.
Las empuñaduras de las dagas estaban intrincadamente talladas, y Erik se preguntó de dónde las habría sacado. La rápida mirada que Erik les dirigió fue un reconocimiento silencioso de que estaban preparados.
Estas personas lo acompañarían en este viaje a la Arboleda Lumis como sus compañeros de viaje. Su camino sería difícil, y tendrían que depender los unos de los otros para salir con vida.
—Buenos días, Vanessa —dijo Erik, rompiendo el silencio momentáneo que había envuelto al grupo—. Y buenos días a todos —continuó, dirigiendo su atención a los cuatro desconocidos. Hubo un reconocimiento tácito mientras cruzaba la mirada con cada uno de ellos.
Una punzada de inquietud le revolvió el estómago. Darse cuenta de que iba a emprender un peligroso viaje con desconocidos era inquietante. Erik volvió a observar a la gente.
—Disculpen, pero no he tenido el placer de conocerlos antes —dijo Erik, tratando de disipar el extraño ambiente. Una pequeña sonrisa apareció en su rostro mientras extendía la mano hacia la persona más cercana: el hombre corpulento del hacha reluciente.
—¿Puedo saber sus nombres? —añadió.
Como respuesta, el hombre estrechó con firmeza la mano de Erik. —Me llamo Marcus —gruñó, con el rostro surcado de líneas severas, aunque sus ojos insinuaban una incipiente camaradería.
—Un placer, Marcus —correspondió Erik, y su atención se desvió hacia la pelirroja con un arco colgado del hombro. Ella respondió con una leve sonrisa, mientras sus dedos acariciaban ociosamente la empuñadura de su arco. —Llámame Alexia —su voz tenía una cadencia musical, en marcado contraste con la tosquedad de Marcus.
—Alexia —repitió Erik, asintiendo con la cabeza en señal de reconocimiento. Su mirada se desvió entonces hacia la mujer que empuñaba las dagas ornamentadas—. ¿Y tú?
—Ava —dijo ella de forma escueta, mientras sus labios se curvaban en una sutil sonrisa socarrona.
Finalmente, la atención de Erik se posó en el hombre de aspecto rudo que portaba una espada larga. El hombre le sostuvo la mirada, con expresión indescifrable. —Puedes llamarme Garrett —dijo sin rodeos.
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