Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 5
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5: Capitulo 5: Algo esperado.
5: Capitulo 5: Algo esperado.
Pasaron los días y yo, Steven, llevaba una vida tranquila.
Entrenaba, comía, pasaba tiempo con mi grandioso padre y estudiaba con mi teléfono.
Sí, lo sé, técnicamente ya había pasado por estudios universitarios en mi otra vida, pero aun así me mantenía repasando cosas para no convertirme en un completo descerebrado.
Mi padre, como en la historia original, me dejaba hacer lo que quisiera, y yo aprovechaba esa libertad para crear mis propias estrategias.
Aunque claro, hablar tanto solo comenzaba a afectarme más de lo que pensaba.
A veces era maestro, a veces alumno, todo en una misma mente.
Pero dejando de lado esas divagaciones, aquella mañana me encontraba entrenando en la playa.
El sol apenas se alzaba sobre el horizonte y yo ya llevaba rato ejercitándome, concentrado en mis dominadas, cuando de repente escuché el familiar sonido del portal de la casa activándose.
Lo miré de reojo, sin detenerme.
Seguí con mi ritmo, subiendo y bajando, hasta que llegué a la centésima repetición.
Fue entonces cuando escuché cómo la puerta de la casa se abría.
Giré la cabeza con curiosidad y allí estaban ellas: Amatista, Perla y Garnet.
Las tres me observaban fijamente.
Garnet, con su expresión seria, aunque cargada de una energía distinta, como si algo importante estuviera a punto de suceder.
Perla, en cambio, mostró en su rostro esa mezcla de desaprobación y temor que tan bien conocía.
Y Amatista…
bueno, ella era Amatista, con esa mirada relajada y esa sonrisa juguetona que la caracterizaban.
El ambiente se volvió denso en un instante.
Hola, chicas dije con una sonrisa mientras dejaba caer el sudor de mi frente.
¿Cómo están?
Garnet levantó la mano en un saludo breve, Amatista bajó de inmediato a mi lado, y Perla solo se limitó a decir: Buenos días.
¿Algo que necesitas?
Pregunté arqueando una ceja.
Yo quiero un desayuno dijo Amatista sin pensarlo dos veces.
¡Amatista!
replicó Perla con esa mirada desaprobatoria tan suya.
¿Qué?
contestó Amatista enojada, cruzándose de brazos.
Ambas comenzaron a discutir al instante, como de costumbre.
Yo giré la cabeza hacia Garnet con una mirada que prácticamente le decía: ¿Puedes detenerlas, por favor?
Ella captó el mensaje enseñado.
Se interpuso entre las dos y, colocando una mano en el rostro de cada una, dijo con calma pero firmeza: Basta de pelear.
Vamos a lo que vinimos.
Las tres se giraron a verme al mismo tiempo.
¿Qué?
¿Tengo algo en la cara?
Me llevé la mano a la mejilla mientras terminaba de secarme el sudor.
Es el momento dijo Garnet, con su voz seria y cargada de energía.
La miré de reojo.
¿Momento de qué?
Perla, con un tono más grave, intervino: De demostrar tu valía.
Necesitas entrenar más si quieres seguir el legado de tu madre.
Sus palabras me golpearon fuerte.
La miré de reojo otra vez, pero luego fijé mis ojos en Garnet.
Entonces… ¿voy a una misión con ustedes?
Sí respondió Garnet.
¿Estás listo?
Bajé la mirada un instante, respiré hondo y luego los miré a las tres.Bueno… no sé si realmente estoy listo.
Volteé directo hacia los ojos de Perla.
Y tampoco sé si estoy a la altura de mi madre.
Pero espero que esta misión me haga más fuerte.
Perla lo observó con su típico aire de desdén, aunque esta vez, en el fondo, también había algo de temor en su mirada.
Bueno dije con un leve gesto de desafío, ¿vamos o qué?
Vamos, viejo dijo Amatista.
Rápidamente se dirigió al portal y yo la seguí con una sonrisa.
No me molesté en cambiarme; de todos modos me ensuciaría.
Garnet miró a Perla de reojo y caminó con calma hacia Amatista y hacia mí.
Perla se quedó atrás, susurrando para sí: te pareces tanto a ella, pero a la vez sé que no eres ella.
Miró hacia la casa y continuó caminando.
No te parezcas a ella, murmuró.
Los cuatro estuvimos en el portal y, en seguida, este se encendió.
Mientras viajábamos por el vórtice, Perla y Garnet notaron que yo iba tranquilo.
