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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 163

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Capítulo 163: Un Prodigio Ahogado.

El lugar es cálido.

Murmullos del viento cantaban por las ventanas.

La noche fría terminaba con calma.

En la cabaña cerrada, no había mantas para dormir.

El sonido de pequeñas crepitaciones invadía la sala, algunas luces de madera volando fuera de la chimenea.

Frío, afuera todo era frío. Pronto adentro también lo sería.

Una mujer que alegra los ojos estaba recostada sobre el suelo. Su cabello ondulado y amarillo, hermoso. Era armónico, ver la luz del fuego rebotar con el oro de su cabeza, como substancias que se absorben mutuamente, se complementan mutuamente.

Abrió los ojos.

Levantando una mano, lentamente la dirigió a su pecho, con una lágrima escapando, rojiza. La luz del fuego cambiando, azul por un instante, al siguiente rojo.

Una expresión que normalmente destierra halagos, cacografía poemas, ralla pinturas. Esta vez haría llorar a un adulto.

Apretando los colmillos, tensó las piernas contra el suelo. Las enormes prendas sobre ella estaban rasgadas.

Sus pies no hicieron sonido al caminar, la puerta anunció su retirada.

Afuera, un aire helado recibió sus mejillas, quemándolos ligeramente. Una cola verde se escondió tras el follaje.

Sus ojos siguieron el movimiento, el calor reflejado en su visión.

Reptando, un cuerpo largo se alejaba de la cabaña.

Levantó la mirada un momento.

—Otra serpiente… ¡que incómodo! ¿Cómo viví acá tanto tiempo?

El sonido de tierra siendo rascada llamó su atención.

La persona que encontró era, con diferencia, la más joven que conoció en su vida.

—¿Qué haces?

Ella observó desde lejos el dibujo.

Las orejas lupinas se retrajeron, bajando la mirada.

—Yo… quiero hacer un dibujo.

Reclinando la cabeza, aquellos ojos azules vieron el círculo deforme.

Negó lentamente.

—Para hacer un circuito mágico, el círculo debe ser lo más perfecto posible.

La mano del lobezno se apretó, con una piedra en mano.

Volvió a rascar el suelo, marcando líneas.

—No… no quiero algo mágico.

Levantó las cejas.

—¿Qué quieres? Si no es magia.

Aether se contrajo ligeramente.

—Yo… quiero un retrato.

El sonido del bosque llenó el silencio.

Neblina cubría todo, el blanco húmedo, frío… perdido entre una gota cálida y transparente.

Por un instante, Abby perdió la niebla.

Pero encontró algo más.

Su pecho perdió aire, por un breve instante su torso giró, lista para retirarse.

«¿Qué haría?»

Una breve sombra pasó entre la niebla, un aleteo familiar.

Se congeló. Sus pies volvieron a sonar con cada paso.

Esta vez, sonó.

—Estoy aquí, tú está aquí.

Su mano colocada en el hombro del joven, sin calidez.

Ella era fría, helada… su mano estaba temblando.

—Si te sirve de algo… bueno… yo también quería pintar… muchos años atrás. No se cuántos años fueron, pero bueno… tengo pinturas. Pensándolo bien, puede que ya estén secas.

Aether giró con sorpresa, la boca entreabierta.

Tragó saliva con dificultad, asintiendo.

—¿Me enseñas?

Un ligero temblor. Una neblina arremolinada. Una brisa que asoma las nubes… y las dispersa.

Abby lo miró unos segundo, y asintió lentamente.

—Claro.

Las mejillas de Aether se movieron apenas. Una potencia, un desflore, un prodigio que no fue.

Con un movimiento de la cola, borró las líneas en el suelo.

Sin origen: sin ser. Un paso que fue negado.

Ahogado el corazón.

El rostro sin emociones visibles.

Un tesoro, una caja pequeña, un símbolo familiar…

Una llave oxidada cayó en manos de Abby.

Ella lo miró con los ojos entrecerrados.

—Que horrible.

Al tomar aire, su figura se realzó, apenas, de entre las sombras.

—Deja que el tiempo se pierda, las rupturas no existen, los recuerdos guardados. Cuando el corazón recuerda, la mente pule.

