Sistema de Evolución Universal - Capítulo 154
- Inicio
- Sistema de Evolución Universal
- Capítulo 154 - Capítulo 154: Aquello que el Dragón no puede devorar
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 154: Aquello que el Dragón no puede devorar
Bajo el cielo rojo, las nubes coloridas avanzaban con gran calma.
El silencio lo ocupaba todo, ni las banderas del castillo se atrevían a hondear. La calma era completamente perpetua.
El sonido del viento parecía querer decir algo. Las ventanas abiertas parecían querer escapar del castillo, al igual que los miles de insectos y roedores que huían despavoridos.
Pese a todo, la calma no se rompió.
Drakar se levantó de una cama blanca, repleto de seda. Dejó dos cuerpos femeninos atrás, dormidas. Una esfera de vidrio le seguía en su caminar.
Sin importarle la formalidad, se puso lo primero que encontró. Por los pasillos del castillo caminaba con pasos sonoros y ligeros, los pantalones rojos, la camisa blanca, las botas de cuero negras; el conjunto improvisado, pero aún así pomposo. Pasó por una ventana con vistas al patio destrozado.
Llegó frente a un trono pulido y hermoso, rodeado por sillas rotas y un suelo repleto de polvo, astillas y piedra molida. Levantó la vista, la imagen elevada del trono era venerable, sus ojos brillaron al contrastarlo con la devastación que lo rodeaba.
Sentado en el trono, llevó una mano a la mejilla, con la mente en las nubes, recordando…
«¿Qué acabo de ver?»
La pregunta se repetía en su mente cada pocos minutos, pero últimamente empezaba a repetirse cada pocos segundos.
«Simplemente absurdo, esto no tiene sentido.»
Lo pensó otro segundo, tal vez dos. Estiró la mano y amplió el tamaño de la esfera. Miró el capullo de madera con algo de alivio.
«Esas… cosas llamadas personas… son las más monstruosas que conozco.»
Miró una pintura, una escena. Un reino conquistado, un hombre decapitando un rey. Las paredes mostraban sombras de más cuadros. Levantó la vista, una imagen esculpida con vidrios de colores mostraba el emblema de tres cabezas. Entrecerró los ojos con un ligero aire frío pasando por su mejilla.
«Esas cosas no ceden, aunque les amenaces con la muerte. Cielos de verdad, qué hipócrita enviar a alguien así a este mundo.»
La imagen se centró en el anciano y el mago que atacaban. Sus labios dudaron un poco antes de pronunciar.
—Más les vale que quemen ese cadáver, no quiero volver a verla.
Las personas en el reflejo se estremecieron. Instantáneamente redoblaron esfuerzos.
—Se lo juro, mi señor. No nos retiramos hasta cumplir la demanda. —pronunció el anciano.
Drakar se sacudió las arrugas de la ropa, con un aire de indignación. Entonces una voz irrumpió en su mente.
«Mira quién habla de hipocresía.» respondió una voz con algo de ironía. «Aquél que simplemente usa los seres sin dueño, que no poseen cuerpo y no les interesa la muerte.»
La postura cómoda de Drakar se deshizo, ahora perfectamente digno y erguido. Cerró los ojos, con su aura buscando en todos lados.
—Volviste. ¿Qué vienes a hacer? Sabes que no puedes intervenir.
La voz no respondió por un largo momento. El ambiente, en cambio, era calmado, como si esa voz se hubiera ido hace mucho. Pero Drakar no se creyó que se haya ido.
Esperó.
Siguió esperando.
—Me preguntaba qué hacías ahora, pequeño Drakar. Resulta que haces lo miso de siempre.
Drakar levantó una ceja, la voz se había escuchado con claridad, no el pensamiento, la voz.
—¿No te importa la muerte de esa mujer? —preguntó con incredulidad. —Pensaba que estarías furioso.
Una persona, un espejismo, una ilusión. Drakar no pudo abrir los ojos, pese al esfuerzo en su rostro por hacerlo. Un hombre envuelto en un círculo de luz amarilla, con nubes arropando su cuerpo, soltó una ligera sonrisa.
—En realidad no me importa. Ya hizo su cometido. Lo que decida hacer ahora no está bajo mi mandato —con un timbre seguro y calmado agregó. —Aunque ya me imagino lo que hará.
Drakar hizo una expresión horrenda. Su rostro cayó al verse arrastrado a tal lugar.
