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Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 51

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Capítulo 51: Capitulo 51

“Algunos amores no están destinados a salvarte… están destinados a consumirte.”

—Estás exagerando.

La voz de Sofía salió limpia, sin una sola grieta, como si la tensión que vibraba en el aire no tuviera absolutamente nada que ver con ella.

Leandro se quedó inmóvil un segundo, mirándola.

No incrédulo.

No sorprendido.

Peor.

Como si esa respuesta hubiera sido exactamente la que esperaba… y aun así lograra enfurecerlo más.

—¿Exagerando? —repitió, bajando la voz, pero no la intensidad—. ¿Encontrar un preservativo en tu bolso te parece algo que pueda ignorar?

Sofía rodó los ojos con una lentitud deliberada, como si la conversación la aburriera profundamente. Bajó la mano, observando una vez más sus uñas bajo la luz dorada, girando ligeramente la muñeca.

—Tomo la píldora, Leandro —respondió con desdén—. No es como si no lo supieras.

—Precisamente —replicó él, dando un paso más cerca—. Por eso no tiene sentido.

Ella soltó una pequeña risa, suave… provocadora.

No había nervios.

No había culpa.

Solo esa calma irritante que lo desarmaba de la peor manera.

—¿Y si simplemente quería tenerlo? —dijo, alzando finalmente la mirada hacia él—. ¿Por si se me antojaba alguien?

El silencio que siguió fue… denso.

Pesado.

Leandro no reaccionó de inmediato.

Pero algo en su expresión cambió.

No fue visible para cualquiera.

Pero estaba ahí.

Una fractura.

Pequeña.

Peligrosa.

—Repite eso —murmuró.

Sofía inclinó apenas la cabeza, observándolo con una tranquilidad casi insultante.

—Que si se me antojaba algún chico —repitió, esta vez sin suavizar nada—. No veo el problema.

El aire entre ellos pareció tensarse al límite.

Leandro dejó escapar una risa breve.

Sin humor.

—No lo ves —dijo, más para sí mismo que para ella.

Sus manos se cerraron lentamente en puños a los costados de su cuerpo, como si estuviera conteniendo algo mucho más grande que una simple discusión.

—No, Leandro —respondió Sofía, encogiéndose apenas de hombros—. El problema es que tú haces uno donde no lo hay.

Él negó una vez, despacio.

Como si estuviera tratando de procesar… de no perder completamente el control ahí mismo.

—No lo hay —repitió en voz baja—. Claro.

Un destello oscuro cruzó sus ojos

Porque no era solo celos.

No era solo orgullo.

Era posesión.

Era esa necesidad casi visceral de control que Sofía acababa de desafiar sin el menor esfuerzo.

Y lo sabía.

Dios… lo sabía.

Sofía iba a responder.

Pero entonces sus ojos se movieron ligeramente por encima del hombro de Leandro.

Y la vio.

Danica.

De pie, a unos metros, observándolos.

No había juicio en su expresión.

Solo atención.

Presencia.

Sofía sostuvo su mirada un segundo… y algo en su actitud cambió.

No mucho.

Lo suficiente.

Exhaló suavemente, como si de pronto la discusión hubiera dejado de interesarle por completo.

—Luego hablamos —dijo sin emoción, girándose.

Leandro frunció el ceño.

—No hemos terminado.

Pero ella ya no lo estaba escuchando.

Caminó hacia Danica con la misma calma con la que había sostenido toda la conversación, como si nada de lo ocurrido tuviera peso real.

Como si él…

No importara.

Leandro se quedó ahí.

Solo.

Con la mandíbula tensa.

El pulso golpeándole fuerte en las sienes.

Y esa sensación… esa maldita sensación de que algo se le estaba escapando de las manos.

Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta con un movimiento brusco y sacó el teléfono.

No dudó.

Marcó.

La línea conectó tras un par de tonos.

—¿Sí? —la voz al otro lado fue inmediata.

Leandro giró ligeramente, dándole la espalda al resto de la fiesta, buscando un poco más de sombra entre los árboles artificiales.

Su expresión ya no era solo molestia.

Era fría.

Cortante.

Peligrosa.

—¿Ya te encargaste del asunto pendiente? —preguntó, sin rodeos.

Hubo un breve silencio.

Luego, la voz de Marco regresó.

—En eso estoy.