Lentamente, la llave recuperó su apariencia novedosa.

Abriendo una puerta en la cocina, les recibió un cobertizo.

Aether parpadeó, extrañado.

—¿Dónde estamos?

La mirada de Abby fue severa.

Indicó que guarde silencio.

El lugar era oscuro, con solo pequeñas fuentes de luz.

Abby se tocó el corazón, viendo las dos llamas de fondo brillar, azules, solitarias.

Haciendo una reverencia, tomó un lienzo, pinceles de todo tipo, telas, piedras de colores y demás cosas.

El canto de ranas y sapos se escuchaba de fondo.

Una enorme roca adornaba el ambiente, tallado de alguna forma desconocida, brindaba un asiento claro, un soporte para el lienzo y una mesa para herramientas.

—¿Cómo hiciste esto?

Abby se alisó el cabello, con una sonrisa de orgullo.

—Muchos años rasguñando, para que veas lo temible que soy.

La respuesta, inesperadamente, fue una mirada de asco y horror.

Aether miró sus uñas, luego acercó la nariz a la piedra.

—Al menos no huele a sangre.

Abby ladeó la cabeza.

—¿Por qué olería a sangre una piedra?

El niño se dio vuelta.

—¿Cómo pinto?

—Oye, no me ignores así.

—¿Cómo pinto?

Abby parpadeó.

—¿Quién te educa de esta manera?

—Perdón…

Alisando un poco la falda, Abby se puso de cuclillas.

Sus ojos se encontraron.

Tras un momento de silencio, ella concluyó.

—No hay problema. Déjame enseñarte.

Ella tomó las pinturas y un lado en el asiento de Aether.

Cuando el sol se colocaba casi a 30 grados, una voz distinta se dio a conocer.

—No está tan mal, aunque el dibujo es feo. En realidad, tienes buen entendimiento del contraste y dimensiones. En ese sentido me ganas.

Abby giró lentamente la cabeza.

—Amara… ¿Alguna vez dibujaste?

—Nop, nunca en la vida. Pero puedo decir que me saldría mejor, porque soy adulta.

Abby y Aether compartieron miradas dubitativas.

—¿Cómo dibujas tú? —preguntó el lobezno.

Abby se encogió de hombros.

—Una cosa son mis consejos, otra es mi práctica. No soy tan buena como me gustaría.

—Disculpen… —interrumpió Amara —en realidad creo que deberíamos ir a comer, antes de hacer cualquier cosa.

Abby se dio vuelta, pero el espacio se distorsionó.

De reojo, pudo ver apenas a Aether dando unos pasos.

Apareciendo frente a Amara, cortó el paso levantando los brazos. Él la miró directamente a los ojos.

—¿Dónde está… ella?

Con una ligera sonrisa, Amara suspiró.

—Ella está bien. Se fue a hacer algunas cosas, volvió anoche.

Con ojos entrecerrados, él volvió a preguntar.

—¿Cuándo llega?

—Supongo que hoy, dijo que intentaría acabar antes de que el día llegue, pero tal vez no pudo.

Bajando ligeramente los brazos, el lobezno hizo una última pregunta.

—¿Soy un estorbo?

Antes de darse cuenta, los ojos de Abby cayeron.

Vacío, en su pecho había un túnel, un pozo.

—No lo eres —dijo ella.

Aether volteó a verla.

Reusando la mirada, Abby habló detenidamente.

—Ella no se fue por ti… se fue… para ti. Para que estuvieras bien. No fue un abandono… no lo fue.

Aether apretó los puños, pero una mano cayó su cabeza.

—Muchacho, no lo pienses de más. Ha veces los mayores se van por unos días, es totalmente normal.

Ella lo miró con seguridad.

—¿Entonces porqué mi mamá nunca se iba?

Amara entrecerró los ojos.

—Tu madre estaba en una situación diferente. Su sufrimiento… bueno, ella estaba cautiva.

—Pero… ella me rechazaba, cerraba su habitación con llave cuando la montaña era fría. Apenas llegamos, me envió a esa secta solo con Abby, ahora me deja cuando nos persigues los malos.

