Sistema de Evolución Universal - Capítulo 165
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Capítulo 165: Ella Entre Ambos.
El viento soplaba frío, agitando el cabello corto; en los oídos susurrando, en los pies un suave masaje .
El agua debajo emanando frescura; cielo y mar trivializaban lo vivido en tierra.
Las sombras se asentaban en el horizonte, acompañadas por descargas eléctricas en las nubes.
Tras levantar una ceja, ella dio media vuelta.
—¿Por qué siento que mi ánimo decae?
Allá atrás, la tierra era estable.
Una mirada al frente, el mar puede ascender y ocuparlo todo.
Contrajo el ceño en disgusto.
—El aroma de la sal se mezcla con sangre.
Bajando la mirada, el agua no parecía tan roja como antes, pero la nariz ya veía lo que los ojos no.
Exhala, ojos cerrados.
Desde sí, un pulso se extendió como un radar. Sostenida en el aire, sin tocar el mar, pero mirando profundo.
Su mente reflejaba imágenes difusas, corrientes intensas y seres agitados.
La isla de hielo, ahora rota en pedazos, había cobrado sus víctimas.
En mar abierto, una masa de agua casi emprende vuelo, la cresta buscando apuñalar al cielo. No lo logró, salpicó aquellos pies antes de caer.
El agua gruñó mientras la marea la arrastraba, siendo observado por ojos brillantes desde arriba.
Ella permaneció impasible, mas sus cejas se movieron consternada.
Negando lentamente, reanudaba su vuelo con las prendas ondeando al viento.
Arriba los cielos eran fríos, oscuros y retumbantes; abajo la vida era fría, oscura y efímera.
Con el viento cortejando su cabello al vuelo, una voz la interrumpió.
«Detente, ¿qué crees que haces?.»
Ella parpadeó confundida.
—Intento disolver lo que sea que esté pasando.
Una masa de agua voluminosa volvió al acecho… y se abalanzó.
Ella se elevó un poco para evitar el frío tacto del agua, saliendo victoriosa y con pies secos.
«Un lobo, una potencia bajo el mar y dos avatares de seres elevados. No eres capaz de meterte ahí, los reinos bajo el cielo verdadero ya no son definitivos.»
Ella ladeó la cabeza.
Tras un instante, sus ojos abriéndose de golpe.
—¿Qué?… ahora no son definitivos… eso significa…
«Reinos inferiores pueden salvar la diferencia de poder con técnicas.»
Su garganta seca, tal vez no era el aire frío, pero el corazón…
Tras un carraspeo, ella objetó.
—Aún así… encontré el alma de esa mujer, así que la piedra era del Dragón Rojo, lo que significa que él está.
En él se perdió la voz de un buen mozo.
«¿Qué piensas hacer?»
Ella guardó silencio.
Frente a sus ojos, cuchillas en vez de pestañas, y no lo ocultó.
—¿No es obvio? Voy a detenerlo de una vez por todas.
El viento aullaba cada vez más fuerte, mientras el mar agitado revelaba pequeños peñascos, puntas de piedra como lanzas.
«No lo hagas, podrías arrepentirte. Las cosas ya están dadas.»
Ella soltó un suspiro pesado.
—¿Cómo era tu nombre…? Yo… ya no recuerdo.
Un momento de silencio, con la bestia llamada mar debajo, pero sin temor.
Una risa irónica sonó, luego le respondió en su mente.
«Así que ya estamos ahí. No te preocupes, no te prohíbo nada, no es mi derecho.»
Maribel bajó la cabeza, pensativa.
—No pertenezco allá, sino acá. Si las cosas ya están dadas, mi intervención también debería contar. —con una sonrisa irónica agregó —Además, tengo la sensación de que Vaelithra tampoco es de acá, sino de arriba.
Por un momento la luz desapareció del cielo, ella dio vuelta para observar. Se elevaba una enorme masa: el rey leviatán azotando.
Podía ver las ventosas moverse, atrapando las sombras.
