Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 61
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61: Capitulo 61: Sensibilidad infinita.
61: Capitulo 61: Sensibilidad infinita.
Nota: hola, soy isau una duda, si peru gana el mundial que harian?, pregunta totalmente seria.
ya hablando enserio, comenten carajo, quiero leer sus comentarios que luego me deprimo cuando ni miran x,d.
Continuemos: Llegamos al centro, y se escuchó la voz de Peridot mientras avanzábamos por una zona oscura.
Bueno, oscura solo a los lados, porque en el centro había algo que dejaba sin aliento: prácticamente un millón de gemas combinadas formando un círculo perfecto.
La energía que emanaban era abrumadora, como si la nave entera temblara bajo su poder.
“Oh por Dios”, exclamó Garnet, incapaz de contenerse.
Sin pensarlo, se separó en Rubí y Zafiro, como si la magnitud de la aberración la superara.
La visión era demasiado incluso para ella.
Lápiz no pudo soportarlo y se desmayó de inmediato.
Amatista reaccionó rápido y la sostuvo, pero era evidente que también estaba a punto de colapsar.
Perla me agarraba firme mientras apretaba los dientes, tratando de mantener la compostura frente a algo que claramente superaba cualquier entrenamiento o experiencia previa.
Peridot, en cambio, parecía más preparada.
No estaba tan sujeta a las reglas de la Tierra como nosotros, aunque no podía negarlo: un escalofrío de temor recorrió su cuerpo al ver la concentración de gemas y la energía que irradiaban.
“Ok”, murmuró, tratando de sonar segura mientras se acercaba a la combinación.
De repente, de la nada, un brillo tremendo surgió de las gemas.
“¡MIERDA!”, gritó Peridot mientras la luz gigante los envolvía a todos, cegadora y palpable.
Podías sentir cómo cada pulso de esa energía hacía vibrar la nave, y aunque nosotros éramos las que la sentíamos, el corazón de cada gema parecía acelerarse al unísono.
Y entonces, tan rápido como había aparecido, el brillo se concentró de nuevo en la geoarma, dejando un silencio pesado tras de sí.
Todos respirábamos con dificultad, el corazón latiendo a mil por hora, o en mi caso, mi gema latiendo como si quisiera salirse del pecho.
“Espera”, dijo Perla, haciendo un gesto para detenerme mientras yo miraba con los ojos abiertos detrás de la venda.
Lo que vi no podía describirse de otra manera: parecía que cientos, quizás miles de malditas almas flotaban dentro de esas gemas.
Almas en pena, arrastradas del cielo y del infierno, combinadas en un pacto oscuro, como si estuvieran destinadas a un contrato con el diablo mismo.
Y lo más increíble era que, comparado con eso, cualquier otra cosa que hubiera visto antes parecía…
relajada.
Mi respiración se aceleraba.
La sensación de esas almas, de ese poder concentrado y de mi gema vibrando tan intensamente, me recordaba lo pequeño que era frente a algo tan antiguo y poderoso.
Perla me apretó con fuerza, asegurándose de que no perdiera el equilibrio, y aunque el miedo estaba en todos nosotros, había una claridad extraña: sabíamos que estábamos presenciando algo que pocas gemas habían visto en toda su existencia.
“¿Me dejan hacer algo?”, dije con una risita, lo único que se notaba en mi rostro mientras trataba de mantener la calma frente a toda la energía que nos rodeaba.
“¿Eh?”, dijo Peridot, completamente desconcertada, parpadeando mientras trataba de procesar lo que acababa de escuchar.
“¿Te está afectando tu cuerpo humano defectuoso?”, agregó sin pensarlo, como si hablar sin filtro pudiera salvarla de la situación.
Todas las miradas cayeron sobre ella de inmediato.
“¡Iiii!”, chilló Peridot, retrocediendo y escondiéndose detrás de su silla, como si hubiera lanzado accidentalmente un hechizo de muerte sobre sí misma.
