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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 182

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Capítulo 182: Visitantes Vistosos, Visita Indiferente.

Los pasos de unas botas color crema resonaban en la tierra húmeda.

Un paso rítmico que terminó frente a un descenso en el suelo; a su costado, un árbol de hojas verdes y, de fondo, una villa silenciosa.

—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Rin, ocupando un cuerpo masculino.

El joven era alto, de cabello castaño y ojos negros. Su nariz jorobada tomó un gran respiro.

Aether miraba a la villa.

—¿Ayudaremos a esta gente primero?

Maribel asintió.

Rin se acercó, colocándose al lado de Maribel.

—¿Para qué nos traes acá entonces?

Ella suspiró; su voz salió ligera y con algo de ironía.

—Simplemente me preguntaba si hay un estanque aquí.

Tomando el camino de regreso, se dirigió a la villa.

En el lugar las cosas estaban silenciosas.

Las casas, llenas de polvo y con porciones caídas; ropa yacía en el suelo y pequeñas prendas con heces se mecían solitarias en mecedoras vacías y ensangrentadas.

Maribel miró una esquina: una persona a medio comer y con la ropa rasgada.

Sus pasos lentos, pero medidos, la llevaron a abrazar a Aether.

—Perdón por hacerte ver esto.

El niño la miró; no había irregularidades en su semblante.

Su ceño dudó, su rostro esquivando la mirada.

—En realidad… vi cosas peores. Esto no me afecta.

Maribel asintió.

—Lo sé, pero igualmente me disculpo. Preferiría protegerte de esto.

Las orejas de Aether cayeron ligeramente.

La sombra de Abby se movilizó, encontrando a Amara y Richard.

Los dos estaban sentados sobre piedras, mientras ella se trepaba al árbol aledaño.

Balanceando los pies, miraba de lejos a Aether.

El sol se filtraba bajo las hojas, antes de empezar a sentir que el calor aumentaba.

Haciendo una mueca, saltó y se metió dentro de una casa destruida; ahí encontró a un viejo sin un brazo, la piel pálida y claramente fallecido.

Miró afuera, con dudas en los ojos.

«La mayoría están muertos, ¿no es mejor saltar a un lugar más poblado?… Igual no es que les duela si los animales se los comen.»

Soltando un suspiro, se colocó su capucha y salió afuera.

—Ey, Aether, ¿qué se supone que haces?

Maribel indicó que guardara silencio, enviando un mensaje mental.

«Está buscando a dos personas que faltan.»

Las orejas de Aether se animaron; su expresión, sin embargo, no era alegre.

—Encontré… los encontré. Vengan rápido.

Sin esperar respuesta, se dio vuelta y comenzó a correr.

Casi a quinientos metros, afuera de una casa destruida, William arrastraba un pie hinchado, mientras Clara lo sujetaba, apenas soportando su peso.

Su tez, pálida y ojerosa, con grasa en la cara y suciedad en todo el cuerpo.

Ambos giraron la mirada al escuchar los pasos de alguien corriendo.

Pero sus ojos se abrieron enormes: la imagen familiar de un niño lobo, aunque más grande, se presentó.

Apretaron los labios temblorosos, mientras sus mejillas vibraban con un sentimiento agridulce.

—Niño… —llamó apenas Clara, antes de que sus piernas cedieran.

Aether se movió con agilidad y tomó el otro brazo de William.

Con dientes apretados, el hombre habló constreñido.

—¿Qué haces acá? No me digas que ella también murió…

—Cállate. —ordenó Aether.— No hables.

Clara lo miró en silencio, antes de percatarse de nuevos pasos.

Antes de darse cuenta, ya tenía una mano en el pecho.

—Volviste…

Maribel asintió.

—¿Qué haces acá? ¿Por qué no te quedaste en esa secta? Para algo nos abandonaste. ¿Acaso también cayó y piensas volver con nosotros?

Maribel no respondió de inmediato.

—Me habían ofrecido un lugar cuando no tenía hogar. Ahora decidí devolverles esa amabilidad.

Con la aparición de Abby, Clara solo pudo apretar los dientes y guardar silencio.

