Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 62
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62: Capitulo 62: La duda de Azul.
62: Capitulo 62: La duda de Azul.
Mientras Steven regresaba a casa, la noche ya había terminado de asentarse sobre Beach City.
Las luces lejanas del paseo marítimo parecían más tranquilas de lo normal, como si incluso el mundo supiera que era momento de bajar el ritmo.
Faltaba solo un día para que Connie volviera, y eso lo tenía inquieto desde la mañana.
No era nerviosismo malo, pero sí una energía constante que no lo dejaba quedarse quieto.
Había pasado gran parte del día recolectando frutas, comida y pequeños regalos que sabía que a Connie le gustaban.
Cosas simples, pero pensadas.
Incluso había conseguido una moneda de oro bastante vieja, pesada en la palma de su mano, con ese brillo que no parecía de este tiempo.
Su papá no la quiso cuando Steven se la mostró, por alguna razón que no terminó de explicar, pero Steven pensó que tal vez a Connie sí le gustaría.
O al menos le parecería curiosa.
Pero eso sería problema del Steven de mañana.
Ahora estaba cansado.
Ya en su habitación, se dejó caer sobre la cama con un suspiro largo.
Lápiz dormía profundamente a su lado, ocupando más espacio del necesario, con el teléfono aún encendido y tan caliente que prácticamente irradiaba calor.
Steven la miró unos segundos antes de negar con la cabeza.
Con cuidado, tomó el teléfono y lo apartó antes de que terminara explotando o, peor aún, quemándole un pie en mitad de la noche.
Lo dejó cargando en otro sitio y volvió a recostarse, mirando el techo mientras el silencio regresaba.
Su mente, en cambio, no se callaba.
Había terminado con el Cluster.
Eso no era poca cosa.
No lo destruyó, no lo ignoró.
Lo escuchó.
Pensar en eso todavía le apretaba algo en el pecho.
También estaba ayudando a Peridot, que había decidido quedarse en la granja porque, según ella, ese lugar era más cercano a su hábitat natural.
Steven no estaba del todo convencido, pero verla tranquila ahí le daba algo de paz.
Amatista estaba con ella casi todo el tiempo.
Las dos se llevaban sorprendentemente bien, al punto de volverse inseparables.
Steven sonrió levemente al recordarlas criticando a Perla con una exageración tan absurda que resultaba imposible tomárselo en serio.
Negó con la cabeza.
Luego, inevitablemente, recordó la fusión.
Cuarzo Arcoíris.
La sensación de alivio, de calma profunda, como si algo que llevaba apretado desde hacía mucho por fin hubiera aflojado.
También recordó los secretos de su madre, cosas que no esperaba que lo afectaran tanto.
Pensó que ya estaba acostumbrado a cargar con ese legado, pero la fusión le había demostrado lo contrario.
Le había hecho bien.
Por un momento, consideró la idea de volver a fusionarse.
No porque necesitara escapar, sino porque sabía lo relajante que podía ser.
Pero enseguida descartó el pensamiento.
No quería usar a Perla de esa manera.
Ella no era un refugio ni una herramienta, y lo sabía.
Si volvían a fusionarse, sería porque Perla lo mencionara primero, de otra forma, en otro momento.
Con ese pensamiento final, Steven cerró los ojos.
Su respiración se fue calmando poco a poco, mientras el cansancio real, no el emocional, empezaba a ganarle la batalla.
La noche avanzó.
Y con ella, sin que Steven lo supiera aún, algo más comenzaba a moverse en el silencio de sus sueños.
Steven sintió el jalón familiar en el pecho, ese tirón suave pero inevitable que siempre aparecía cuando dormía profundamente.
No dolía, pero tampoco era agradable.
Era como si alguien tomara su gema y tirara de ella con cuidado, sin pedir permiso.
“Esta vez quién será…
¿Lars?
¿Connie?
¿Kiwi?
¿Roberto?
¿Connie otra vez?
¿Ronaldo?…
espero que no sea ese”, pensó mientras la oscuridad lo envolvía por completo.
El vacío lo arrastró durante unos segundos que parecieron estirarse más de lo normal.
Entonces, sin transición clara, algo cambió.
Steven abrió los ojos.