“Mi cuerpo no”, dije, aunque no podía negar que sentía algo, “aunque sí tiene parte…
mi gema me dice algo.
¿Ustedes no sienten nada?” “No…”, respondió Zafiro con voz tranquila, levantándose con la elegancia de siempre, las manos juntas al frente.
A su lado, una Rubí seguía desmayada, incapaz de soportar la tensión del momento.
“Veo almas”, dije, mi voz más firme esta vez, intentando que todos entendieran la magnitud de lo que estaba pasando.
“¿Saben qué son almas?” Un silencio absoluto se extendió por la nave, pesado y cargado.
Todos nos quedamos quietos, como si cualquier movimiento rompiera un equilibrio frágil entre la vida y algo mucho más antiguo y peligroso.
Negué con la cabeza lentamente, intentando calmarme.
“Solo…
solo déjenme, ¿sí?” Mi voz se quebró un poco, pero no podía permitir que el miedo tomara el control.
“Está bien”, dijo Zafiro finalmente, respondiendo por todos, su tono firme y sereno haciendo que el aire pesado se aliviara apenas un poco.
“Haz lo que tengas que hacer.” Suspiré, tratando de centrarme mientras mi gema vibraba más fuerte que nunca.
Podía sentir los futuros posibles desplegándose ante mí, caminos donde todo salía mal, mundos donde el planeta nos desintegraba sin piedad.
Y sin embargo, uno se estaba destacando: el que estábamos viviendo ahora, el que nos permitía estar juntos y todavía intactos.
“…Eso no ayuda”, dije con un insulto lanzado directamente a Zafiro, aunque no podía ocultar que un leve temblor recorría mi voz.
“Maldita, podrías ser un poco más clara o qué.” Ella me miró con la calma de siempre, sin un ápice de ofensa, y solo asintió ligeramente, como diciendo que comprendía la presión y que no había mucho que pudiera hacer para aliviarla.
Perla me abrazó un poco más fuerte, asegurándose de que no perdiera el equilibrio, mientras la manta seguía cubriendo mis ojos.
Mi forma rosa se expandió un poco, vibrando con la energía que sentía alrededor, y sentí cómo cada alma dentro de esas gemas respondía a mi presencia.
No eran simples luces; eran conciencia, recuerdos y dolor concentrados, y estaban a punto de reconocerme de alguna manera.
Mi respiración se volvió más rápida, y sentí que la tensión de todo el lugar me envolvía.
Pero de alguna manera, tener a Perla a mi lado, sentir que Zafiro y Garnet estaban observando con cuidado, me dio un hilo de control.
Tenía que concentrarme; de mis acciones dependía algo mucho más grande que solo nosotros.
Observé con horror cómo, de repente, fui tragado.
No hubo aviso, no hubo transición: un vacío absoluto me envolvió y mi cuerpo físico cayó como un saco de papas mientras mi forma rosa comenzaba a expandirse, transformándose completamente en lo que ahora podría llamarse Steven “mamado”, mi forma más poderosa y completa.
“Guay”, dijo Amatista desde la nave, observando la intensidad de mi transformación, un brillo de admiración y diversión en su voz.
“Mucho músculo”, añadió Zafiro con una risita elegante, contemplando mi nueva figura con la serenidad que siempre la caracterizaba.
La Rubí a su lado permanecía rígida, más tiesa que Roberto en la cola de cualquier tienda, completamente sobrepasada por la situación.
Perla hizo lo que solo una Perla haría: apoyó su cabeza en mi regazo mientras acariciaba mi cabello, intentando transmitirme calma y conexión mientras yo caía hacia lo desconocido.
“¿Y esa manta?”, preguntó Peridot, incapaz de no fijarse en la pequeña manta de ositos cubriéndome los ojos.
“Es para que se pueda concentrar mejor”, respondió Perla sin pensarlo, como si fuera lo más obvio del mundo.
“Ok…”, dijo Peridot, confusa, mientras todo a su alrededor parecía desvanecerse de mi perspectiva.