«Otra más… Si las ofendí ahora…»

Un angustioso terror enfriaba su pecho.

Maribel parpadeó sorprendida.

—Vine para… bueno… cálmate. No te haremos daño.

Clara apretaba los puños con más fuerza, mientras se encogía como una bestia acorralada.

—No te culpo. —dijo Maribel al fin, levantando la mano. Esa sola expresión calmó a Clara, suprimiendo su coraje.

Ella retrocedió, desconfiada.

—Te atreves a manipularme…

Negando, Maribel aclaró:

—Quiero ayudar. —Indicó a William antes de hablar.— Así que necesito que me dejes llegar hasta él.

Antes de darse cuenta, el espacio se deformó y Aether apareció frente a ella.

Parpadeando, vio al niño que cargaba al hombre.

—G-gracias…

Aether asintió.

Soltando un suspiro, Maribel miró a Rin a lo lejos.

«Oye, ¿te importaría curarlo?»

Él no reaccionó de inmediato, pero la miró directamente a los ojos. La sensación de su presencia en su mente era fría y punzante, como un metal apoyado contra la sien.

«Sí, me sería un problema. Ya está bien con que me pidas regresar el alma a esta gente, pero no gastaré energía sanando cuerpos.»

Ella apretó los labios.

«¿Por qué?»

Con un dejo de desprecio, Rin respondió:

«Es un gasto inútil, ¿acaso me regresas mi poder? Solo te hago caso porque el cielo me permite estar aquí gracias a ti.»

Tras soltar un suspiro, Maribel habló en voz alta:

—Abby, necesito agua y, de preferencia, helada.

Estiró una mano, atrayendo un pedazo de tela que yacía en un tendal.

Acto seguido, rasgó un trozo antes de hacerlo crecer.

Extendió un pedazo en su mano.

—Moja la tela.

El agua tardó en llegar y la tela olía a sol viejo y sudor reseco, pero era lo que tenían. En pocos minutos, William se encontraba con el pie limpio, en la medida de lo posible.

—Esto es… muy precario… —Mirando a Clara, preguntó.— ¿Tienes medicina?

Ella se adentró en la cocina, trayendo un remedio herbolario.

Maribel miró aquello con ojos entrecerrados.

«Al menos puedo hacer una compresa…»

Acomodados en el centro de la villa, los cuerpos aún completos fueron juntados.

El anciano líder de la villa no estaba entre ellos.

—Lamento la pérdida de su familiar. —dijo Maribel.

Los hermanos no hablaron.

Richard se acercó en silencio, hablando en un susurro.

—Preferiríamos estar regresando a la Ciudad de la Libertad ahora mismo; no sabemos nada del examen al Pabellón del Umbral Correcto.

Parpadeando, Maribel miró entre él y los hermanos.

Richard entrecerró los ojos.

—Ni se te ocurra. No pienso cargar con más pesos muertos.

Rin se elevó en el centro de un círculo mágico, hecho con energía verde pura; entonces el talismán de la serpiente vibró antes de soltar una energía azul.

Flotó hasta los cuerpos inertes y los reanimó.

Maribel preguntó:

«Sistema, ¿estas personas presentan secuelas?»

[El estado físico es débil. Si se extendía más el tiempo inerte, correrían riesgo de presentar secuelas irreversibles.]

A su alrededor, los revividos abrían los ojos sobre una villa rota: paredes desmoronadas, manchas secas, huellas de garras en los postes. El viento arrastraba polvo por las calles vacías, como si ya se preparara para borrar lo poco que quedaba de ellos.

Acercándose a donde William, preguntó:

—¿Qué opinas de intentar ingresar a una secta?

Él la miró con temor.

—Es una empresa muy arriesgada.

Al mirar a Clara, ella pareció dudar. Sus ojos vagaron por las casas abiertas, los cuerpos que no habían podido reunir, las manchas en las mecedoras y los huecos en las filas de los vivos. Sabía que, si se quedaban, no tardarían en desaparecer bajo dientes de animales y viento.

