Telarañas y Omnitrix - Capítulo 1
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1: El Chasquido del Aburrido 1: El Chasquido del Aburrido Esta es una obra de fanfiction basada en una obra ya existente.
Los personajes, el universo y la historia original pertenecen a sus respectivos creadores y propietarios.
No reclamo derechos sobre el material original.
Los únicos personajes que me pertenecen son los OC (personajes originales) creados específicamente para esta historia.
— (Tercera persona) El último recuerdo consciente de Jeremy fue el olor.
Sal… y lodo.
Una mezcla espesa, densa, que parecía pegarse al interior de la nariz como si no quisiera salir nunca, como si el aire mismo estuviera hecho de eso.
Cada inhalación arrastraba ese sabor húmedo, ligeramente metálico, que se quedaba en la garganta.
El terreno cedía apenas bajo sus botas, suave pero traicionero, como si cada paso quisiera hundirse un poco más de lo debido.
Jeremy presionó con el pie la base de la última estaca, asegurándose de que quedara firme, recta, alineada con las demás.
Dio un pequeño golpe adicional con el martillo, más por costumbre que por necesidad, y luego retrocedió un par de pasos para observar su trabajo.
—Listo… perfecto —murmuró, ladeando la cabeza mientras evaluaba la línea.
Se limpió el sudor con el antebrazo, dejando una mancha de tierra sobre la piel, y dejó escapar una sonrisa corta, satisfecha, de esas que no necesitan testigos.
No era un trabajo complicado, pero estaba bien hecho, y eso le bastaba.
Arriba, el dron zumbaba de forma constante, casi hipnótica, describiendo círculos amplios y pacientes sobre el terreno.
El sonido se mezclaba con el viento y el leve chapoteo del agua en las zonas más bajas.
Jeremy levantó el control y echó un vistazo a la pantalla.
El mapa iba tomando forma poco a poco: líneas que se dibujaban solas, relieves que emergían en tonos distintos, pequeñas irregularidades que, más adelante, serían números, cálculos, decisiones.
—Mira eso… —dijo en voz baja, como si alguien pudiera escucharle—.
Si hasta parece que sé lo que hago.
Soltó una pequeña risa para sí mismo y movió el joystick con precisión, ajustando la trayectoria del dron para cubrir una zona que había quedado un poco borrosa.
—Después de esto… —continuó, hablando solo, sin darse cuenta— entrego el informe, me pagan… y ya.
Se quedó en silencio un momento, pensando, dejando que la idea se asentara.
—Y ya —repitió, pero esta vez con otro tono, más pensativo.
Bajó la mirada hacia el terreno, luego al horizonte, como si estuviera intentando ver más allá de ese proyecto específico.
—Podría buscar algo más grande… —murmuró—.
Una finca más seria, un proyecto propio… o meterme con lo de sistemas acuapónicos que estaba viendo… Hizo una pausa, frunciendo ligeramente el ceño.
—O viajar un poco primero… —añadió, casi tentado por la idea—.
No sé… conocer otras zonas, ver cómo trabajan en otras provincias… no todo tiene que ser inmediato.
Movió el dron otra vez, acercándolo a una zona más baja donde el agua reflejaba el cielo grisáceo.
—Una cosa a la vez —se dijo, negando con la cabeza—.
Termina esto primero.
Cobras.
No te emociones.
Pero la sonrisa volvió igual.
Tenía veinte años.
Ingeniero agropecuario recién graduado.
Las manos todavía no se acostumbraban del todo al trabajo constante, pero aprendían rápido.
Tenía energía de sobra, y una facilidad casi absurda para hablar con cualquiera.
De esos que preguntaban una dirección y terminaban sabiendo el nombre del perro, la historia del barrio y dónde vendían la mejor comida del lugar.
—Capaz hasta me invitan a quedarme trabajando aquí —dijo, medio en broma, medio en serio—.
Nah Se imaginó por un segundo viviendo algo así, una rutina sencilla pero estable, y no le disgustó.
La vida… se sentía como algo que empezaba a alinearse, como si por fin las piezas dejaran de moverse sin sentido y comenzaran a encajar.
Jeremy dio unos pasos hacia atrás, levantando el control para ajustar el ángulo del dron y capturar una toma más amplia del terreno completo.
No miraba realmente por dónde caminaba.
No lo necesitaba.
Todo alrededor parecía igual: suelo húmedo, marcas recientes de maquinaria, pequeñas depresiones llenas de agua.
