Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 50
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 50: Capitulo 50
El ascensor se cerró con un sonido suave, casi imperceptible, aislándola por completo del bullicio del backstage.
Por primera vez en toda la noche… Danica estaba sola.
El silencio la envolvió lentamente mientras el elevador comenzaba a ascender, y entonces su reflejo apareció frente a ella.
El espejo ocupaba toda la pared.
Impecable. Frío. Imposible de ignorar.
Danica levantó la mirada… y se encontró consigo misma.
Por un instante, simplemente observó.
El vestido.
No era solo hermoso.
Era… hipnótico.
La tela caía sobre su cuerpo como si hubiera sido creada específicamente para ella, abrazando su figura con una delicadeza casi etérea. Era de un tono crema perlado, con matices dorados que cambiaban dependiendo de la luz, como si atrapara pequeños destellos del entorno y los guardara en su superficie.
El corset ajustado delineaba su cintura con precisión, realzando la suavidad de sus curvas sin exagerarlas. Tenía bordados finísimos que recorrían la tela como enredaderas, hilos dorados entrelazándose en patrones orgánicos, casi vivos, que evocaban hojas, ramas… susurros de bosque.
Las mangas eran inexistentes, dejando sus hombros al descubierto, pero desde el escote nacían delicadas caídas de tela translúcida, como velos ligeros que se deslizaban por sus brazos y se movían con cada pequeño gesto.
La falda…
La falda era un sueño.
Amplia, fluida, con capas superpuestas de tul suave que creaban un efecto de volumen ligero, como si flotara en lugar de arrastrarse. Cada capa tenía bordados sutiles que brillaban apenas, como si pequeñas partículas de luz estuvieran atrapadas en la tela.
Parecía salida de un cuento.
De esos donde la protagonista aún no entiende que todas las miradas, todas las historias… terminarán girando inevitablemente a su alrededor.
Pero no era solo el vestido lo que completaba aquella ilusión.
Sus pies, apenas visibles entre las capas de tul, estaban envueltos en unos zapatos delicados, inspirados en las zapatillas de ballet. Eran de un satén suave, en el mismo tono marfil perlado del vestido, con un acabado ligeramente brillante que capturaba la luz cada vez que se movía. No tenían tacón; en su lugar, abrazaban su pie con una elegancia minimalista, estilizando la forma de sus piernas de una manera casi artística.
Las cintas.
Las cintas eran lo que los hacía inolvidables.
Largas, finas, del mismo satén, se entrelazaban alrededor de sus tobillos y ascendían con gracia por la parte baja de sus pantorrillas, cruzándose en patrones suaves que parecían dibujados a mano. No estaban perfectamente alineadas; había algo ligeramente orgánico en la forma en que rodeaban su piel, como si hubieran sido atadas con cuidado… pero sin rigidez.
Cada paso que daba hacía que las cintas se tensaran apenas, adaptándose a ella, marcando el movimiento de sus músculos con una sutileza hipnótica.
Danica giró apenas sobre sí misma.
El vestido respondió con un movimiento elegante, casi mágico, las capas de tela flotando a su alrededor como si fueran parte del aire mismo. El césped aún no estaba bajo sus pies, pero ya podía imaginar cómo rozaría la tela, cómo todo el conjunto cobraría vida fuera de ese espacio cerrado.
Su mirada descendió entonces.
Primero al vestido.
Luego… al collar.
Su mano subió lentamente hasta su cuello, como si fuera atraída por una fuerza invisible.
La cadena fina de oro blanco descansaba sobre su piel, fría… constante. Un contraste perfecto con el calor que aún permanecía en su cuerpo.
Sus dedos rozaron los dijes con suavidad.
La pequeña llave.
El pequeño candado.
Y entonces volvió.
El recuerdo.
El aliento de Alessandro contra su piel.
El roce de sus labios.
La presión firme de su mano.
Un escalofrío la recorrió por completo, erizándole la piel en una reacción inmediata, involuntaria. Su respiración se cortó apenas… y una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvó sus labios sin que pudiera evitarlo.