No iba dando vueltas como ellas pensaban que haría; tuvieron que ajustarlo y eso dio pie a un pequeño sermón, aunque la sorpresa fue grata para ambas.
Amatista desvió la mirada para contener la risa; sabía que yo ya había pasado por eso, aunque no con ellas.
¿A dónde vamos?
pregunté.
Pasaron unos segundos antes de que Garnet respondiera.Vamos a la Torre del Mar Luna.
Alcé una ceja.¿Objetivo?
pregunté.
restaurarla contestó Garnet.
rescatarla.
Recordando los pocos recuerdos que guardaba de la serie, aquello cuadraba con lo que recordaba como objetivo.
¿Qué habrá cambiado?
pensé, inquieto.
En pocos instantes llegamos a una roca en la que se posó el portal, abandonando la sensación de viaje y preparándonos para lo que estaba por venir.
Los cuatro nos acercamos al borde y me sorprendí.
Frente a nosotros se alzaba una torre que parecía la de Pisa, inclinada, hundida en parte y rodeada por muros de agua.
Es hermoso dije, maravillado.
¿Verdad?
respondió Perla, dejando salir de la nada su lado científico.
Era un oasis para las Gemas en la Tierra, pero con el tiempo se deterioró hasta quedar en ruinas.
Hizo una pausa y me miró fijamente.Algo genial para nosotras… y tú.
Vamos a reconstruirla.
Seguí sus palabras con cierto entusiasmo.Si vamos a repararla, me imagino que tenemos con qué hacerlo.
Perla asintió y, de su gema, sacó la estatua de una mujer.Esto debemos colocarlo arriba para evitar que la torre siga deteriorándose.
Está bien respondí, aún algo incrédulo.
Lo llevarás tú dijo, entregándome la estatua.
¿Eh?
me quedé helado, una gota de sudor recorriéndome la frente.
¿No estaría más seguro dentro de tu gema?
Lo estaría respondió ella con firmeza, pero esto es una prueba para ti.
Garnet asintió en silencio, aprobando la decisión.
Amatista, por su parte, se mantenía con los brazos tras la espalda, observando con una sonrisa traviesa.
Los cuatro saltamos al interior.
Garnet y Perla se sorprendieron por la potencia de mi salto, aunque intentaron disimularlo.
Amatista, en cambio, estaba a punto de reírse a carcajadas.
Nos adentramos en los pasillos de la torre, avanzando entre corredores desgastados hasta llegar a una zona cubierta de gusanos.
Perla, con su tono meticuloso de siempre, comenzó a trazar un plan improvisado.
Creó un holograma para explicarme cómo debía seguirla.
Yo la miré incrédulo.¿No sería mejor observar su comportamiento directamente?
Sin esperar respuesta, avancé con paso firme entre los gusanos.
Garnet me observó en silencio, sin reprochar nada.
Amatista me siguió con una sonrisa divertida, mientras que Perla continuaba hablando, completamente enfrascada en su explicación.
El problema era que sus palabras resonaban demasiado alto en aquel lugar.
Yo sabía que cualquier sonido podía alterar a esas criaturas, así que decidí ignorarla.
Los gusanos, molestos por la charla, comenzaron a agitarse, y Perla finalmente se dio cuenta de que hablaba sola.
Al girar, notó que ya nos habíamos adelantado y tuvo que esquivar apresuradamente a los gusanos para alcanzarnos.
Algo no cuadraba.
Aunque se habían mostrado inquietos, en realidad no parecían interesados en nosotros.
Ni siquiera se molestaron en atacarnos.
Esa calma extraña me erizó la piel.
Avanzamos hasta llegar a la sala donde debía colocarse la estatua de la mujer que mantendría en pie el monumento.
Caminábamos con cautela, evitando a los gusanos, que permanecían demasiado quietos, como si esperaran algo.
Está muy fácil murmuró Amatista, aunque en su voz se notaba cierta tensión.
Sí… respondió Garnet, desviando la mirada hacia un rincón de la sala.
Yo lo noté.
Seguí la dirección de sus ojos y ahí estaba: un brazo, retorcido, cubierto de varios colores que brillaban de manera antinatural.
Me quedé helado.¿Un brazo?
—pensé.
Mi respiración se aceleró.
No… eso no es un simple brazo.
Tiene… varios colores.
La verdad me golpeó de golpe.Una gema corrupta… Un sudor frío recorrió mi frente.Eh… chicas… dije en voz baja, con un hilo de nerviosismo.
¿Qué pasa, viejo?
respondió Amatista, sin dejar de observar.
Di un paso atrás, tragando saliva.No sabía que había… más de ustedes por aquí.