“¿Eh?” El lugar no se parecía a ninguno de sus sueños habituales.
No había estrellas, ni espacio abierto, ni ese tono rosado al que ya se había acostumbrado.
Todo estaba cubierto por una luz azul profunda, casi líquida, como si el aire tuviera peso.
El suelo reflejaba la luz como un espejo de agua congelada y, aun así, no estaba mojado.
“¿Azul?”, dijo sin pensarlo.
“¿Eh?” La voz resonó detrás de él.
Grave, cansada, llena de una tristeza tan densa que Steven la sintió antes incluso de girarse.
No lo hizo de inmediato.
Se quedó quieto unos segundos, con los hombros tensos.
Cuando finalmente volteó, la vio.
La figura gigante de Diamante Azul estaba allí, arrodillada parcialmente, con la cabeza inclinada.
No necesitaba mirarla directamente para sentir su presencia.
Era imposible ignorar algo tan grande, tan cargado de emoción.
Steven, sin embargo, no dijo nada.
No la saludó.
No preguntó por qué estaba ahí.
No mostró sorpresa ni respeto.
Desde lo ocurrido con el Cluster, no quería hablar con ningún Diamante.
Y menos con ella.
La última vez que se encontraron, aún tenía grabada la imagen de una Rubí rompiéndose frente a sus ojos como si no fuera nada.
Así que hizo lo único que podía hacer.
La ignoró.
Steven desvió la mirada y comenzó a observar el lugar con atención.
Si estaba ahí, debía haber una razón más allá de ella.
El entorno no era solo un fondo; se sentía construido, pensado.
Caminó unos pasos, notando cómo el suelo reaccionaba apenas a su presencia, como si reconociera su gema.
A lo lejos, vio columnas translúcidas que parecían hechas de lágrimas solidificadas.
Dentro de algunas, sombras se movían lentamente, como recuerdos atrapados.
No eran gemas completas, eran ecos.
Emociones que no habían encontrado descanso.
Frunció el ceño.
Entonces la vio.
Un poco apartada, casi escondida entre estructuras cristalinas, estaba una Perla azul.
No la suya.
Esta permanecía quieta, con la mirada baja y las manos cruzadas al frente.
No hablaba, no se movía.
Su expresión era la de alguien que había aprendido a desaparecer para no molestar.
Steven se acercó lentamente, sintiendo una incomodidad que no sabía explicar.
“…” No dijo nada.
Solo la observó.
La Perla levantó la mirada por un segundo, como si lo hubiera sentido, pero no habló.
Sus ojos estaban apagados, cargados de una obediencia absoluta que le revolvió el estómago.
Steven apretó los puños.
Este lugar no era solo un sueño.
Era un reflejo.
Un espacio hecho de duelo, control y silencio forzado.
Y Diamante Azul no era el centro…
era el ancla.
Detrás de él, la presencia de Azul seguía ahí, paciente, pesada, como una marea que espera.
Steven respiró hondo.
Todavía no iba a hablarle.
Primero quería entender dónde estaba realmente.
Mientras caminaba con pasos lentos, Steven notó que el lugar estaba casi vacío.
Solo estaban ellos: Diamante Azul y su Perla, que permanecía a un lado, inmóvil, con la cabeza ligeramente inclinada.
No había ningún otro movimiento, ninguna gema más, ningún eco de voces que lo distrajera.
Todo el espacio parecía estar contenido en un silencio frío, como si respirara solo para sostener la presencia de Diamante Azul.
Steven levantó la mirada hacia ella por un instante.
La Diamante parecía percibir algo desconocido; su cabeza se alzó lentamente, y sus ojos grandes y profundos buscaron en la nada, siguiendo un rastro que él no podía ver.
No era un gesto de amenaza, ni de curiosidad del todo.
Más bien era…
cautela.
Steven, sin embargo, no se inmutó.
Sabía que si hablaba, si hacía cualquier movimiento, ella se daría cuenta de su presencia.
Pero ahora mismo era invisible, un observador silencioso.
Podía estudiar todo sin que la enorme presencia azul lo detectara directamente.
Sus ojos se desviaron entonces hacia un panel que parecía surgir del suelo frente a él.
No era un panel común; era parte de la estructura misma del lugar.