“Eres mía.”
Las palabras resonaron en su mente con una claridad peligrosa.
Su estómago se tensó ligeramente.
Y el calor.
Ese calor volvió a instalarse en la parte baja de su abdomen, lento… denso… envolvente.
Lo deseaba.
Aun sabiendo quién era.
Aun sabiendo lo que significaba.
Aun después de todo.
Danica apretó apenas los labios, como si intentara contener algo que ya estaba demasiado vivo dentro de ella, y levantó la mirada hacia su reflejo otra vez.
Pero esta vez no se vio igual.
Ya no era solo una chica con un vestido hermoso.
Había algo más.
Algo que comenzaba a tomar forma bajo la superficie.
Se estaba dejando llevar.
No de golpe.
No de manera evidente.
Pero sí de forma constante… inevitable.
Como una corriente oscura que la arrastraba poco a poco, sin prisa, pero sin pausa.
Las mareas de ese mundo.
El mundo de la mafia.
Aunque ella no empuñara un arma.
Aunque no hubiera sangre directamente en sus manos.
Aun así…
Estaba dentro.
Y cada decisión, cada emoción, cada paso que daba… la hundía un poco más.
Inconscientemente, algo dentro de ella estaba cambiando.
No fue un quiebre repentino. No hubo un instante exacto en el que todo se transformara. Fue más sutil que eso… más peligroso. Como una grieta que se forma en silencio y, cuando finalmente la notas, ya es demasiado tarde para ignorarla.
Se estaba convirtiendo en algo que nunca había imaginado ser.
No solo por el vestido, ni por las joyas, ni por el lujo que la rodeaba como si siempre le hubiera pertenecido. Era más profundo. Más íntimo. Más irreversible.
Se estaba convirtiendo en alguien que entendía ese mundo.
Que lo sentía.
Que comenzaba, incluso, a encajar en él.
Una princesa de la mafia.
El pensamiento se deslizó por su mente con una suavidad inquietante, como si no fuera una idea nueva… sino algo que siempre hubiera estado ahí, esperando el momento correcto para tomar forma.
Y eso era lo que más la perturbaba.
Porque no debería gustarle.
No debería resultarle cómodo.
Debería rechazarlo con todo lo que era.
Y, en el fondo… sí lo hacía.
Había una parte de ella que se resistía, que observaba todo desde lejos con cautela, consciente del peso, del peligro, de las consecuencias que venían atadas a ese mundo.
Pero había otra parte…
Una más silenciosa.
Más visceral.
Que no huía.
Que no retrocedía.
Esa parte sentía el pulso acelerado en sus venas como algo casi eléctrico. Sentía la intensidad de cada mirada, de cada gesto, de cada palabra cargada de doble intención… y no se alejaba.
Se quedaba.
La adrenalina no era solo una reacción.
Era una tentación.
Densa. Embriagadora.
Casi adictiva.
Danica sostuvo su propia mirada en el espejo, como si buscara desmentir todo aquello, como si esperara encontrar a la chica de antes reflejada en el cristal.
Pero no estaba.
En su lugar… había algo más.
Una chispa nueva en sus ojos.
Un brillo distinto.
No era inocencia.
Era conciencia.
Era vértigo.
Era esa mezcla peligrosa entre saber que estás cruzando una línea… y no querer detenerte.
Sus dedos se tensaron apenas contra el borde del vestido.
Porque lo entendía.
Incluso sin decirlo en voz alta.
Incluso sin aceptarlo del todo.
Si seguía avanzando por ese camino…
No habría vuelta atrás.
Y la caída…
No sería lenta.
No sería indulgente.
Sería brutal.
El leve sonido del ascensor al detenerse rompió el momento.
Un suspiro mecánico.
Un aviso suave de que el mundo real seguía avanzando, aunque ella se hubiera quedado suspendida en ese instante.
Las puertas comenzaron a abrirse.
Y la realidad que encontró al otro lado… la dejó sin aliento.
