Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior

Sistema de Evolución Universal - Capítulo 176

  1. Inicio
  2. Sistema de Evolución Universal
  3. Capítulo 176 - Capítulo 176: No Pasó Nada.
Anterior
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 176: No Pasó Nada.

—¿Realmente está bien lo que hago?

«¿A qué te refieres?»

—Si la persona ya no está, ¿se puede cometer crimen? ¿Importa siquiera lo que hago?

Maribel caminaba con dudas sobre una enorme rama de árbol. Las hojas del fondo eran igual de gigantescas; el tronco parecía alcanzar el cielo.

—Temo que hago algo sin sentido.

«¿Por qué temerías eso?»

Maribel frunció el ceño.

—Porque si al final resulta ser verdad, solo traería falsas esperanzas… y Rin tendría razón.

Un momento de silencio se instaló en su mente, hasta que el sistema hizo una pregunta.

«¿Sabes por qué nunca respondo de inmediato?»

Ella levantó una ceja.

—Porque estás pensando la respuesta, ¿o me equivoco?

«No te equivocas, pero sabes que un segundo para ti puede ser días para mí. Entonces, ¿por qué no te respondo de inmediato?»

Maribel se encogió de hombros.

—Ni idea.

«Es porque lo vale; cada momento, incluso los silencios, son para hablar contigo.»

Maribel se rascó una mejilla.

—¿Y eso qué tiene que ver con mi pregunta?

«Porque siempre hay un alguien, aquello que permanece. ¿Importa si “no está”? Aún se presenta en el corazón. No es lo que no le haces a las personas, es lo que haces pensando en hacerles.»

Maribel ladeó la cabeza.

—Pero realmente no hay alma, entonces… ¿qué importa al final?

«Precisamente: el crimen no está en lo que haces en el mundo, está en lo que haces de corazón. Eso no se puede negar, solo esconder.»

—Entonces, ¿dices que la intención importa?

«Hay personas en este mundo que matan solo queriendo. Aunque los mortales no pueden, pues sus pensamientos son efímeros y sin densidad, te recuerdo que pensar es un hecho en sí. Sientes que quieres matarlo, entonces ya lo mataste, incluso si aún camina.»

Maribel entrecerró los ojos. Una brisa agitaba su cabello corto; un ligero sudor bajaba por su frente.

—Lo que dices… suena extremo. ¿Hay libertad si incluso nuestros pensamientos son acciones? Recriminas a alguien por pensar.

«Nunca prohibí pensar, solo digo que hay responsabilidad en ello. ¿Acaso no lo sabes? Los estados mentales de las personas forman el mundo. Pueden salvarlo… o destruirlo.»

—Pero esto es exagerado. ¿Contar los pensamientos como acciones? No se castigan los pensamientos.

«Una vez, dos amigos de la infancia se separaron, y al crecer uno murió. El que vive le lleva flores a su tumba. ¿Por qué lo hace?»

Maribel guardó silencio un momento.

—Porque lo aprecia.

«Pero él ya no está. ¿De qué le sirven las flores?»

Una sonrisa se le escapó a Maribel.

—Es un consuelo propio.

«Es una acción “sin sentido”. Pero, aun así, destruir la tumba sería mal visto, mientras adornarla se juzga como bueno.»

Maribel se guardó sus palabras, pensativa.

Tras unos minutos, la voz del sistema volvió a resonar.

«El valor moral no colapsa con la ontología. La acción correcta no necesita certeza sobre la existencia.

Negar la existencia del otro no elimina la responsabilidad de querer dañarlo.»

Los ojos de Maribel se abrieron enormes.

Soltó un suspiro.

—Esto es extraño, creo que me empezará a doler la cabeza.

Una risita sonó en su mente.

La brisa pasó tranquila; la conversación se detuvo, dejando entrar la calma.

Finalmente, el sonido de pasos arrastrados interrumpió el sosiego.

Elena apareció, llevando una vara de metal. Poco después de llegar, empezó a trazar una imagen guiándose por un papel. Los trazos del metal dejaban marcas en el suelo, ennegreciéndolo como carbón.

Por último, dejó caer la vara, casi arrojándola lejos.

La mujer soltó un suspiro.

—Pronto… ya casi.

Maribel acomodó los codos sobre las rodillas; reclinada, con los pies colgando de la rama, observaba a Elena en sus labores desconocidas.

«Me pregunto qué está haciendo… sistema, ¿quieres que la detenga ya?»

La respuesta llegó con un tono divertido.

«Te dije que la detengas apenas la veas, así que ni lo preguntes; ve a detenerla.»

Maribel se encogió de hombros.

«Bueno, ahí voy entonces.»

Elevó los pies y saltó, cayendo en una rama inferior. Luego dio un gran salto fuera del árbol; su figura se agrandó visiblemente hasta recuperar su estatura original.

—Hola, ¿qué haces?

Un grito agudo y abrupto le llenó los oídos. Elena, tensa, se volvió lentamente.

—¿Qué haces aquí?

Maribel se quitó importancia.

—Nada más pasaba y te vi. ¿Y tú qué haces?