En mi mente, el vacío era absoluto.
No había suelo, ni paredes, ni luz que pudiera guiarme.
Solo mi forma rosa, expandiéndose y vibrando con una energía que era a la vez mía y de alguien más antiguo, más profundo.
Y entonces comenzaron los gritos.
Al principio eran leves, murmullos entrecortados que parecían flotar en la nada: “¡Ayuda…!”, “¡Diamante…
eres diamante?”, “¡Ayúdanos!”, “¡Mi diamante…
no nos gusta estar así!”, “¡Perra…!”, voces que se entrelazaban, que se superponían, que me llegaban desde todas direcciones a la vez.
Mi gema palpitaba con fuerza.
Cada grito, cada súplica, cada rastro de miedo y desesperación de esas almas hacía que mi forma rosa temblara.
Sentí que no solo estaba cayendo, sino que estaba entrando dentro de cada fragmento de dolor, cada recuerdo atrapado en aquellas gemas combinadas.
La sensación era intoxicante y aterradora a la vez: podía sentir cada lágrima derramada, cada grito silencioso que se había quedado suspendido entre la vida y la muerte.
“¡Ayuda…!
¡Por favor, alguien…!”, un grito penetrante que parecía arrancado del mismísimo núcleo de la desesperación.
Era imposible distinguir de dónde venía; la nada misma estaba llena de voces que demandaban mi atención.
Sentí cómo mi corazón—o mi gema—latía tan fuerte que parecía que iba a romperse en mil pedazos.
“¡Diamante…
eres diamante?
¡Ayúdanos!”, resonó otra voz, esta vez con un tono de súplica más intenso, como si supieran que solo yo podía hacer algo.
Cada palabra cargaba siglos de miedo y obediencia, mezcla de esperanza y terror que me atravesaba por completo.
“No nos gusta estar así…
¡ayuda…!”, chilló otra voz, casi suplicante, y mi forma rosa se iluminó con cada grito, respondiendo sin yo siquiera intentarlo.
Mi gema vibraba de tal manera que podía sentir cada fragmento de dolor adherido a aquellas voces, y con cada latido sentía como si un pedazo de mí se estirara hacia ellas, queriendo aliviar el sufrimiento que llevaba siglos atrapado.
“¡Perra…!”, gritó otra voz, abrupta y llena de rabia contenida, mezclándose con los otros lamentos.
Era un grito que se sentía humano y monstruoso al mismo tiempo, cargado de resentimiento, miedo y desesperación.
El vacío se llenaba de estas voces, todas clamando, todas queriendo algo de mí que no podía explicar.
Cerré los ojos, aunque estaban cubiertos por la manta, y dejé que mi forma rosa absorbiera cada vibración, cada grito, cada chispa de existencia atrapada en ese espacio.
Cada alma parecía conectar conmigo, como si mis sentidos fueran lo único capaz de darles forma o reconocimiento.
“¡Ayuda!
¡Mi diamante!
¡Por favor…
no nos dejes así!”, otra voz, esta vez suplicando con una claridad que me hizo estremecerme.
Pude sentir la desesperación mezclada con esperanza; esas almas no solo estaban perdidas, estaban esperando que yo interviniera, que respondiera, que hiciera algo que nadie más podría.
Mi gema palpitaba más fuerte con cada segundo.
Las voces comenzaron a combinarse en una especie de coro caótico, algunas rogando, otras gritando, algunas incluso burlándose o insultando, pero todas existiendo al mismo tiempo en una amalgama que era aterradora y fascinante.
La sensación de poder y responsabilidad se mezclaba con el miedo más profundo que había sentido jamás.
“¡Ayuda!
¡Por favor, alguien…!”, “¡Diamante…
no nos dejes!”, “¡Perra…!”, los gritos nunca cesaban, y yo me sentía completamente absorbido por ellos.
