Sobreviviendo a una novela que no recuerdo: Guía de un tutor para mantenerse con vida - Capítulo 204
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Capítulo 204: Los inquisidores han llegado al Imperio
El Duque se acercó, y sus pesadas botas no hicieron ruido sobre las mullidas alfombras. Se colocó detrás de Julian y lo rodeó con sus enormes brazos por los hombros y el cuello, atrayéndolo contra su pecho.
Alaric hundió el rostro en el hueco del cuello de Julian, su aliento cálido contra la piel de su amado.
Por un momento, el peso del Imperio y la amenaza de la Pira parecieron lejanísimos, y lo único que Julian podía pensar y sentir era la calidez y el firme latido del corazón de su amado.
Julian esbozó una leve sonrisa y reclinó la cabeza en el hombro de Alaric. —Es solo que… todo ha cambiado muy deprisa.
—Sigo aquí —murmuró Alaric, reforzando ligeramente el abrazo—. Nada cambiará eso.
Era un pequeño consuelo que estuvieran juntos, aunque Julian echaba de menos a Lucius. Se preguntó si el muchacho estaría a salvo en la mansión, o si él también estaría vestido de blanco, guardando luto por una tía a la que apenas conocía.
Había paz.
Los Sanadores no los molestaban y los alimentaban adecuadamente. Pasaba las noches acurrucado en los brazos del hombre que amaba y por la mañana…, cuando llegaba la mañana…, ah, entonces también reinaba la paz.
La locura del despertar, tal y como había aparecido, había vuelto a desaparecer.
Y así, Julian dejó de temerle a las mañanas.
Pero la paz tenía que terminar en algún momento. Porque en medio de aquel silencio, las horas pasaban más deprisa, y entonces llegó el cuarto día.
Al cuarto día, el ambiente en el Santuario cambió. Las campanas tañeron con una frecuencia diferente, más aguda.
Julian observó desde la ventana la llegada de la delegación del Imperio Santo. Eran un mar de un blanco puro y resplandeciente. Todos los sacerdotes y oficiales de la procesión tenían el cabello tan blanco como la nieve recién caída; un rasgo que poseían aquellos que habían recibido la bendición de su dios.
Igual que el sacerdote que Alaric había introducido a escondidas en la mansión para curar a Julian.
El Imperio Santo sostenía que ese cabello blanco, una vez bautizados e iniciados en el sacerdocio, era una manifestación física de su pureza.
Entre ellos se encontraban los Inquisidores. Se distinguían de los sacerdotes por sus cuerpos, envueltos en pesadas vestiduras blancas de varias capas.
Sus cabezas y rostros estaban completamente ocultos por ceñidas telas blancas, enrolladas de tal forma que solo dejaban una estrecha rendija para los ojos, algo que recordaba a una rígida capucha ceremonial.
Se movían con una gracia sincronizada y fantasmal, y sus pies no hacían ruido sobre los adoquines mientras seguían al sacerdote.
No llevaban flores para la Emperatriz, pero sí portaban algo. Era un objeto alto, cubierto con una tela blanca.
Por su tamaño, parecía un Espejo. Julian no podía verlo con claridad, pero fuese lo que fuese, sin duda tenía algo que ver con la «búsqueda» que iban a efectuar en su alma.
—Ya están aquí —susurró Julian.
Alaric levantó la cabeza desde donde estaba sentado y se puso en pie. Se acercó y se detuvo junto a la ventana, con los ojos entrecerrados mientras observaba a las figuras vestidas de blanco entrar por las puertas principales del Santuario.
—Se acabaron los cuatro días —masculló entre dientes mientras apretaba con más fuerza el marco de la ventana.
Eso significaba que la paz había terminado y que estaban a punto de luchar una vez más. Pero ¿cómo lucharían esta vez? No sería con espadas, ni con palabras.
Esta batalla… Parecía que solo Julian podía librarla.
—¿Estarás bien? —preguntó, mirando a Julian con preocupación.
Julian no apartó la vista de los Inquisidores, mientras un escalofrío le recorría la espina dorsal.
Aún no sabía en qué consistía realmente la búsqueda del alma, pero al ver a aquellas figuras blancas y sin rostro desaparecer en el edificio de abajo, supo que el tiempo de esconderse tras la sombra de Alaric estaba llegando a su fin.
—Tengo que estarlo —dijo, y finalmente se volvió para mirar a Alaric—. Lo estaré.
Alaric le acarició el rostro, recorriendo con suavidad la línea de su mandíbula, y a Julian se le entrecortó el aliento. Lo miró a los ojos y observó cómo el Duque se inclinaba hasta que sus narices se rozaron.
—Haré todo lo que esté en mi mano para protegerte —susurró—. No hay nadie a quien no pueda permitirme convertir en mi enemigo si eso significa mantenerte a salvo, Julian. Recuérdalo.
Julian se lo agradecía. Pero habría deseado que nunca se diera la situación de tener que enemistarse con cualquiera de los dos Imperios.
Si convertía a ambos en sus enemigos, ¿adónde huirían? ¿Dónde se esconderían? ¿Quién estaría de su lado?
Julian cerró los ojos y asintió. Entonces, los labios de Alaric se encontraron con los suyos en un beso tierno y cálido.
El beso pareció un último intento de memorizar el sabor del otro antes de que el mundo intentara desgarrarlos una vez más.
Cuando Alaric por fin se apartó, apoyó su frente en la de Julian, con la respiración agitada. No dijo nada; la promesa ya estaba grabada en la dura línea de su mandíbula.
El silencio de la torre se hizo añicos con el fuerte golpeteo de unos báculos contra el suelo de mármol del exterior.
¡Tan! ¡Tan! ¡Tan!
Las puertas del pabellón de aislamiento se abrieron con un quejido y por ellas entraron, no los sanadores de Viremount, sino cuatro Inquisidores del Imperio Santo.
De cerca, resultaban aún más inquietantes. Las telas blancas que les envolvían la cabeza estaban tan ceñidas que revelaban los afilados contornos de sus huesos faciales, pero sus facciones seguían siendo un misterio.
Solo sus ojos —penetrantes, pálidos y desprovistos de calidez— brillaban a través de las estrechas rendijas de sus capuchas.
—Julian Von Astrea —dijo el Inquisidor que iba al frente. Su voz no sonaba humana; era un zumbido monótono y sintético que parecía provenir de la propia tela—. La hora del Sol ha pasado, y la hora de la Pureza dará comienzo.
Alaric se interpuso delante de Julian, llevando instintivamente la mano a la espada. Los Inquisidores no se inmutaron. Ni siquiera miraron al Duque. Se limitaron a esperar, como estatuas talladas en sal.
—Voy con él —sentenció Alaric. No era una petición.
—El Duque puede observar —dijo el Inquisidor—. Pero el Espejo solo acepta un alma a la vez. No interfiera con la luz, o la luz consumirá aquello que no pueda purificar.
Julian puso una mano en el brazo del Duque y negó con la cabeza.
—No pasa nada —dijo—. Estábamos preparados para esto. Estoy listo, Lucien.
Alaric tenía el ceño fruncido con fuerza, pero su expresión se relajó al ver la confianza en el rostro de Julian.
—Está bien —dijo, bajando el brazo—. Estaré justo detrás de ti.