Soberano Supremo De Orbis - Capítulo 34
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Capítulo 34: Capitulo 34
Volumen 02: El Nacimiento Del Soberano.
Capitulo 34: Las que nacieron en la oscuridad.
“Deseamos servirle porque usted es muy fuerte… y porque es la primera vez que alguien nos ayuda a pesar de ser diablillas”, declaró con firmeza ante los ojos penetrantes de Yossu.
En su voz no había miedo. O, mejor dicho, no podía permitírselo. Sabía que aquella era una oportunidad única y que, antes que llorar o temblar, debía responder con convicción.
¿Debería aceptar? Se preguntó Yossu.
Las dudas estaban ahí, pero la sinceridad y la fuerza con la que le hablaban despertaron su interés.
Le resultaba curioso pensar en lo mucho que aquella chica había cambiado en tan poco tiempo.
Se hizo fuerte muy rápido…
Le costaba creer que fuera la misma diablilla que, hacía apenas unos minutos, se había orinado del miedo.
“Si desea información sobre otras razas o pueblos, nosotras podemos dársela”, añadió con ansiedad. “No sabemos mucho sobre toda la cueva, pero conocemos parte de su geografía”.
Su tono revelaba urgencia, casi desesperación, como si el silencio de Yossu las estuviera asfixiando.
Y no era para menos. Por la forma en que hablaban, parecían dispuestas a entregarle todo lo que tenían a cambio de su protección.
¿Así que saben más cosas…?
Yossu frunció levemente el ceño.
Bueno, en parte es culpa mía. Debería haber preguntado más sobre los hombres cabra y su gente.
La oferta era tentadora. Además, no sonaba mal tener compañía en un mundo como aquel.
Tras unos segundos de silencio, Yossu tomó su decisión.
“Siéntanse orgullosas, criaturas inferiores”, declaró con una voz imponente. “Desde ahora tendrán el honor de servirme”.
“Soy el Soberano Absoluto de Orbis.”
“Como gobernante, cumplo los deseos de aquellos que me sirven.”
Su voz no se alzó, pero cada palabra cayó con el peso de una sentencia.
“No teman. No duden. No se desesperen.”
“Mientras estén bajo mi dominio, sus vidas están garantizadas.”
Hizo una breve pausa, como si concediera una gracia.
“A cambio, solo les exijo una cosa.”
“Sírvanme.”
“Y juren lealtad eterna a Orbis.”
Las palabras iluminaron los rostros de las diablillas. Las cuatro se abrazaron entre sí y comenzaron a saltar, incapaces de contener su alegría.
Por su parte, en el momento en que aceptó formalmente convertirlas en subordinadas, el sistema reaccionó.
Una nueva notificación apareció frente a él, solicitándole ingresar un nuevo nombre para su sirviente.
Antes de decidir, Yossu les preguntó si estaban de acuerdo con recibir nuevos nombres. Pensó que podrían rechazarlo… pero ocurrió todo lo contrario.
Aunque apreciaban los nombres que les habían dado sus padres, recibir un nombre otorgado por su señor era motivo de celebración. Ninguna se negó.
Por la naturalidad con la que lo decían, Yossu notó que aquello debía ser algo común, pero decidió no preguntar por el momento.
Vera pasó a llamarse Rhea.
Eligió ese nombre en honor a la diosa primordial de la mitología griega, y también porque Rhea era claramente quien actuaba como una madre y hermana mayor para las demás.
Una vez confirmado el nombre, el sistema lo registró.
Acto seguido, comenzó a pedirle que asignara, uno por uno, los nuevos nombres de las restantes diablillas.
Curvus se convirtió en Rigel, Maoe en Spica y Ces en Abyss.
Yossu no era especialmente bueno poniendo nombres, así que no los pensó tanto como el de Rhea.
Por ejemplo, decidió llamar Spica a una de ellas simplemente porque le recordaba a cierto grupo de caballos de carreras.
Así de aleatorios solían ser los nombres que usaba.
Haberlas aceptado también me sirve para probar cómo funciona la habilidad [Soberano], pensó mientras se llevaba una mano a la barbilla.
Tan pronto como terminó de nombrarlas a todas, una luz verde recorrió sus cuerpos durante varios segundos.
El fenómeno sorprendió incluso a Yossu.
¿Subieron de nivel…?
La respuesta llegó casi de inmediato.
Las diablillas comenzaron a gritar de emoción. No dejaban de tocarse los brazos, las piernas, el torso, repitiendo una y otra vez que sentían sus cuerpos distintos, más ligeros, más fuertes.