Las manos de Abby cayeron sobre sus hombros.

—Ya basta. Entiendo tus dudas, pero siempre hay una razón. Seguro que si hablan ahora, ella lo puede explicar.

Girando, él exclamó.

—¡Dijo que me veía como una herramienta!

Una brisa fría heló los corazones.

No hubo piel erizada, solo ojos brillantes, puños apretados y respiraciones profundas.

Desde atrás, unas manos cubrieron al niño.

El calor, mezclado con el frío.

Aunque ella misma estaba helada, las orejas lupinas temblaban al son de la sangre. El corazón sonaba con fuerza, esta vez acompañado con otro latido.

¿Quién era quién?

Ella misma ya no lo sabía.

—Perdón… yo no… me pasé con mis palabras. No quería…

El cabello rubio caía a un lado de su rostro, la voz suave llegó tranquilizadora.

—Lo se, díselo cuando venga.

Amara ladeó la cabeza.

Brazos cruzados, con una mueca de enojo.

Caminó hacia el interior de la cabaña.

Por la ventana podía ver a dos personas sentadas juntas: Sofía y Richard.

Ella suspiró.

—¿Cuándo podré hablar con Maribel? A este ritmo, siento que nunca.

Pasos avanzaban con cautela.

Las olas del mar. Una brisa helada.

Un mundo en caos, una sonrisa tranquila.

Desde la sombra de los árboles, a varios metros de la playa, dos figuras contemplaban el infinito azul.

El viento agitaba el hanfu.

Dos pies descalzos, ligeramente enrojecidos.

Maribel soltó un largo suspiro.

—Wao… realmente es refrescante, el contraste entre la arena ardiente y la piedra fría.

«Sería mucho mejor si metieras los pies al agua.»

Maribel negó con desgana.

—Para eso tendría que caminar por la arena.

«Aún no está tan caliente.»

—Sí, claro… hazlo tú si quieres. —Miró alrededor—. Debería estar por aquí. Lo siento cerca.

Un brillo llamó su atención en el mar.

Hizo una mueca de desagrado y apartó la mirada hacia la izquierda.

—B-bueno… creo que el destino es irónico.

Dos risas surgieron casi al mismo tiempo, dos voces.

Una a su lado.

Otra en su mente.

Maribel juntó las manos con una dulce sonrisa.

—Rin, ¿no te gustaría…?

—Para nada. Yo soy como tu sombra. ¿Qué haría una sombra entrando a la luz?

Maribel entrecerró los ojos.

Rin se sobresaltó.

—Quiero decir… vamos, no seas así. Ya te ayudé durante muchas horas.

Maribel suspiró.

Se elevó, sus pies sin tocar la tierra.

A mitad de camino extendió la mano.

El brillo verde salió disparado desde el agua y cayó suavemente en su palma.

Ella ladeó la cabeza.

—Un corazón… realmente, no sabe usarla.

Lanzaba el corazón de arriba a abajo, atrapándolo en su mano.

En el tercer bote, lo que cayó fue la piedra que respira, no un corazón verde.

Girando, regresó con calma.

Rin rodó los ojos.

—¿Ves? Fácil.

Maribel giró el rostro sin responder.

Con expresión de fastidio, él reclamó.

—Pero tú no te cansas.

—¿Según quién?

Sentada sobre una roca, treinta piedras verdes flotaban a su alrededor, como pequeños astros.

—¿Qué debería hacer?

Rin se encogió de hombros.

—Podrías hacer lo mismo que hasta ahora.

Maribel alzó una ceja.

—Sabes lo que estuve haciendo hasta ahora, ¿verdad?

—Bueno… ¿te refieres a las piedras o a las personas?

Resopló con cansancio.

Acercó la piedra recogida, frente a sus ojos. Dentro podía verse a una sola persona.

—Finalmente… me preguntaba cuándo la encontraría. Se ve muy dañada.

Las hojas de los árboles se agitaban con suavidad. Algunos cangrejos caminaban de un lado a otro, hundiendo sus tenazas en la arena.

—Debería… hacer algo, ¿no crees?

La brisa soplaba suave.