Cada palabra era un latido, cada súplica un tirón, y mi forma rosa respondía sin que yo tuviera que pensar: vibraba, brillaba, se expandía, intentando abarcar y contener todo.
Caía en el vacío, pero no estaba solo.
Cada alma que gritaba me reconocía y, de alguna manera, yo comenzaba a reconocerlas a ellas.
Sus miedos, sus rencores, sus súplicas, todo se fundía en un flujo de energía que se sentía casi tangible.
La sensación de caída desapareció poco a poco, reemplazada por una especie de flotación constante, sostenida por la energía que me rodeaba y que, de alguna forma, respondía a mi propia gema.
Pude percibir sus emociones, mezcladas en un caos que solo una gema podía comprender: miedo, arrepentimiento, furia, desesperación, pero también esperanza.
Esperanza de que alguien, finalmente, los escuchara, los viera y los reconociera.
Y yo, a pesar del terror, sabía que debía hacerlo, que debía absorberlo todo y responder de alguna forma.
Era un abismo de voces, gritos y súplicas, un torbellino de almas atrapadas que se entrelazaban con cada latido de mi gema.
Y mientras caía, mientras flotaba en ese vacío interminable, mi forma rosa brillaba, intensa y poderosa, lista para enfrentar todo ese caos y traer un mínimo de orden o alivio a aquel lugar.
De un momento a otro, llegué a un lugar diferente.
Flotaba en el vacío absoluto, rodeado de luces que danzaban por todas partes, brillando como fragmentos de recuerdos atrapados entre la eternidad y el olvido.
Cada destello parecía contener una historia, un suspiro, un lamento que me atravesaba y me hacía sentir más vivo y a la vez más pequeño que nunca.
Un pedazo de gema se deslizó frente a mí, flotando con una presencia que no podía ignorar.
“Perra…”, dijo el fragmento con una voz que parecía salir de todas partes a la vez.
Me quedé paralizado, mirándola fijamente.
Mi mente trataba de procesarla mientras las lágrimas caían de mi forma rosa, brillando bajo la luz de ese vacío infinito.
Me las limpié con un murmullo casi irreconocible, pero no dejé de observar cada gema a mi alrededor, cada fragmento atrapado en ese espacio.
“¡Mi diamante!”, resonó una voz unificada, tan clara que me hizo estremecer, llenando todo el vacío con su poder y su desesperación.
“¡Hola!”, respondí rápidamente, intentando proyectar confianza, aunque mi corazón latía a mil por hora.
“No…
hablen.
Déjenme hablar”, dije, alzando mentalmente mi voz sobre los murmullos que se arremolinaban a mi alrededor.
Esperé unos segundos, observando si alguna gema tenía dudas, pero no había respuesta.
Solo el silencio expectante, pesado y expectante.
“Gracias a Dios”, murmuré, permitiéndome un pequeño suspiro mientras mis ojos recorrían el lugar.
Cada gema estaba allí, atrapada, como fragmentos de historia y dolor, y yo podía sentirlo todo.
Sus emociones, sus miedos y su frustración se mezclaban en mi gema, un torrente que era casi imposible de soportar.
“Se lo que es esto”, comencé, mi voz firme pero cargada de emoción.
“Sé lo que les hicieron, sé cómo las lastimaron…
pero necesito su ayuda.
Tengo que ser lo más directo posible, porque no sé cuánto tiempo han estado sufriendo de esta manera.
¿Me entienden?” “Sí, mi diamante”, respondió una sola voz, clara y unificada, que parecía surgir de todo el lugar al mismo tiempo.
“Listo”, dije, tratando de mantener la calma.
“Tengo una idea, y espero que me ayuden a llevarla a cabo.
La idea es que cada una de ustedes haga su mayor esfuerzo para encerrarse en una burbuja.
Es eso…
o estar sufriendo por la eternidad.
¿Qué les parece?” Hubo un momento de silencio, tan denso que podía sentirlo en mi gema.
