Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 4
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4: Capitulo 4: Un Aprendisaje.
4: Capitulo 4: Un Aprendisaje.
Han pasado varios años y, la verdad, todo es más tranquilo de lo que pensaba.
Después de construir la casa, las chicas me dieron una cálida bienvenida, aunque notaba a Perla un poco molesta conmigo.
Amatista y Garnet, en cambio, parecían haberme aceptado de una forma mucho más natural.
Amatista se comportaba como una hermana mayor y Garnet, en cierto modo, como una madre, aunque no pasaban demasiado tiempo en casa.
Cuando estaban, intentaban compartir momentos conmigo, algo que agradecía.
Recuerdo haber visto a Perla entregarles unos libros sobre cómo criar bebés humanos.
Aquello me sacó una gota de sudor; parecía que no le interesaba realmente y al mismo tiempo sí.
Quién la entiende… bueno, ese era yo.
Después de todo, ella era una Perla, y no cualquiera: era la Perla de Diamante Rosa.
Había perdido un poco su rumbo desde que ella se fue, y parecía intentar que yo fuera ese rumbo.
Espero que algún día deje de pensar así.
Ahora te preguntarás: ¿cómo va mi entrenamiento?
Pues te diré que mi mente, ya casi esquizofrénica de tanto hablar en tercera persona, está empezando a gustarme.
Parece que tengo amigos imaginarios, aunque me desvío del tema.
Ya controlo un poder: el escudo, lo más básico y a la vez más “OP” al principio de la trama.
¿Por qué es tan poderoso?
Ese escudo fue capaz de resistir el ataque de las Diamantes.
Ya te imaginarás lo increíble que es, ¿no?
Tenerlo bajo control es lo que más deseo, y poco a poco lo estoy consiguiendo.
Revisando mis recuerdos y, junto con mi tendencia a hablar conmigo mismo, descubrí por qué a Steven se le “rompía” el escudo.
En realidad, no se rompía.
Eso ocurría por su parte humana: la resistencia física necesaria para realizar esos movimientos y resistir ataques tan potentes hacía que esa resistencia disminuyera con rapidez.
En conclusión, si aumento mi resistencia física, prácticamente tendré un escudo impenetrable.
Pero dejando de lado todo eso, alguien se acerca.
Giro la vista hacia la puerta que conecta los cinco cuartos.
Y aquí es donde quizá te preguntes: ¿has entrado al cuarto de tu madre?
No.
¿Lo has intentado?
Totalmente.
Mi mente, siempre al borde de la esquizofrenia, daría frutos en ese cuarto, pero parece que no encuentro el sentimiento ni el momento adecuado para abrirlo.
No es que sea indispensable, solo sería para alimentar esta cabeza mía que vive en constante mantenimiento.
Sin embargo, antes de que me perdiera del todo en mis pensamientos, una voz me sacó de ellos.
Hola, viejo dijo Amatista con una sonrisa.
La miré y, respondiendo su gesto, levanté la mano con otra sonrisa.
¿Quieres ir por unas papas?
Ando con hambre preguntó ella.
La miré de reojo y respondí: ¿Por qué no?
Así, ambos salimos, no sin antes dejar una nota explicando que nos habíamos ido.
Y quizá te preguntes: ¿por qué dejar esa nota?
Aprendí por las malas que no debería irme sin avisar.
La última vez terminé castigado por Perla.
Cuando regresé, ellas prácticamente habían buscado incluso dentro del microondas.
No preguntes de dónde sacaron esa idea… pero bueno, supongo que es bonito ver que se preocupan por uno.
Eso no lo sentía en mi otra vida.
Solo con Sofi… y espero que ella esté tranquila, descansando en paz.
No quiero que pase lo que yo pasé en ese vacío.
Dejando de lado mis divagaciones, después de ir con Amatista a comprar las papitas —las cuales, debo decir, eran deliciosas— noté que tenían un parecido a las de McDonald’s de mi mundo.
Eran largas, crujientes, con un sabor distinto a las demás.
Me gustaban, la verdad.
Amatista me observaba de reojo, algo que no hacía desde hacía mucho tiempo… desde aquella conversación de hace, ¿qué?, ¿cuatro años?
No lo recuerdo bien.
Actualmente tengo trece, más o menos la edad del principio de la serie.
Oye, viejo dijo Amatista, con un tono entre serio y juguetón.
Las chicas y yo estábamos pensando… y bueno, queríamos que vinieras con nosotras a una misión.
La miré de reojo.
No me sorprendía.
En el fondo, me lo esperaba.
¿Por qué?
Porque no soy el Steven de la serie.
Yo soy más calmado, más serio y, cuando hace falta, muy amable.
Siempre las ayudo en lo que puedo, y parece que eso ha cambiado las cosas: en lugar de que yo tuviera que rogarles por ir a una misión, ahora eran ellas quienes me daban la oportunidad, aunque fuera solo para acompañarlas y verlas en acción.
Un avance enorme, sin duda.
—- — — —¿Por qué no?
—dije con una sonrisa confiada—.
He estado entrenando, ¿sabes?
Solté una risa juguetona, esperando su reacción.
¿Ah, sí?
respondió Amatista con una sonrisa pícara.
Claro que lo sabía.
Ella había estado a mi lado más que nadie y conocía de sobra cuánto me esforzaba.
No soy como el Steven original.
Yo sí tengo una buena complexión física.
Para nada estoy gordo como él.
Una imagen clara de esa diferencia brillaba en mi mente, como si fuera un recordatorio constante de que este camino que estaba forjando no era el mismo que el de aquel Steven.
Sí, lo sé —pensaba mientras caminaba junto a Amatista—.
Ella es la única que se dio cuenta de que ya puedo invocar el escudo.