Ella siseó con molestia.
—Otra vez eso…
Barriendo con una mano, el agua fue estancada, el viento contenido.
De este lado nada pasó.
Del otro lado el viento rebotó alborotado, olas se elevaron como murallas. Por largo rato, el mar mecería en sentido contrario.
—Si no me dejan intervenir, ¿entonces por qué el sistema me plantea un objetivo?
Con la espuma dispersándose en el agua, la superficie se tiñó de un blanco casi divino.
Y el mundo pareció pensar creerlo, porque la calma simplemente irrumpió.
«El que está en el cielo pisa la tierra.»
«El que pisa la tierra está en el cielo.»
«¿Dónde están el este, oeste, norte y sur?.»
Una sombra se asentó en los ojos de Maribel.
—¿Nunca te dijeron que esos acertijos son molestos?
Una emoción ajena, una presencia familiar.
Maribel sonrió casi a la vez que el sistema.
«De hecho sí, muchos lo dicen. Ve a pelear si quieres, no está prohibido.»
Ojos al cielo, las nubes la saludaron parpadeando con luz.
Los truenos eran como un rugido.
«Mira esto… parece que el cielo realmente me invita a pelear.»
Su cuerpo se elevó, la batalla tirando por ella hacia el cielo, pero un peñasco se reveló bajo el agua, con el mar dejando paso a la vista.
Lo pensó un momento.
—Tu plan ya terminó, ¿verdad?
«Así es, pero como quisiste quedarte entonces tendré que actualizarlo.»
Sus pies descalzos tocaron la roca húmeda.
—Ya veo… así que todo ya está dado.
Alzó la mirada, casi a unos cinco metros de altura, una masa de agua se acercaba para envestir la estructura rocosa.
No lo hizo.
El agua frenó, el perímetro definido como si un muro lo contuviera.
—Aunque pertenezco acá, no es asunto mío. Entonces ¿por qué puedo intervenir?
El interior del mar lucía más en calma que arriba.
«Por la misma razón que un verdadero iluminado no puede ser vencido: Un pensamiento lo cambia todo. Tu pensamiento tiene la forma para intervenir, así que el cielo no te detiene, pero no eres un iluminado verdadero.»
El sonido de truenos llegó desde lejos, las olas eran cada vez más altas, el mar cada vez más embravecido.
Ella entrecerró los ojos.
—Seguro que la fuerza bajo el agua es más torrentosa.
Entonces lo vio, oscuro y espeso.
Podía sentir la viscosidad con solo verlo.
El corazón apretado, como si un bicho se arrastrase en su piel.
Ella se estremeció.
De las profundidades del agua, impurezas llenaban hasta la superficie, incluso el mar parecía temer diluirse.
Una sonrisa amarga, una expresión de contención.
—Por favor… que asco. —suspiro
Arriba, la batalla. Abajo, el sufrimiento. Ella entre ambos.
El mar se cerró, el agua golpeando la roca hundida.
Desde debajo, ella se elevó unos instantes sobre el mar.
En sus ojos se reflejaban las nubes.
El cielo oscurecido.
Abajo era un caos, las sombras densas.
Un rayo de sol oprimido, por un instante traspasó las nubes.
Ojos cerrados, su mente guardó silencio.
—Parece que el mundo es mi paciente ahora… y tú la medicina. Tendré que estabilizarlo un poco.
Las gotas de agua escurrían por su cabello, bajando por la cintura y cayendo al mar desde los pies.
Un suspiro se le escapó.
—Esto es más importante.
Asintió para sí, con una sonrisa clara.
Las gotas de agua caían al mar… y ella también.
En la superficie, el mar apenas chapoteó mientras un relámpago iluminaba el cielo.
Solitarias eran la marea azorante y el viento sibilante.
La masa de agua se contrajo, mientras su cuerpo se hundía, aquel gran tentáculo volvía a levantarse.
Lo que quedase de la isla artificial se quebró.
