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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 181

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Capítulo 181: Visitantes Del Desastre.

Un bocanada de sangre cayó al suelo.

Maribel tosía con dificultad, el aire pasaba a trompicones y el estómago se le constreñía por dentro.

Un esputo enorme brotó por su boca, como una masa, antes de ser expulsado por completo.

Finalmente pudo respirar con libertad.

Inhala, exhala.

Su realidad se redujo a solo dos actos repetitivos.

Su cuerpo se inclinó hacia adelante, mientras su equilibrio la abandonaba. Cayó al suelo.

Rin simplemente la miró con indiferencia.

—No te mueras ahora.

Su cuerpo espectral estiró una mano y brotó una luz verde.

Maribel se recompuso lentamente.

—Gracias… esto fue horrible.

Miró a su alrededor, solo para notar que Rin ya no estaba.

Siguió la dirección de la salida.

Afuera, el espectro recorría la ciudad.

El qi se manifestó y elevó a Maribel en el aire.

Al cruzar la playa, pudo ver una mujer pálida junto a una débil hoguera.

La ignoró y buscó a Rin.

—¿Intentas meterte en ese otro cuerpo? Pensaba que te quedarías con el de la mujer.

El cadáver de un hombre se levantó. Estaba casi desnudo; la mitad de su camisa colgaba, con un corte que revelaba el abdomen.

—Carajo… qué humillante. Creo que jamás escuché de alguien que cambie de cuerpo tan rápido.

Maribel se encogió de hombros.

—¿Qué más da? No es como si te murieras por eso.

Rin, en su nuevo huésped, escupió al suelo.

—Cambiar tan a menudo implica incompetencia.

Rodando los ojos, Maribel se dio vuelta.

—Entonces no lo hagas. Dime, ¿puedes curar a la mujer de la fogata?

Rin miró desde lejos.

—Olvídalo. Ya está muerta.

Maribel entrecerró los ojos. Efectivamente, podía ver el espíritu de la mujer flotando, pero estaba lejos de verse en paz.

Tras soltar un suspiro, Maribel negó para sí misma.

«Yo me encargo de los vivos, no de los muertos.»

Estiró una mano y dejó colgar una cadena.

El tintineo del metal atrajo la atención de Rin, que observó con expresión en blanco.

Maribel agitó la mano frente a su rostro, llamándolo.

—Rin, no te olvides de hacer expresiones.

Repentinamente, Rin sonrió.

—Bien hecho.

La respuesta de Maribel fue una sonrisa devuelta.

Apretó entre sus manos el artilugio de la serpiente, cuando de pronto Rin miró al cielo con una expresión maliciosa.

—¿Qué pretendes hacer? —preguntó Maribel, desconfiada.

Rin volvió la mirada hacia ella.

Sus ojos se cruzaron.

—Buscaré algunos juguetes… Tengo un nuevo objetivo que me quite este vacío en el corazón. Claramente no me rendiré aunque muera —su sonrisa se ensanchó—. No es que importe si muero.

Maribel abrió los ojos.

—Tú… ¿robaste tantas armas?

La sonrisa de Rin se hizo más grande.

—No solo eso… Si sigues buscando en mi memoria encontrarás el otro cubo. Solo necesito a alguien que me lleve arriba.

Maribel apretó los puños.

Una brisa trajo el aroma de sangre y sal mezclados, mientras el silencio se cernía sobre ambos.

Finalmente, ella se relajó.

—No te lo recomiendo, eres muy débil.

Rin asintió.

—Por eso mismo necesito un método de cultivo, o transformar mi cuerpo mediante un ritual. Pero dudo que me dejes sacrificar gente.

Soltando un suspiro, Maribel preguntó:

—Déjame preguntarte una cosa: ¿planeas que tus “esbirros” te consigan un método y una escalera al cielo?

Tras asentir, Rin agregó:

—No me serían útiles si se niegan.

A lo lejos, los pasos de un grupo resonaron.

Richard caminaba a paso firme, seguido de Aether.

El hombre negó con la cabeza.

Maribel hizo una mueca.

—Aether, ¿puedes juntarlos?

El niño asintió.

Cuando los cuerpos estuvieron dispuestos sobre la arena, fue Amara quien tomó la palabra.

—Hay gente en camino… no son pocos.

Tras pensarlo un poco, Maribel miró a Richard.

—¿Qué deberíamos hacer?

Él se encogió de hombros.

—Solo podemos dejárselo a la ley.

Pronto una docena de personas llegó.

No eran soldados; llevaban rastrillos y palas, alguno una armadura de cuero roída.

Los vieron, frenaron… y tragaron saliva.

Un murmullo se encendió entre los mortales, hasta que obligaron a alguien a salir del centro, casi arrastrándolo.

Un joven mago, varón, de unos veintiún años, cabello ondulado.

Las pecas en su rostro acompañaban un semblante frío que, sin embargo, dejaba ver extrema precaución y… sospecha.

Maribel suspiró.

—No es obra nuestra. Solo juntamos a los fallecidos.

El mago miró de reojo a Rin.

Se contrajo levemente.

Siguiendo esa mirada, Maribel habló en voz alta:

—Rin, deja ese cuerpo. Es hermano de su padre. Aún puedes ocupar otro, ¿verdad?

El rostro de Rin tembló, mientras un aura esmeralda y celeste se elevaba desde su cuerpo.

El grupo entero lo miró, presionándolo con las miradas.

—Bueno, está bien… No es como si realmente fuera tanto. ¿Qué dignidad me queda por perder?

El cuerpo cayó al suelo, y el espectro se elevó en el aire.

Gritos de pavor se alzaron entre la multitud antes de que Rin ocupase un nuevo cuerpo.