Danica se quedó completamente inmóvil por un segundo, como si su cuerpo necesitara procesar lo que sus ojos estaban viendo.
Su madre lo había vuelto a hacer.
Pero esta vez… había ido más allá.
La terraza había desaparecido.
No quedaba rastro de la estructura moderna, del concreto, del vidrio, de la ciudad.
En su lugar… se alzaba un bosque.
Un bosque encantado suspendido sobre las luces de Milán.
El suelo había desaparecido bajo una extensión de césped real, suave y perfectamente cuidado, que se extendía en todas direcciones como si hubieran arrancado un pedazo de naturaleza y lo hubieran colocado allí, en lo alto del edificio.
Árboles artificiales se alzaban a su alrededor, altos, elegantes… pero mezclados con vegetación real que trepaba por sus troncos, difuminando la línea entre lo falso y lo vivo.
Enredaderas colgaban desde estructuras ocultas, algunas con pequeñas flores blancas, otras con tonos violetas y azulados que parecían brillar tenuemente en la penumbra.
Las luces.
Dios.
Las luces eran lo más impresionante.
Pequeñas esferas de luz flotaban entre las ramas, suspendidas en el aire como si alguien hubiera atrapado luciérnagas y las hubiera obligado a quedarse quietas, eternamente brillando. Algunas palpitaban con suavidad, encendiéndose y apagándose en un ritmo casi orgánico, como si respiraran; otras mantenían un resplandor constante, cálido… dorado, proyectando destellos tenues sobre las hojas y los rostros que pasaban bajo ellas.
Entre los árboles, hilos de luz se entrelazaban con precisión casi invisible, descendiendo en finas cascadas luminosas que se deslizaban desde lo alto hasta perderse entre el follaje. No eran estáticos; se mecían apenas, como si una brisa inexistente los tocara, creando la ilusión de que todo el bosque estaba vivo… despierto… observando.
Y más allá, en los límites de la terraza, largas cortinas de luz caían desde estructuras ocultas, formando un telón brillante que separaba ese mundo del resto de la ciudad. Desde ciertos ángulos, parecía que el cielo mismo se estuviera deshaciendo en fragmentos dorados, derramándose lentamente hacia la tierra.
El sonido de la fiesta no rompía la magia.
La respetaba.
Risas bajas, contenidas.
El tintinear delicado de copas de cristal.
Conversaciones en murmullos que se perdían entre los árboles.
Y una música lejana, instrumental, con notas suaves que no dominaban el ambiente… sino que se mezclaban con él, como si siempre hubieran pertenecido a ese lugar.
Danica avanzó.
El césped cedió bajo sus pies con una suavidad inesperada, fresco… real. La sensación la ancló al instante, recordándole que, por muy irreal que pareciera todo, estaba ahí. Presente. Dentro de ese escenario cuidadosamente construido.
Su vestido rozó la hierba al moverse.
Las capas de tul se deslizaron sobre el verde con una delicadeza casi reverente, como si no quisieran perturbarlo. Las cintas de sus piernas se tensaron ligeramente con cada paso, marcando el movimiento de su cuerpo de una forma silenciosamente hipnótica.
Y por un momento…
Encajó.
No como una intrusa.
No como alguien que estaba de paso.
Sino como si ese lugar hubiera sido creado pensando en ella.
Como si siempre hubiera pertenecido ahí.
Una figura de cuento en medio de un bosque encantado.
Pero el hechizo no la distrajo del todo.
Sus ojos comenzaron a moverse entre la gente, buscando.
Reconociendo rostros, siluetas, vestidos… pero no los que quería encontrar.
Sofía.
Melisa.
Danica avanzó un poco más, esquivando grupos pequeños, deslizándose entre las conversaciones, dejando que su mirada recorriera cada rincón iluminado del “bosque” hasta que finalmente…
La encontró.
Melisa estaba cerca de uno de los árboles más grandes, ligeramente apartada del centro de la terraza. Su atención no estaba en la fiesta, sino en su celular, que sostenía con ambas manos mientras escribía con rapidez, completamente absorta.