El hielo salió expulsado como metralla bajo el mar. En las profundidades, la sangre manchaba el agua.
Los corales desprendían un líquido negro como petróleo.
Un pez payaso devorado por su propio hogar, la anémona que brindaba protección. Una orca perseguida por pulpos, una esponja devorando una estrella.
Ella no miraba con los ojos, pero el sentido divino se lo enseñó todo.
Tras un leve espasmo, extendió las manos.
Las piedras verdes fueron expulsadas de su pecho, volando en todas direcciones, absorbiendo impurezas flotantes a más no poder.
[Maestra, ¿deseas limpiar directamente las impurezas de las vidas?]
Ella negó lentamente.
«Eso no, solo evito que se descontrolen por la contaminación.»
Una zona en espacial era más opresiva, pero estaba vacía de impurezas.
Extrañada, miró más de cerca.
Ojos verdes la recibieron, sangre, heces, podredumbre y barro.
Arcadas bajo el agua, la sal filtrándose a su paladar.
Algo la tocó, y ella sabía exactamente qué… o quién.
«Maldición… Rin, ¿qué haces acá? Creí que te dejé en la horilla.»
Riendo entre dientes, el cadáver simplemente pensó.
«¿Cómo perderme de este festín? Hay tanto en el mar que me quedaría a vivir aquí. ¿Guardarás algo de esas piedras para mí?»
Levantó la mano enseñando algo: Un camarón que forcejeaba.
Ella lo miró con amenaza en sus ojos.
«Prefiero no hacerlo, las guardaré para emergencias, no vaya a ser que te vuelvas loco. Por cierto… conozco a ese camarón, es mejor que lo sueltes.»
Rin miró con fastidio, aventó el animal y se fue.
Su cuerpo absorbiendo impurezas, un rastro de limpieza en su camino mientras nadaba feliz en la suciedad.
Maribel miró el camarón en sus manos, el cual hizo un saludo cordial… o lo más parecido a uno.
Finalmente pude escribir, y se me dio por hacerlo bonito xd
Calma, silencio, ecos.
El mundo bajo el agua parecía haberse adormecido.
Profundo, enorme y oscuro.
Luces verdes flotaban en el abismo como faros solitarios, dejando reflejos en el agua.
Un cardumen estaba quieto, temblando; otro estaba en movimiento, errático.
En la superficie el agua se agitaba potente y demencial, acompañado de los cielos cayendo en lluvia.
Con calma, ella salió de lo profundo, sus extremidades quietas, su cuerpo a flote.
El mar agitado empequeñecía en furia al de hace unos minutos.
Llevó una mano a las cienes, intentando salvar sus ojos de la intensa lluvia, deseando ingerir aire mientras el agua buscaba sus fosas nasales.
Abrió la boca para respirar.
Suspirando, habló entre dientes.
—Esto fue asqueroso.
Acto seguido escupió un cúmulo de saliva negra, mientras un relámpago serpenteaba en el cielo.
No había sol, ni estrellas.
—Si no hubiera visto llegar el día antes, juraría que es de noche.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo, seguido de un aliento visible.
—El frío no hace más que empeorar…
Alzando la vista: el cielo negro y relámpagos. Más abajo una cúpula de luz, rodeada de sombras por dentro y fuera.
En el aire, la lucha parecía caótica.
Si algo compartían todos, el silbido del viento en sus oídos, y Drakar escuchaba ese mismo ruido sibilante.
El Dragón Rojo se movilizaba sobre su cúpula de luz en una frenética batalla… cuando de repente su mente se enfrió.
Aquella conciencia fue robada por un instante, tal vez por un milisegundo.
«Alguien me indujo el sueño.»
Su cuerpo tenso.
“No tenías que llegar tan lejos… pero sigues haciendo exactamente lo que hacías.”
Ante él aparecieron ojos dorados y verdes.
«¿Qué es esto?»
Su corazón se tambaleó.
