TerraMonsters - Capítulo 32
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Capítulo 32: Capitulo 32: Charlas I
El silencio cayó sobre la noche mientras la silueta de aquella isla desaparecía en el horizonte. El grupo se asentó en el barco, avanzando hacia un rumbo desconocido.
Los pedazos del monstruo fueron arrojados al mar con desprecio y alivio. Sus restos se hundieron en lo profundo, como si el océano mismo quisiera tragarse ese horror.
Mientras tanto, dentro del barco, Castro y Hanzo estaban sentados frente a una mesa.El soldado experimental observaba en silencio su rifle destruido, mientras Hanzo leía tranquilamente su libro. Sobre la mesa había una manzana para cada uno.
Hanzo tomó la suya y le dio un mordisco mientras pasaba la página con evidente curiosidad.
—Veo que te gusta mucho leer —dijo Castro, mirando el libro titulado “Infernal Suicide”.
Hanzo levantó la mirada y sonrió.
—Obvio, tío. Este libro tiene la comedia más rara y divertida que he visto —respondió, dando otro mordisco.
—¿Y dónde conseguiste ese libro? —preguntó Castro, frunciendo el ceño.
—Siempre llevaba libros en mi mochila. Me daba curiosidad… además, yo también era escritor —dijo Hanzo, dejando la manzana sobre la mesa.
—¿Escribías?
—Tenía uno en progreso, pero… con todo esto de los monstruos… lo perdí —respondió con tristeza—.Al igual que perdí a familiares y amigos.
Castro asintió lentamente.
—Entiendo.
Volvió a mirar su rifle, con la expresión endurecida.
—A mí me separaron de mi familia para concentrarme únicamente en ser un soldado —dijo.
Hanzo dejó de leer.
—Nunca tuve la oportunidad de pasar un solo día con mis padres. Incluso llegué a pensar que murieron… cuando ya era un soldado formado.
Castro comenzó a golpear suavemente la mesa con los dedos, como un tic.
“Esos hijos de perra de los superiores…”, pensó con rabia.Los odiaba, pero nunca tuvo opción. Desobedecer significaba morir.
Sin embargo, cuando conoció a Hiro, vio una oportunidad.Una salida.
Y aunque casi muere por actuar solo, al ser salvado entendió que lo mejor era permanecer en un grupo unido.
—Lamento escuchar eso, Castro —dijo Hanzo, dándole una palmada en el hombro—.Ahora vamos rumbo a encontrar un destino.
Castro cerró los ojos, pensativo.
—¿Realmente ese destino será agradable?
La sonrisa de Hanzo se desvaneció, volviéndose seria.
—Siempre y cuando estemos vivos.
Por otro lado…
Rei estaba frente a la puerta donde la niña se había encerrado. Tocó suavemente.
Toc, toc, toc.
Nadie respondió. Rei se acercó un poco más.
—¿Mi niña… puedes abrir la puerta?
—¡No!
Una voz quebrada se escuchó desde el otro lado. Rei cerró los ojos por un momento.
—Sé que piensas que no puedo comprender cuánto amas a tu padre… y tienes razón. Nunca estaré en tu lugar —dijo con suavidad—.Pero quiero que sepas que estoy aquí. Todos lo estamos… para ayudarte.
Rei dio un paso atrás antes de irse.
—Tu padre siempre querrá que su hija sea feliz.
No hubo respuesta.
Rei se alejó en silencio, entendiendo que ese dolor no se cura de golpe… sino poco a poco.
Mientras tanto, Hiro sostenía el volante, observando el mar. La neblina comenzaba a disiparse lentamente.
Gotas de agua cubrían el parabrisas, distorsionando la vista.Hiro notó un pequeño manual junto a los controles, donde se explicaba cada función.
Encontró el interruptor de los limpiaparabrisas y lo activó.El vidrio se despejó, devolviéndole claridad al horizonte.
—Solo espero que el lugar al que vayamos sea seguro… —murmuró.
Estaba cansado.Cansado de huir.Cansado de pelear como si fuera una obligación.
Recordó entonces a su madre.
Las historias que le contaba…Anécdotas de cómo conoció a su padre, de los clientes difíciles, de aquel día en que casi insulta a una anciana porque el precio había subido un dólar.
A pesar de todo, ella era feliz.
Feliz con su padre.Feliz con la vida que construyeron juntos, incluso sin privilegios ni estudios universitarios.
Pero todo eso desapareció.
La llegada de los monstruos destruyó esa vida.Y aunque lograron sobrevivir en el baluarte… sobrevivir no era lo mismo que vivir.
Aun así, su madre decidió tenerlo.
La soledad, la ausencia de su padre —siempre en la base militar—, la empujaron a una tristeza silenciosa.
Pero cuando Hiro nació… ella volvió a sentirse viva.
Hiro soltó un suspiro.
Y entonces… la imagen de Samantha muerta cruzó su mente.
Su madre.Quien lo salvó.
Apretó el volante con fuerza.
No podía permitir que todo fuera en vano.
Buscaría… cueste lo que cueste…darle a ese grupo una vida tranquila.
Pasaron las horas y la noche finalmente cayó.El turno de vigilar el mando del barco le correspondía a Castro, mientras que Hiro se había ido a tomar un baño antes de descansar.
En una de las habitaciones, los tres niños se preparaban para dormir.