El sonido llegó amortiguado al principio, como si estuviera atrapado detrás de una pared gruesa, pero lo suficientemente claro como para filtrarse sin dificultad a través de la llamada. Un gemido bajo, ahogado, quebrado por el dolor, se coló entre la respiración irregular de alguien que ya no tenía fuerzas para sostenerse. Luego vino el golpe. Seco. Contundente. Y otro más, ligeramente desfasado, seguido por el ruido de algo pesado desplomándose contra el suelo. Un jadeo entrecortado, casi suplicante, terminó de llenar el silencio.

Leandro cerró los ojos apenas un segundo.

No fue un gesto de incomodidad.

Fue control.

Inhaló despacio, profundo, dejando que ese sonido se asentara dentro de él como algo conocido. Familiar. En su mundo, la violencia no era un exceso ni una desviación… era una herramienta. Una constante que, lejos de perturbarlo, le devolvía el equilibrio cuando algo más amenazaba con sacarlo de él.

—Termínalo —dijo finalmente.

Su voz salió firme, limpia, completamente desprovista de la tensión que momentos antes había dejado Sofía en su sistema. Como si esa discusión hubiera sido absorbida, reorganizada, canalizada hacia algo más claro… más funcional.

—Como ordene, jefe —respondió Marco.

Otro golpe resonó del otro lado, esta vez más fuerte, más brutal, acompañado por un quejido que se rompió a la mitad.

Leandro no reaccionó.

No tensó el cuerpo.

No frunció el ceño.

Simplemente colgó.

El silencio regresó de golpe, como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible entre dos realidades completamente distintas

Cuando abrió los ojos, la escena frente a él no había cambiado.

La fiesta seguía intacta.

Hermosa.

Cuidadosamente perfecta.

Las luces doradas flotaban entre las ramas como pequeñas estrellas domesticadas, las risas se deslizaban en murmullos elegantes, y el cristal de las copas capturaba el resplandor cálido con una delicadeza casi irreal. Todo parecía diseñado para borrar cualquier rastro de crudeza, como si ese mundo no tuviera espacio para la violencia… como si no existiera justo debajo de la superficie.

Leandro apretó ligeramente la mandíbula.

Sofía nunca lo había visto así.

Nunca había tenido razones para hacerlo.

Pero eso iba a cambiar.

Había cruzado una línea, y él no era un hombre que dejara ese tipo de cosas sin respuesta. No necesitaba alzar la voz ni perder el control; bastaba con decidirlo. Se encargaría de que lo entendiera. No con palabras. Nunca solo con palabras.

—Vas a romper algo si sigues apretando así la mandíbula.

La voz llegó desde su lado con una calma medida, casi perezosa, pero con ese matiz afilado que siempre acompañaba a Alessandro. Leandro no necesitó girarse de inmediato para reconocerlo, aunque lo hizo de todas formas, desplazando apenas la mirada.

Ahí estaba.

Sosteniendo una copa de whisky como si el mundo no pesara sobre sus hombros, con esa elegancia natural que no se aprendía… se imponía. Sin tensión visible, sin rastros de conflicto. Solo control.

Extendió la mano con ligereza, ofreciéndole otra copa.

Leandro la tomó sin decir nada. El cristal frío contra sus dedos le dio un ancla momentánea, algo físico, tangible, en medio del ruido interno que aún no terminaba de disiparse.

—¿Problemas? —preguntó Alessandro, dando un pequeño sorbo al suyo.

No era una pregunta inocente.

Era una provocación cuidadosamente envuelta.

Leandro dejó escapar una risa baja, seca, sin humor.

—¿Tú qué crees?

Alessandro alzó apenas una ceja, observándolo de reojo, como si ya tuviera la respuesta y solo estuviera esperando que él la confirmara.

—Creo que estás reaccionando como si te hubieran quitado algo que creías tuyo.

Directo.

Sin matices.

Leandro giró ligeramente el rostro hacia él, sus ojos oscuros todavía cargados de una tensión que no había descargado del todo.

—No lo sé —respondió con una calma que rozaba lo peligroso—. ¿Cómo te sientes tú cada vez que otro hombre mira a Danica?

El cambio fue mínimo.

Pero estuvo ahí.

En la forma en que los dedos de Alessandro se cerraron apenas con más fuerza alrededor de la copa. En el leve endurecimiento de su mandíbula. En ese microsegundo de silencio que llegó tarde… demasiado tarde para alguien como Leandro.

Lo vio todo.

Y sonrió apenas.

No con diversión.

Con certeza.

—Sí… —murmuró, bajando un poco la voz—. Eso pensé.

Alessandro desvió la mirada por un instante, como si evaluara la situación, como si midiera qué tanto valía la pena negar lo evidente.

—Estás cruzando una línea —dijo finalmente.