«Te dejé seguir demasiado tiempo…Y si alguien tiene que responder por esto… entonces seré yo.»
Él llevó una mano a su pecho, casi por instinto, y era pesado.
Sus ojos temblaron, su conciencia dolió. Pero lo aplastó con determinación.
«¿Intentas redimirme? Tonterías… ya lo comprobé. Cuando alguien intenta salvar a las personas, el cielo lo destruye.»
La voz regresó con una emoción complicada.
«Nunca lo alcanzarás así. No es un barrera, es una condición.»
Con una risa frívola, Drakar cortó con la mano el vacío.
«Todo cede ante suficiente poder.»
Mientras el mundo de ensueño se difuminaba, Maribel dejó unas últimas palabras.
«Eso es lo único que no.»
Drakar escupió al suelo.
«Qué eficiente… ahora también forman mártires.»
La alucinación desapareció, remplazada por la imagen del venerable de las sombras, extendiendo los brazos.
Sus ojos temblaron.
La noche pareció inundar el interior de la cúpula, pero él ya conocía ese movimiento. Circuitos brillaron afuera, movilizando el qi ambiental.
Una luz roja se expandió desde dentro, consumiendo la cúpula de luz, vaporizando incluido la lluvia.
—Tsk, esta vez gasté mucho.
Escupió el agua de lluvia.
Las sombras se movieron, mientras volvían a formar un cuerpo.
Una lanza carmesí se formó en manos de Drakar, se encendió en calor, repentinamente inalcanzable para la lluvia.
El arma voló en vertical hacia las profundidades.
Bajo el mar, un colosal cuerpo se retorcía en dolor.
Desviando la mirada, Drakar buscó la dirección de quien le indujo el sueño, pero solo encontró el vacío.
«¿Por qué siento que conozco al dueño de esos ojos?»
Levantó una ceja, algo extraño estaba ocurriendo.
Era como un murmullo irreconocible, como si debiera escuchar algo, pero incapaz de percibirlo.
La confusión lo invadió, trayendo un espasmo.
Sobre las nubes, la luz.
Bajo los cielo, las sombras.
Pero lejos de todo, pasos descalzos tocaban tierra.
Ella sonrió apenas, sintiendo las mejillas pesadas.
—Hey Naryon, no seas un perezoso, despierta.
Todo era sol.
El agua escurría en una sola porción del terreno, por lo demás seco, sin rastros de caminata.
El entorno era cálido y silencioso.
Un grupo de tres personas estaban tendidas en el suelo.
A lo lejos podía verse una llanura vidriosa.
Ella ladeó la cabeza.
«¿Están inconscientes?»
Estiró un dedo bajo la nariz de Naryon, luego sintió el pulso carotídeo. Tras un momento de reflexión, se asomó una sonrisa pícara.
Extendiendo un dedo, dejó gotear sobre la frente el agua salada.
Los segundos pasaron.
Un segundo, dos segundos, tres segundos.
Los ojos de Naryon se abrieron, levantándose de un salto.
Miró a todos lados, preocupado; mientras ella sonreía divertida.
Sus ojos se encontraron.
Él se secó la frente.
—¿Te estás burlando de mi?
La sonrisa se borró, levantando las manos ella negó con vehemencia.
—No, no… claro que no… bueno… si. En mi defensa, no reaccionabas.
Él suspiró, cubriendo su rostro con ambas manos.
—Estoy agotado.
Asintiendo, ella apuntó con el dedo a las mujeres en el suelo.
—Despierten.
Sus ojos se abrieron de golpe.
Naryon miró esto con ojos acusatorios.
Elien se giró en reclamo.
—No me arrastres del sueño a la vigilia sin permiso.
Maribel se encogió de hombros.
Posicionada a la vista de todos, juntó las manos.
—La montaña sigue al cultivador.
Acto seguido, se sentó.
El qi en el ambiente se concentró de forma abrupta. No hubo brillo, ni señal visible, pero de un momento a otro parecían estar en la sima de una montaña espiritual.
