Sistema de Evolución Universal - Capítulo 153
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Capítulo 153: Ofensa A Los Inmortales Bajo El Cielo.
En un castillo enorme, donde el aire salado corría y las aguas del mar se acumulaban en el interior, las personas nadaban a la intemperie.
El sol estaba completamente opacado por nubes negras. Hasta donde alcanzaba la vista y más allá, los rayos no tenían cabida.
Un hombre miraba el cielo con una expresión complicada. Llevó una mano al pecho, sintiendo su estado por un instante.
Entonces sus ojos se abrieron con pavor.
Con una mirada peligrosa, echó a correr como si cazara una presa entre los corredores del castillo. Salió al patio, dirigiéndose a una zona desprovista de personas.
Una tumba, un altar, un monumento, una condecoración…para muchos no era más que un detalle decorativo.
Para él, era una llama de esperanza.
La estatua estaba construida con una piedra lisa como el vidrio, decorada con rubíes rojos que realzaban la vestidura tradicional de los años previos al resurgir mágico. El hombre, de ojos azules, piel blanca y cabello amarillo, miraba aquella estatua con incredulidad.
Lentamente, casi con reverencia, se acercó.
En los ojos de la estatua brillaba una llama azul.
Cada vez más opaca.
Cada vez… más muerta.
Tragó saliva, completamente desconcertado, con el corazón latiendo a mil por hora. Abrió la boca con agonía mientras negaba suavemente.
—Esto… no es posible. Desde el inicio hasta la eternidad, cubriendo los cielos con sombras, trayendo nuestro paraíso a la tierra… ese era el juramento… entonces… ¡¿por qué están pereciendo?!
Tomó la estatua por los hombros, como si intentara exigirle una respuesta. Sus labios temblaron al ver que uno de sus ojos azules se había apagado por completo.
—Esto es muy rápido… Incluso si intentaran suicidarse, no podrían. ¿Qué está violando el orden del mundo… gran ancestro?
Estiró las manos, rebuscando en la ropa de la estatua. Allí presionó un botón.
Una compuerta se abrió.
Entró a una caverna completamente decorada.
Cientos de estatuas se encontraban en una galería circular, cada una con ropas antiguas… de varios siglos atrás… incluso milenios.
Tragó saliva.
La incredulidad pronto se convirtió en rabia. Apretó los dientes, mostrando los colmillos. Aquellos ojos azules pasaron a brillar en un tono traslúcido. La sangre en su interior comenzó a hervir, dando a su piel una coloración rojo brillante.
—¿Quién es el desgraciado que ataca a los antiguos espíritus de mi clan?
Miró una última vez las luces apagándose… hasta que finalmente solo quedó una.
La ira no desapareció, pero se mezcló con impotencia, desdicha y sed de venganza. Cayó de rodillas, mordiéndose los labios hasta sangrar, mientras lágrimas carmesí caían de sus ojos.
Cuando levantó la mirada, las sombras a su alrededor se movieron.
—Es ese sujeto… le di una advertencia y nos subestimó.—sus ojos rojos se llenaron de oscuridad—Debí atacarlo con mi cuerpo principal.
Lentamente miró la estatua del centro, cuya luz apenas seguía viva en uno de sus ojos.
—Gran ancestro… traeré la venganza a nuestro linaje.
Agitó su capa y se fundió en las sombras.
Afuera del dominio, un único rayo de sol empezó a filtrarse, levantando alaridos y exclamaciones… hasta que la expansión se detuvo.
En otro imponente castillo, una mujer estaba sentada sobre un trono.
La cubría una gigantesca estatua de un demonio mitad murciélago, con la boca abierta mostrando dientes afilados y, en el centro, un trono de lana roja. Una larga mesa dorada se extendía bajo los escalones, con una gran cantidad de personas sentadas.
La mujer miraba al vacío.
En realidad, interceptaba señales enviadas desde todos lados mientras agitaba una copa en sus manos. Mostraba apenas los dientes, pronunciando sonidos cortos y suaves, casi inaudibles. Terminaba una conversación, iniciaba otra.
De pronto, sus manos dejaron de moverse.
Poco a poco, sus ojos se abrieron con completa incredulidad.
De fondo, las personas dejaron de moverse también.
La sorpresa desapareció lentamente de su rostro. Bajó la mirada con ambivalencia. Tras un largo suspiro, reclinó el cuerpo en el asiento, dejando entrever sus orejas cortas y puntiagudas.
Sus ojos se volvieron determinados, sin rastro de furia.
Esta vez su voz sonó clara.
—Se lo informaré a su majestad… esto es una declaración de guerra.—miró a uno de los presentes.—Parece que tendremos que intercambiar roles pronto. Pensé que presidiría la junta más tiempo.
Un hombre ajustó una pila de papeles antes de hacerlos desaparecer en un anillo. Señaló al vacío y una proyección de los documentos apareció.
—No te preocupes. Daré lo mejor de mí para no dejarte mucho trabajo cuando regreses a cumplir tu tiempo —dijo sin darle importancia.
La mujer miró a un costado.
Entró a una habitación sin puertas.
Simplemente apareció en su interior.
Allí había un ataúd cerrado, completamente lujoso, decorado con cruces invertidas.
Su mirada se volvió oscura.
—Lucius… estúpido cretino… no importa lo que haya pasado antes, aún eres mi yerno. Por haber dañado así a tu clan… esa serpiente lo va a pagar.
Pasó un dedo sobre la tapa del ataúd, dejando una huella de sangre.
Al abrirlo, apareció un hombre perfectamente conservado.
Vestía túnicas negras y doradas, cuello alto, botas de cuero, anillos de oro. Su piel tenía una ligera coloración morada.
La mujer murmuró unas palabras inaudibles.
El hombre abrió lentamente los ojos.
Su tez morada regresó a la normalidad.
Sus primeras palabras fueron:
—Asumo que tiene que ver con el Dragón Rojo.
La mujer se inclinó con respeto.
—Lamento interrumpir su juego de experiencia humana. Es usted perspicaz.—una luz peligrosa brilló en sus ojos—Los antiguos espíritus del clan Sombra del Firmamento, a excepción del patriarca… murieron.
Los ojos del vampiro se abrieron con brusquedad.
La mujer afiló la mirada.
—Y lo peor… ninguno de ellos murió huyendo. Por la velocidad de extinción, murieron en lucha, en una masacre.
Su largo cabello se elevó con una energía apenas contenida, levitó lentamente. Su aura brilló roja, desprendiendo un aroma a sangre que haría vomitar a cualquier humano y enloquecer a cualquier vampiro.
Se puso de pie.
Apareció frente al trono.
Sus ojos dejaban marcas rojas al caminar.
En vez de sentarse…
lo destruyó de una patada.
Miró a los sorprendidos vampiros que conversaban alrededor, quienes tragaron saliva.
—Ya no hay más burocracia. El dominio del espejo fue advertido…ahora morirá.
Un escalofrío recorrió todo el lugar.
Una sensación ominosa de muerte se instauró.
Arriba en el cielo, el sol fue opacado.
No por nubes.
Ni por la luna.
Sino por una masa negra de absoluta oscuridad que cubrió gran parte del firmamento.
Todos levantaron la vista.
Aldeas.
Pueblos.
Ciudades.
Mientras el cielo quedaba completamente cubierto por las sombras… el mar en las costas repentinamente se retiró.
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