Leandro llevó la copa a sus labios y dio un sorbo lento, controlado, dejando que el alcohol le quemara suavemente la garganta antes de responder.

—No tanto como tú.

El aire entre ellos cambió.

Se volvió más denso, más pesado, cargado de algo que ya no era solo provocación.

—Es nuestra hermana —añadió Leandro, esta vez mirándolo directamente.

—Hermanastra —corrigió Alessandro sin vacilar.

La palabra cayó con precisión quirúrgica.

Pequeña, pero cargada de intención.

Leandro dejó escapar un suspiro bajo, negando apenas con la cabeza, como si aquella corrección no hiciera más que confirmar algo que ya sabía.

—Sabes que eso no lo hace mejor.

Alessandro no respondió.

No porque no tuviera qué decir.

Sino porque decirlo en voz alta… lo haría real de una forma que ni siquiera él parecía dispuesto a aceptar.

Leandro lo sostuvo con la mirada un momento más, observando ese silencio, esa tensión contenida que en cualquier otro habría pasado desapercibida… pero no en él.

No con él.

—Lo sé —dijo finalmente, bajando un poco la voz—. Sé lo que te pasa.

Alessandro se quedó completamente quieto.

No hubo negación inmediata.

Solo ese silencio.

Ese silencio denso, incómodo… revelador.

Leandro inclinó apenas la cabeza.

—Estás enamorado de ella— Suspiro — Lo note cuando éramos adolescentes, se que saliste con ella a escondidas.

Alessandro no dijo nada, pero sintió el nudo en la garganta.

El sonido de la fiesta siguió fluyendo a su alrededor, ajeno, distante, como si perteneciera a otro plano completamente distinto.

Pero entre ellos…

Todo se había detenido.

Alessandro no lo miró de inmediato. Sus ojos se perdieron por un instante entre las luces, entre las figuras que se movían con elegancia bajo el brillo dorado, como si buscara una salida que simplemente no existía.

Cuando finalmente habló, su voz fue más baja.

Más fría.

—Cuidado con lo que dices.

Leandro soltó una pequeña risa, apenas un soplo de aire sin humor.

—¿O qué?

No había desafío abierto en su tono.

Pero tampoco había retroceso.

Solo verdad.

Cruda.

Incómoda.

—No voy a decir nada —añadió después de un momento, exhalando lentamente, como si soltara algo que en realidad seguía pesando dentro de él—. No es mi problema cargar con eso.

No lo dijo con ligereza.

Lo dijo como quien traza una línea… y decide no cruzarla.

Alessandro lo miró entonces, directamente, sosteniéndolo con una intensidad que no necesitaba elevarse para resultar peligrosa. Sus ojos recorrieron el rostro de su hermano con una precisión casi quirúrgica, como si intentara desmontar cada palabra, encontrar la grieta, el punto exacto donde la promesa pudiera romperse.

Pero no encontró nada.

Leandro no apartó la mirada.

No titubeó.

No retrocedió.

Sostuvo ese silencio con la misma firmeza con la que sostenía un arma: sin temblor, sin duda.

—Pero tienes que solucionarlo —continuó finalmente.

Y esta vez… ya no había burla.

Ni provocación.

Solo verdad.

Su tono bajó apenas, volviéndose más denso, más pesado, como si cada palabra llevara consigo el eco de algo inevitable.

—Porque esto… —añadió, haciendo un leve gesto con la copa, uno casi imperceptible, como si señalara algo que no podía verse pero que ambos sentían perfectamente— no termina bien.

No era una advertencia vacía.

Era conocimiento.

Experiencia.

Historia.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue opresivo.

Se instaló entre ellos como una presencia más, cargado de todo lo que ninguno estaba dispuesto a pronunciar en voz alta, pero que ya había sido completamente entendido.

Porque en su mundo… las cosas no se quedaban a medias.

No había espacio para emociones mal colocadas.

Ni para deseos que no debían existir.

Todo lo que crecía en el lugar equivocado… terminaba arrancado de raíz.

Leandro desvió la mirada por un segundo hacia la fiesta, hacia ese bosque artificial lleno de luz y perfección, donde las risas seguían fluyendo como si nada pudiera tocarlas.

Y aun así…

Sabía.

Lo sabía con una claridad brutal.

Los De La Marca no amaban de forma limpia.

No amaban de forma inocente.

Amaban como hacían todo lo demás: con intensidad, con posesión… y con la capacidad de destruir todo aquello que no pudieran controlar.

Y justo ahí, bajo esas luces doradas que fingían magia…

Estaban las próximas víctimas de ese tipo de amor.

Quisieran o no.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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