Confiaba en eso.
Confiaba en que no había nada que lo sorprendiera.
—Después de esto debería llamar a mamá —pensó en voz alta—.
Seguro quiere saber cómo me fue… y— Su pie se hundió ligeramente más de lo normal.
Pero no le dio importancia.
—Y tal vez salir con los chicos el fin de semana… hace rato que no— Otro paso.
El terreno cambió, apenas.
Una diferencia mínima.
Invisible.
—O comprarme algo con el primer pago… algo que diga “ya empecé de verdad”… No notó la línea.
No notó el cambio en la textura del suelo.
No notó nada.
Hasta que— El sonido.
Seco.
Corto.
Un disparo.
No hubo tiempo para procesarlo como peligro ni como dolor, ni siquiera como sorpresa real, fue más bien un empujón violento, directo al centro del pecho, como si alguien lo hubiera golpeado con una fuerza desmedida y perfectamente calculada para derribarlo.
El aire se le escapó de golpe, no en un grito, sino en una exhalación muda, abrupta, que dejó su cuerpo vacío por un segundo.
Sus músculos reaccionaron antes que su mente, perdiendo el equilibrio sin resistencia, y cayó de espaldas contra el suelo húmedo, sintiendo cómo el lodo absorbía parte del impacto mientras el resto se expandía por su espalda.
El cielo se movió frente a él, o tal vez era él quien se movía, no logró distinguirlo.
El gris opaco de las nubes se estiró y se contrajo en su campo de visión, deformándose como si alguien hubiera sacudido el mundo entero.
El dron seguía ahí arriba, zumbando, constante, indiferente, cumpliendo su función como si nada hubiera cambiado, pero ahora ese sonido parecía más lejano, más ajeno, como si perteneciera a otra escena que ya no tenía que ver con él.
Jeremy parpadeó una vez, lento, tratando de enfocar algo, cualquier cosa, pero el entorno ya no respondía de la misma manera.
Las líneas del terreno, las estacas, el agua estancada, todo empezó a perder definición, a mezclarse en formas borrosas que no terminaban de asentarse.
Entonces llegaron las voces.
No eran claras al principio, solo ruido, fragmentos que se colaban en su conciencia sin orden ni sentido.
Luego, poco a poco, se volvieron más distinguibles, más cercanas, aunque seguían sonando como si estuvieran detrás de una pared gruesa.
—¡Mierda, mierda, mierda!
—la voz de un hombre, tensa, cargada de pánico contenido—.
¿Qué hiciste, imbécil?
Otra voz respondió, más joven, más nerviosa, casi temblorosa.
—¡Pensé que—!
¡Se movió, yo creí que—!
—¡Te dije dos disparos de advertencia al aire, no a la espalda!
—interrumpió el primero, ahora con rabia abierta—.
¡¿Qué parte no entendiste?!
Jeremy intentó girar la cabeza hacia el origen de las voces, pero el movimiento apenas se tradujo en una leve inclinación, torpe, pesada, como si su cuerpo ya no le perteneciera del todo.
Algo no estaba bien, lo sabía, pero su mente no terminaba de conectar todas las piezas.
—No tenía identificación… —insistió la segunda voz, más baja ahora, como buscando justificarse—.
Estaba marcando el terreno, pensé que— —¡Claro que estaba marcando el terreno, idiota, mira a tu alrededor!
—escupió el otro con frustración—.
¡Esto es una zona de trabajo!
Las palabras llegaban, pero no se quedaban.
Rebotaban en su cabeza sin anclarse del todo, como si su cerebro hubiera decidido que procesarlas ya no era una prioridad urgente.
Jeremy abrió la boca, intentando decir algo, cualquier cosa, más por reflejo que por intención real.
Una parte de él, la más automática, la más acostumbrada a llenar silencios incómodos con comentarios absurdos, trató de imponerse incluso ahí.
Quiso reírse.
Quiso soltar algo ligero, algo que rompiera la tensión que claramente no le correspondía manejar.
‘Bueno… esto sí que no venía en la descripción del trabajo,’ pensó, con una claridad extraña que contrastaba con todo lo demás.
‘Primer día serio y ya me están despidiendo… de la vida directamente, qué eficiencia.’ Intentó convertir ese pensamiento en palabras, en sonido, en cualquier forma de expresión que saliera de su garganta, pero su cuerpo no respondió.
Sus labios apenas se movieron, sin fuerza, sin voz, como si el impulso se hubiera quedado a mitad de camino.