Maribel entrecerró los ojos.

—Oye… ¿no vas preguntarme qué pienso hacer?

Rin rechinó los dientes.

—Maldita sea… ¿puedes dejar de ser jodidamente molesta un instante?

—¡Te di tiempo para que preguntaras! ¡Pero te quedas en silencio! ¿Cómo voy a explicarte lo que pienso hacer?

—¡Entonces solo dímelo!

—Ush… está bien. Voy a sacar a esta chica de aquí y restaurarla. ¿Satisfecho?

Líneas de venas verdes cruzaron los ojos de Rin, con los dientes rechinando.

—Tú fuiste quien… ¿por qué debería estar satisfecho yo?

Maribel apartó la mirada, riendo por lo bajo.

Un intruso, no… algo ignorado, llegó a su mente.

Su sonrisa desapareció.

«Así que un hogar… eso está buscando.»

Tomó aire antes de hablar.

—Oye, Rin, ¿realmente estás bien con esto? No te dejé cumplir tu trato con el sistema, sino que ahora debes esperar más tiempo.

Rin se reclinó contra un árbol.

—Estoy bien. Incluso creo que podría decir… feliz. O lo que más se parezca a esa emoción. Eres más confiable que mi gente.

Una sonrisa amarga apareció en los labios de Maribel.

—Perdón por eso.

Rin agitó una mano como si espantara una mosca.

—No te culpes por eso… tonta. No tiene nada que ver contigo.

Ella lo miró con incredulidad.

—Me sorprende que puedas hablarme así después de lo que te mostré. Incluso pareces más confiado. —Juntando las manos en un pequeño saludo, ella se inclinó —Prometo intentar llevarme mejor contigo… en la medida de lo posible.

Rin asintió.

—De hecho, lo que me mostraste solo reforzó mi idea original: un hogar es la solución para todo. Pero esos idiotas lo hacen mal.

Maribel levantó la piedra.

—Centrémonos en esto primero. ¿Conoces alguna técnica de restauración de almas? Esta está muy dañada.

Una sonrisa maliciosa apareció en el rostro de Rin.

Maribel entrecerró los ojos.

—Deja las vidas de este mundo en paz. Hay mucha energía aquí; no le quites a otros para dársela a ella.

Rin suspiró con frustración.

—¿Entonces por qué no lo haces tú misma? Seguramente conoces algún método.

Los ojos de Maribel evitaron los ojos verdes de Rin.

—Yo… acabo de olvidarlas… todas.

Rin tardó un segundo en reaccionar.

—¿Qué? ¿Las olvidaste?

Maribel asintió con una mueca triste.

—Muchas memorias ya se escaparon. Así que, si supieras un método para restaurar almas sin dañar a otros…

—No lo conozco.

—Entonces no me sirves.

Los ojos de Rin se abrieron de golpe.

—Deja de actuar como una niña mimada.

Ella giró la mano con indiferencia.

—Una persona en coma, de la que no sabemos nada más que su estado general, y me dices eso. Realmente no me sirves ahora mismo.

Con un gesto, las piedras desaparecieron.

[Has guardado un objeto sin clasificación.]

—Sistema, si me olvido, recuérdame sacar la piedra de la señorita Elune de Kaelmir luego. Aún debo curarla.

Miró de reojo a Rin.

Él lo notó.

—¿Qué quieres ahora, mujer?

Maribel exhaló suavemente.

—Está bien. Puede que no tengas la solución… pero quizá uno de esos dos que ultrajaste… ajem, redimiste tan amablemente, tenga alguna idea.

Rin asintió.

—Seguro que ese Consejo de la Voz Universal tiene algún método. Además, ¿por qué asumes que los ultrajé?

Entonces…

El mundo se detuvo.

Maribel frunció el ceño.

La energía verde de Rin se elevó.

Casi al mismo tiempo, ambos miraron al horizonte en el mar.

Fue ominoso, como si la noche hubiera usurpado el día.

Y durante un instante… así fue.

Lentamente, un enorme pilar de carne cubierto de ventosas emergió del océano. Se elevó hacia el cielo, colosal.

Las cejas de Maribel temblaron.