El mago retrocedió unos pasos mientras Maribel se acercaba.

Se encontraron; él se retrajo, huyendo de su mirada tanto como podía.

—Me disculpo por lo de ahora. ¿Sabes qué pasó aquí?

Tragando saliva, el joven apretó la varita antes de tomar aire.

—Las tropas del Rey del Mar se abrieron paso en muchas regiones del reino. Retiraron el mar y atacaron la tierra.

Asintiendo, Maribel hizo otra pregunta.

—¿Cómo siguen vivos?

El corazón del joven dio un salto. Pero una calma ajena se le metió en el pecho cuando ella levantó la mano; un terror aún más hondo vino con ella… y aun así, parecía no querer aplastarlo del todo.

No estaba seguro de si era inmune, o si la mujer simplemente no quería tomarse la molestia de hechizarlo más.

—Nos recluimos en unas ruinas antes de que iniciara la guerra. Hasta que exploradores informaron que algo muy raro había pasado, y cuando salimos todo el mundo estaba muerto.

Maribel asintió lentamente.

—Qué bueno. Me sorprende que hayan logrado sobrevivir; debieron tener una buena organización.

El joven mago asintió.

—Sobrevivimos y nos aferramos a la esperanza; así vencimos a los demonios verdes. Cuando empezó la adoración al Dragón Rojo, unos cuantos vimos que algo estaba mal, así que nos fuimos, después bloquearon las salidas del reino.

Maribel se giró apenas, clavando la mirada en Rin.

Lo señaló antes de preguntar al joven:

—¿Le tienen miedo?

Él asintió.

—Sí… No podemos matar a los suyos, pero sí evitar que se infiltren.

Parpadeando con sorpresa, Maribel acercó sus ojos con interés.

El joven se apartó, cubriéndose el rostro.

Dando unos pasos conscientes hacia atrás, Maribel se mostró incómoda.

—Perdón por eso, creo que la curiosidad me ganó.

El joven le devolvió la mirada.

—¿Qué piensan hacer aquí, señorita cultivadora de qi? Como dos jóvenes, creo que podemos entendernos mejor. Seguro los dos perdimos familia.

Maribel ladeó la cabeza, en silencio.

Tras un momento, el joven carraspeó.

—Dicho esto, me gustaría preguntar… ¿por qué trae consigo a alguien tan… peligroso?

Retomando conciencia, respondió sin rodeos:

—Es porque no me va a matar. No lo llamaría de confianza, pero no es enemigo —se inclinó un poco, bajando la voz—. A decir verdad, es como un subordinado que te quiere matar, pero sabe que aún no debe.

Una mueca de desprecio se formó en el rostro del joven, ahogada detrás de su mano.

—Tú eres la que habla. ¿Es porque tienes algún poder mental?

Maribel asintió.

El joven miró al grupo completo y luego a los suyos.

Detrás, alguien le tomó el hombro.

En sus ojos, un semblante oscuro y desolado le rogaba:

«Quédate.»

Dudoso, el mago volvió la vista a Maribel, que ya mostraba una expresión contrariada.

Una brisa pasó, pero el sudor frío en la espalda del joven le trajo un estremecimiento.

Entonces una mano cayó con suavidad, revolviéndole el cabello.

—No lo pienses mucho. Solo escucha a tu corazón y toma la decisión que no lamentarás —lo meditó un segundo y añadió—. Y usa el cerebro: sopesa la mejor opción.

Él la miró un instante a los ojos, antes de retroceder por pura inercia.

Maribel sonrió.

Alzó la mano en despedida, pero repentinamente se detuvo.

El joven corrió hacia ella.

—Una petición, tengo una petición.

Volteando ligeramente, ella le dio audiencia.

—Quiero que me enseñen a cultivar.

Maribel miró a sus compañeros.

Todos negaron.

—Eso… parece que no es tan simple. En realidad es bastante difícil hacerlo por uno mismo; requiere un estudio complejo, una rotación y movimiento precisos de qi, además de formar una base.

El joven apretó los labios.

—Pero tú ya iniciaste, y eres tan joven.

Una mirada de lástima asomó en el rostro de Maribel.

—No soy tan joven como parezco.

El chico asintió.

—Lo sé, debes tener casi veinticuatro años, ¿verdad? Si tú puedes, yo también debería ser capaz.

Tras un suspiro, Maribel señaló su armadura.

—Quítatela.

El joven obedeció de inmediato, dispuesto a ofrecer un intercambio.

Luego se arrodilló y extendió la ofrenda.

Maribel tomó la pieza entre las manos y lo miró de reojo. Estaba casi completamente rota, más parecido a una camisa que una armadura.

—Esto es lo único que puedo hacer por ti.

La armadura brilló; la luz se movía como la marea del mar, deformando el metal.

Pronto, la cota de malla dejó de ser un entretejido de acero para convertirse en una pulsera oscura.

—Te deseo suerte —miró a las personas detrás—. A todos ustedes.

Cuando el joven mago se puso la pulsera, una fina barrera se extendió y desapareció; sin embargo, la piel seguía tan flexible como antes.

Maribel tomó una piedra y se la arrojó con suavidad. Rebotó sin causar daño.

Mientras se alejaban, las personas a su espalda vieron cómo varios cuerpos se elevaban con qi, dejándolos con los rostros pálidos.

Ella misma se detuvo, se giró y se despidió.

El qi brotando de su cuerpo dejó boquiabierto al joven mago, mientras la mujer se elevaba en el aire.

Un suspiro ahogado, una voz contenida:

—Núcleo… como mínimo estaban en Núcleo… Incluso ese niño podía volar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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