—Oye… oye, respira —dijo la primera voz de nuevo, ahora más cerca, más urgente, aunque Jeremy no podía ver bien a quién pertenecía—.
No te duermas, ¿sí?
Quédate conmigo.
Una sombra cruzó su campo de visión, distorsionada, sin forma definida.
Alguien se inclinaba sobre él, eso era lo único que podía deducir.
—Creo que sigue consciente —añadió la segunda voz, con un tono que ya no era defensa, sino miedo puro—.
¿Qué hacemos ahora?
Jeremy quiso responder a eso también.
‘Buena pregunta,’ pensó con una especie de ironía lejana.
‘Si lo averiguan, me avisan.’ Pero otra vez, nada salió.
El sonido del dron se fue apagando, no porque dejara de estar ahí, sino porque su mente dejó de prestarle atención.
Las voces empezaron a perder fuerza, a diluirse, como si alguien bajara el volumen del mundo poco a poco.
La sensación de su propio cuerpo también comenzó a desvanecerse.
El frío del lodo, el peso de su ropa, incluso la presión contra su espalda, todo se volvió distante, irrelevante, como si ya no tuviera sentido registrarlo.
Parpadeó una vez más.
El cielo ya no se movía.
O tal vez él había dejado de hacerlo.
Y entonces la oscuridad llegó, no de golpe, sino como una sombra que avanzaba desde los bordes de su visión hacia el centro, cubriéndolo todo con una suavidad inquietante, sin resistencia, sin transición brusca.
Jeremy intentó aferrarse a algo, a una idea, a una palabra, a cualquier cosa que le confirmara que seguía ahí.
Pero no encontró nada.
Y luego no quedó nada que encontrar.
— Despertó, o algo que se parecía lo suficiente a despertar como para que su mente lo aceptara sin discutir demasiado.
No hubo ese momento habitual en el que los párpados pesan ni esa sensación lenta de volver a habitar el propio cuerpo; no sintió músculos, ni respiración, ni el latido insistente en el pecho.
Fue más bien un reconocimiento inmediato, como si de pronto se hubiera dado cuenta de que estaba ahí, de que existía otra vez, sin proceso intermedio.
El lugar no tenía sentido, y lo supo en el mismo instante en que intentó comprenderlo.
Sobre él se extendía un cielo azul perfecto, demasiado uniforme para ser real, sin un sol visible que justificara la luz, sin variaciones de tono, sin ese desgaste natural que siempre tienen las cosas auténticas.
Las nubes flotaban dispersas, blancas y suaves, pero había algo en ellas que no encajaba, como si estuvieran colocadas con intención estética más que por una lógica natural, como piezas de un escenario cuidadosamente diseñado.
Bajó la mirada y encontró agua bajo sus pies, completamente transparente, inmóvil, extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista.
No parecía profunda, apenas un centímetro, lo suficiente para cubrir la superficie sin ocultarla, y sin embargo él estaba de pie sobre ella como si fuera un suelo sólido.
No había ondas, no había reflejos distorsionados por el movimiento, no había resistencia ni sensación de humedad.
Jeremy movió un pie con cautela, observando la reacción del entorno con atención casi instintiva.
El agua no se alteró, no se desplazó, no dejó rastro alguno de su paso.
Sus zapatillas seguían ahí, cubiertas de lodo seco, con las manchas tal como las recordaba, pero el barro no caía ni se deshacía, como si también hubiera quedado atrapado en ese estado inmóvil, ajeno al tiempo y a cualquier cambio.
Giró lentamente sobre sí mismo, tratando de encontrar un punto de referencia, algo que rompiera la uniformidad absurda del lugar, pero no había nada.
Ninguna estructura, ninguna sombra diferente, ninguna señal de vida o de límite.
Todo se repetía con una perfección que resultaba inquietante en lugar de reconfortante.
—¿Qué demonios es esto?
—dijo finalmente, con la voz más firme de lo que esperaba.
El sonido no rebotó, no encontró superficie que lo devolviera, simplemente se disipó sin dejar rastro, como si el espacio mismo absorbiera cualquier intento de interacción.
Jeremy frunció el ceño y entrecerró los ojos, analizando lo que veía como si pudiera desarmarlo con lógica.
—¿Esto es el cielo o algún tipo de sueño raro post-muerte?
—continuó, con un tono más pensativo que alarmado—.
Porque si esto es el cielo, la verdad esperaba algo con un poco más de… producción.