“¡Algo cambió…!”
“¡Me siento rara!”
“¡Es como si pudiera correr sin cansarme!”
Uh… pensé que iban a ser más tranquilas, pero parece que voy a viajar con un grupo de chicas bastante revoltosas.
Agarraron confianza demasiado rápido.
Meditó con cierta preocupación por su paz mental.
Yossu adoraba la tranquilidad tanto como la compañía, pero verlas saltar y gritar de felicidad le provocó una sensación extraña…
Como la de un padre observando a un grupo de hijas.
Y, siendo honesto consigo mismo, eso lo deprimía un poco.
A continuación, Rhea se le acercó.
“Mi señor… ¿cómo fue capaz de salir del Abismo?”
Yossu frunció el ceño.
No entendía a qué se refería, pero tras una breve explicación, lo comprendió.
Resultó que con Abismo se referían a la zona creada por los devoradores.
Según Rhea, aquellas criaturas no solo mataban a quienes caían dentro de la bruma, sino que los torturaban… y, en algunos casos, los usaban para crear quimeras a partir de restos de distintos cuerpos.
Por eso, era conocimiento común que nadie debía entrar jamás en el Abismo.
Estoy seguro de que algo así no existía en el juego…
Sin pensarlo demasiado, Yossu tomó uno de los cadáveres de los hombres cabra y lo lanzó hacia la oscuridad.
Quería comprobarlo con sus propios ojos.
Los devoradores reaccionaron de inmediato.
El cuerpo fue despedazado en cuestión de segundos. Tentáculos negros separaron extremidades, arrancaron carne y comenzaron a unir los restos de formas grotescas, como si estuvieran jugando.
Intentaban crear algo nuevo.
Algo antinatural.
La escena era repulsiva. Incluso para Yossu.
Aquellas bestias retorcían los restos con una creatividad enfermiza, inventando abominaciones que no deberían existir.
“Mierda… Agu-Crin-Zu estaría orgullosa de estos devoradores”, murmuró antes de apartar la mirada.
Luego les explicó la debilidad de esas criaturas: la luz y el fuego.
Las diablillas quedaron completamente sorprendidas. Les costaba creer que algo tan simple pudiera eliminar a monstruos que consideraban invencibles.
Para ellas, aquella información era casi una revelación divina.
Tras ello, Rhea se arrodilló y le preguntó si existía la posibilidad de ir a su pueblo para verificar si lo que los hombres cabra les habían dicho era cierto.
Esta vez no parecía tener miedo. Es más, estaba tranquila, con la cabeza apoyada contra el suelo, aunque sin dejar de mostrar formalidad ante Yossu.
También agregó que no le supondría ningún problema y que conocía atajos para llegar lo más rápido posible.
Y, siendo sincero, para Yossu no representaba ningún inconveniente. Es más, le venía perfecto. Prefería tener un destino antes que continuar vagando sin rumbo, así que estaba decidido a aceptar… aunque antes tenía una condición.
“Si desean que vayamos a su pueblo, primero me gustaría saber por qué los hombres cabra querían matarlas”.
Las sonrisas de las diablillas se dibujaron al instante al escuchar la condición de Yossu.
“¡No hay problema, mi señor!”, respondió Rhea con evidente alegría.
De pronto, Rigel se colocó a su lado y, tras realizar una reverencia algo torpe, se dirigió a Yossu.
“Mi señor, creo que lo mejor sería encontrar un lugar tranquilo para hablar de esto con más calma”.
“Rigel tiene razón, mi señor. Suele haber todo tipo de criaturas rondando los pasillos de esta cueva”, agregó Rhea.
Yossu terminó asintiendo.
Después de todo, desde que había llegado a ese lugar había probado en carne propia lo molestas que podían ser las bestias de esta mazmorra.
No obstante, antes de marcharse, las diablillas le preguntaron si les permitiría llevar el cuerpo de un hombre cabra para poder comérselo más tarde.
Por un momento, Yossu dudó.
Después de todo… es carne, ¿verdad?
Pero finalmente decidió guardar los cuerpos restantes de los hombres cabra en su inventario. De esa manera, las diablillas no tendrían que cargar con algo tan pesado.
Sus cuerpos ya de por sí eran pequeños, y cargar con criaturas de ese tamaño sería prácticamente imposible para las pequeñas demonios.
Así, Yossu y sus subordinados abandonaron el lugar.
-CONTINUARA-
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