Danica se acercó.
—¿Y Sofía? —preguntó en cuanto estuvo lo suficientemente cerca.
Melisa levantó la mirada de golpe, como si hubiera salido de otro mundo, y al verla, su expresión cambió al instante.
Primero sorpresa.
Luego… algo más.
Algo entre diversión y ligera incomodidad.
Sin responder de inmediato, inclinó apenas la cabeza y hizo un pequeño gesto con la mano, señalando hacia atrás, más allá de los árboles, hacia una zona menos iluminada de la terraza.
Danica frunció ligeramente el ceño y siguió la dirección.
Y entonces los vio.
Al fondo, parcialmente ocultos entre las sombras suaves de las luces y la vegetación, Sofía y Leandro estaban… lejos de la calma que dominaba el resto del lugar.
Leandro.
Tenso.
Claramente alterado.
Su postura rígida, los hombros ligeramente elevados, la mandíbula marcada con fuerza. Sus manos se movían al hablar, no de forma exagerada, pero sí lo suficiente para delatar que estaba conteniendo algo más grande… algo que amenazaba con desbordarse.
Sofía, en cambio…
Era todo lo contrario.
Estaba de pie frente a él, completamente tranquila, como si la conversación no tuviera el más mínimo peso. Sostenía una de sus manos frente a su rostro, observando su manicura con atención, girando ligeramente los dedos para ver cómo la luz se reflejaba en el esmalte.
Indiferente.
Impenetrable.
Como si Leandro no estuviera prácticamente ardiendo frente a ella.
Como si no le importara en lo absoluto.
Danica parpadeó, procesando la escena.
La diferencia entre ambos era… brutal.
La tensión de él.
La calma de ella.
El contraste hacía que todo se sintiera aún más intenso, más cargado, incluso desde la distancia.
Melisa soltó un suspiro suave a su lado.
—Sí… —murmuró, bajando un poco la voz—. Lleva así unos minutos.
Danica no respondió de inmediato.
Sus ojos seguían fijos en ellos.
Porque incluso sin escuchar una sola palabra…
Podía sentirlo.
Eso no era una simple discusión.
Era algo más.
Algo que apenas estaba comenzando a romper la superficie.
“Algunos amores no están destinados a salvarte… están destinados a consumirte.”
—Estás exagerando.
La voz de Sofía salió limpia, sin una sola grieta, como si la tensión que vibraba en el aire no tuviera absolutamente nada que ver con ella.
Leandro se quedó inmóvil un segundo, mirándola.
No incrédulo.
No sorprendido.
Peor.
Como si esa respuesta hubiera sido exactamente la que esperaba… y aun así lograra enfurecerlo más.
—¿Exagerando? —repitió, bajando la voz, pero no la intensidad—. ¿Encontrar un preservativo en tu bolso te parece algo que pueda ignorar?
Sofía rodó los ojos con una lentitud deliberada, como si la conversación la aburriera profundamente. Bajó la mano, observando una vez más sus uñas bajo la luz dorada, girando ligeramente la muñeca.
—Tomo la píldora, Leandro —respondió con desdén—. No es como si no lo supieras.
—Precisamente —replicó él, dando un paso más cerca—. Por eso no tiene sentido.
Ella soltó una pequeña risa, suave… provocadora.
No había nervios.
No había culpa.
Solo esa calma irritante que lo desarmaba de la peor manera.
—¿Y si simplemente quería tenerlo? —dijo, alzando finalmente la mirada hacia él—. ¿Por si se me antojaba alguien?
El silencio que siguió fue… denso.
Pesado.
Leandro no reaccionó de inmediato.
Pero algo en su expresión cambió.
No fue visible para cualquiera.
Pero estaba ahí.
Una fractura.
Pequeña.
Peligrosa.
—Repite eso —murmuró.
Sofía inclinó apenas la cabeza, observándolo con una tranquilidad casi insultante.
