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Star wars: Nace una leyenda - Capítulo 2

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2: LA FUERZA 2: LA FUERZA Los días transcurrían con normalidad.

La misma rutina: comer, intentar dominar aquella sensación y dormir.

Nunca me consideré una persona perseverante, pero por primera vez no flaqueaba en mi esfuerzo por encontrar respuestas.

Estaba seguro de que las obtendría.

Algo dentro de mí me lo decía.

Y así ocurrió.

Después de varios meses… lo logré.

Era la Fuerza.

Esa energía mística de la que hablaban en la saga de Star Wars.

¿Cómo lo sabía?

No hubo palabras.

No hubo una voz susurrándome al oído.

Simplemente… lo entendí.

Mi mente se inundó de información.

Recuerdos que no eran míos —antiguos o futuros, no lo sé—, pero estaban ahí.

Vi Jedis empuñando sables de luz en medio de la guerra.

Los vi comandar ejércitos.

Los vi destruir la misma vida que juraron proteger.

Todo era claro.

Y entonces… todo volvió a la oscuridad.

Cuando recuperé la conciencia, me sentía más ligero, como si el universo entero me abrazara.

Como si finalmente formara parte de él.

Las voces a mi alrededor comenzaron a tener sentido.

No las comprendía del todo, pero sabía que no tardaría en hacerlo.

La Fuerza me había dotado de un conocimiento que jamás imaginé poseer.

Podía sentir las emociones de los seres vivos… y ahora comenzaba también a descifrar su idioma.

Había cumplido seis meses.

Estaba aburrido de la misma rutina, aunque gracias a ello pude entender algo importante: me trataban como su última esperanza.

Éramos un clan casi extinto de Mandalore.

Una extraña enfermedad había azotado a la población, llevándola al borde de la extinción.

Yo era el último descendiente del linaje de jefes del clan.

Fen’ruus.

Un apellido extraño… pero poderoso.

Mi nombre era Azmar Fen’ruus.

Y me gustaba.

Mi padre fue el último jefe del clan.

Nunca mencionaron su nombre; solo decían que murió honorablemente, protegiendo al pueblo.

Mi madre, la actual líder, se llamaba Fey Fen’ruus.

No podía estar conmigo con frecuencia por temor a contagiarme aquella enfermedad misteriosa que había reducido la población a la mitad, principalmente varones.

Cada día me volvía más hábil entendiendo a los demás.

Logré recolectar información valiosa, aunque todavía no sabía en qué punto del canon me encontraba.

Lo que sí descubrí fue que estaba en Concordia, una luna de Mandalore.

Un territorio lejano de la civilización central y de los clanes principales.

Nuestro clan era conocido por criar y domesticar a los lobos Fen, bestias utilizadas para cazar y rastrear.

El gran lobo que conocí al inicio pertenecía a mi madre.

Su nombre era Fen’rar.

Había sobrevivido a incontables batallas y era el alfa de la manada.

A veces lo observaba en silencio.

Su pelaje era negro, pero no como la noche… sino como el vacío del espacio, salpicado con manchas que recordaban fases lunares.

Sus ojos conservaban esa profundidad helada que imponía respeto.

La Fuerza no solo mejoró mi percepción.

También aceleró mi crecimiento.

Eso fue lo que escuché decir a una de las ancianas que me examinaba constantemente.

A los ocho meses ya podía ponerme de pie.

El día que di mis primeros pasos, todos se sorprendieron.

Esa noche celebraron un banquete.

No solo por mí.

La enfermedad había desaparecido.

Nadie sabía cómo llegó ni cómo se fue, pero habían pasado seis meses desde la última muerte.

El alivio era palpable.

La alegría también.

Aunque la pérdida… seguía presente.

El festín fue sencillo.

En el centro de la mesa colocaron una criatura similar a un ciervo.

Las mujeres vestían atuendos modestos, pero sus rostros irradiaban felicidad.

Algunas danzaban alrededor de una fogata; otras repartían comida y bebida.

Era una celebración humilde, pero llena de vida.

Yo estaba en el centro, en brazos de mi madre, junto a Fen’rar.

Observé a los guardias del clan.

Muchos iban acompañados por lobos, aunque más pequeños que Fen’rar, pero igual de feroces.

La mayoría eran mujeres.

Los hombres eran pocos, casi todos los jóvenes, adultos y ancianos habían sucumbido ante la enfermedad.

Los guardias vestían armaduras completas similares al cuero, teñidas de negro y decoradas con patrones de estrellas y lunas.

Eran sencillas, pero transmitían una presencia intimidante.

Algunos, los de mayor rango, portaban piezas de beskar: el metal más preciado de Mandalore, capaz de resistir disparos de bláster y el filo de un sable de luz.

El banquete concluyó con un discurso de mi madre.

Fue un mensaje de esperanza para el futuro… y de honor para los caídos.

Me levantó en brazos frente al clan.

Y en ese instante lo entendí.

El camino que me esperaba.

Una responsabilidad que jamás imaginé cargar.

El destino de muchas vidas… descansaba sobre mí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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