Luego, lentamente, la respuesta llegó: “Sí, mi diamante”, susurraron, y los murmullos comenzaron a crecer en mi mente como maremotos, olas de lamentos y súplicas que no podía evitar sentir.
Eran los mismos lamentos que me hacían estremecer, los mismos que, para ser sincero, no sabía cómo Steven Prime había soportado alguna vez.
Mi forma rosa se expandió un poco, vibrando con cada suspiro, cada gemido atrapado, mientras las luces de las gemas parecían reaccionar a mi presencia.
Podía sentir cómo cada fragmento se preparaba, cómo la energía dentro de cada alma buscaba un punto de estabilidad, una manera de contener su propio dolor y miedo.
“Vamos…
pueden hacerlo”, susurré con fuerza, tratando de infundir confianza.
“No es fácil, lo sé…
pero si lo hacen, no estarán atrapadas para siempre.
Tienen que concentrarse en su propia energía, en su luz interior…
en lo que las hace ser ustedes.” Hubo un momento de vacilación, un pequeño temblor colectivo, pero luego sentí que comenzaban a obedecer.
Una a una, las gemas empezaron a formar barreras de luz alrededor de sí mismas, burbujas que brillaban tenuemente al principio y luego se hicieron más fuertes, más definidas, como escudos que contenían siglos de dolor y sufrimiento.
Mi gema palpitaba tan fuerte que podía sentirla resonando con cada movimiento de ellas, como si cada burbuja fuera un latido propio, cada luz un pulso sincronizado con el mío.
La sensación era intensa, aterradora, pero también increíblemente poderosa.
Podía sentir que el dolor disminuía, que la desesperación comenzaba a calmarse, y que por primera vez en siglos, estas almas podían tener un respiro.
“Eso es…
eso es perfecto”, susurré, casi para mí mismo, mientras observaba cómo la energía del cluster respondía a mi orden mental.
Cada burbuja, cada luz contenida, parecía decirme que confiaban en mí, que habían decidido entregarse a mi guía.
El vacío ya no parecía tan oscuro.
La sensación de caos se transformó en un equilibrio inestable pero manejable, un lugar donde la luz de cada gema coexistía con la mía, resonando y formando un patrón que podía sentir con cada latido de mi corazón…
o mejor dicho, de mi gema.
Luego sentí cómo todo el lugar cambiaba.
El vacío ya no era solo oscuridad; se volvía claro y oscuro al mismo tiempo, como si ambas cosas coexistieran sin pelearse.
Las luces que antes temblaban ahora flotaban con más calma, y los susurros dejaron de ser gritos desesperados para transformarse en algo distinto, algo que nunca había escuchado ahí dentro.
“Gracias, mi diamante”, se oía desde todos lados, no como un grito, sino como un suspiro colectivo.
“Perdónanos, mi diamante”, decían otras voces, cargadas de culpa, de obediencia, de siglos de errores impuestos.
“Apoyémonos juntas”, murmuraban algunas, con una suavidad que me apretó el pecho.
“Nuestra diamante nos apoya”, repetían, una y otra vez, como un mantra, como si por fin hubieran encontrado algo firme a lo que aferrarse.
Cada palabra se sentía distinta a los lamentos anteriores.
Ya no dolían igual.
Seguían siendo pesadas, sí, pero había alivio, había descanso.
Mi forma rosa vibró con menos violencia, y por primera vez desde que había caído en ese lugar, pude respirar sin sentir que me estaba ahogando en emociones ajenas.
Observé con fascinación el fragmento de gema que tenía justo al frente, la misma que antes me había llamado perra sin pensarlo dos veces.
Lentamente, su luz se volvió más estable, más definida, hasta que una burbuja comenzó a formarse a su alrededor.
No fue brusco, fue cuidadoso, casi tímido, como si tuviera miedo de romperse otra vez.
Cuando la burbuja se cerró por completo, sentí algo extraño dentro de mí.
No era felicidad exactamente, pero sí una calma pequeña, muy pequeña, como un rincón de silencio en medio del caos.