—Te atreves a manipular a alguien del estrato inferior. En un mundo que iba a ser destruido.
La figura se rascó una mejilla, mostrando una sonrisa irónica.
—Bueno… tengo una promesa que cumplir de muchos años atrás para hacer feliz a alguien. Antes del periodo del universo borrado, justo después de la gran decepción.
Drakar lo miró confundido.
—Incontables años atrás, pero aún buscas cumplir tal promesa. ¿Eres estúpido?
La figura elevó ligeramente las manos, dejando ver lazos que salían de él.
—Bueno. Considero que no está bien romper el karma, soy más de los que gustan de saldar cuentas y cumplir promesas. —sus ojos se volvieron acusatorios. —Así me libero del karma yo.
Drakar rodó los ojos.
—Déjame volver. Los cielos no te perdonarán si matas a este yo.
Aquél sonrió gustosamente.
—Claro que sí, te dejaré volver ahora.
No hubo luz, ni movimiento. Nada que advirtiese un acto. Simplemente fue Drakar mirando al trono, como si siempre lo hubiera estado viendo. Sus ojos se abrieron con sorpresa, sus dedos temblaron.
—¿Cuándo me puse de pie?
Con un tono irónico, la voz sonó en su cabeza.
«¿De qué hablas? Siempre estuviste de pie ¿Cuándo según tú, fue te sentaste?»
Drakar guardó silencio un momento, analizando lo ocurrido. Su propio qi estaba estaba en el entorno, pero las huellas de sus botas no estaban marcadas con el polvo al subir las escaleras. Un escalofrío pasó por su espalda.
«El paso prodigioso.» su sorpresa se transformó en enojo «¡eres uno de ellos!»
Pero no hubo respuesta. Incluso media hora después.
Drakar finalmente se sentó, expandió la esfera. Su rostro cayó.
En la imagen, estaban sus tropas siendo asediadas por espíritus de todo tipo. Desde el mar, una plétora de animales y seres extraordinarios volcaban vehículos y navíos, invadiendo las costas. En las ciudades centrales, el cielo había ennegrecido y las calles estaban manchadas de sangre corriendo por las carreteras.
Drakar frunció el ceño. Sintiendo que habían herido su orgullo, estiró una mano con una imagen de un bosque sumergido en misterio, donde no se observaban casas, ni construcciones; ahí se abrió una gran grieta, en ese instante se formó el caos, de las piedras, plantas y todo elemento presente, salieron decenas de espíritus; de la grieta, salieron entidades deformes con ojos verdes, sonriendo, los cuerpos de carne abrieron la boca y devoraron a los espíritus más pequeños, como si las aspirase.
El Dragón Rojo sonrió satisfecho, luego la imagen se dividió: Una ciudad en penumbra, otra bajo el mar.
En la tierra, un pequeño agujero aguardaba. En aquel lugar, un grupo de hormigas trabajaba con calma. Las hojas se llevaban en fila. Cuando un pájaro desafortunado comenzó a comer, se le subieron para picar, pero, lejos de asustarse, el pájaro se revolcó más mientras picoteaba alegremente. Se fue con el buche lleno.
Entonces una sombra cubrió las colmenas. Las hormigas siguieron trabajando, al menos al inicio. Cuando la misma ave cayó al suelo, seca, las hormigas comenzaron a despellejarla; pronto, las hormigas del buche, de forma antinatural, comenzaron a salir.
Un zumbido sonó, presagiando una batalla; el olor traía promesas de muerte. Las hormigas huyeron al interior de la tierra.
A lo lejos, una nube de murciélagos avanzó. La luz del sol había desaparecido.
En las ciudades, las personas también habían seguido trabajando, al menos al inicio. Cuando el zumbido poco a poco se transformó en noche… y la noche en aleteos. Cuando las calles estaban bañadas con aroma a metal, los ojos rojos se enfocaron en una dirección, donde aún había sol.
A lo lejos, cruzando las montañas, Drakar estaba con los brazos cruzados. Podía ver una línea negra en el horizonte. Levantó una ceja; luego, una risa burlona se formó.
—¿Qué estupidez están haciendo? —miró atrás, a las dos mujeres—. Largo de aquí.
Agitó la mano. Elena tomó a la sirvienta y se deslizaron por el aire.
Esperó pacientemente, mirando la línea negra crecer más y más.
Giró apenas la mirada, sintiendo una manipulación de qi. Ante sus ojos, una luz se movió por el cielo, como si se desplazara a través de un tubo de succión, siguiendo una dirección preestablecida.