Se llevó una mano a la barbilla por puro hábito, aunque el gesto se sentía extraño en un lugar donde nada parecía tener peso real, y dejó escapar una exhalación leve, más por costumbre que por necesidad.
—No sé, algo de música, aunque sea cliché, unas arpas de fondo, gente flotando con alas… o mi abuela apareciendo de la nada con un plato de ceviche y diciéndome que coma porque estoy muy flaco —añadió, con una media sonrisa que no terminaba de asentarse.
No hubo respuesta.
El silencio no era simplemente ausencia de sonido, era una presencia en sí misma, densa y absoluta, como si el lugar estuviera diseñado para que nada lo perturbara.
Jeremy se quedó quieto un momento más, esperando sin admitirlo, dándole al entorno la oportunidad de reaccionar, de demostrar que había algo más que esa perfección vacía.
Pero nada cambió.
No sentía hambre, ni dolor, ni frío, ni calor, ni siquiera el peso de su propio cuerpo sobre esa superficie imposible.
Todo estaba suspendido en una especie de equilibrio artificial donde ninguna necesidad existía.
Era una paz extraña, demasiado limpia, demasiado perfecta, y precisamente por eso resultaba incómoda, como si debajo de esa calma hubiera algo que todavía no alcanzaba a ver pero que, de alguna forma, ya sabía que estaba ahí.
— Entonces apareció.
No caminó hacia él ni descendió desde el cielo perfecto que lo rodeaba, tampoco hubo una señal previa que anunciara su llegada; simplemente, en un instante en el que Jeremy estaba solo, al siguiente dejó de estarlo, como si la presencia hubiera estado ahí desde siempre y él recién fuera capaz de percibirla.
La figura frente a él no era fija, no del todo, y sin embargo no resultaba confusa.
Había momentos en los que parecía un hombre, de rostro sereno, mirada profunda y una calma que no necesitaba imponerse, y otros en los que esa forma se volvía más difícil de definir, como si la luz misma tratara de tomar silueta sin decidirse por completo.
No era inquietante, tampoco abrumadora; era, de alguna manera, familiar.
Jeremy parpadeó un par de veces, no por incredulidad absoluta, sino por esa reacción automática que tiene la mente cuando algo encaja demasiado bien con ideas que nunca había tomado en serio del todo.
—Bueno… —dijo finalmente, soltando el aire con una media sonrisa—.
Si esto es lo que creo que es, siento que debería arrodillarme o algo, pero honestamente no estoy seguro de cuál es el protocolo aquí.
La figura lo observó, y en esa mirada no hubo juicio ni sorpresa, solo un reconocimiento tranquilo, como quien mira a alguien que ya conoce desde hace mucho tiempo.
—Jeremy —dijo con una voz suave, profunda, que no necesitaba volumen para sentirse cercana—, no tienes que fingir nada aquí.
El nombre en sus labios hizo que Jeremy se quedara quieto un segundo más de lo normal, como si esa simple confirmación terminara de cerrar cualquier duda que le quedaba.
—Claro… —respondió, llevándose una mano a la nuca con un gesto algo torpe—.
Sí, eso suena a algo que dirías.
Lo miró mejor, entrecerrando ligeramente los ojos, no con desconfianza, sino con una curiosidad que no intentaba ocultar.
—Entonces eres… —hizo un pequeño gesto con la mano, como buscando la palabra correcta sin querer decirla directamente—.
Tú.
La figura asintió apenas, con una leve inclinación que no necesitaba más explicación.
Jeremy dejó escapar una risa corta, suave, más incrédula que nerviosa.
—Bien… no es exactamente como me lo imaginaba, pero tampoco puedo decir que tenía una imagen muy clara —comentó—.
Supongo que tiene sentido que no seas como en los cuadros.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Era un silencio lleno, contenido, como si no hiciera falta llenarlo con palabras innecesarias.
Jesús dio un pequeño paso, o al menos el equivalente a ello, acortando la distancia sin invadir, y su expresión se suavizó aún más, si es que eso era posible.
—Hiciste lo que pudiste con lo que tenías —dijo con calma, como si continuara una conversación que Jeremy no recordaba haber iniciado—.
Y, aun así, elegiste bien más veces de las que crees.
Jeremy no respondió de inmediato.
Bajó la mirada hacia el agua inmóvil bajo sus pies, observando su propio reflejo que no terminaba de comportarse como un reflejo normal.