Cristales y luz azul convergían en patrones que recordaban mapas de constelaciones, pero no eran estrellas.
Eran sistemas, planetas, satélites y líneas de energía que se entrelazaban como raíces de un árbol inmenso.
Steven inclinó la cabeza, acercándose con cautela, tratando de que su respiración no rompiera el silencio.
Tocó la superficie del panel, y al instante las proyecciones respondieron a su presencia.
La luz azul brilló un poco más intensa, mostrando un planeta más grande, más brillante, claramente el planeta madre de las gemas.
Se sorprendió al notar los detalles: continentes completos, estructuras flotantes y zonas de energía que vibraban como si el planeta estuviera vivo.
Caminó alrededor del panel, observando cada proyección con cuidado.
Las líneas de energía parecían conectarse directamente con lugares.
Pasaron unos minutos mientras examinaba cada detalle.
Tocaba un cristal y una luz mostraba los flujos de poder que emanaban del planeta, el pulso de energía de las Diamantes, la posición de los fragmentos que se habían liberado.
Se dio cuenta de que podía aprender mucho de este lugar si se mantenía tranquilo y observador.
Y entonces, la voz.
Grave, solemne, cortando el silencio como un trueno contenido: “Universe…
¿eres tú?” Steven se quedó quieto.
No respondió.
Lentamente giró la cabeza y la vio directamente.
Sus ojos se encontraron con los de Diamante Azul.
No dijo nada.
Solo la miró, con calma, evaluando cada gesto, cada pequeño movimiento de su gigante presencia.
En ese instante, todo el planeta, el panel, la energía, y la silenciosa Perla parecían esperar su reacción.
Pero Steven no tenía prisa.
No iba a hablar.
No todavía.
Primero quería ver.
Observar.
Entender.
El silencio volvió, pesado, y Steven continuó explorando con la mirada el panel y el planeta, mientras la gigantesca forma azul lo seguía con los ojos, intentando descubrir quién era realmente aquel pequeño ser que caminaba entre secretos antiguos y memorias cristalizadas.
“¿Estás enojado?”, dijo Diamante Azul después de un momento de silencio pesado.
Steven levantó la vista del panel que había estado observando, del planeta que se extendía ante él como un mapa vivo, y respondió con una voz baja pero firme.
“Tal vez”, dijo, claramente transmitiendo más de lo que las palabras podían contener.
“¿Tú qué piensas?”, replicó ella, su tono cargado de una mezcla de curiosidad y cansancio, como si hubiera esperado esa pregunta durante siglos.
Steven frunció un poco el ceño, mientras sus ojos recorrían de nuevo la escena a su alrededor.
Todo estaba quieto, tan silencioso que podía escuchar el eco de su propia respiración, o al menos la sensación de que el silencio lo estaba observando.
“Yo no quería romperla”, continuó Diamante Azul, su voz temblando levemente mientras explicaba.
“Solo quería que se fuera.
Le iba a decir a Perla que la llevara a otro lado.” Steven miró de reojo a la Perla azul que estaba a un lado, quieta, casi invisible, como si fuera parte del aire mismo.
La Perla hizo un pequeño movimiento, un gesto tan sutil que solo Azul podría haberlo percibido.
La gema permaneció en silencio, pero su postura decía más que cualquier palabra: obediencia, espera y una ligera ansiedad contenida.
Steven respiró hondo y fijó la mirada de nuevo en Diamante Azul.
La figura azul era gigantesca, inmóvil, pero cargaba con una presencia tan pesada que podía sentirse en la punta de sus dedos, en su corazón, en el fondo de su pecho.
“Si yo fuera una gema y te hablara como te estoy hablando…”, comenzó Steven, con la voz apenas un susurro, “¿me romperías?” El silencio se extendió como un manto.
Incluso el planeta parecía contener el aliento.
Diamante Azul abrió lentamente los ojos, grandes y profundos, y los dirigió hacia donde sentía la presencia de Steven.
Su mirada no lo buscaba como antes; era curiosa, evaluadora, y cargada de siglos de experiencia y dolor acumulado.
Luego de unos segundos que parecieron eternos, respondió.