—Finalmente podemos dormir de manera segura —mencionó Ian con ilusión.
—Siempre con tu optimismo absurdo… —gruñó Talon mientras se cepillaba los dientes.
En ese momento, Talon notó que Sakeichi se dirigía hacia la puerta.
—¿A dónde vas, Sakeichi? —preguntó.
El albino los miró con calma.
—Voy a tomar un vaso de agua, no tardo.
Dicho eso, salió y cerró la puerta tras de sí.
—Oye, Talon… ¿qué tal si contamos una historia de terror antes de dormir? —propuso Ian.
—¡No! —respondió Talon con firmeza, dándole la espalda y acostándose.
Mientras tanto, en el pasillo…
Sakeichi caminó hasta la cocina. Al abrir la puerta, notó que no había nadie. Se acercó, tomó un vaso y, con la jarra llena, empezó a servirse agua.
Cuando el vaso se llenó, dejó la jarra a un lado y comenzó a beber, disfrutando cada sorbo hasta vaciarlo por completo.
Al girarse para irse… se detuvo en seco.
La puerta estaba abierta.
Y a su lado… estaba Hiro.
Sakeichi se sobresaltó ligeramente, pero Hiro ni siquiera lo miraba. Estaba sirviéndose agua con total tranquilidad.
—Eh… hola, señor Hiro… —dijo Sakeichi, con un leve nerviosismo en la voz.
Hiro no respondió. Simplemente bebió.
Sakeichi, al ver que no obtenía reacción, se encogió de hombros.
—¿Me odias? —preguntó, sin mirarlo.
Se dispuso a irse.
—No.
La respuesta lo detuvo.
Sakeichi giró la cabeza, sorprendido. Hiro ahora lo miraba fijamente.
—¿Por qué debería odiarte? —preguntó, no solo a él… sino también a sí mismo.
—Porque… mi padre te hizo algo malo… —murmuró Sakeichi.
—Tú lo dijiste. Fue tu padre, no tú —respondió Hiro con una calma inesperada.
—Pero… tú reaccionaste…
—Lo que viste fue incredulidad —lo interrumpió Hiro—. Negación de que el niño que salvé fuera hijo de un bastardo que decidió abandonar a todos.
Sakeichi bajó la mirada.
—Alguien que dejó atrás a personas que lo daban todo por mantenerse unidas… que tiró la toalla junto a los superiores y decidió salvar su pellejo, tratándonos como basura.
El silencio se volvió pesado.
Pero entonces, Hiro continuó:
—Aun así… te salvé de ese monstruo. Y lo volvería a hacer.
Sakeichi levantó ligeramente la mirada.
—Porque no eres como tu padre, Sakeichi. Te preocupas por tus amigos. Lo vi cuando la neblina nos separó… siempre estabas junto a Ian y Talon.
Hiro apoyó una mano en su hombro.
—Formaste un vínculo con ellos… uno que me recuerda a lo que tengo con Rei y Stiches.
Sakeichi tembló ligeramente.
—Y no hace falta mencionar que diste tu vida para salvar a una bebé… a tu edad, lo más fácil habría sido huir.
La voz de Hiro se suavizó aún más.
—Pero no lo hiciste. Y gracias a eso… ahora estás aquí.
Los ojos de Sakeichi se llenaron de lágrimas.
—Así que no dejes de ser quien eres… un chico amable, que entiende a los demás y que está dispuesto a protegerlos incluso antes que a sí mismo.
Sakeichi no pudo más.
Lo abrazó.
—Gracias… —dijo entre sollozos.
Hiro correspondió el abrazo, agachándose un poco.
No podía culparlo.Y, en el fondo, también lamentaba haber reaccionado con tanta dureza antes.
El pasado… debía servir para aprender, no para repetir errores.
Después de unos segundos, ambos se separaron y regresaron a sus respectivas habitaciones.
Sin decirlo directamente… habían cerrado ese ciclo.
Porque, al final…nadie merece cargar con los pecados de su familia.
Sakeichi volvió a la habitación con una sonrisa, limpiándose las lágrimas.
—¿Sakeichi? ¿Por qué estás llorando? —preguntó Ian, sorprendido.
Talon también lo observó, curioso.
Sakeichi no respondió.
Simplemente los abrazó a ambos.
—¿Pero qué—? —Talon no terminó la frase.
El abrazo fue breve.
—Los quiero, chicos —dijo Sakeichi antes de acostarse.
Ian y Talon se miraron, confundidos.
—Creo que se encontró con Hiro… —murmuró Talon.
—¿En serio? ¿Por qué piensas eso? —preguntó Ian.
Talon suspiró, conteniéndose.
—¿No recuerdas cómo Hiro lo evitaba? Antes del baluarte, Sakeichi siempre estaba cerca de él… pero después estaban distantes, como si hubieran discutido.
Ian asintió.
—Entonces… ¿arreglaron las cosas?
—Supongo. Por algo las lágrimas —respondió Talon con obviedad.
Ambos terminaron de prepararse y se acostaron.
La noche siguió su curso…mientras el barco avanzaba hacia un destino incierto.
Hola! como veran damos inicio al 2 arco de la obra. ahora los capitulos no seran tan largos debido que ahora ya empieza mi universidad y bueno no quiero dejar la obra muy inactivo :(.
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