—Bueno… eso suena mejor de lo que esperaba escuchar —admitió al cabo de unos segundos—.
Pensé que vendría con una lista larga de errores y un “tenemos que hablar”.
Levantó la vista otra vez, con una leve sonrisa ladeada.
—Aunque, siendo justos, sí hay material para eso.
Jesús negó suavemente con la cabeza.
—Has cambiado para bien —continuó, con el mismo tono sereno—.
Incluso cuando no lo notabas.
Incluso cuando pensabas que no servía de nada.
Jeremy soltó una pequeña risa por la nariz, cruzándose de brazos de forma relajada.
—Voy a ser honesto contigo, eso suena a esas frases que la gente pone en redes cuando quiere sentirse mejor —comentó—.
Pero… no sé, viniendo de ti suena un poco más… difícil de ignorar.
No había burla real en su voz, solo una forma ligera de procesar algo que, en el fondo, sí le estaba llegando.
Jesús lo observó en silencio un momento más antes de añadir, con una suavidad que parecía pensada para no forzar nada: —No fue tu culpa.
Jeremy se quedó quieto otra vez, esta vez sin moverse en absoluto.
No hizo ningún gesto inmediato, no preguntó a qué se refería, no intentó racionalizarlo.
Simplemente dejó que las palabras existieran en el espacio entre ambos.
Luego exhaló despacio.
—Sí… —murmuró, como si aceptarlo fuera más sencillo de lo que esperaba—.
Me imaginé algo así.
Se pasó una mano por el cabello, despeinándolo aún más, y volvió a sonreír, aunque esta vez había algo más tranquilo en ese gesto.
—Igual agradezco que lo digas —añadió—.
Siempre ayuda que alguien con autoridad en el tema lo confirme.
Volvió a mirarlo directamente, sin tensión, sin miedo, como si hablar con Él fuera lo más natural del mundo en ese momento imposible.
—Entonces… ¿qué sigue?
—preguntó con curiosidad genuina—.
¿Esto es la sala de espera?
¿Un descanso técnico?
¿O ya me perdí la parte donde me dicen si pasé o no?
La calma no se rompió.
Jesús inclinó apenas la cabeza, y en su mirada hubo algo más que serenidad, algo que sugería propósito sin urgencia.
—Hay más para ti —dijo simplemente—.
Un camino distinto.
Jeremy arqueó una ceja, interesado.
—Eso suena bien —respondió—.
Mientras no incluya otra bala perdida en el proceso, creo que estoy dispuesto a escucharlo.
Y aunque su tono seguía siendo ligero, casi bromista, había en su mirada una atención real, una disposición que no necesitaba ser declarada en voz alta para ser entendida.
Jeremy no respondió de inmediato cuando Jesús le dijo que aún había algo que no había soltado.
Se quedó quieto, con la mirada perdida en ese cielo perfecto que no tenía origen ni final, como si por primera vez no estuviera tratando de adelantarse a lo siguiente, sino de entender lo que ya sabía y había evitado enfrentar.
Jesús no lo interrumpió.
—Aunque cambiaste —dijo con una calma que no pesaba— y volviste a mí a tu manera, hay algo que todavía cargas.
Jeremy bajó la mirada apenas, lo suficiente para reconocerlo sin dramatizarlo.
—Te arrepentiste —continuó—.
Ellos ya te perdonaron.
Hubo una pausa leve.
—Pero tú no.
Jeremy exhaló despacio, pasándose la mano por el cabello.
—Sí… eso suena bastante correcto —admitió—.
No voy a discutirlo.
Se encogió ligeramente de hombros, con una media sonrisa cansada.
—Pero bueno, lo hecho, hecho está.
Se supone que todo esto entra en ese plan grande del que todos hablan cuando no saben explicar algo.
Le lanzó una mirada de reojo.
—¿O ahora me vas a decir que también improvisas?
Jesús lo observó y sonrió levemente.
—Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes —respondió con suavidad.
Jeremy soltó una risa breve.
—Sí, eso encaja demasiado bien con mi situación actual.
El silencio que siguió fue tranquilo.
Jeremy volvió a mirar alrededor y luego regresó la vista a Él.
—Entonces, ¿qué sigue?
—preguntó—.
¿A dónde voy ahora?
Jesús dio un paso leve hacia él.
—Puedo concederte algo antes de que continúes —dijo.
Jeremy frunció el ceño.
—¿Concederme… algo?
—Deseos.
