Sistema de Evolución Universal - Capítulo 133
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Capítulo 133: Aire Pesado, Suspiro Suave.
Los ancianos de la secta se estaban desplazando. Buscaban el origen de la luz.
Las banderas se levantaron en el campamento a las afueras de la ciudad.
La milicia fue desplegada. Artefactos voladores podían verse en el cielo. Personas tallaban signos en un amplio radio de al menos cien metros.
La ciudad se volvió bulliciosa. La gente corría de un lado a otro.
—Es el cielo… La voz del cielo nos hizo una advertencia —dijo un hombre, con las manos sobre la cabeza.
Un guardia tomó al ciudadano del brazo.
—Ten cuidado con lo que dices, si deseas conservar la lengua.
Lo empujó y siguió su camino, en dirección al campamento exterior.
Su corazón palpitaba con violencia. Una ligera mueca torció su rostro. Se cubrió la boca y se reclinó, conteniendo las ganas de vomitar. Frente a él yacían los cuerpos putrefactos de un grupo de mortales. Niños, en su gran mayoría.
Un líquido negro goteaba de heridas profundas y abiertas, tan grandes que incluso los huesos quedaban expuestos. Pero eso no fue lo que lo asqueó.
El aire estaba cubierto por una penumbra espesa, como si la oscuridad fuera tangible. Con cada paso, el color cambiaba sutilmente: era el miasma desplazándose junto a él.
El guardia arrugó el rostro. Salió del refugio del campamento, chasqueó los dedos y un pilar de fuego se elevó, consumiéndolo todo.
Miró al horizonte con los ojos entrecerrados y vacíos. Entonces recordó aquel suceso… una mujer. Agitó el brazo y limpió por completo a una bestia de la putrefacción.
Apretó los labios. Un ligero brillo humedeció sus ojos. Tomó su espada por el pomo con una fuerza terrible; su brazo temblaba.
—La anterior habló con el cielo… y ésta puede salvarnos y regresarnos a su seno. Si tan solo tuviera el poder de limpiar a todos…
Su mirada se dirigió al interior del campamento, donde los gritos se intensificaban. El aire volvió a teñirse de impurezas. Contuvo la respiración cuando vio a uno de los magos salir corriendo.
Sus ojos se abrieron con horror.
Los brazos del mago comenzaban a mutar, contagiados por aquella infección terrible. Sacudió uno de ellos contra una roca, cortándose, pero la corrupción no se detenía. La sangre caía oscura, espesa, apestosa. Entonces, con desesperación, miró en su dirección.
El guardia sintió que el tiempo se detenía. Pero no lo hacía. Nunca lo hacía.
Ante sus ojos, el rostro del mago fue cubierto por la contaminación. Sus brazos se alargaron, las uñas se desprendieron y el hueso las reemplazó. El cuello se extendió mediante una estructura ligamentosa casi sólida. El cabello se desprendió y fue absorbido por la piel de los hombros.
Un rugido inhumano brotó, acompañado de saliva corrosiva.
El corazón del guardia casi se detuvo cuando el mago absorbió las impurezas. Una presión se expandió desde su cuerpo, como si las hubiera cultivado.
No… cosechado.
El infierno se desató dentro del campamento.
Las carpas volaron. Las armas se elevaron como si tuvieran vida propia. Las personas huyeron.
En la entrada de la ciudad, cultivadores llegaron portando una infinidad de talismanes. Reflejando la luz del sol, un brillo amarillo se concentró y una formación de contención fue desplegada.
El guardia escapó.
Las criaturas no podían entrar. Ni salir.
Al menos así fue… al principio.
Un mago corrompido levantó sus cuatro brazos, empuñando un bastón en cada uno. Alas negras brotaron de su espalda: pequeñas, rudimentarias. Sin embargo, un miasma espejado lo elevó, como si el batir de esas alas fuera irrelevante.
Un disparo simultáneo de los cuatro bastones hizo parpadear la formación.
Un humo negro escapó, atravesando apenas la barrera para sorpresa de todos. Se arremolinó y tomó forma humana: una figura con capa negra y azul, completamente mutada.
Golpeó un solo talismán. Éste ennegreció; la luz se convirtió en oscuridad.
El guardia lanzó su espada, cortando al monstruo en varios fragmentos. La espada regresó a su mano. Miró con horror cómo la formación comenzaba a colapsar.
Tragó saliva.
Dentro del círculo, el miasma empezó a aumentar, brotando del suelo. Un rugido unificado estalló desde el interior. El miasma se movió… y fue absorbido por los cuerpos corrompidos.
La barrera entera fue consumida.
El sonido de armaduras temblando llegó desde los mundanos, apenas en fortalecimiento corporal.
—Esto… es estúpido —dijo uno, con la voz quebrada—. Yo solo vine a brindar soporte… ¿por qué está pasando esto?
El guardia miró al nuevo recluta. Escupió al suelo. La saliva salió negra, y eso lo hizo dudar de su propia exposición. Desenvainó la espada, con una expresión lúgubre.
—Realmente parece que voy a morir —admitió—. Pero me llevaré a tantos como pueda.
Apretó el arma y se lanzó.
No fue el único.
Una veintena de magos desató ataques a distancia. Cinco cultivadores de Qi en el nivel del núcleo aparecieron, ejerciendo presión espiritual.
El guardia apenas podía ver entre la sangre. Su rostro estaba medio cubierto. Los cuerpos no dejaban de llegar. Él no dejaba de cortar. Pero esas cosas solo sabían aumentar… y curarse.
Entre todo lo rojo del mundo, distinguió un emblema.
El clan Zhao.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Ya… esto es todo —murmuró.
Entonces, una enorme ola de calor arrasó el lugar.