Pero no sabe que también tengo la burbuja.
No la domino como el escudo y por eso no lo mencioné antes, pero tenerla como refuerzo es algo bueno.
Es mi pequeña ventaja.
Amatista siguió hablando.
Quería entrenarme antes de que las chicas me arrastraran a las misiones sin previo aviso.
Según ella, ya tenían ese plan en mente.
¿De verdad?
la miré con una gota de sudor resbalando por mi frente.
Ella asintió con su habitual gesto seco.
Adivina de quién fue la idea.
¿Perla?
Perla repitió con la misma seriedad.
Para eso estaba ella, la genial Amatista.
Aunque ya habíamos entrenado en secreto, me guiñó un ojo, cómplice.
Yo tampoco les contaba todo a las demás, ni siquiera a mi “esquizofrenia de público”.
Pero ¿cómo me iban a culpar?
Durante estos entrenamientos había evolucionado rápido.
Podía correr casi, pero casi, a la par con Amatista.
Eso era un avance enorme.
No le había ganado ninguna vez todavía, y sabía bien por qué: ninguno de los dos estaba usando todo su poder.
Vamos a entrenar dijo ella con una sonrisa.
Claro que sí respondí con determinación.
Entramos juntos a la casa, subimos con precaución al portal y, en un destello, fuimos teletransportados.
Aparecimos en la Arena Celestial, un lugar suspendido en lo alto del cielo, tan lejos que nadie podría encontrarnos.
Allí no había miradas indiscretas ni interrupciones.
Solo nosotros dos.
Caminamos hacia el centro de la arena, intercambiando miradas, palabras sueltas y sonrisas que rompían el silencio del viento que nos rodeaba.
El ambiente se tensó.
No hicimos falta palabras: aquel año y medio de entrenamiento nos había dado una visión nítida el uno del otro, así que, en silencio, nos enfrentamos.
Amatista me lanzó un golpe hacia el pecho; yo lo cubrí con el antebrazo y, al recibir el impacto, resbalé hacia atrás.
Ella aprovechó la apertura y corrió, sacando su látigo con una velocidad que casi me sorprende.
Antes de que el látigo alcanzara mi cabeza, invoqué mi escudo.
Un sonido resonó: el choque del metal contra la barrera y el chasquido del látigo acostumbraron mis tímpanos a ese timbre, y no pude evitar sonreír.
Volvimos a acercarnos a toda prisa.
Amatista lanzó su látigo contra unas rocas de los entrenamientos anteriores para impulsarse y embestirme, pero yo arrojé el escudo al estilo de un lanzador y rompí su arma.
Corrí hacia ella y le acerté un golpe en el estómago.
«Le atiné», pensé, aunque mi sonrisa se frunció al ver que Amatista apenas retrocedía.
Ella volvió a correr hacia mí; antes de que desplegara otro látigo, mi escudo, aún invocado, se retraía y volvió por detrás para golpearla en la nuca, desorientándola.
Aproveché la posición y arrodillé el ataque: mi rodilla impactó certera.
Amatista recibió el golpe de lleno y retrocedió más, pero enseguida se recompuso.
Nada mal, Stevo dijo, y yo, con una gota de sudor en la frente, sonreí ¿Seguimos?Totalmente contesté.
Peleamos toda la tarde.
(Nota mental: este Steven tiene un potencial creciente y mucha creatividad; no es solo por mi tendencia a hablar conmigo mismo.
Si prestas atención, puedo retraer el escudo qué innovación, Pensé: ¿cómo gasto menos energía al invocar el escudo?
¿Y si no lo desactivo y simplemente lo mantengo?
De ahí salió esto: un escudo retraíble.).
Así, después de una hora, se decidió un ganador.
Aunque por muy poco, Amatista había vencido.
Gané dijo con sudor en la frente y una sonrisa cansada.
De verdad avanzas rápido, chico.
Amatista no era como en la historia original.
Ella sabía que Steven se esforzaba de verdad, reconocía en él a alguien con potencial para superar los límites, y cómo no, si en su interior llevaba la gema de Rose.
Para nada… respondió Steven, tirado en el suelo con algunos moretones.
“Qué humilde”, pensó Amatista, sonriendo con ternura.
Bueno, descansemos un poco y nos vamos.Está bien… dijo Steven, con voz baja.
Pasaron unos minutos de silencio antes de que Amatista hablara mientras caminaban hacia la plataforma: Estate atento, Steven.
Posiblemente en estos días sea esa misión.
Pero estaré ocupada, así que no podré entrenar contigo.
Steven asintió con la cabeza mientras el portal los rodeaba.
En segundos, llegaron de nuevo a la casa.
Nos vemos dijo Amatista entrando a su cuarto.
Antes de que la puerta se cerrara, alcanzó a escuchar un “gracias” salir de los labios de Steven.
Ella solo sonrió y lo dejó solo.
Steven suspiró y pensó que lo mejor era asearse.
Se dio una ducha rápida, preparó una comida nutritiva y, mientras comía, dejó escapar un pensamiento en voz baja: “Tal vez mañana vaya por donas.
Ya hace tiempo que no visito a Sadie y a Lars”.
A diferencia de la historia original, con Lars se llevaba mucho mejor.
Es cierto que él aún tenía esa mentalidad de juntarse con los niños populares, pero al menos ya no despreciaba a Steven como antes.
Ahora lo llamaba por su nombre, y eso, aunque pequeño, era un cambio importante.
Cansado, Steven cayó rendido en la cama.
Cerró los ojos, dejó que el sueño lo envolviera y murmuró apenas audible: Mañana será otro día… Y así, poco a poco, se quedó dormido.
Fin del capítulo 4.
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