Reflexionó unos momentos antes de preguntar con tono dubitativo:

—Maribel… ¿piensas llevarnos?

Las personas detrás se dieron vuelta, con una ceja levantada.

Aclarándose la garganta, Maribel habló en voz alta:

—Así es, pienso llevarlos. ¿Algún problema?

El grupo se miró entre sí. Richard se encogió de hombros, Amara igual, Sofía no dijo nada y Abby no reaccionó.

—Por supuesto, si no resultan aptos pienso regresarlos yo misma también.

William respiró hondo al escuchar eso.

En el suelo, una mano se levantó. Avanzaba a rastras por el suelo; una mujer aún presentaba lágrimas en los ojos.

—Vayan ustedes, no dejen pasar esta oportunidad… Si mis hijas pleitistas vivieran para escuchar esto… —sus labios temblaron— ya no pelearían por encender fuego a la paja.

Con la cabeza gacha, la mujer mojó el suelo.

Un silencio atronador llenó el lugar.

Richard tragó saliva, pero sus labios apenas se movieron cuando Rin interrumpió.

—Mucho ruido, deja de llorar, mujer dramática. Si ellos desean ser tontos, es problema de ellos; no te metas.

La irreverencia de su voz cortó el aire, trayendo escalofríos.

Girando lentamente, Richard lo miró con nuevos ojos. Intensidad, incredulidad, exasperación… otras emociones que no reconocía se aglomeraron en él.

—¿Puedes callarte un segundo?

Rin lo miró con confusión.

—Claro, ¿por qué no? —se encogió de hombros.— Guardaré silencio.

Los hermanos se miraron entre sí. Entre la villa rota detrás de ellos y el camino incierto frente a ellos.

William se llenó de impotencia.

—Solo queda elegir a qué clase de muerte nos arriesgamos. —finalmente inclinó la cabeza. —Por favor… llévanos.

Asintiendo, Maribel se dirigió a Aether.

—Puedes volver con Richard y Abby si deseas.

—¿Estarás bien? —preguntó el niño.

Maribel forzó una sonrisa.

—Soy muy fuerte, ¿sabes? Probablemente tanto como un anciano de secta.

Rin miró a su alrededor.

—¿Y yo qué hago, vagar por el mundo a ver si, con suerte, encuentro a las víctimas?

Maribel estiró un dedo hacia su cabeza.

—Te paso las ubicaciones, y no preguntes cómo lo obtuve, ya no lo recuerdo. —Agregó después.— Por cierto, espero que regreses con ese mismo cuerpo.

Rin sonrió.

—Eso mismo planeo, pues quiero cultivar este cuerpo.

Maribel asintió.

—Mejor, así no matarás gente… por cierto, ¿y el jaguar?

Rin pareció enojado.

—Ese desleal me abandonó apenas encontró una hembra de su especie; luego se perdió en alguna parte de la selva.

Una ligera sonrisa se formó en Maribel.

«Al fin alguien te usa.»

Dándose vuelta, estiró una mano hacia los hermanos.

—¿Les puedo hacer flotar?

Pero entonces Aether también se acercó; sin aviso, los elevó en el aire.

—Avancemos, podría faltarnos tiempo para volver.

Maribel lo miró desconcertada.

El niño ladeó la cabeza.

—¿Pasa algo?

Aclarándose la voz, Maribel habló en tono serio:

—Escúchame, Aether. Ellos son personas, no equipaje.

Él desvió la mirada a los hermanos flotando, pero la voz de Maribel lo sobresaltó.

—¿Me escuchaste?

Amara dio unos pasos hacia Maribel.

—Ya te escuchó, deja al niño.

Aether asintió hacia Maribel.

—Bueno… solo no los trates como si fueran objetos.

Finalmente el sol estaba en el cielo, su fuerza en casi toda su gloria. Detrás de ellos, Villa Puerta de Sal quedaba abierta, rota, expuesta al viento y a las fauces de la selva.

Rin se separó del grupo, mientras el resto se dirigía hacia la Secta del Pabellón del Umbral Correcto. El camino se alargaba frente a ellos como una cicatriz clara sobre la tierra oscura.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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