—Que si se me antojaba algún chico —repitió, esta vez sin suavizar nada—. No veo el problema.
El aire entre ellos pareció tensarse al límite.
Leandro dejó escapar una risa breve.
Sin humor.
—No lo ves —dijo, más para sí mismo que para ella.
Sus manos se cerraron lentamente en puños a los costados de su cuerpo, como si estuviera conteniendo algo mucho más grande que una simple discusión.
—No, Leandro —respondió Sofía, encogiéndose apenas de hombros—. El problema es que tú haces uno donde no lo hay.
Él negó una vez, despacio.
Como si estuviera tratando de procesar… de no perder completamente el control ahí mismo.
—No lo hay —repitió en voz baja—. Claro.
Un destello oscuro cruzó sus ojos
Porque no era solo celos.
No era solo orgullo.
Era posesión.
Era esa necesidad casi visceral de control que Sofía acababa de desafiar sin el menor esfuerzo.
Y lo sabía.
Dios… lo sabía.
Sofía iba a responder.
Pero entonces sus ojos se movieron ligeramente por encima del hombro de Leandro.
Y la vio.
Danica.
De pie, a unos metros, observándolos.
No había juicio en su expresión.
Solo atención.
Presencia.
Sofía sostuvo su mirada un segundo… y algo en su actitud cambió.
No mucho.
Lo suficiente.
Exhaló suavemente, como si de pronto la discusión hubiera dejado de interesarle por completo.
—Luego hablamos —dijo sin emoción, girándose.
Leandro frunció el ceño.
—No hemos terminado.
Pero ella ya no lo estaba escuchando.
Caminó hacia Danica con la misma calma con la que había sostenido toda la conversación, como si nada de lo ocurrido tuviera peso real.
Como si él…
No importara.
Leandro se quedó ahí.
Solo.
Con la mandíbula tensa.
El pulso golpeándole fuerte en las sienes.
Y esa sensación… esa maldita sensación de que algo se le estaba escapando de las manos.
Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta con un movimiento brusco y sacó el teléfono.
No dudó.
Marcó.
La línea conectó tras un par de tonos.
—¿Sí? —la voz al otro lado fue inmediata.
Leandro giró ligeramente, dándole la espalda al resto de la fiesta, buscando un poco más de sombra entre los árboles artificiales.
Su expresión ya no era solo molestia.
Era fría.
Cortante.
Peligrosa.
—¿Ya te encargaste del asunto pendiente? —preguntó, sin rodeos.
Hubo un breve silencio.
Luego, la voz de Marco regresó.
—En eso estoy.
El sonido llegó amortiguado al principio, como si estuviera atrapado detrás de una pared gruesa, pero lo suficientemente claro como para filtrarse sin dificultad a través de la llamada. Un gemido bajo, ahogado, quebrado por el dolor, se coló entre la respiración irregular de alguien que ya no tenía fuerzas para sostenerse. Luego vino el golpe. Seco. Contundente. Y otro más, ligeramente desfasado, seguido por el ruido de algo pesado desplomándose contra el suelo. Un jadeo entrecortado, casi suplicante, terminó de llenar el silencio.
Leandro cerró los ojos apenas un segundo.
No fue un gesto de incomodidad.
Fue control.
Inhaló despacio, profundo, dejando que ese sonido se asentara dentro de él como algo conocido. Familiar. En su mundo, la violencia no era un exceso ni una desviación… era una herramienta. Una constante que, lejos de perturbarlo, le devolvía el equilibrio cuando algo más amenazaba con sacarlo de él.
—Termínalo —dijo finalmente.
Su voz salió firme, limpia, completamente desprovista de la tensión que momentos antes había dejado Sofía en su sistema. Como si esa discusión hubiera sido absorbida, reorganizada, canalizada hacia algo más claro… más funcional.
—Como ordene, jefe —respondió Marco.
Otro golpe resonó del otro lado, esta vez más fuerte, más brutal, acompañado por un quejido que se rompió a la mitad.
Leandro no reaccionó.
