Sistema de Evolución Universal - Capítulo 132
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Capítulo 132: El Ritual Del Dragón.
En la capital, una serie de pasos avanzaban en silencio. Corrían sin tocar el suelo, con una ligera distorsión separando el piso de los pies.
En el cielo: Un conjunto de magos sobrevolaba en formación circular de luz. Arrodillados, camuflados, apenas una ligera distorsión en el aire delataba su presencia. Al frente, un anciano de barba blanca encabezaba la avanzada, apoyado por un hombre de aproximadamente cuarenta años.
En tierra: Los cultivadores avanzaban a pie sin líder aparente. Sus cuerpos aparecían y desaparecían como espejismos, saltando de una calle a otra antes de poder ser percibidos.
El destino: el bosque del examen.
Cuando llegaron a campo abierto, las túnicas celestes bajo el sol parecieron fundirse con el entorno. El aire corrió cerca de ellos, agitando cabellos y ropas; siguiendo el soplo del mundo, cada hebra de tela, cabello, carne y hueso parecía disolverse.
Finalmente, solo podía verse una ligera brisa avanzando sobre el suelo, levantando apenas un rastro de polvo.
Desde arriba, los magos vigilaban todo. El mínimo rastro de energía que no perteneciera a sus camaradas bastaba para provocar una reacción en el círculo. Como una vibración súbita, el bastón del anciano se agitó levemente. Sus ojos perdieron color por un instante; al recuperarlo, miró en una dirección concreta. Levantó una varita de hielo y susurró unas palabras.
—Encontramos una huella de Qi. Sigan a nuestro grupo.
La ráfaga de viento se desvió, apenas visible.
El grupo avanzó en silencio, con absoluta seguridad. El cielo les pertenecía; la tierra era un patio de juegos. Incluso las bestias espirituales no los percibían. Las más fuertes se limitaban a apartarse del camino, demasiado ocupadas huyendo de territorios que no comprendían.
El mago de barba larga frunció el ceño, incómodo. Estiró el brazo para señalar a sus asistentes.
—Organización: formación de rastreo. Siento una mirada.
Ambos grupos, cielo y tierra, se detuvieron al mismo tiempo. Ocultos entre las brisas del bosque, casi fundidos con la madera, los cultivadores de Qi a ras del suelo vigilaban el follaje.
Desde arriba, la luz en el centro de la formación envió señales al bastón. El anciano dirigió la mirada hacia las sombras; sus cejas se contrajeron.
Agitó las manos, enviando instrucciones a los de abajo. Uno de ellos se reveló entre el viento y asintió.
El cultivador dio un paso al frente, rompiendo formación y mostrándose.
—Me presento. Soy miembro de la división especializada en misiones de reconocimiento y acción rápida del Reino de la Libertad Eterna.
El silencio apenas duró unos instantes. Las sombras no se movieron. Los magos en el cielo tensaron sus formaciones.
Entonces, finalmente, una figura emergió de las sombras.
Un mago vestido de rojo y negro. Posó un puño sobre el corazón, cruzó las manos y luego las giró con lentitud y elegancia, juntando las palmas.
—Saludos. Soy parte de la guardia secreta del Reino del Espejo. ¿Qué asuntos trae a colación su visita?
Arriba, el anciano señaló con un dedo. El subalterno descendió. El hombre de casi cuarenta años atravesó la barrera y saltó al suelo. En cuanto lo hizo, sus ojos se entreabrieron y la piel se le erizó. Muchas miradas lo observaban, como si aguardaran algo de él.
Se irguió, juntó los puños y luego dio una palmada suave, acompañada de una leve reverencia.
—Un gusto saludarlos. Soy subalterno de la división de magos especializados en reconocimiento y acompañamiento a larga distancia.
El guardia asintió.
—Los vimos antes. Asumo que, si los enviaron, es para vigilar a la princesa.
El hombre asintió. El guardia suspiró.
—Informe. Las entidades que buscan a la princesa son seres surgidos de la grieta. Pueden poseer cuerpos. No bajen la guardia: permanezcan juntos y háganse preguntas rutinarias entre ustedes.
El guardia de las sombras alzó la cabeza, revelando un grabado circular: una formación morada que provocó un escalofrío en el mago.
El subalterno calmó su mente antes de preguntar:
—¿Hay alguna señal clara de posesión?
El guardia asintió.
—Los ojos se vuelven completamente verdes, sin pupilas. Se asemejan a la piedra que respira.
Arriba, el flujo de energía se agitó. Un murmullo mental recorrió la formación: pensamientos cruzados, conversaciones desordenadas.
El cultivador de túnica celeste entrecerró los ojos.
—Circulan rumores de que el Dragón Rojo podría ser el objetivo de quien abre las grietas. Ustedes dicen que estas criaturas buscan a la princesa. ¿Qué planean hacer con ella?
El guardia torció los labios.
—¿Qué más? Planean matarla.
El cultivador suspiró.
—Entonces vamos a defenderla.
—Si lo hacen, mantengan distancia. Vigilen el asalto de los corruptos. No confíen en los cuerpos caídos: ya vimos cómo pueden arrancarles los músculos y aun así siguen caminando.