—No sé qué tan lejos está… pero sé que está muy lejos. Entonces… Rin, ¿por qué lo veo como si estuviera frente a mis narices?

El tentáculo llenaba toda su visión.

Hasta que la luz desapareció.

La criatura colosal fue devorada por la oscuridad.

Una presión invisible se extendió.

En una esquina del tentáculo algo se abrió paso: era apenas un fragmento de luz. A la derecha, podía ver una gran franja de kilómetros de playa iluminada, a la izquierda una gran sombra.

Las aves del bosque alzaban vuelo en pánico. Las hojas crujían. Animales gritaban.

La preocupación apareció en su rostro.

Rin sonrió con desgana.

—Siempre detesté cuando aparecía uno de esos. Son difíciles de matar… y el cuerpo… mis hermanos terminaban desechándolo tarde o temprano.

Maribel estaba a punto de suspirar.

Entonces lo vio.

La luz se deformaba.

Desde los bordes de su visión, la sombra se movía, abriéndole paso nuevamente al día.

La luz parecía esquivar el colosal tentáculo.

Por un instante se confundió, podía ver el sol reflejado en la colosal punta.

La sombra proyectada por el monstruo se arrastraba por el suelo como si estuviera viva.

Maribel observaba con apatía.

Hasta que su corazón cayó.

El reflejo del sol en la punta del tentáculo desapareció, y el monstruo cayó a gran velocidad.

Un silbido apocalíptico en el aire, el ruido reverberó en su pecho.

El aire vibraba, el sonido… de alguna forma visible.

—¡Eeeeeh! ¡Esa cosa va a golpear el mar!

El impacto partió el océano.

Rin silbó.

—Así que todo eso era hielo.

El mundo tembló mientras enormes montañas de hielo salían disparadas hacia la costa.

Maribel expandió su percepción.

Palmeras.

Insectos en las copas.

Mosquitos.

Monos.

Serpientes.

En la playa: cangrejos en la arena, gaviotas atrapándolos al vuelo, diminutos insectos ocultos bajo el agua.

Todo seguía vivo.

Sus ojos se oscurecieron.

—Joder… si mueren… sentiré todas esas muertes.

Respiró hondo, con las cejas contraídas.

Su cuerpo comenzó a crecer.

Creció.

Y creció.

Hasta alcanzar casi cincuenta metros.

Extendiendo ambas manos, una presión inmensa de qi surgió.

Montañas de hielo quedaron suspendidas en el aire.

Golpeando con la palma, un bloque salió disparado y chocó con otro aún en vuelo.

Más venían.

Cuando finalmente dejó de llover hielo, un vendaval recorrió el mar, acompañado del silbido estridente. Las olas se alzaron, el viento arrastrando aves que volaban lejos de la costa.

Maribel entrecerró los ojos.

«Con delicadeza, Maribel. Si bloqueas todo, el impacto irá al otro lado. Deja que el viento pase poco a poco.»

—Gracias por el consejo.

Los minutos pasaron.

Finalmente su cuerpo volvió a encogerse.

Una gota de sudor recorrió su rostro.

Rin la miró de reojo.

—¿Exhausta?

Maribel negó, limpiándose el sudor.

—Solo… me puse demasiado nerviosa.

—Ya veo. Así que es solo eso.

Maribel asintió.

Miraba el horizonte con seriedad.

Las olas habían cambiado.

Algunas chocaban entre sí, otras nacían desde el centro del mar y se extendían hacia ambos lados.

En la costa, el agua parecía teñirse ligeramente de rojo.

Maribel bajó la cabeza.

Los puños apretados.

—Realmente es refrescante… el contraste entre la arena ardiente y la piedra fría.

Levantó la mirada.

La calma regresó a su rostro.

Pero en sus ojos brillaba un filo.

Un pie tocó la arena, la roca crujió bajo su pisada.

Rin miraba el camino de piedra sobre la arena, los pasos de Maribel.

Mientras ella miraba el horizonte, dos estelas de luz amarilla sobresalían, más intensas que la luz del sol.

[Se ha fijado un objetivo]

[Disuelve el peligro en la frontera mar-tierra.]

—«»[]

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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