Star wars: Nace una leyenda - Capítulo 1
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1: VIDA 1: VIDA “¡Que sucede!” “¡No puedo ver nada!” Me encuentro en una completa oscuridad.
No recuerdo nada de lo que pasó; simplemente desperté, como si emergiera de un sueño.
Y, aun así, sigo pensando de que es una pesadilla de la cual no puedo despertar.
No siento mi cuerpo.
No escucho ni siquiera mi respiración.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que comencé a recuperar ciertos sentidos.
Primero escuche sonidos: extraños susurros que flotaban a mi alrededor.
Luego, el tacto… algo me envolvía.
Era pegajoso, pero al mismo tiempo cálido.
Extrañamente reconfortante.
Con el paso del tiempo empecé a sentir más.
Estaba creciendo.
Una idea absurda cruzó mi mente: tal vez había vuelto al origen de la vida…Y, de alguna forma, así fue.
El tiempo era relativo, no tengo idea de cuentas horas, días, semanas estuve así.
Pero un día, comencé a alejarme de aquel lugar cálido en el que había permanecido tanto tiempo.
Los susurros se volvieron más fuertes.
La oscuridad seguía ahí, pero ya no era tan absoluta como antes.
Entonces lo sentí.
Un abrazo.
Era un calor distinto… más suave, más afectuoso.
No sabría cómo describirlo con palabras.
Simplemente… lo entendí.
Había mucha gente a mi alrededor.
Podía oírlos hablar en un idioma que jamás había escuchado en mi mundo anterior.
No es que recuerde mucho de ese mundo… pero lo presiento.
Incapaz de ver, me guiaba únicamente por los sonidos.
Y por las emociones.
No sé si es solo mi percepción, pero puedo sentirlas: alegría, júbilo, ansiedad, incertidumbre… un torbellino que por un momento me dejó abrumado.
Fuera lo que fuese, el sueño volvió a reclamarme.
Tal vez lo averigüe más tarde.
No sé cuánto tiempo pasó después, pero mi estómago rugió con fuerza.
Hambre.
Intenté abrir los ojos.
Estaba cansado de vivir en la oscuridad.
Sin embargo, fue más difícil de lo que imaginaba.
Mis párpados no respondían a las órdenes de mi cerebro.
Era como cuando duermes sobre tu brazo y al día siguiente no lo sientes… como si no fuera parte de ti.
En algún momento sentí que me levantaban.
Me observaban.
Unos brazos me envolvieron y me acercaron contra un pecho cálido.
Escuché el latido de un corazón y, con él, un profundo sentimiento de amor maternal.
Instintivamente, me incliné y comencé a succionar mi alimento necesario para sobrevivir.
No me quejo.
Después de todo… ahora soy solo un bebé indefenso y hambriento.
Pasaron dos días antes de que, por fin, pudiera ver.
Y lo primero que pensé fue: Este lugar es extraño.
Las paredes estaban cubiertas de símbolos que recordaban a una época tribal… pero, al mismo tiempo, había estructuras demasiado refinadas para algo tan primitivo.
Apenas podía mover la cabeza, pero fue suficiente para que el miedo me recorriera la espalda.
—… ¡Mierda!
A mi lado, acostado tranquilamente junto a la cama… había un lobo.
Y no uno cualquiera.
Era enorme.
Mucho más grande que cualquier lobo de la Tierra.
De hecho, si tuviera que compararlo… diría que tenía el tamaño de un león.
Tragué saliva con dificultad.
Dios… por favor…Espero haber renacido para tener una vida mejor…y no para convertirme en excremento de lobo.
Al parecer, la criatura percibió mi terror.
El lobo giró lentamente la cabeza y sus ojos se clavaron en mí.
Azules como el cielo…pero con la frialdad de un abismo helado.
Mi cuerpo se tensó.
Sin embargo… No sentí hostilidad.
Lo que emanaba de él era… curiosidad.
Eso logró calmarme un poco.
En ese momento escuché pasos acercándose desde el exterior.
No eran rápidos, pero tampoco lentos.
Aun así, transmitían una clara sensación de urgencia.
Y entonces la vi.
Una mujer entró en la habitación.
Era hermosa.
Cabello largo y negro.
Piel blanca como la nieve.
Su rostro irradiaba valor y orgullo.
Vestía lo que parecía ser una armadura de cuero que se ajustaba perfectamente a su figura, como si hubiera sido hecha a medida.
Pero lo que más me impactó… fueron sus ojos azules.
Me miraban con una mezcla de amor… y miedo.
No entendía la razón de su temor.
Pero su cariño era mucho más fuerte.
El lobo se puso de pie y se apartó, cediéndole el paso.
La mujer —mi madre, supongo— me levantó con cuidado y me observó durante un largo rato.
Después llegaron más mujeres, jóvenes y ancianas.
Me tocaron, me revisaron, me analizaron como si temieran que padeciera alguna enfermedad.
Una anciana habló con mi madre en tono preocupado.
Aun así… Mi madre nunca dejó de mirarme con ese amor maternal.
Asi como llegaron, todas se marcharon.
Y me quedé… a solas con el gran lobo.
Los días comenzaron a pasar.
Comía tres veces al día, y solo en esos momentos podía ver a mi madre.
El resto del tiempo lo pasaba con el gran lobo o con una joven que se encargaba de cambiarme cuando lloraba.
Sin nada mejor que hacer, empecé a experimentar con esa extraña sensación que me permitía percibir las emociones de las personas.
La primera semana no obtuve ningún progreso.
Pero lo sé.
Lo siento.
Muy pronto… algo va a cambiar.
Por fin entendería a que mundo transmigre.
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