“Si me hubieses preguntado en la Era Uno, te diría sin titubear…
lo haría”, dijo, con una honestidad que helaba la sangre.
Steven parpadeó, dejando que la declaración se asentara en su mente.
Era una afirmación simple, directa, sin rodeos, y al mismo tiempo aterradora.
Miró hacia el techo, intentando procesar la magnitud de esa verdad.
“Pero ahora…”, continuó Azul, con un tono más suave, más introspectivo, “ahora no estoy segura.
Desde la muerte de Rosa no he sido muy activa y he…
he tenido tiempo para pensar.” Steven notó que su respiración se hacía más lenta.
El azul profundo de la gema gigante se sentía menos amenazante, pero todavía cargado de peso, de historia, de decisiones tomadas y no tomadas.
“Sigo en mis colonias, pero me pregunto desde hace siglos…
estamos haciendo algo bien?”, murmuró.
“Lo he puesto en duda con la única otra Diamante con la que pude hablar muy seguido…
ella también me dio algunas dudas, ¿sabes?
Pero bueno, ella es mucho más fiel a los ideales de Blanco y por eso no dudó en destrozar a esa gema.” El silencio volvió.
Steven tragó saliva, sintiendo cómo un pequeño hilo de rosa comenzaba a aparecer en su forma, un recuerdo de Rosa que intentaba filtrarse, un peso emocional que casi lo derriba.
Pero lo reprimió rápidamente, consciente de que no podía dejar que la presencia de Rosa interfiriera en este encuentro, aunque fuese en sueños.
“Eso no responde mi pregunta”, dijo Steven, con un poco más de fuerza, dejando que su voz resonara en el espacio azul.
“Lo harías o no?” Diamante Azul lo miró, y durante un instante, su mirada se suavizó.
No respondió de inmediato.
Sus ojos reflejaban la eternidad de las decisiones, la duda de siglos.
En ese momento, Steven entendió algo: incluso alguien con el poder de decidir la vida y la muerte de otros podía dudar.
Podía sentirse atrapada entre lo que debía hacer y lo que deseaba hacer, entre ideales y conciencia.
Entonces, un brillo familiar cruzó por su mente.
Era un destello de Rosa, rápido, etéreo, apenas perceptible, como un susurro en la memoria de la gema.
Azul levantó los ojos un instante, notando la presencia, pero antes de que pudiera moverse, la chispa desapareció.
Steven se quedó quieto, sintiendo cómo la duda de Diamante Azul flotaba entre ellos, como un río lento e interminable.
No había respuestas claras, no había certezas.
Solo la sensación de que, si fuera realmente una gema, esta Diamante aún no sabía qué haría con alguien como él.
El silencio volvió a pesar sobre el lugar, más intenso que cualquier sonido, más profundo que cualquier sombra.
Steven no dijo nada.
Observó, respiró y dejó que la incertidumbre permaneciera, entendiendo que esa duda era más honesta que cualquier afirmación.
Y luego…
despertó.
El cambio fue abrupto.
De la calma azulada y silenciosa del sueño, pasó al calor y la luz familiar de su habitación.
Sintió algo húmedo y blando presionando su cara.
Con un movimiento brusco, se incorporó y notó que la pata de Lápiz descansaba sobre su mejilla, dejando marcas de polvo y calor.
“¡Ugh!”, dijo, frotándose la cara mientras la Lapiz aún dormida se removía al lado, completamente ajena a su despertar.
Su cama estaba revuelta, el teléfono seguía cargando, y la ventana dejaba entrar la brisa de la noche.
Steven suspiró, todavía con el corazón latiendo rápido por el encuentro en su sueño.
Aun con la pata de Lápiz sobre él y el calor de la cama, no podía quitar de su mente la mirada de Diamante Azul, sus dudas, su incertidumbre.
Por primera vez, Steven entendió que incluso alguien tan poderoso podía estar atrapado en su propio miedo y culpa.
Se estiró, dejando que la sensación rosa en su pecho se calmara un poco, aunque sabía que lo que había escuchado en su sueño no se disiparía fácilmente.
Por un momento, simplemente se quedó ahí, con la pata de Lápiz en la cara, respirando, tratando de procesar todo mientras la noche continuaba silenciosa a su alrededor.
Fin capitulo 62:
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