Ladeó la cabeza, mirando directamente la formación dibujada en el suelo.

Levantó una ceja.

—Elena, eso parece peligroso, no lo hagas. Podrías hacerte daño.

Ella sonrió entre dientes.

—No me haré daño, créeme. No te preocupes, puedes ignorarme y seguir con tus cosas; seguro vas ocupada.

Maribel alzó la ceja.

—¿Segura de que estás bien? Me pareces un poco nerviosa… podría echarte una mano.

Elena negó con una sonrisa.

—No, no… no es necesario. Simplemente practico una formación de teletransporte, pero como es de práctica, está hecha para que desaparezca sola.

Maribel parpadeó, sorprendida; miró los grabados con nuevo interés.

—Es la primera vez que veo uno de cerca… definitivamente debes tener cuidado, esas cosas pueden traer desgracias para una misma.

Elena sonrió, agradecida.

—Lo sé, por eso no lo usaré en mí. Solo lo probé unas cuantas veces, y aun así todas fueron exitosas…

Maribel entrecerró los ojos.

—Elena, ese pensamiento puede llevarte a la muerte. No sobreestimes tus capacidades; mejor consulta con un anciano para estas cosas… cuando haya tiempo.

Elena la miró con recelo.

—¿Intentas retrasar mis estudios?

Maribel levantó las cejas.

—¿Por qué me importarían tus estudios ahora? La Primavera Eterna está inestable y me preocupa tu seguridad.

Elena apretó las mangas de su ropa.

—Pero ya te dije que tengo una buena tasa de éxito, y no lo probaré en mí misma. No te preocupes, ve a ayudar a otros.

Maribel la señaló con el dedo.

—Tú, ¿acaso quieres sacarme de aquí? Esto ya es sospechoso.

Elena se echó hacia atrás y gritó con voz aguda:

—Aquí tú eres la sospechosa; saliste de la nada y quieres hacerle algo a mi trabajo.

Sorprendida, Maribel bajó el dedo.

—Perdón, creo que me precipité —se aclaró la garganta—. Iniciemos de nuevo. Como dije… solo pasaba por aquí, no tengo nada que hacer, realmente…

Elena desenvainó su espada.

Maribel levantó las manos, recibiendo una mirada acusadora.

—Maribel, ¿realmente piensas hacerle algo a mi formación?… No lo permitiré.

Una sonrisa amarga cruzó el rostro de Maribel.

—Temía que esto pasara… Cuando te descubrí en el segundo piso, junto a ese otro hombre de conciencia pesada, supuse que tramaban algo.

Elena rió entre dientes.

—¿Tramar? Ese sujeto es un tonto obsesionado con el crecimiento. No tramaría nada con él.

Los ojos de Elena se agrandaron; instintivamente se cubrió la boca.

Maribel entrecerró los ojos.

—Ya veo… así que lo estás usando. ¿Qué piensas hacer? Esa extraña nube blanca… ¿qué hace?

Elena la escaneó con desconfianza.

—Tú… me hiciste habladora sin que me diera cuenta. Pero no entiendo algo, ¿por qué desconfías de mí?

Maribel suspiró.

—Tienes la conciencia demasiado tranquila… la más tranquila del lugar, aparte de mí. Así que, o no te interesa lo que pasa… o deseaste que pasara.

Elena dejó escapar una ligera risita.

—Carajo… tus poderes son tramposos, ¿sabías?

Maribel agitó la mano, restándole importancia.

—Simplemente dilo. No pienso ser cruel.

Una luz se encendió en la formación; al instante, una estatuilla en forma de serpiente con orejas largas y barba apareció.

Elena la tomó con calma.

—Antes me hablaste del sujeto de conciencia pesada. Investigué un poco de él; ¿sabías que vivió un tiempo en tu casa? Fue antes de que tú llegaras.

Maribel asintió.

—Encontré su diario antes, me desagradó, así que lo quemé.

Elena sonrió, divertida.

—Así es, merecía eso. Siempre me decía que me uniera a su futuro harem… ¿pero sabes? Él tiene un punto.

Maribel alzó una ceja.

—¿Y cuál es ese punto?

Soltando un suspiro, Elena miró el artefacto con ojos afectuosos.

—El poderoso hace lo que quiera.

Maribel se rascó el cabello.

—Ah, ya veo. ¿Es solo eso?

Elena la fulminó con la mirada.

—Tú nos salvaste en esa caravana, cuando aún éramos mortales. ¿No entiendes lo que digo?

Maribel se encogió de hombros.

—Es que el fuerte es fuerte, el débil es débil. Ninguno construye nada solo.

Elena sonrió, asintiendo.

—Precisamente: el fuerte domina al débil. Por eso quiero ser fuerte.

Maribel negó, con un suspiro.

—No es lo que quise decir…

Elena la interrumpió.

—Las personas son malintencionadas, no son como tú —admitió, con un dejo de aprecio—. Por eso debo ser fuerte… para que no ocurra de nuevo.

Maribel apretó los puños.

—Precisamente por eso deberíamos ayudar a reconstruir la secta.