Drakar rodó los ojos.
—Ya no las necesito de todos modos —miró al horizonte, estirando los brazos—. Hay algo más entretenido que hacer.
Pequeñas esferas luminosas se formaron, del tamaño de luciérnagas.
No hubo advertencia ni parpadeo en el cielo, solo el sonido de alas batiéndose.
El cielo, antes rojo, repentinamente se tornó negro.
Drakar sonrió. Volteó una mano y una pequeña esfera blanca se elevó, mientras en la otra había una esfera roja.
Acercó las manos, mirando el cielo negro. Entonces sopló ligeramente.
Ambas esferas volaron. Los murciélagos se arremolinaron; fundidos en la sombra, hicieron un lazo que retuvo a las esferas momentáneamente.
Drakar se burló en seco. Mandó otra esfera: explotó en el cielo. Un líquido parecido al petróleo cayó, empapando la ciudad.
—Tontos…
Drakar envió otra esfera cuando, de repente, de sus pies salieron dagas. No se sorprendió; simplemente arrastró un pie en una vuelta completa, formando un círculo. La patada destruyó las sombras manifestadas, dejando a su vez un círculo mágico anaranjado.
Las flamas se elevaron al cielo, iluminando en todas direcciones. Las sombras retrocedieron bajo el cielo.
Con la mirada en alto, Drakar levantó una ceja, con una mano en la mejilla. No parecía sorprendido, solo contemplativo.
Una ligera sonrisa se formó en sus labios.
—Con que es así… uno de esos sujetos orgullosos vino. Eso explica el cielo oscuro. —dijo, mientras se limpiaba la cera de la oreja.
Las nubes parecieron condensarse; remolinos se dejaron ver con claridad. En el interior, miles de ojos observaron.
Drakar negó lentamente, con una sonrisa.
—Envíen a miles si quieren, no importa.
Como una cascada, empezaron a caer de las nubes, o eso parecía.
Cuando finalmente tocaron el suelo, los cuerpos reventaron en una pasta viscosa y oscura. Se movieron como gelatina, aglomerándose unos junto a otros. Cuando se juntaron lo suficiente, un hombre de treinta metros se formó, envuelto en sombras.
—Ya ves, es casi lo que me imaginaba —suspiró.
Envió otra esfera, apuntó con el dedo y explotó. Las esferas roja y naranja, contenidas por las sombras, fueron liberadas con la exposición.
Con una sonrisa confiada, el Dragón Rojo las juntó.
El mundo se convirtió en luz. Una cúpula de pura luz blanca, enorme y extensa. En el centro: Drakar.
Negó decepcionado, como si educara a un infante.
—Tú no eres el mejor con las sombras, monarca vampiro. Solo eres un orgulloso más.
La cúpula se torció desde afuera. El movimiento fue leve, mínimo, pero Drakar abrió los ojos y saltó. Una sombra se formó repentinamente en sus pies, dejando una abertura. Desde afuera, la oscuridad se filtró como si fuera una gotera de agua.
Drakar miró horrorizado mientras flotaba en el aire, esperando que quien haya hecho eso saliera de las sombras. Entonces escuchó una voz, no desde abajo, sino desde arriba, donde la luz era más fuerte.
—¿Entonces prefieres enfrentarme a mí?
Drakar, sorprendido, se dio vuelta rápidamente.
Un ser sin ojos, con la boca enorme ostentando varios pliegues de dientes, sin lengua, piel gris y una cola en lugar de piernas, se dejó ver. Empujó sus delgados músculos; la mano extendida iba a su garganta, con siete uñas filosas y largas que brillaron como el acero.
El movimiento por sí solo estremeció la cúpula de luz desde el interior, pero no dejó huella ni onda de impacto. El sujeto abrió la boca, como si quisiera sonreír, pero sin labios. Aun así, en el interior de sus fauces, la oscuridad estaba a salvo del mundo iluminado; se movió formando una lengua.
—Veamos cuánto me nutre tu cuerpo.
Las fauces se abrieron de forma imposible, dejando salir tentáculos de sombra que parecieron alejar a la luz misma; cada segundo crecían en grosor.
Drakar esquivó por los aires, concentrando los pliegues de la esfera para hacer más luz. La temperatura aumentó considerablemente, pero aún así, las sombras que cubrían al enemigo no lo dejaron de buscar.