Un pedazo de mí se sentía…
más tranquilo, supongo que esa era la palabra correcta.
Tal vez así se sentía ayudar de verdad.
Tal vez así se sentía cargar con algo que no era solo dolor.
Pero no tuve tiempo de pensar más.
De la nada, sentí un jalón brutal, como si alguien hubiera tirado de mí sin avisar.
El vacío se distorsionó, las luces se alargaron, y mi forma rosa comenzó a deshacerse mientras todo giraba a mi alrededor.
“Mierda”, dije sin poder evitarlo, mientras era arrancado de ese lugar sin ninguna delicadeza, siendo arrastrado de nuevo, sin más, de vuelta a la nave.
Y con eso, el silencio volvió a romperse.
Respiré profundo mientras sentía a Perla abrazándome con fuerza, como si temiera que me fuera a desaparecer otra vez.
El metal frío de la nave vibraba bajo mis manos.
“Dame chance”, murmuré mientras apoyaba ambas palmas contra el suelo de la cabina, intentando concentrarme y ordenar lo que aún retumbaba en mi cabeza.
“¿Qué haces?”, preguntó Amatista, observándome con el ceño fruncido, sin saber si reírse o preocuparse.
“¿Qué hiciste?”, dijo Garnet, ya fusionada otra vez después de que Rubí despertara, con la voz cargada de algo que no era miedo, sino asombro puro.
Garnet se quedó quieta, mirando al frente con fascinación absoluta.
Su visión de futuro se activaba sin parar mientras observaba cómo aparecían pequeñas burbujas alrededor del cluster.
Una.
Dos.
Ocho.
Cien.
Mil.
Cada una contada, cada posibilidad confirmada, y por primera vez incluso ella tenía la boca ligeramente abierta.
Las demás también observaban en silencio, incapaces de apartar la mirada.
El cluster, esa aberración imposible, estaba siendo burbujeado poco a poco, como si finalmente estuviera encontrando orden dentro del caos.
Y entonces, con un brillo enorme que iluminó toda la cabina, una burbuja gigantesca se formó alrededor del cluster completo.
…
…
Un silencio pesado invadió toda la nave.
Peridot seguía con la mano temblorosa sobre el taladro, justo donde estaba el botón para destruir esa cosa si algo salía mal.
Nadie dijo nada.
Nadie se movió.
Todas las miradas se dirigieron a mí.
Seguía con la manta cubriéndome los ojos, pero mi cabeza apuntaba directamente hacia el suelo, como si el cansancio me hubiera caído encima de golpe.
“¿Estás bien?”, preguntó Perla con suavidad, comenzando a masajearme los hombros para ayudarme a relajarme.
Me quedé en silencio.
Poco a poco, sentí cómo las presencias desaparecían de mi mente.
Las almas en pena se iban, una por una, como si por fin hubieran terminado lo que sea que llevaban haciendo ahí dentro.
Miles de años sufriendo…
y ahora, al fin, descanso.
Negué con la cabeza lentamente.
Mi respiración se estabilizó.
Mis ojos volvieron a la normalidad, aunque mi forma rosa seguía presente, vibrando con una calma extraña.
“Nada”, dije finalmente mientras me incorporaba con cuidado.
“Solo sentía que estaba dañada…
era algo, no sé.” Me tambaleé un poco, y Perla estuvo ahí de inmediato para sostenerme.
Lápiz, que seguía despierta, con los ojos bien abiertos y sin poder creer lo que veía, me observó a mí, luego al cluster burbujeado, y soltó lo primero que se le pasó por la cabeza.
“Fua, Steven…
estás loco.” “Jeje”, respondí con una risita cansada, escupiendo en mi mano y untándomela en la frente por si acaso, como si eso fuera a ayudar en algo.
“¿Fue un éxito?”, preguntó Peridot, apartando por fin la mano del botón de “destrucción del cluster”, todavía con los dedos temblando.
“Totalmente”, respondió Perla con una sonrisa suave, mirándome mientras yo me recostaba en uno de los asientos de la nave.
Seis horas después, la nave finalmente se encontraba asentada sobre tierra firme.
El paisaje alrededor del granero era casi normal, si no fuera porque a un costado se abría un hueco gigantesco que parecía haber sido arrancado del planeta con una cuchara cósmica.
Aun así, nadie le prestó demasiada atención; después de todo, habían pasado por cosas peores ese día.
“Tierra firme”, exclamó Amatista con entusiasmo puro, lanzándose a besar el suelo como si acabara de regresar de una guerra intergaláctica.
Lápiz la observó con el ceño fruncido, claramente confundida, mientras usaba el agua que controlaba para cubrir lo mejor posible el enorme cráter cercano.
“¿Por qué besas el suelo?”, preguntó sin entender del todo esa costumbre.
Amatista se incorporó lentamente, sacudiéndose el polvo de la cara con una sonrisa despreocupada.
“Garnet dijo que había una posibilidad real de morir”, respondió como si eso lo explicara todo.
El silencio cayó de golpe.
Lápiz la miró con los ojos completamente abiertos, procesando esa información, pero Amatista todavía no había terminado.
“O que la nave explotara”, añadió con total calma, “porque a Steven le daba algo raro”.
Ese fue el punto de quiebre.
El cuerpo de Lápiz se tensó visiblemente, un leve temblor recorrió su figura mientras giraba la cabeza para mirar a Steven.
Él flotaba sobre el granero, suspendido en el aire con esfuerzo evidente, concentrándose con los brazos ligeramente abiertos, como si intentara mantener un equilibrio invisible.
Su forma rosada seguía presente, aunque menos intensa, como una llama que se resistía a apagarse.
“¿Va a estar bien?”, preguntó Lápiz en voz baja, con una mezcla de preocupación y culpa que no podía ocultar.
Antes de que alguien más respondiera, Garnet apareció a su lado casi sin hacer ruido y colocó una mano firme y tranquilizadora sobre su hombro.
“Va a estar bien”, dijo con seguridad absoluta, de esa que no deja espacio para la duda.
Lápiz no apartó la mirada de Steven.
“Se ve…
cansado.
No como antes.” “Lo está”, admitió Garnet.
“Lo que hizo no fue pequeño.
No fue algo que cualquiera pudiera soportar.” Amatista cruzó los brazos, más seria de lo habitual.
“Miles de gemas gritando en tu cabeza no es precisamente un paseo.” Garnet asintió lentamente.
“Pero no está solo.” En ese momento, Perla era visible cerca del granero, observando cada mínimo movimiento de Steven con atención absoluta, lista para intervenir ante el menor signo de que algo saliera mal.
Sus manos estaban tensas, pero su postura era firme, como si su sola presencia fuera un ancla.
“Perla está con él”, continuó Garnet.
“Ella siempre ha sido así.
Siempre pendiente, siempre cuidándolo incluso cuando él finge que no lo necesita.” Lápiz bajó un poco la cabeza, dejando escapar un suspiro cargado.
“Nunca había visto a alguien cargar tanto…
y seguir de pie.” “No muchos pueden”, respondió Garnet.
“Steven lo hace porque cree que debe hacerlo.
Y porque, de alguna forma, todavía cree que puede salvar a todos.” El viento pasó suavemente por el lugar, moviendo el pasto alrededor del granero, mientras Steven finalmente descendía un poco más, aún concentrado, aún resistiendo.
“Entonces…
solo tenemos que confiar”, murmuró Lápiz.
“Exacto”, dijo Garnet con una leve sonrisa.
“Confiar en él.
Y estar listos por si necesita ayuda.” Luego de varias horas en las que el silencio se volvió casi absoluto, solo Steven y Perla permanecían despiertos.
El granero estaba envuelto por una tranquilidad extraña, una de esas que no incomodan, pero que tampoco dejan descansar del todo.