Un asentimiento silencioso respondió.
Entonces, una explosión distante rompió la calma.
Una nube de vapor blanco se elevó hasta el cielo, seguida de una luminiscencia que se extendió por kilómetros. Cuando la luz se disipó, una onda expansiva azotó la zona, sacudiendo los árboles cercanos.
Todos abrieron los ojos con asombro. El mago a ras del suelo trazó líneas en el aire; un lazo amarillo vibró y se conectó con la formación en el cielo. Una imagen se proyectó ante los cultivadores.
Todos tragaron saliva.
Una mujer de cabello largo y castaño, liso hasta la perfección. Ojos grises. Una túnica blanca que reflejaba la luz del sol como un espejo. En ese instante, la luz descendió del cielo como un río siguiendo su cauce, la envolvió por completo. El entorno se deformó levemente, como si la realidad misma vibrara. Cuerpos deformes se hinchaban, brotaban tumores; las plantas mutaban y la radiación se volvía visible.
Varios cultivadores cayeron de rodillas, incapacitados por la profunda impresión.
Uno de ellos, con túnica celeste, tembló violentamente.
—V… Venerable de la Luz —murmuró, con la voz ahogada.
Las manos del anciano temblaron, sacudiendo el bastón. La técnica era de predicción quirúrgica. La imagen osciló, mostrando a otras tres figuras… y una hendidura en el vacío que dejó las mentes entumecidas.
Muchos desviaron la mirada.
Una voz quebrada emergió del guardia de las sombras.
—¿Qué hacen los cuatro aquí…? —negó con la cabeza—. No importa. Nuestras prioridades están claras. Debemos sacar a la princesa de aquí.
Sus ojos brillaron con determinación. La marca morada en su ojo resplandeció mientras enviaba una señal.
La señal atravesó montañas nevadas y ríos caudalosos, cruzó arcoíris y cumbres nubladas, superó una cordillera y se internó en un territorio verde y frondoso. Llegó a un castillo silencioso, donde ni los ecos se atrevían a resonar y nadie osaba hablar.
Un hombre sufrió un espasmo en la mano y tomó un bastón.
Drakar caminaba con su bastón rojo como la sangre. Se sentó en el trono con una sonrisa sincera, casi infantil.
La misma proyección que veía el guardia apareció ante Drakar. Reclinó la cabeza sobre la palma, tarareando suavemente, observando a los cuatro con deleite.
—Oh… perfecto. ¿Qué estás haciendo, Vael? Me entristece ver cómo desarmas el balance de poder del mundo —dijo, con ironía.
Una sonrisa se estiró de oreja a oreja.
—Qué fácil resulta todo esto.
Extendió las manos. Una formación apareció y pulsó… pero el pulso regresó hacia él. Drakar frunció el ceño.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué el Consejo de la Voz Universal no responde?
Se acercó a la ventana. Una esfera se elevó hacia los cielos, ascendiendo hasta su límite. Entonces, un hilo guinda surgió de la nada y la detuvo en seco, como si no pudiera subir más.
Drakar miró la proyección con incredulidad. Más de la mitad del consejo había desaparecido, sin rastro alguno. La zona restante parecía desprovista de vida.
Amplió la imagen. Su ceño se tensó al ver un cadáver caminando en su interior, un cuerpo muerto que exhalaba aliento verde.
—¿Qué significa esto…?
Apretó los dientes. Su mano se cerró con fuerza.
—Pensé que surcarían los universos hasta encontrar a su creador. Que conquistarían los cielos para él.
Su voz descendió a un susurro peligroso.
—¿Acaso perdieron el control… o nunca lo tuvieron?
El aire se tensó. El castillo tembló. Las mucamas tropezaron, los platos se hicieron añicos, pero nadie se atrevió a emitir sonido alguno.
—Tsk. Supongo que no puedo preverlos por completo —murmuró, observando la transmisión—. Son más caóticos de lo que pensé. Aun así, mis piezas ya están en marcha. Solo queda dejar que la reina devore al peón… incluso si no pretende hacerlo.
Las campanas comenzaron a sonar, inundando el palacio. Afuera, el júbilo se elevó como una marea. El cielo adquirió un tono más brillante, más carmesí.
Drakar sonrió y avanzó hacia el balcón.
Una columna de luz roja y ardiente se alzó hacia los cielos, arrastrando una brisa violenta que obligó a todos a cubrirse.
Poco después, los gritos de asombro llenaron la capital. Manos se alzaron, las campanas repicaron con más fuerza.
Desde lo alto, Drakar contempló cómo un vapor rojo emergía desde el interior del palacio, extendiéndose hacia abajo… y más allá aún.
Atravesó las murallas. Se derramó por las calles. Cubrió la capital entera.
Y siguió expandiéndose.
No era solo celebración.
Era una señal.
Y en todo el reino sintieron un tirón en sus almas. Los tres signos del dragón salieron en sus pechos.
Algo había comenzado a moverse en el mundo.
Y esta vez, no había vuelta atrás.
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