Los tres se miraron.
Rostros calmados, pero lenguas silenciosas.
Seren se aclaró la garganta.
—Es una gran técnica.
Maribel volteó ligeramente.
—Ese leviatán y Velithra forman equipo, están enfrentando a Drakar y a un hombre lobo que parece usar relámpagos.
Naryon fue el primero en sentarse para absorber el qi.
—¿Por qué nos ayudas?
Maribel reclinó la cabeza.
—Porque quiero evitar muertes.
Asintiendo Naryon concluyó.
—Entonces el golpe debe ser certero.
Las dos mujeres restantes se sumaron, recuperando energías.
No pasó mucho hasta que un espectáculo de luces se formó en ese pequeño lugar.
Cuando las pestañas de Elien se movieron, el viento cesó.
Soltó una respiración contenida y se puso de pie.
Fue la primera.
Instantes después, bajó los ojos y miró a Maribel aún sentada.
«¿Quién eres?» se preguntó.
No esperaba respuesta, tal vez por eso se sobresaltó cuando la respuesta llegó a su mente.
«Yo tampoco lo se.»
La voz sonaba dudosa, incómoda.
Pronto cuatro figuras estaban de pie.
Naryon miraba a una persona en concreto.
—Seren, ¿piensas ir? Podrías terminar interfiriendo con Varn.
Ella rio entre dientes.
—¿De qué hablas? Sombra y luz son complementarios, no opuestos.
Acto seguido, la mujer juntó las manos hacia Maribel, ofreciendo un saludo.
—Soy Seren Luminar, mucho gusto. Gracias por tu ayuda.
Asintiendo con la cabeza, ella se presentó.
—Maribel.
Hubo un silencio incómodo.
«Debería decir algo más… mis apellidos.»
Rápidamente, se aclaró la garganta y habló.
—¡Oh! eh… abandoné mis apellidos en esta vida. Mi familia no existe en este mundo… ¿Qué cosas digo? Bueno, no importa…
Seren la miró con una expresión complicada.
—Así que no haces gestos de saludo… tiene sentido.
Maribel parpadeó confundida.
«¿Qué tiene sentido?» quería preguntar.
Soltando un suspiro, dio un paso.
El entorno perdió sonido, ese instante pareció volverse eterno.
Las hojas de los árboles quietos, las aves en pleno vuelo congeladas, las motas de luz reflejadas en el sol… quietas.
Soltando un suspiro, se quedó quieta.
El mundo cambió.
No comprendieron lo ocurrido: dos actos realizados al mismo tiempo. Pero las olas del inmenso mar despertaron sus sentidos.
Repentinamente, el caos reinaba.
Seren negó con una sonrisa.
«No importa, el enemigo está a la vista.»
Ella ya se encontraba sobre las nubes. Arriba las nubes ya no eran negras, sino blancas, abajo las sombras se realzaron.
Elien desapareció en el viento, repentinamente silencioso y pesado, el pitido parecía ejercer presión mental.
Naryon no se movió.
Maribel lo miró de reojo.
—¿No vas a ir?
Él sonrió, su voz profunda.
—Ya estoy en la pelea, porque ellos están enzarzados.
Miró abajo, en el mar. Sus cejas se movieron con preocupación.
—Esas piedras… ¿las pusiste tú?
Maribel se abrazó a sí misma, con un ligero estremecimiento.
—Así es, allá abajo hay alguien más, se llama Rin. No lo mates, viene conmigo… pero tampoco confíes en él, traicionó a toda su especie.
Asintiendo, Naryon informó.
—Cuidaré los peces por ti… solo hasta que llegue el momento adecuado en el enfrentamiento de arriba.
Él saltó al mar.
Ahora sola en la lluvia del mar abierto, Maribel sintió un estremecimiento subirle por su columna.
—Carajo… ese tipo me trae nerviosa.
Ajustó sus prendas y se arregló el cabello.
Pero la lluvia arruinó toda su apariencia.
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