Ellas se tensaron de inmediato, siguiendo la dirección de mi mirada.
Allí estaba: una gema corrupta.
Su cuerpo era el de una bestia de cuatro patas, con una melena desordenada que le daba un aire salvaje.
En la espalda brillaba una gema extraña, con forma que recordaba a una Lapislázuli, pero más redonda, casi deformada.
No podía identificar con certeza qué tipo de gema era, pero lo que sí sabía era que la situación era seria.
Su tamaño imponía respeto.
Las chicas no dudaron.
En un movimiento sincronizado, sacaron sus armas, y Garnet me ordenó con voz firme:¡Atrás, Steven!
No tuve tiempo de discutir.
Salté hacia atrás con la estatua firmemente sujeta en mis manos.
La criatura rugió con fuerza y se lanzó contra ellas.
Perla fue la primera en reaccionar, lanzando su lanza en un intento de empalarla, convencida de que solo se trataba de una bestia sin control.
Pero estaba equivocada.
La gema corrupta bloqueó el ataque y, con un movimiento brutal, golpeó a Perla, lanzándola fuera del monumento.
¡Perla!
grité con desesperación.
Amatista reaccionó de inmediato.
Se lanzó contra la bestia, envolviéndola en una bola de velocidad que rodó por el suelo a toda potencia hasta hacerla chocar contra el piso.
El impacto levantó polvo y piedras, pero la criatura apenas se sacudió.
Garnet no dudó y saltó hacia adelante, sus puños cargados de energía.
Estaba a punto de darle el golpe final cuando la gema corrupta abrió su boca y dejó escapar un rugido sónico ensordecedor.
Las paredes del lugar se resquebrajaron y el suelo tembló.
Garnet fue arrojada violentamente por los aires, justo hacia la misma dirección por donde Perla había caído.
¡Me lleva la…!
alcanzó a exclamar Perla, ya recuperada, justo antes de ver a Garnet caer encima de ella.
Las dos se estrellaron contra el suelo con un estruendo, levantando polvo y escombros.
Desde mi posición escuché el grito desgarrador de Perla.¡STEVENNNN!
Un sudor frío me recorrió la frente.
Mi mirada se clavó en Amatista, que en ese momento lo estaba dando todo contra la criatura.
Pero era inútil.
La gema corrupta, con una fuerza devastadora, ya se había liberado por completo de las ataduras de Amatista.
¿Quieres ayuda?
grité saliendo de mi aturdimiento.
Amatista me lanzó una mirada rápida mientras esquivaba los zarpazos de la criatura.
Por un segundo dudó, y luego bufó con impaciencia.¡A la mierda, ven de una vez a ayudarme!
Dejé la estatua en una zona segura y me estiré, moviendo los brazos y el cuello.¿Qué haces?
protestó Amatista, esquivando otro golpe.Estirándome.
¿No ves que soy humano?
No quiero lesiones por eso.
Ella, colgando desde una altura después de impulsarse con su látigo, me observó con una expresión seca.…Bueno, bueno, ¡ya ven aquí!
Sonreí y, en un movimiento decidido, invoqué mi escudo.
Corrí directo hacia la bestia, que al verme rugió con tal potencia que el aire vibró.
Coloqué el escudo frente a mí, absorbiendo el impacto del sonido que me empujó varios metros hacia atrás.
Amatista aprovechó el momento.
Lanzó su látigo con todas sus fuerzas, golpeando a la gema corrupta y estrellándola contra el suelo, que se resquebrajó bajo su peso.
Yo recuperé el equilibrio y, al ver la oportunidad, lancé mi escudo como si fuera el Capitán América.
Amatista comprendió al instante lo que buscaba.
Con un movimiento certero de su látigo, redirigió la trayectoria del escudo.
Este giró con violencia y se incrustó en la bestia, que apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que el impacto explotara en un destello.
El cuerpo deforme cayó, y la gema rodó hasta quedar desnuda en el suelo, temblando.
Amatista aterrizó a mi lado, respirando agitadamente.Nada mal para tu primera batalla mortal… casi me destrozas los tímpanos con ese rugido.
Yo asentí, jadeando.Totalmente.
Estiré la mano para llamar de nuevo a mi escudo, que intentaria regresar vibrando hacia mí.
En ese momento Garnet y Perla entraron corriendo.
¡STEVEN!
exclamó Perla, ansiosa, mirando hacia todos lados, incapaz de procesar que yo estaba justo allí, de pie.
Garnet, más tranquila, me observó en silencio.
Entonces levantó el pulgar, firme.
Sin embargo, cuando sus ojos se posaron en el escudo de mi madre, se detuvo un instante.