Elena negó suavemente.

—Esta secta ya está acabada… Las personas también, son solo cuerpos sin alma.

Maribel sonrió de forma tranquilizadora.

—Pronto las recuperaremos. Estamos cada vez más cerca.

Maribel se estremeció. Por primera vez, la conciencia de Elena se volvió pesada… demasiado pesada.

Elena apretó los labios.

—Ese es el problema… no quiero. Si ya no están, ¿para qué regresarlos? Ya no existen, así que es mejor aprovechar lo que nos dejaron.

Maribel dio un paso suave.

—Habla claro… ¿qué es lo que nos dejaron?

Elena guardó silencio.

Maribel dio otro paso; el rostro se le tensó de forma extraña.

—No es lo que dejaron… ¿verdad? —su voz sonó profunda, abisal, con un leve temblor—. Hablas de lo que se quedó… —miró el artefacto— de lo que arrebataste.

Maribel tocó con su sentido espiritual.

En el interior del artefacto había una cantidad de qi asombrosa; pero se escuchaban residuos de gritos y agonía.

Elena negó lentamente… y dijo algo que hizo temblar a Maribel.

—No pasa nada. Las almas de esa gente no las tengo yo. Ya están aseguradas para su uso… ¡ya deja de influenciarme, no quiero hablar!

Una luz se activó en el círculo, elevando a Elena en el aire. Pero, en el momento de escapar, una mano joven se estiró y el movimiento se torció, estampando a la mujer contra el suelo.

Elena se puso de pie y un rostro conocido la encontró.

—Niño… eres tú —miró a Maribel—. ¿Qué están haciendo? Para un cultivador, no desafiar al cielo es un pecado. Déjenme ir para hacer lo que debo hacer.

Maribel miró de reojo al niño.

«Luego me explicas qué haces acá.»

—Elena, por favor, libera a esas personas.

Elena la miró con sombra en los ojos.

—Ya te dije que están perdidos. Será mejor usar lo que dejaron.

Maribel explotó.

—¡No dejaron nada, les arrebataron sus almas y las tienes tú!

Elena retrocedió, desviando la mirada.

Los labios le temblaron.

—No tengo elección. Si ya están así, solo puedo usarlos. Se entregaron en bandeja de plata… a-además, una vez usados, sus almas ya no existirán más… así que es como si nada hubiera pasado… ¿verdad?

Los ojos de Elena se encontraron con los de Maribel; casi parecían… suplicantes.

Las rodillas de Maribel casi flaquearon; sus palabras salieron como un susurro.

—No sé qué pasó… pero no puedo darte consuelo… no con esto.

Elena apretó los dientes.

A lo lejos se escucharon los pasos de un hombre furioso, vestido con las túnicas más importantes de la secta.

—Líder de secta —pronunció Aether.

Elena entró en pánico; alzó el artefacto y, entonces, un brillo azul lo llenó todo.

Todos se giraron, tomados por sorpresa.

Por un momento, fue como si el mundo se quedara quieto; al instante siguiente… la Primavera Eterna no era más que un desierto.

El suelo bajo sus pies se movió; incontables toneladas de arena se deslizaron, mientras las altas montañas, antes verdes, se desparramaban bajo el sol.

Los ojos de Maribel temblaron.

A lo lejos, vio desaparecer el verde, aún en proceso.

Giró la cabeza: los cuerpos del líder de secta y de Nadir se desintegraban.

El pánico la invadió; tomó a Aether, pero el niño estaba intacto.

Estirando una mano, una piedra verde salió de su palma y absorbió a Nadir; pero no alcanzó al líder de secta: su cuerpo se deshizo por completo.

Elena miró horrorizada, negando lentamente.

—No… no pretendía llegar hasta este punto —tomó el amuleto con ambas manos—. ¡Regrésalo todo, regrésame mi montaña verde!

Los ojos de Maribel se movieron, casi sin vida, sombríos; se desplazaban lentos, con pequeños espasmos mecánicos… y se encontraron con los de Elena.

Ella tembló al ver cómo los bordes dorados comenzaban a teñirse de esmeralda.

Entonces el amuleto en sus manos vibró; una esfera de energía la envolvió. El espacio en su interior se distorsionó.

Aether corrió hacia ella, pero no logró alcanzarla.

Maribel tomó al niño sin preguntar; voló a gran velocidad.

Pronto alcanzó una zona aún verde, desde donde pudo ver cómo todo era enterrado bajo montañas de arena que seguían desmoronándose.

Una pantera mística salió de su refugio.

—Toma mi mano.

Los ojos del animal mostraron reconocimiento. Corrió y, al momento siguiente, los tres flotaron.

Ya en el cielo, de entre las ropas de Maribel, un mosquito salió zumbando.

«¿Esto significa destruir el ecosistema?»

Maribel tomó al insecto y lo resguardó junto a Aether; dio un paso y reapareció en las dunas de arena.

Entonces una gran presión se extendió, haciendo volar la arena en todas direcciones, acompañada por dos gritos que sacudieron todo: uno de Maribel, el otro, lejano, del espíritu del líder de secta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo