Su padre me compró - Capítulo 18
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18: El tiempo se acaba 18: El tiempo se acaba —Deberías ponerte en marcha —dijo Magnus con indiferencia, mirando a Roman como si el asunto ya estuviera zanjado—.
El tiempo ya corre.
Roman lo miró incrédulo.
—No puedes estar hablando en serio…
—¡Bienvenidos!
Los estaba esperando.
—El tono de Magnus cambió al instante, volviéndose alegre y acogedor mientras sus invitados entraban en el despacho.
—Gracias, señor Whitehall —respondió uno de los hombres cordialmente.
Luego, su atención se desvió hacia Roman.
El hombre sonrió y le tendió la mano—.
Felicidades por su matrimonio.
Roman dudó un breve segundo, mirando a Magnus, antes de aceptar el apretón de manos.
El hombre se inclinó un poco, bajando la voz.
—Aunque debo admitir…
que habría esperado que eligiera a alguien más…
adecuada —añadió con una risita cortés—.
Alguien que pudiera mantenerse en pie, al menos.
A Roman se le tensó la mandíbula, y una mirada sombría se instaló en sus ojos mientras miraba fijamente al hombre.
Sus puños se cerraron lentamente a los costados hasta que los nudillos se le pusieron blancos por la ira que crecía en su interior, pero la contuvo.
En lugar de responder, se dio la vuelta y caminó a grandes zancadas hacia la puerta.
A sus espaldas, la voz del hombre flotó por la habitación.
—¿He dicho algo malo?
—No, en absoluto —respondió Magnus con naturalidad—.
Pero ya sabe cómo podemos ser los hombres cuando alguien habla mal de nuestras esposas.
Roman se detuvo un brevísimo instante, con el pecho subiendo y bajando mientras luchaba por mantener la calma.
Luego, empujó la puerta para abrirla y salió al pasillo, exhalando lentamente mientras seguía caminando.
Nathan todavía esperaba fuera, apoyado en la pared con los brazos cruzados.
Se enderezó cuando vio que Roman se acercaba.
Roman no lo miró.
—Vamos a tu casa —masculló, dirigiéndose hacia la salida—.
No quiero quedarme en la misma casa que ese hombre.
Nathan se despegó de la pared y lo siguió.
—¿Y tu esposa?
—preguntó con curiosidad—.
La verdad, me gustaría conocerla.
Roman se detuvo en seco.
Sus ojos brillaron con ira contenida mientras se volvía hacia Nathan.
—Ni una palabra más sobre ella —gruñó.
Nathan levantó ambas manos en señal de rendición.
—Vale, vale…, mensaje recibido.
Continuaron juntos por el pasillo.
Y al salir al aire fresco de la noche, Roman vio a Lena acercándose por el camino de entrada, pero siguió caminando.
—¡Roman!
—lo llamó ella.
Roman se detuvo junto a su coche, con la llave ya en la mano.
Por un momento, la miró, y luego abrió la puerta y se deslizó en el asiento del conductor.
Ahora no.
Ahora no, Lena.
El motor rugió y, segundos después, el coche se alejó del camino de entrada, con el vehículo de Nathan siguiéndolo.
—
De vuelta en la Hacienda Whitehall, las horas transcurrieron en silencio.
El agotamiento que atenazaba a Estelle fue remitiendo lentamente mientras se removía entre las suaves sábanas.
Su respiración era irregular mientras el sueño daba paso a la consciencia, y sus párpados se entreabrieron.
Por un momento se quedó quieta, mirando el techo desconocido, deseando en silencio que todo el día no hubiera sido más que una pesadilla.
Pero el silencio de la habitación no ofrecía consuelo: era real.
Un suave gemido se le escapó mientras se incorporaba, con los músculos rígidos y pesados.
La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por el tenue resplandor de una lámpara en un rincón.
Sus ojos recorrieron lentamente el espacio, asimilándolo por primera vez desde que Roman la había traído en brazos y la había acostado en la cama.
Fue entonces cuando la vio: una jarra de cristal sobre una mesita cercana.
Su mirada bajó al lado de la cama y vio su silla de ruedas, que la esperaba allí.
Con cuidado, se desplazó hacia el borde del colchón; el movimiento fue lento y torpe, sus brazos aún le ardían de dolor, pero finalmente consiguió acomodarse en la silla.
El suave zumbido de las ruedas rompió la quietud de la habitación mientras se impulsaba hacia la mesa.
Al acercarse, se dio cuenta de que la mesa formaba parte de un pequeño puesto de trabajo con papeles pulcramente ordenados junto a un portátil abierto.
Cuando fue a coger la jarra, su manga rozó el teclado y la pantalla del portátil cobró vida.
El repentino resplandor llenó la oscura habitación con una pálida luz azul.
Los ojos de Estelle se agrandaron al mirar la pantalla del portátil.
Había un vídeo en pausa en el centro de la pantalla y su pulso se aceleró.
«Coge el agua y no toques nada más».
Se obligó a apartar la vista y, en su lugar, cogió la jarra y sirvió agua en un vaso.
El leve sonido del líquido llenando el vaso pareció inusualmente alto en la silenciosa habitación.
Levantó el vaso y bebió un sorbo lento, pero sus ojos volvieron a desviarse hacia el portátil.
Sentía como si el vídeo en pausa la estuviera llamando a gritos.
Estelle cerró los ojos con fuerza un instante, intentando reprimir la curiosidad que arañaba su mente.
«No lo hagas».
Pero la atracción era más fuerte que su determinación.
Dejó el vaso y se acercó más con la silla, apartando la que estaba frente al escritorio para poder encarar la pantalla directamente.
Su dedo vaciló sobre el trackpad, pero luego lo tocó y el vídeo se reanudó.
Era corto, de apenas diez segundos, y se reproducía en silencio antes de volver a empezar, una y otra vez.
Estelle se quedó mirando la pantalla mientras el bucle se repetía, con los ojos cada vez más abiertos a cada repetición.
—No…
no…
no…
—susurró para sí, negando lentamente con la cabeza.
«Él no lo haría…
No traicionaría a su propio equipo».
Con dedos temblorosos, minimizó el vídeo y se le cortó la respiración cuando un correo electrónico llenó la pantalla.
Recorrió el mensaje con la mirada rápidamente.
Esto debería mantenerte leal y callado.
Si publico esto, tu carrera estará arruinada.
Ya estás advertido.
La mano de Estelle voló hasta su boca.
«¿Qué está pasando aquí?».
Sus pensamientos se agolpaban mientras miraba la pantalla.
Debajo del mensaje había otro archivo adjunto: otro vídeo.
Movió el cursor sobre él, pero justo cuando estaba a punto de hacer clic, la puerta se abrió de golpe y Estelle se quedó helada.
—¿Qué demonios haces en mi ordenador?
—La voz de Roman cortó el aire de la habitación.
Estaba de pie en el umbral de la puerta, con los ojos muy abiertos.
Debajo de la ira en su voz había algo más, algo más cercano al miedo.
Estelle se giró lentamente para mirarlo, con una mezcla de conmoción y comprensión en su expresión.
—Te dejaste ganar…
—dijo en voz baja.
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