Mientras esquivaba, comenzó a murmurar algo ininteligible. Finalmente chasqueó los dedos y la cúpula comenzó a rotar, quemando poco a poco las sombras, pero no lo suficientemente rápido. Esquivó, habiendo ralentizado los tentáculos.
Estiró una mano, dibujando un círculo mágico, pero los tentáculos volvieron a atacar. Atrapado en una persecución infructuosa, donde no podía salir de la cúpula sin asegurar su muerte y no podía atacar. Suspiró mientras se rascaba la cabeza.
—Supongo que cambiaré de estrategia.
Inhaló profundo y se abalanzó en el aire, los brazos estirados envueltos en fuego. Sus ojos se convirtieron en óvalos reptilianos, profiriendo un grito de batalla.
Estando cerca, no lanzó un golpe, sino que aplaudió. Las vibraciones de su aplauso sacudieron el aire; el fuego vibró con fuerza y, momentáneamente, se transformó en plasma.
El ser sombrío tuvo un ligero espasmo. Pero sus manos se reubicaron en posición de lucha, bloqueando el ataque, mientras las sombras de su boca apuntaron a las extremidades de Drakar. Al mismo tiempo, las sombras fuera de la cúpula empezaron a girar en sentido contrario.
Entonces, como si tirase de hilos, Drakar tomó parte de la cúpula con las manos y la la jaló desde adentro, concentrando la luz en el lugar donde estaban. Con una sonrisa, miró al ser sombrío.
—Te tengo.
Desde las fauces del descolorido ser, ojos y bocas de todo tipo se mostraron, diminutos, extremadamente diminutos. Voces chirriantes hablaron en multitud.
—Te tenemos.
Entonces el aire se congeló. Por un momento, Drakar sintió que la situación se invirtió y la cúpula era de oscuridad pura, mientras el mundo afuera era de luz.
Su corazón se heló sin razón aparente, como si fuera una reacción natural. El mundo se quedó quieto por un instante, como si todo estuviera terminado, como si ese momento fuera… completo.
Tambaleó.
La ilusión se rompió: la luz seguía adentro, las sombras en el exterior. Pero algo se agitaba dentro de él. Desde el interior de su corazón, entre sus propios órganos, una presión comenzó a manifestarse. Luego el dolor se intensificó. Drakar se inclinó de dolor, sus ojos temblando.
La criatura sonrió. La lengua de sombras se movió.
—Nunca me verás perder, porque para empezar nunca me verán.
Drakar lo miró con una sonrisa oscura.
—Malnacido…
Entonces lo sintió.
Los ojos de Drakar se abrieron con terror y desesperación, reconociendo una mala premonición. Entonces… estalló en sangre y vísceras, mientras una oscuridad persistente apareció en su lugar.
El ente descolorido levantó las manos, sus branquias abriéndose como si intentara inhalar algo. Abrió la boca, dispuesto a tragarse su recompensa sangrienta… y así lo hizo. Ese fue su último bocado.
En su interior, la sangre y los restos destrozados comenzaron a hervir. Las cenizas fueron expulsadas de su boca y branquias como si fuera un volcán en llamas.
Se llevó las manos a la boca, intentando escupir, pero no pudo. Sus fauces se abrieron enormes; flotó con la cabeza abajo y la cola hacia arriba, intentando que se deslizara con la gravedad, pero el fuego viviente pareció simplemente sujetarse.
La cúpula de luz no desapareció en media hora, pero cuando lo hizo, un hombre con camisa blanca, pantalones negros y botas de cuero estaba presente. Flotaba en el cielo como si no hubiera pasado nada.
Estiró la mano; su anillo brilló por un instante y apareció una máscara roja. Al salir, el aire de agitó con el calor. Las imágenes a su alrededor se volvían difusas, la máscara comenzó a temblar como el mundo la rechazara, hasta que sus manos tocaron el objeto y se estabilizó.
Al ponérsela, el qi de fuego lo envolvió por completo. Sus ojos dorados y fríos miraban a la noche, luego a la luna apenas apareciendo, con una fascinación viviente. La voz sonó irónica.
—Venerable de las sombras… ¡JA! ¿De qué sirve un venerable bajo el cielo? Sin la entrada a los cielos cerrada, no son nada.
Cuando el qi de fuego en la máscara descendió, cenizas vivas aparecieron de la nada, perdiéndose en el interior de su cuerpo. Miró por un instante la pluma de fénix que descansaba en él antes de guardarlo nuevamente.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com