Perla fue la primera en moverse, elevándose con cuidado hasta la parte superior del granero, donde Steven flotaba a poca altura, inmóvil, observando el cielo como si buscara respuestas entre las estrellas.
“Steven.” Al escuchar su nombre, él abrió lentamente los ojos.
El brillo rosado en ellos seguía presente, reflejando fragmentos de los diamantes que ahora formaban parte de su ser.
Al verla, su expresión se suavizó.
“Perla”, dijo con calma, flotando hacia ella hasta quedar frente a frente.
Ella dudó unos segundos antes de hablar, como si temiera romper algo frágil.
“¿Estás…
estás bien?” Steven la miró con atención.
Ahora era más alto, su presencia se sentía distinta, más pesada y a la vez más vulnerable.
Sus hombros se relajaron apenas.
“No mucho, para ser totalmente sincero.” Perla sostuvo su mirada y fue entonces cuando lo notó con claridad.
Lágrimas rosadas recorrían el rostro de Steven sin que él intentara ocultarlas.
No había vergüenza en ellas, solo cansancio.
Steven volvió la vista al cielo, como si las palabras salieran más fácil sin mirarla directamente.
“Sabes…
nunca había sentido tanto dolor.
Antes podía soportarlo, mi gema me ayudaba, amortiguaba muchas cosas.
Pero ahora…
ahora que tengo este poder, siento cada emoción como si estuviera desnudo ante ellas.” Observó sus propias manos, temblando levemente.
“Con este poder todo es más intenso.
La tristeza, la culpa, incluso el cariño.
Parece que lloro por cualquier cosa, y aunque puedo detenerme…
no puedo dejar de sentirlo.
No se va.
Solo puedo controlarlo un poco.” Giró el rostro hacia Perla y la encontró observándolo con una expresión que no era sorpresa, sino comprensión profunda.
“Lo sabías, ¿verdad?” Perla asintió con lentitud.
“Sí.
Muchas veces.” Tomó aire antes de continuar, como si cada recuerdo pesara años.
“Tu madre hacía lo mismo.
Se encerraba sola, en su habitación o en algún lugar donde nadie pudiera verla.
Lloraba por las gemas caídas, por las que no pudo salvar, por decisiones que la perseguían incluso siglos después.
Yo la veía…
y siempre intenté ayudarla.” Bajó ligeramente la mirada.
“Pero ella era terca.
Creía que cargar con todo era su responsabilidad.” Sin decir nada más, Perla se acercó y rodeó a Steven con un abrazo firme, protector.
Steven tardó apenas un segundo en responder, devolviéndole el gesto.
“Solo quiero que no sigas los mismos pasos que ella.” Una luz suave comenzó a envolverlos.
No era brusca ni repentina, sino cálida, reconfortante.
Las siluetas de ambos se unieron sin resistencia, como si ese momento hubiera estado esperándolos desde siempre.
Cuarzo Arcoíris apareció, suspendida en el aire, sintiendo en un solo latido todo el dolor compartido.
No era tristeza pura, sino comprensión.
Cada recuerdo, cada culpa y cada miedo se mezclaban, pero también lo hacía el consuelo.
No había dos voluntades separadas, solo una presencia serena que aceptaba lo que sentía sin huir de ello.
La tonalidad rosada se mantuvo por unos segundos antes de suavizarse.
No porque el dolor desapareciera por completo, sino porque ahora no estaba solo.
Ahora había alguien con quien compartirlo.
Cuarzo Arcoíris cerró los ojos y, sin prisa alguna, comenzó a elevarse.
“No tenemos que cargar con todo solos.” Voló por los cielos con movimientos lentos y tranquilos, dejando que el viento rozara su figura mientras las emociones se asentaban poco a poco.
No había urgencia, no había miedo.
Solo descanso.
Y mientras el cielo se extendía infinito frente a ella, los dolores que habían pesado durante tanto tiempo comenzaron, por fin, a aflojar su agarre.
Fin del capítulo 61.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com