La tensión en su rostro fue casi imperceptible, pero luego levantó también la otra mano, repitiendo el gesto de afirmación.
Te está felicitando murmuró Amatista, con una sonrisa cansada.
Yo solo me rasqué la cabeza, intentando disimular el orgullo que se encendía en mi pecho.
Perla miraba desesperada en todas direcciones, buscando algún indicio de peligro.
Fue entonces cuando sus ojos se posaron en mi escudo.
Se quedó pálida, inmóvil.
Yo, al notar su mirada fija, decidí atraer el escudo hacia mí.
La trayectoria del arma la obligó a seguirla con la vista y, apenas comprobó que era mío, corrió hacia mí sin dudarlo.
¡Oh, mi pequeño bebé!
exclamó, rodeándome con los brazos en un abrazo sofocante.
¿No tienes rasguños?
¿No tienes golpes?
¿Qué te hizo ese monstruo?
¿Dónde está ese monstruo?
Amatista, con la burbuja en la que descansaba la gema corrupta, la observó con cara de incredulidad.¿Es en serio?
murmuró, levantando una ceja.
Perla me revisaba de pies a cabeza, buscando una herida que no existía.
Cuando terminó su inspección, volvió a mirar el escudo, aún temblando.Ese… ese… ese… Mi herramienta dije con una sonrisa, orgulloso.
Ese… ese… siguió tartamudeando, como si sus pensamientos no alcanzaran para procesar lo que veía.
Perla necesitaba tiempo, diria Garnet.
Estaba claro que aún no podía asimilar la situación.
¿Tienes la estatua?
preguntó de pronto, con un hilo de voz.
Amatista y yo nos miramos al mismo tiempo.
Mi corazón dio un vuelco.
Levantamos la vista: la luna estaba casi en su punto más alto.
¡Carajo!
gritó Amatista, buscando la estatua a toda prisa.
Yo corrí hacia el lugar donde la había dejado, la tomé entre mis brazos y la coloqué en el pedestal justo a tiempo.
Un resplandor suave se extendió por el monumento, estabilizándolo.
La luna alcanzó su cenit y, por un instante, el mundo contuvo la respiración.
Luego, el peligro pasó.
Todos soltamos un suspiro de alivio.
Perla, sin embargo, continuaba murmurando cosas incoherentes sobre cómo crecen los bebés y la fragilidad humana.
No estaba del todo en este plano.
Los cuatro regresamos a la casa en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos.
Yo me fui directo a darme una ducha, dejando a las chicas frente a la puerta.
Avanza muy rápido, ¿no lo crees?
dijo Amatista con una sonrisa cansada, rompiendo el silencio.
Perla, ya más calmada, tenía lágrimas en los ojos.
Y yo pensando que… que lo protegeríamos… y, y, y… Antes de terminar, se lanzó contra Amatista, abrazándola con desesperación y llorando aún más fuerte.
¡Dios mío!
Murmuró Amatista, incómoda, intentando apartarla.
¡Suéltame, Perla!
Pero no lo hizo.
Perla lloraba como si hubiera vuelto a perder algo irremplazable.
Tiene potencial dijo Garnet ajustándose las lentes, mientras observaba la escena.
La antes severa y molesta Perla ahora lloraba a yeguas en los brazos de Amatista, incapaz de contenerse.
Steven, por su parte, disfrutaba del momento más relajante de su vida bajo la ducha.
Mañana será otro día murmuró con tranquilidad.
Pero de pronto, un poco de champú se deslizó hasta su ojo.
¡Aaaah!
Gritó con fuerza, ya que la mezcla era demasiado fuerte y picaba terriblemente.
Perla, que aún sollozaba, reaccionó de inmediato al escuchar el grito.
Se incorporó de golpe con el rostro pálido y los ojos llenos de preocupación.
¡Mi bebé necesita ayuda!
exclamó con una nueva energía, olvidando de un instante a otro su llanto.
Oye, espera… ¿y si estás desnudo?
preguntó Amatista al ver cómo Perla corría hacia el baño.
¡Qué importa!
replicó ella con determinación.
¡Voy por ti, mi niño!
¡Steven, cierra la puerta!
gritó Amatista desde el pasillo, aunque ya era demasiado tarde.
Garnet observaba todo con una gota de sudor resbalando por la sensación.
De todos los futuros posibles que había visto, este estaba destinado a ocurrir.
Y desde lo lejos, volvió a escucharse otro grito de Steven, esta vez desesperado, al ver cómo derrumbaban la puerta de su baño.
Fin del capítulo 5.
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