No tensó el cuerpo.
No frunció el ceño.
Simplemente colgó.
El silencio regresó de golpe, como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible entre dos realidades completamente distintas
Cuando abrió los ojos, la escena frente a él no había cambiado.
La fiesta seguía intacta.
Hermosa.
Cuidadosamente perfecta.
Las luces doradas flotaban entre las ramas como pequeñas estrellas domesticadas, las risas se deslizaban en murmullos elegantes, y el cristal de las copas capturaba el resplandor cálido con una delicadeza casi irreal. Todo parecía diseñado para borrar cualquier rastro de crudeza, como si ese mundo no tuviera espacio para la violencia… como si no existiera justo debajo de la superficie.
Leandro apretó ligeramente la mandíbula.
Sofía nunca lo había visto así.
Nunca había tenido razones para hacerlo.
Pero eso iba a cambiar.
Había cruzado una línea, y él no era un hombre que dejara ese tipo de cosas sin respuesta. No necesitaba alzar la voz ni perder el control; bastaba con decidirlo. Se encargaría de que lo entendiera. No con palabras. Nunca solo con palabras.
—Vas a romper algo si sigues apretando así la mandíbula.
La voz llegó desde su lado con una calma medida, casi perezosa, pero con ese matiz afilado que siempre acompañaba a Alessandro. Leandro no necesitó girarse de inmediato para reconocerlo, aunque lo hizo de todas formas, desplazando apenas la mirada.
Ahí estaba.
Sosteniendo una copa de whisky como si el mundo no pesara sobre sus hombros, con esa elegancia natural que no se aprendía… se imponía. Sin tensión visible, sin rastros de conflicto. Solo control.
Extendió la mano con ligereza, ofreciéndole otra copa.
Leandro la tomó sin decir nada. El cristal frío contra sus dedos le dio un ancla momentánea, algo físico, tangible, en medio del ruido interno que aún no terminaba de disiparse.
—¿Problemas? —preguntó Alessandro, dando un pequeño sorbo al suyo.
No era una pregunta inocente.
Era una provocación cuidadosamente envuelta.
Leandro dejó escapar una risa baja, seca, sin humor.
—¿Tú qué crees?
Alessandro alzó apenas una ceja, observándolo de reojo, como si ya tuviera la respuesta y solo estuviera esperando que él la confirmara.
—Creo que estás reaccionando como si te hubieran quitado algo que creías tuyo.
Directo.
Sin matices.
Leandro giró ligeramente el rostro hacia él, sus ojos oscuros todavía cargados de una tensión que no había descargado del todo.
—No lo sé —respondió con una calma que rozaba lo peligroso—. ¿Cómo te sientes tú cada vez que otro hombre mira a Danica?
El cambio fue mínimo.
Pero estuvo ahí.
En la forma en que los dedos de Alessandro se cerraron apenas con más fuerza alrededor de la copa. En el leve endurecimiento de su mandíbula. En ese microsegundo de silencio que llegó tarde… demasiado tarde para alguien como Leandro.
Lo vio todo.
Y sonrió apenas.
No con diversión.
Con certeza.
—Sí… —murmuró, bajando un poco la voz—. Eso pensé.
Alessandro desvió la mirada por un instante, como si evaluara la situación, como si midiera qué tanto valía la pena negar lo evidente.
—Estás cruzando una línea —dijo finalmente.
Leandro llevó la copa a sus labios y dio un sorbo lento, controlado, dejando que el alcohol le quemara suavemente la garganta antes de responder.
—No tanto como tú.
El aire entre ellos cambió.
Se volvió más denso, más pesado, cargado de algo que ya no era solo provocación.
—Es nuestra hermana —añadió Leandro, esta vez mirándolo directamente.
—Hermanastra —corrigió Alessandro sin vacilar.
La palabra cayó con precisión quirúrgica.
Pequeña, pero cargada de intención.
Leandro dejó escapar un suspiro bajo, negando apenas con la cabeza, como si aquella corrección no hiciera más que confirmar algo que ya sabía.