Las cenizas se elevaron.
La sangre flotó, formando una esfera.
El guardia miró, confundido.
—¿Sigo vivo?
De repente, el mundo quedó en calma. Una calma antinatural. Su corazón, que latía ensordecedor en sus oídos, se aquietó de golpe.
Entre el polvo, una silueta femenina avanzaba con serenidad. Una sombra roja la seguía, como un reflejo tardío, disipando el miasma.
Por donde pasaba la silueta, pasaba la sombra.
Por donde pasaba la sombra, el mundo quedaba limpio.
Cuando el sol le permitió verla con claridad, el guardia abrió los ojos con asombro.
Era la Maga del Buey Caído.
No hubo sonido, conjuro ni gesto. Ella simplemente suspiró. El miasma se encogió y se arremolinó en su dedo, como si una nube se hubiese reducido a un poco de vapor.
La sombra roja pasó.
El miasma desapareció.
Los ojos del guardia se llenaron de lágrimas.
Entre los escombros, el joven maestro del clan Zhao emergió. El calor de su cuerpo distorsionaba el aire, y la sangre a su alrededor se elevó, sanando sus heridas.
La mujer abrió la boca.
—Ten cuidado cuando hagas eso. No me gustaría que te hicieras daño por tratar con la sangre.
El joven maestro sonrió.
—Vine a tratar con la corrupción, pero me ayudaste. ¿No es tratar con la sangre lo menos que puedo hacer?
El guardia observó la escena con el sol descendiendo ante sus ojos.
La mujer… no.
La santa.
Sonrió con ligereza. Con un movimiento suave de la muñeca, llevó el cabello corto detrás de la oreja y realizó una leve inclinación de la cabeza, dejando ver apenas los pliegues de su cuello, como si el gesto no tuviera intención alguna.
—Gracias por ayudar, Jiāng Róngxuān.
El joven mostró una sonrisa elegante. Ella la ignoró, desviando la mirada hacia el vacío.
Tras un breve silencio, como si hablara con alguien invisible, asintió.
Los ojos del guardia se abrieron con sorpresa. Una ligera sonrisa se formó en su rostro.
«La esclarecida es de acá… es de un clan antiguo.»
Ella se acercó al guardia con pasos tranquilos. Al girarse hacia él, una sonrisa irónica se dibujó en su rostro.
—No pertenezco a ningún clan —aclaró—. Solo pasaba por aquí y me encontré con un conocido.
Un zancudo rojizo se posó sobre su oreja. Era algo grande, pero sorprendentemente hizo una torpe reverencia.
El guardia dejó escapar una risa irónica.
—Un familiar de sangre… Como es la juventud. El amor es complicado.
La esclarecida sonrió levemente y agitó una mano, dándose aire. Una brisa suave respondió, como si el viento aceptara la petición.
—¿Verdad que sí? Yo misma sufro porque alguien muy cercano me ama… pero yo solo lo veo como una amistad.
El joven del clan antiguo apartó la mirada. Ella rodó los ojos.
—No hablo de ti.
El guardia rió entre dientes. Alzó la vista al cielo y vio la transmisión, en la que él mismo aparecía.
Suspiró.
Extrañamente feliz.
Extrañamente triste.
Cuando volvió a mirar, la esclarecida había desaparecido. El joven también.
Rascándose la cabeza, levantó la vista otra vez. En la transmisión los vio caminando a su derecha. Pero al voltear… no había nadie.
Ladeó la cabeza, sonriendo.
—Jóvenes…
El campamento fue levantado al amanecer.
Las carpas chamuscadas fueron retiradas una por una. Los talismanes rotos se recogieron en silencio. Nadie habló de lo ocurrido con demasiada precisión; los informes eran breves, torpes, incompletos. Palabras como corrupción, contención fallida y intervención externa se repetían sin convicción.
El guardia se sentó sobre una roca, lejos del bullicio. Se quitó el casco y lo dejó a un lado. Tenía las manos limpias, demasiado limpias. Las miró largo rato, como si esperara ver algo aún adherido a la piel.
No había miasma.
No había sangre.
Ni siquiera olor.
Eso fue lo que más le inquietó.
Cerró los ojos un instante. Recordó el calor, la presión en el pecho, el momento exacto en que había aceptado morir. No con heroísmo, sino con cansancio. Con una especie de alivio.
Y luego… el silencio.
Abrió los ojos y miró al cielo. Las formaciones de vigilancia ya no estaban. Solo quedaba una transmisión residual flotando, parpadeante, repitiendo fragmentos inconexos: luz, ceniza, una silueta femenina avanzando sin prisa.
Desvió la mirada.
—Así que esto es seguir vivo —murmuró.
Nadie respondió.
Un recluta pasó cerca, lo saludó con respeto exagerado y siguió de largo. El guardia no lo detuvo. No tenía nada que enseñar. No sabía cómo explicar que había visto algo que no debía existir, y que aun así había sido… amable.
La imagen de la mujer caminando con una lanza volvió a su mente.
«¿Qué importa si usa un arma de guerra? Sigue teniendo una hermosa sonrisa.»
Se levantó, sacudiéndose el polvo de la ropa. Antes de marcharse, miró una última vez el lugar donde la mujer había estado de pie. El suelo estaba intacto. Ni marcas, ni quemaduras, ni residuos de poder.
Solo tierra.
Sonrió, cansado.
—No eras de ningún clan —dijo en voz baja—. Claro que no.
Tomó su espada y se alejó con el resto de la milicia.
Detrás de él, el mundo continuó como si nada hubiera ocurrido.
Pero esa noche, al dormir, por primera vez en años, no soñó con espadas.
Soñó con viento.
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