Jeremy lo miró fijo, esta vez sin disimular la confusión.
—Eso es… raro viniendo de ti —dijo con sinceridad—.
Esperaba otra cosa, no un “pide lo que quieras”.
Jesús no lo explicó.
—Pide.
Jeremy se quedó en silencio unos segundos, analizándolo, como si intentara encontrar la lógica detrás de eso y no pudiera.
Pero la oportunidad estaba ahí, y su mente empezó a moverse, ordenando lo que realmente quería.
Aun así, la oportunidad estaba ahí.
Y no parecía que fuera a repetirse.
Jeremy exhaló lentamente y empezó a pensar, esta vez sin prisa, dejando que lo que realmente quería tomara forma sin disfrazarlo.
—Si voy a seguir… —dijo al fin— no quiero hacerlo en un lugar donde todo sea igual.
Se detuvo un momento, recordando.
No teorías.
No ideas complicadas.
Sino algo más simple.
Noches con sus hermanas, risas, caricaturas que parecían tontas pero que se quedaban.
Una en particular.
—Quiero ir a ese mundo —continuó, levantando la vista— donde la gente vive normal… pero también tiene otra vida, otra responsabilidad, donde existen los milagros, las máscaras, los secretos.
No dijo el nombre, pero era claro.
Luego levantó ligeramente la mano, como organizando sus ideas.
—Primer deseo —dijo con más firmeza—.
Quiero el Omnitrix.
Hizo una pausa breve y añadió: —Pero no una versión limitada.
Quiero el completo, el que evoluciona, el que funciona correctamente, sin fallos absurdos ni restricciones innecesarias.
Bajó la mano lentamente.
—Segundo deseo… quiero los poderes de Spider-Man.
Se permitió una pequeña sonrisa.
—Los originales… y también los de Miles Morales.
Fuerza, reflejos, sentido arácnido… todo eso.
El silencio volvió, pero esta vez era distinto.
Jesús lo observó como si midiera algo más que las palabras.
Luego asintió.
—Será como necesitas… no exactamente como imaginas.
Jeremy soltó una pequeña risa.
—Sí, eso ya lo veía venir.
Pero algo no terminaba de encajar.
Se quedó mirándolo unos segundos más, con una ligera sospecha formándose.
—Oye… —dijo, inclinando un poco la cabeza—.
Todo esto de los deseos… la forma en la que lo estás haciendo…parece más un fanfic.
Lo observó con más atención.
—Tú no eres Jesús… ¿verdad?
No sonó como una pregunta.
Sonó como darse cuenta.
La figura sonrió.
Pero no era la misma sonrisa tranquila de antes.
Había algo distinto.
Algo incómodo.
Casi… antinatural.
No respondió.
No lo negó.
No lo confirmó.
Solo sostuvo esa sonrisa un instante más.
Y chasqueó los dedos.
El mundo se rompió.
No de forma violenta, sino como algo que dejaba de sostenerse.
El cielo se deshizo, el agua desapareció, y todo el espacio se plegó sobre sí mismo.
Jeremy sintió que caía, pero no hacia abajo, sino hacia dentro, como si algo lo absorbiera.
La sensación se volvió cálida.
Apretada.
Un latido apareció, fuerte y constante.
Luego otro, más pequeño, más cercano.
Las voces llegaron después, distorsionadas, lejanas.
Y entonces la luz lo golpeó.
Abrió los ojos, aunque no se sentían del todo como suyos.
Todo era borroso, enorme.
Había rostros frente a él.
Manos que lo sostenían.
Intentó hablar.
No pudo.
Solo salió un sonido torpe.
Y en ese instante lo entendió.
Un cuerpo pequeño.
Control inexistente.
Dependencia total.
Recién nacido.
Su mente seguía ahí, clara, funcionando, pero atrapada en algo que apenas respondía.
Intentó moverse.
No pudo.
Y aun así, dentro de todo eso, algo en él se acomodó.
Una pequeña sonrisa apareció en su interior.
Bueno.
Vamos a ver qué tan interesante se pone esto.
— ¡Hola a todos!
Esta es la primera vez que publico un fanfic.
Soy fan de estas series (Ben 10 y spiderman, en cuanto a Miraculous no conozco muy bien la e visto y me termi no enganchando pero solo he visto partes) y decidí crear mi propia historia con los personajes.
Espero que les guste el capítulo.
Si quieren, pueden dejar su opinión o sugerencias para mejorar en los siguientes capítulos.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Imitadora a perro