—Sabes que eso no lo hace mejor.
Alessandro no respondió.
No porque no tuviera qué decir.
Sino porque decirlo en voz alta… lo haría real de una forma que ni siquiera él parecía dispuesto a aceptar.
Leandro lo sostuvo con la mirada un momento más, observando ese silencio, esa tensión contenida que en cualquier otro habría pasado desapercibida… pero no en él.
No con él.
—Lo sé —dijo finalmente, bajando un poco la voz—. Sé lo que te pasa.
Alessandro se quedó completamente quieto.
No hubo negación inmediata.
Solo ese silencio.
Ese silencio denso, incómodo… revelador.
Leandro inclinó apenas la cabeza.
—Estás enamorado de ella— Suspiro — Lo note cuando éramos adolescentes, se que saliste con ella a escondidas.
Alessandro no dijo nada, pero sintió el nudo en la garganta.
El sonido de la fiesta siguió fluyendo a su alrededor, ajeno, distante, como si perteneciera a otro plano completamente distinto.
Pero entre ellos…
Todo se había detenido.
Alessandro no lo miró de inmediato. Sus ojos se perdieron por un instante entre las luces, entre las figuras que se movían con elegancia bajo el brillo dorado, como si buscara una salida que simplemente no existía.
Cuando finalmente habló, su voz fue más baja.
Más fría.
—Cuidado con lo que dices.
Leandro soltó una pequeña risa, apenas un soplo de aire sin humor.
—¿O qué?
No había desafío abierto en su tono.
Pero tampoco había retroceso.
Solo verdad.
Cruda.
Incómoda.
—No voy a decir nada —añadió después de un momento, exhalando lentamente, como si soltara algo que en realidad seguía pesando dentro de él—. No es mi problema cargar con eso.
No lo dijo con ligereza.
Lo dijo como quien traza una línea… y decide no cruzarla.
Alessandro lo miró entonces, directamente, sosteniéndolo con una intensidad que no necesitaba elevarse para resultar peligrosa. Sus ojos recorrieron el rostro de su hermano con una precisión casi quirúrgica, como si intentara desmontar cada palabra, encontrar la grieta, el punto exacto donde la promesa pudiera romperse.
Pero no encontró nada.
Leandro no apartó la mirada.
No titubeó.
No retrocedió.
Sostuvo ese silencio con la misma firmeza con la que sostenía un arma: sin temblor, sin duda.
—Pero tienes que solucionarlo —continuó finalmente.
Y esta vez… ya no había burla.
Ni provocación.
Solo verdad.
Su tono bajó apenas, volviéndose más denso, más pesado, como si cada palabra llevara consigo el eco de algo inevitable.
—Porque esto… —añadió, haciendo un leve gesto con la copa, uno casi imperceptible, como si señalara algo que no podía verse pero que ambos sentían perfectamente— no termina bien.
No era una advertencia vacía.
Era conocimiento.
Experiencia.
Historia.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue opresivo.
Se instaló entre ellos como una presencia más, cargado de todo lo que ninguno estaba dispuesto a pronunciar en voz alta, pero que ya había sido completamente entendido.
Porque en su mundo… las cosas no se quedaban a medias.
No había espacio para emociones mal colocadas.
Ni para deseos que no debían existir.
Todo lo que crecía en el lugar equivocado… terminaba arrancado de raíz.
Leandro desvió la mirada por un segundo hacia la fiesta, hacia ese bosque artificial lleno de luz y perfección, donde las risas seguían fluyendo como si nada pudiera tocarlas.
Y aun así…
Sabía.
Lo sabía con una claridad brutal.
Los De La Marca no amaban de forma limpia.
No amaban de forma inocente.
Amaban como hacían todo lo demás: con intensidad, con posesión… y con la capacidad de destruir todo aquello que no pudieran controlar.
Y justo ahí, bajo esas luces doradas que fingían magia…
Estaban las próximas víctimas de ese tipo de amor.
Quisieran o no.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com